domingo, 23 de octubre de 2011

Viaje al fondo de Alma

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sábado 22 de octubre de 2011





A 40 kilómetros de San Pedro, en pleno desierto de atacama, la vida de 500 personas, entre astrónomos, ingenieros y técnicos, se mueve alrededor del complejo astronómico más grande y poderoso del mundo. allí, a cinco mil metros de altura, se preparan para ver lo que nunca nadie ha visto jamás. esta es una crónica desde el cuartel general de ALMA.


Otto, el transportador, es una de las dos mega máquinas hechas a la medida para mover las antenas de ALMA, primero desde donde las fabrican, luego a ser testeadas y, por último, a 5.000 metros de altura.


Aunque todavía falta, el centro de operaciones de ALMA es una mini ciudad, con cerca de 500 personas, como quienes están a la derecha: el astrónomo Antonio Hales, y abajo, la ingeniero civil Fabiola Cruzat.





Por Isabel Plant
-Quizás ahora te tengamos que eliminar -bromea un astrónomo, riendo.

Hay tres de ellos en una oficina, en los cuarteles centrales de ALMA, el radiotelescopio más potente del mundo. Uno, el chileno Antonio Hales, está sentado mirando su pantalla y se nota nervioso, cansado y emocionado. Conversa con una colega, que de pie tras de él, discute en inglés sobre unos números que aparecen en el computador. También de pie, de pelo cano y sonrisa amable, el alemán Rainer Mauersberger.




Rainer Mauersberger, a la izquierda, es astrónomo alemán y lleva tres años en ALMA. Al medio, Alejandro Sáez, ingeniero, con su oxígeno puesto a 5.000 metros de altura. A la derecha, una antena europea en plena manufacturación.



-Qué buen trabajo -dice Mauersberger.

Fue él quien amenazó con eliminar a los testigos presentes de este gran momento: después de días de trabajo, Hales está mirando las primeras imágenes de estrellas, con una nitidez nunca antes vista en ondas de radio, sólo posible con este nuevo instrumento. Una estrella que muere, y lo que sucede a su alrededor.

Esto es el principio: cuando las instalaciones de ALMA -un proyecto de 1.000 millones de euros- estén listas en 2013, con 66 antenas -54 de 12 metros de diámetro y 12 de 7 metros de diámetro- apuntando todas al cielo desde el valle de Chajnantor, a cinco mil metros de altura, podrá no sólo medir grandes partes del universo, sino que también, verlas con gran nitidez y detalles.

Más abajo, a tres mil metros, hay mucho sol, pero no hace calor; un poco de viento basta para helar. Aquí está el Centro de Operaciones de ALMA, el OSF por su sigla en inglés, a unos 40 kilómetros de San Pedro de Atacama. Aunque queda por construir, ya es una pequeña mini ciudad científica, habitada por unas 500 personas. Hay un casino para comer (menú de hoy, ají de gallina, pastel de quínoa), y al frente, cabañas para los residentes que, por lo general, pasan ocho días acá arriba, para bajar otra semana libre, y luego trabajar dos más en Santiago. Las piezas son como de hotel: pequeñas, con un escritorio, teléfono, cama de sábanas blancas, televisión, clóset y baño propio.

Cerca está el cuartel general y la sala de control de las antenas, donde los astrónomos pasan día y noche analizando datos -ya que ALMA es radiotelescopio y mide ondas de radio, no necesita la oscuridad de un telescopio óptico- y dirigiendo las antenas desde cuatro pantallas que cuelgan de la pared. El edificio, moderno, cuadrado, lleno de ventanales, cuenta también con cafetería, y de a poco han ido incluyendo pasatiempos para la vida aislada, como sala de cine o mesa de ping-pong. Al fondo del pasillo, pasando el panel con informaciones -incluida una circular que prohíbe el uso de Facebook en los computadores de trabajo-, están trabajando los ingenieros, en piezas, partes, números y máquinas.

Afuera están las antenas en construcción, las abejas reinas de esta colmena de cerebros. Y esta es la parte que mejor grafica cómo funciona el acuerdo multinacional que llevó a ALMA a ser posible: una unión entre norteamericanos, la NRAO (Observatorio Radioastronómico Nacional de EE.UU.); europeos, la ESO (Observatorio Europeo Austral); y japoneses, la NAOJ (Observatorio Astronómico Nacional de Japón). Aunque es un matrimonio feliz en el nombre de la ciencia, es con separación de bienes: los europeos y los norteamericanos construirán cada uno 25 antenas, y los japoneses 16. Ese conjunto es que el funcionará a 5000 metros de altura.

Pero acá abajo, a los 3000, se fabrican cada una por su lado. Está el hangar norteamericano, una mole gigante que parece el trono del Tío Sam. A su lado están los japoneses que, a diferencia de los norteamericanos, tienen sus antenas al aire libre. Para entrar a la oficina, hay que sacarse los zapatos. Más arriba están los europeos, que tienen unos hangares descapotables.

