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domingo, 9 de junio de 2013
Los últimos días de Adolfo Couve
A 15 años de la muerte del artista, se lanzan sus obras completas. Carlos Ormeño, hijo adoptivo y compañero, relata su intensa vida literaria y cómo la depresión lo llevó al suicidio.
por Roberto Careaga C. - 08/06/2013 - 07:27
Ese año no quiso volver a dar clases. Tras décadas como profesor de pintura en la Universidad de Chile, Adolfo Couve dijo al teléfono que no regresaría a la escuela. No podía. Había sido un verano duro. El peor de todos. La depresión que siempre lo acechó, en esas vacaciones lo arrinconó como nunca. Después de muchas reescrituras, había terminado la novela Cuando pienso en mi falta de cabeza y estaba seguro que era su réquiem. También estaba seguro que sería olvidado. La noche del 10 de marzo de 1998 se enteró de que había un plan familiar para internarlo. Horas después se suicidó. “Yo me muero por el arte”, había dicho poco antes.
Bicho raro entre los artistas chilenos, Couve fue un dogmático escritor realista y un influyente pintor seducido por la mancha. Fue también un intenso obsesionado con la belleza que, agotado del ruido de la ciudad, se instaló en Cartagena a mediados de los 70. Apenas se asomaba por Santiago para dar clases. Separado, padre de una hija, el autor de La lección de pintura vivió acosado por una depresión que a fines de los 90 no le dejó salida. Lentamente, se aisló del mundo. En sus últimos días, su única compañía era su perro, el Moro, y por supuesto, Carlos Ormeño. “No te olvides, Carlitos -le dijo antes de quitarse la vida-, yo muero por el arte”.
Parte de la vida íntima de Couve y fuente de leyendas, Carlos vivió junto al artista desde los 10 años y lo acompañó hasta el momento de su muerte. Fue su hijo, también fue su amante. “Con Adolfo tuvimos una relación muy especial. Yo era la única persona en quien confiaba. Con el tiempo se creó una dependencia terrible que nos llevó a aislarnos del mundo”, dice Carlos a La Tercera, a 15 años de la partida del escritor.
En las próximas semanas, Editorial Tajamar publicará una nueva versión de sus obras completas, que incluirá sus textos sobre arte (editados en 2005 por la UDP) y sus 11 concisas novelas publicadas entre 1965 y 1998: el testimonio de una rigurosa apuesta estética que a ratos, como cree el argentino César Aira, rozó la perfección.
Hoy de 40 años, Ormeño cuenta que Couve prácticamente lo crió. “Yo andaba por la calle, porque era un niño pobre, no tenía nada”, recuerda. El autor lo vio desde su departamento en Miraflores, en el centro de Santiago, y luego se hicieron amigos. Al poco tiempo, lo llevó a vivir con él, a su casa en Cartagena, con permiso de su madre. Su padre había muerto tras el gobierno militar. “Fui su hijo adoptivo de mentira. El siempre me pedía que fuera su hijo legal, pero yo no quise cambiarme el apellido de mi papá. Ese fue un dolor grande para Adolfo”, dice Carlos, que desde chico leyó novelas de Balzac o Capote que le pasaba Couve.
Primero con profesores particulares (“Adolfo no quería que me separara de su lado, creía que me podía pasar algo”) y luego en el colegio, Carlos Ormeño terminó su educación y estudió Arte en la U. de Chile, con Couve entre sus profesores. En ese tránsito, la relación cambió. “Sí, tuvimos una relación de pareja. Más que eso: él era un todo para mí. Era mi papá, mi amigo, mi maestro, mi pareja. Yo también para él era todo”, dice. “Pero quiero dejar en claro que no hubo abuso, no hubo pederastia. Yo quise estar con él. Nadie me obligó, me podría haber ido”, agrega.
Carlos Ormeño jamás se fue. Llevaba las riendas de la casa de Cartagena y seguía a diario la rutina impuesta por Couve: levantarse a las nueve de la mañana, desayunar, salir a caminar con el Moro, almorzar, dormir una siesta. Luego, cada uno a su taller. Adentro, Couve daba una batalla por la perfección. No con la pintura: la había dejado y retomado, le salía tan fácil que, según Carlos, “la odiaba”. La escritura le fascinaba por su dificultad. “Vivía su escritura a concho, se enfermaba. Pasaba toda la noche, siete, ocho horas escribiendo y cuando no le gustaba lo quemaba: ‘Esto no vale nada’. Tenía que llegar a un punto de perfección. Síntesis, síntesis”, dice Ormeño.
Después de La comedia del arte (1995), una novela sobre el callejón sin salida de la pintura tradicional en clave de sátira, Couve continuó con una segunda parte, Cuando pienso en mi falta de cabeza. Fue una guerra de corrección, que terminó en un manuscrito de menos de 50 páginas. Paralelamente, la depresión lo arrinco- naba. “Esa fue la novela que lo mató”, dice Carlos. “Era su epílogo. El mismo lo decía: ‘Mi réquiem es esta novela’”, agrega.
En esos días, la paranoia de Couve se disparó: creía que su comida estaba envenenada y Carlos Ormeño debía probarla antes que él. Casi no dormía. No se medicaba, apenas llamaba por teléfono a un primo psiquiatra. No tenía dudas del valor de su obra literaria, pero sospechaba que lo olvidarían: “Nunca más se van a acordar de mí, a la gente como nosotros nos olvidan fácilmente”, le dijo a Carlos, que explica su temor así: “Después de su muerte se iba a saber que era homosexual, aunque siempre se supo, pero nunca se dijo. Para él eso era terrible. Odiaba ser homosexual”.
Alrededor de dos semanas después de terminar Cuando pienso…, Couve se colgó en el baño de su casa, al amanecer. “Ya no hay nada de mí acá”, le había dicho a Carlos Ormeño, quien había conseguido más de una vez detener sus intentos de suicidio.
Cuenta que después de la muerte de Couve le entregó a la familia del escritor todo lo que éste le dejó y se fue a vivir a Buenos Aires. Estuvo allá casi 10 años. Hoy vive en Santiago y trabaja para el Parque del Recuerdo, escribe y reescribe una novela y no es raro que le lleguen propuestas para contar su historia con Couve: le dijo que no a Raúl Ruiz. Le dijo que sí a la fotógrafa Paz Errázuriz y a la periodista Claudia Donoso, a quienes considera familia, y juntos hicieron un video que retrata su regreso a Cartagena. Carlos también cree que el olvido está cayendo sobre Couve: “Aunque es lindo que se olviden de él, porque así queda para mí nomás”, dice.
viernes, 11 de noviembre de 2011
$2.500 millones es el presupuesto total: Consejo de la Cultura entrega fondos para 31 inmuebles patrimoniales
www.emol.com
viernes 11 de noviembre de 2011
Resultaron beneficiados el Palacio de la Alhambra, la Iglesia de Lolol, la Casa de Vicente Huidobro en Cartagena y el Palacio Matte, entre otros.
Maureen Lennon Zaninovic
En la Sala Claudio Arrau del Teatro Municipal de Santiago -uno de los proyectos beneficiados con la primera entrega de estos fondos, en 2010- Luciano Cruz-Coke, ministro de Cultura, dio a conocer ayer los 31 inmuebles favorecidos en la segunda etapa del Programa de Reconstrucción Patrimonial del Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes (CNCA).


Un jurado compuesto por miembros de esta entidad, de los ministerios de Economía y Obras Públicas y del Consejo de Monumentos Nacionales, escogió espacios que, más allá de la contingencia del terremoto del 27-F, desde hace un buen tiempo necesitaban una urgente inyección de recursos para su puesta en valor. De esta manera, el CNCA anunció la entrega de $2.500 millones que se repartirán, entre otros, el Palacio de la Alhambra ($120 millones), el cuartel general del Cuerpo de Bomberos de Santiago ($120 millones), la casa de Vicente Huidobro en Cartagena ($47,5 millones), el Museo Lord Cochrane de Valparaíso ($30 millones), la Iglesia de Lolol ($120 millones), el Palacio Matte ($120 millones) y la Capilla del Hospital del Salvador ($120 millones).
"La primera edición fue muy exitosa y se cumplió nuestra apuesta de 50-50, es decir, al dinero que nosotros entregamos, se agregó otra suma igual aportada por privados y por la comunidad que postuló cada inmueble", señala Cruz-Coke. Y agrega: "Se produjeron casos muy emocionantes donde los mismos beneficiados hicieron múltiples actividades para conseguir recursos".