Las antenas, una vez construidas, se llevan afuera del edificio central, donde son testeadas un par de meses por el equipo ALMA.

LOS OJOS DEL ALMA

Hay que pensar que los telescopios son como ojos. ALMA tendrá 66 de ellos. Hoy, con 21 instalados, ya es el más poderoso del mundo. Por eso ve más.Su característica es que son capaces de observar una luz "invisible" para los ojos humanos y los telescopios ópticos, emitidas por los objetos fríos del universo. Esas ondas son captadas por las antenas y luego, se transforman en imágenes.

Quienes procesan los datos y fabrican las imágenes son los astrónomos como Antonio Hales, uno de los tres chilenos del lugar. Antonio fue contratado por NRAO y se fue a Nuevo México, en EE.UU., a testear los radiotelescopios en 2006, cuando en Chile recién partía la obra gruesa. Dos años después llegó para la puesta en marcha de ALMA.

Él, que pertenece a la nueva generación de astrónomos chilenos, supo que quería ser parte del proyecto desde que estaba en la universidad, por las posibilidades que el radiotelescopio tendría: va a desentrañar galaxias lejanas, investigará el polvo y las moléculas del espacio, estudiará nuestra estrella más cercana y, en un tema que apasiona a Hales, investigará sobre la formación de planetas.

- Viendo la imagen que te mostré hace un rato -dice-, que es como muere una estrella, y como de esa muerte puede venir el nacimiento de otra, vas viendo cómo el universo evoluciona químicamente para llegar a algo tan complejo como tú o como yo. Nunca antes había existido un telescopio que pudiera responder este tipo de preguntas. ALMA abre las ventanas a una revolución desconocida y eso, a alguien que le gusta hacerse preguntas, es lo más motivante que puede haber.

Hoy Antonio vuelve a su casa en Santiago para tener seis días libres. Lleva ocho de corrido acá arriba, en turno de noche. La rutina consiste en una reunión de todos los astrónomos a las 3 de la tarde, incluidos los que están en la capital a través de videoconferencia, luego un rato libre -que suele ocupar para sus propias investigaciones y cálculos-, a las ocho come y a las nueve se pone a trabajar. El turno de observación dura hasta cerca de las 6 y media de la mañana. No toma café, lo dejó hace dos años; con té y con la obsesión por lo que hace se las arregla. A las cinco de la mañana le gusta hacer yoga antes de irse a acostar. Hoy está contento. Las imágenes que ha visto en pantalla le han llevado toda una semana de análisis de datos. Era tanta la emoción, que se olvidó de los ratos libres y sólo trabajó.

-Ver ahora los primeros datos científicos te hace decir que todo esto valió la pena. Hubo problemas, alguna vez rabié, pero no importa. Y nos encanta el desierto de Atacama, porque es extremadamente árido, casi no hay vapor de agua, y la luz que nos llega desde los confines del universo pasa por una atmósfera muy tenue que la deja casi intacta. Así podemos obtener toda la información que queremos. Anoche había 6 por ciento de humedad. ¡Pero 6 por ciento de humedad para un ser humano es una tortura! Yo llego a ALMA los lunes en la mañana y con la nariz te digo cómo van a estar las observaciones.

El desierto no es fácil para nadie. Para el astrónomo Rainer Mauersberger menos: un alemán en Atacama. Rainer tiene una larga experiencia en telescopios, trabajó en uno en España, otro en Arizona, antes de eso en su propio país. Hace tres años está en Chile.

-Lo que es diferente acá es el entorno tan aislado. Para un europeo es mucho. Y en los ratos libres el problema es que no hay mucho que hacer, aunque ahora tenemos más cosas, la sala de música, el ping-pong. Yo intento ir al gimnasio. Muchos de los astrónomos usan el tiempo para hacer su trabajo científico, porque dormir, por la falta de oxígeno y el aire seco, cuesta mucho.

El trabajo de Rainer consiste en poner en funcionamiento las antenas y comprobar que funcionan, probar el software, la electrónica. Hoy vive en Santiago junto a su mujer e hijos y dice que estas antenas son monstruos de 100 toneladas que pueden apuntar a cualquier sitio del cielo con increíble exactitud y se pueden mover con una velocidad increíble. Y que eso, a él y al resto, los hace esperar grandes cosas.

-La experiencia dice que si uno construye un telescopio diez veces más grande que los anteriores, se va a descubrir algo que no se preveía. Mi predicción sería que el ALMA va a descubrir algo que nadie había esperado. Esas cosas que ganan premio Nobel.

EL CORAZÓN DEL ALMA

ALMA tiene un corazón frío; para ser exactos de hasta 269 grados Celsius bajo cero. Esa es la temperatura de algunas secciones de los receptores, ubicados en unas cajas azules que se encuentran al interior de cada una de las antenas. Se necesitan que estén frías para que no haya movimiento de partículas en ellas, ya que eso perturbaría la onda recibida. Los receptores son capaces de recibir ondas en 10 bandas distintas: es como una especie de radio, y los astrónomos pueden sintonizar la banda que quieren mirar.