Robert Funk, subdirector del Instituto de Asuntos Públicos de la U. de Chile, se mostró muy satisfecho con los aportes que llegarán al Palacio Matte: "Este edificio de 1875 fue durante muchos años la sede de Administración Pública de nuestro plantel, pero tras el terremoto no pudo funcionar como tal. Con estos dineros volveremos a ponerlo en valor".
La Corporación Patrimonio Cultural de Chile resultó beneficiada con tres proyectos, entre ellos el Palacio de la Alhambra: "Esto es un muy buen fondo para empezar y para incentivar que lleguen nuevas donaciones. Nuestro sueño es restaurarlo muy pronto y abrirlo al público", cuenta Elena Cruz, directora de proyectos de esta corporación.
Barroco en el Teatro Municipal
Ayer, además, el CNCA dio a conocer la programación del "Primer Festival de Música Barroca Europea e Hispanoamericana Perpetuum Mobile" que comienza hoy, a las 19:00 horas, en la Sala Claudio Arrau del Teatro Municipal. Serán cuatro conciertos, con una conferencia introductoria. Esta tarde, los guitarristas Óscar Ohlsen y Eduardo Figueroa interpretarán música colonial latinoamericana y selecciones del manuscrito de Santiago de Murcia que descubrió en Chile el musicólogo Alejandro Vera, quien dictará la charla de hoy. "Es un repertorio que tocamos muy poco, por eso creo que será un aporte", dice Ohlsen.
El proyecto del Museo Lord Cochrane en Valparaíso contempla reacondicionar los interiores de este inmueble que data de 1840.
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viernes 11 de noviembre de 2011
Resultaron beneficiados el Palacio de la Alhambra, la Iglesia de Lolol, la Casa de Vicente Huidobro en Cartagena y el Palacio Matte, entre otros.
Maureen Lennon Zaninovic
En la Sala Claudio Arrau del Teatro Municipal de Santiago -uno de los proyectos beneficiados con la primera entrega de estos fondos, en 2010- Luciano Cruz-Coke, ministro de Cultura, dio a conocer ayer los 31 inmuebles favorecidos en la segunda etapa del Programa de Reconstrucción Patrimonial del Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes (CNCA).
Un jurado compuesto por miembros de esta entidad, de los ministerios de Economía y Obras Públicas y del Consejo de Monumentos Nacionales, escogió espacios que, más allá de la contingencia del terremoto del 27-F, desde hace un buen tiempo necesitaban una urgente inyección de recursos para su puesta en valor. De esta manera, el CNCA anunció la entrega de $2.500 millones que se repartirán, entre otros, el Palacio de la Alhambra ($120 millones), el cuartel general del Cuerpo de Bomberos de Santiago ($120 millones), la casa de Vicente Huidobro en Cartagena ($47,5 millones), el Museo Lord Cochrane de Valparaíso ($30 millones), la Iglesia de Lolol ($120 millones), el Palacio Matte ($120 millones) y la Capilla del Hospital del Salvador ($120 millones).
"La primera edición fue muy exitosa y se cumplió nuestra apuesta de 50-50, es decir, al dinero que nosotros entregamos, se agregó otra suma igual aportada por privados y por la comunidad que postuló cada inmueble", señala Cruz-Coke. Y agrega: "Se produjeron casos muy emocionantes donde los mismos beneficiados hicieron múltiples actividades para conseguir recursos".
Robert Funk, subdirector del Instituto de Asuntos Públicos de la U. de Chile, se mostró muy satisfecho con los aportes que llegarán al Palacio Matte: "Este edificio de 1875 fue durante muchos años la sede de Administración Pública de nuestro plantel, pero tras el terremoto no pudo funcionar como tal. Con estos dineros volveremos a ponerlo en valor".
La Corporación Patrimonio Cultural de Chile resultó beneficiada con tres proyectos, entre ellos el Palacio de la Alhambra: "Esto es un muy buen fondo para empezar y para incentivar que lleguen nuevas donaciones. Nuestro sueño es restaurarlo muy pronto y abrirlo al público", cuenta Elena Cruz, directora de proyectos de esta corporación.