-Esta caja azul va a mostrar lo que no se ha visto en el universo -dice Fabiola Cruzat, chilena, la única ingeniera civil mujer trabajando en ALMA. Su área es la criogenia, una que no conocía antes de llegar al desierto. Lleva cuatro años aquí.

-Yo empecé cuando no había ninguna antena, y en esa época hacíamos de todo, había que ajustar paneles, escribir procedimientos. Éramos cuatro pelagatos y salíamos todos los días a San Pedro. Y cuando recién llegué, alguien me preguntó si yo era capaz de llevar una caja de herramientas. ¡Claro que la puedo llevar!... Llamo a un mecánico y la lleva (se ríe). Esta última parte no se las dije.

Fabiola cuenta que aunque muchos PHD y Master circulan, son todos fáciles de abarcar. Dice que no hay un clima de competencia, pero que hay diferencias culturales que hay que aprender a manejar.

-Hace dos años hubo un tema: cuando se mandaba un mail oficial, lo mandaba un chileno a su manera, un alemán a su manera, y había gente que se sentía herida. Y eran leseras. Por ejemplo, la cafetería va a estar abierta hasta tal hora. Venía un europeo y decía: "¡Son mis derechos de usar la cafetería! ¡Por qué me lo prohíben!". Venía un chileno y decía: "¡Qué bueno! ¡Va a estar abierta!".

Para Fabiola, lo entretenido que puede ser revolverse en la estación de ALMA no es lo único que este trabajo tiene de bueno.

-En este proyecto se unió Norte América, Europa, Asia. Las primeras ideas nacieron hace 28 años, los primeros conceptos, pero había mucha política de por medio, cada uno corría con colores propios. En cambio, hoy se tuvieron que unir para poder lograrlo. Estamos mirando hacia fuera, porque nos juntamos acá dentro. El otro día me decían, ¿qué haces aquí, si las estrellas van a seguir ahí mil millones de años más?... Estamos haciendo paz.

EL CEREBRO DEL ALMA

Pasó otra noche en el campamento ALMA, tras un atardecer rosado. Es de mañana y hace frío, pero pronto hará más todavía: es hora de subir a los 5 mil metros, a ver las antenas en funcionamiento. Con oxígeno en lata en el auto y un medidor de ritmo cardíaco, pasado el chequeo médico, se sube por un camino rodeado de yaretas, vicuñas, burros y el volcán Licanbur.

Arriba se dejan las camionetas al lado del edificio técnico del Sitio de Operaciones del Conjunto Alma, y se dejan andando, porque puede que el frío las eche a perder. Adentro está el el "cerebro" de ALMA: el correlacionador. Es un mega computador, compuesto de cuatro pasillos de chips, creado a la medida del proyecto. Las antenas le envían información, y el correlacionador es el que hace el trabajo computacional bruto de cálculo, para luego hacer una imagen de lo observado.

Alejandro Sáez, ingeniero chileno, lleva siete años trabajando en la máquina. Hoy está acá, con un tanque de oxígeno en la espalda.

-Cuando no utilizas oxígeno, en el largo plazo puedes perder neuronas. Y si uno trabaja con neuronas, es perder tu capital de trabajo.

Alejandro llegó a ALMA por los socios norteamericanos del proyecto. Estuvo tres años en Virginia, Estados Unidos, para programar la máquina. Después de eso, podía volver a Chile, junto con el correlacionador, y seguir su trabajo acá.

-Me tuve que preocupar de instalar la máquina. Tomó harto tiempo: el primer cuarto se hizo en 2008, empezamos en agosto y terminamos en octubre.

Hoy ya van en el tercer cuarto, y en marzo espera ver la máquina completa. Cuenta que lo más difícil es subir, ya que la falta de oxígeno hace cometer errores, sobre todo cuando hay que manipular 1.024 cables.

Se necesitarían 150 mil computadores para hacer el mismo trabajo que el correlacionador. Por lo mismo, y porque lleva siete años entregado a él, esta es la pega de la vida de Alejandro.

-El día en que no tenga nada más que hacer con esta máquina me voy a tener que ir, dice riendo.

Afuera del edificio del correlacionador, está el centro y el final del camino: las antenas. Hace frío -unos siete grados bajo cero, con viento-, pero un equipo trabaja en una de las antenas europeas, enfundado en ropa térmica y con chocolates en los bolsillos. Hay de los tres modelos de antenas, europeo, japonés y americano, y juntas se ven como hermanas. Naturalmente están mirando hacia arriba. Esas son el alma de ALMA.

"ALMA abre las ventanas a una revolución desconocida", dice el astrónomo chileno Antonio Hales.

"ALMA va a descubrir algo que nadie había esperado. Esas cosas que ganan premio Nobel", comenta un astrónomo alemán del complejo.

"El otro día me decían, ¿qué haces aquí, si las estrellas van a seguir ahí mil millones de años? Estamos haciendo paz", dice Fabiola Cruzat, ingeniera.

Por Isabel Plant.
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