Barroco en el Teatro Municipal
Ayer, además, el CNCA dio a conocer la programación del "Primer Festival de Música Barroca Europea e Hispanoamericana Perpetuum Mobile" que comienza hoy, a las 19:00 horas, en la Sala Claudio Arrau del Teatro Municipal. Serán cuatro conciertos, con una conferencia introductoria. Esta tarde, los guitarristas Óscar Ohlsen y Eduardo Figueroa interpretarán música colonial latinoamericana y selecciones del manuscrito de Santiago de Murcia que descubrió en Chile el musicólogo Alejandro Vera, quien dictará la charla de hoy. "Es un repertorio que tocamos muy poco, por eso creo que será un aporte", dice Ohlsen.
El proyecto del Museo Lord Cochrane en Valparaíso contempla reacondicionar los interiores de este inmueble que data de 1840.
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martes, 22 de febrero de 2011
200 años de vacaciones a la chilena
http://latercera.com
18/09/2010 - 11:18
Ocho horas demoraba un tren a Valparaíso y tres días a Antofagasta. Las primeras posadas eran un simple rancho con suelo de barro y, curiosamente, siempre estaban en manos de extranjeros. Vacacionar, hace años, era una odisea, que implicaba salir literalmente con camas y petacas.
por Pedro Arraztio/ Gonzalo Argandoña -
Rosa Bravo tiene 100 años. Casi 101. Y desde ya, Rosa tiene pensado qué va a hacer este verano, que es lo mismo que hace todos los veranos desde 1915: ir a pasear a la playa.

Por supuesto, mucha agua ha pasado bajo el puente y hoy todo es distinto. Antes, por ejemplo, cuando ella tenía menos de 10 años, los preparativos del viaje eran bastante más glamorosos.
Implicaban vagones de primera clase, carruajes, reservas en hoteles exclusivos de Cartagena y una patota familiar de más de 30 personas. El trayecto en tren desde Santiago demoraba algo más de tres horas y el recorrido arriba de los vagones era un inicio perfecto, que permitía hacerse de amigos, sin importar si iban en el mismo carro o viajaban en tercera.
Pero ¿qué tan diferente era la manera de viajar de los chilenos de hace uno o dos siglos atrás? ¿Cuáles eran sus principales destinos de vacaciones? ¿Qué se hacía durante el viaje? Aprovechando el aire reflexivo y nostálgico de este Bicentenario, una revisión de cómo eran los viajes y el turismo en el Chile de antes.
LA IMPORTANCIA DEL TREN
El ferrocarril literalmente "abrió el país" a mediados del siglo XIX. El primer tramo fue de Copiapó a Caldera, inaugurado en 1851 por Guillermo Wheelright.
Los cronistas de la época señalan que muchas personas, al escuchar el ruido de la locomotora y divisar el humo, "arrancaron a los cerros presos del pánico". Sin embargo, y a pesar de la impresión inicial, no pasaron muchos años antes de que el tren se convirtiera en el principal medio de transporte entre las ciudades más grandes.
En 1856, las vías siguieron de Santiago al sur y el tramo entre la capital y Valparaíso se inauguró en 1863, trayecto que en un principio demoraba ocho horas. No tardaron en aparecer los primeros coches-cama, aunque no sin inconvenientes: estos servicios fueron suprimidos en la línea a Valparaíso en 1873, por estar habilitado sólo para hombres y consistir únicamente en proporcionar un colchón y una almohada.
A inicios del siglo XX, el ferrocarril se convirtió en el principal impulsor del turismo nacional. En 1911 ya existía un coche especial para viajes de novios y en 1934 creó una empresa hotelera levantando el Gran Hotel Pucón y Gran Hotel de Puerto Varas, e incluso intentó un ambicioso proyecto de hospedaje en un lugar sumamente inhóspito y exótico para la época: la laguna San Rafael. También potenció el turismo a través de la edición de una "Guía de Viaje" y la propia revista En Viaje, que a partir de 1933 realizaba crónicas no sólo de los destinos nacionales, desde Curacautín hasta Isla de Pascua, sino que también incentivaba el turismo al exterior, en lugares como España, Italia e incluso hasta hoy remotos, como Líbano.
El antofagastino Sergio Artal (84) recuerda con nostalgia aquellos viajes desde su ciudad "al sur" en tren. Pero, por lo entretenidos que resultaban más que por el tiempo que llevaba cruzar gran parte del norte. "Eran tres días y dos noches para llegar hasta Santiago, pero como éramos niños -hablo de fines de los años 30, más o menos-, era una verdadera aventura. Nos íbamos en coche-dormitorio; siempre nos movíamos por los vagones, pasábamos a tercera, hacíamos amigos. Uno en el tren almorzaba, comía, pero no se sentía encerrado, era muy cómodo. En La Calera debíamos cambiar de tren y eso ya nos anunciaba que estábamos cerca", recuerda.
Otra vía frecuente de comunicación entre el Norte Grande y el centro del país fueron los barcos de cabotaje que no sólo llevaban carga, sino también pasajeros. Unían Antofagasta, Coquimbo y Valparaíso. "Había un movimiento que ya no se ve, dice Sergio Artal, y viajar en barco era lo mejor.
Cuando los barcos venían desde el sur, traían animales, frutas, huevos, una cantidad de alimentos impresionante. Es una pena que eso ya no exista, con el tremendo mar que tenemos. Pensar que hoy hay gente que en su vida se ha subido a un bote".
TURISMO CAMPESTRE, EL PRIMERO
La primera forma de "veraneo" relativamente masivo de los chilenos fue en las casas de fundo y estancias familiares, costumbre que se mantuvo hasta más allá de mediados del siglo XX. Eso sí, un privilegio para las familias más acomodadas, en el que era tradición que niños y mujeres partieran al campo durante las vacaciones de verano, mientras los hombres se quedaban trabajando en la ciudad.
Estos viajes se hicieron aún más comunes con el uso del ferrocarril. Es así como las zonas campesinas de Rancagua, Melipilla, los cercanos pero entonces campestres San Bernardo y Pirque, sirvieron a muchos santiaguinos como el reducto vacacional de la niñez, donde se congregaba gran cantidad de primos y tíos.
"En los paseos al fundo de mi tío, en Doñihue, nos juntábamos unos 30 ó 40 niños, porque antes las familias eran muy grandes. Sólo un tío tenía 19 hijos. Allí hacíamos diferentes juegos, pero por sobre todo largos paseos a caballo en grupo", señala Rosa Bravo, comentando sus vacaciones en la primera veintena del siglo XX.
En esa época, el campo era lo más parecido a un "parque de atracciones". Entre los panoramas existentes, además de las cabalgatas por los enormes fundos, quienes llegaban a las zonas rurales podían presenciar las cosechas de diferentes verduras y frutas, vendimias y la trilla. Estas dos últimas resultaban ser todo un espectáculo y alrededor de ellas se realizaban comidas, se tocaba música campesina y se bailaba, transformándose estas escenas en parte principal del ideario folclórico que hoy tiene el país.
La visita al campo también resultaba una experiencia de "viaje gastronómico". A diferencia de ahora, donde los campos agrícolas se concentran en la producción de uno o dos productos de manera tecnificada, antes una sola hacienda proveía de frutas, granos, animales y toda clase de alimentos frescos que garantizaban un buen comer. Rosa Bravo comenta que entre los platos más apetecidos estaban los porotos granados y las cazuelas de ave. También el tradicional choclo con mantequilla, que era considerado un plato infantil. "Cuando era la trilla, se hacía el charquicán de trilla. Ahí nadie quería comer cazuela ni choclo", dice.
En zonas más remotas, durante las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, las estancias servían como lugar de hospedaje para los forasteros, donde el dueño y su familia abrían sus puertas para que el viajero descansara y tomara fuerzas. Costumbre arraigada principalmente en Chiloé, Aysén y Magallanes.
LAS PLAYAS Y LAS TERMAS, EL CHILENO BAÑISTA
En un principio, el término bañista estaba más asociado a los baños termales que a las playas.
Los usuarios más asiduos de las termas eran, por recomendación médica, quienes sufrían de reumatismo, enfermedades cardíacas y problemas a la piel y digestivos, pero rápidamente este tipo de descanso se popularizó entre la población. En las cercanías de Santiago, los baños de Apoquindo se convirtieron en el paseo obligado para muchos desde pocas décadas después de la fundación de la capital. En el año 1900, en la zona había un hotel y eran promocionados como "de fácil acceso y en medio de lomajes suaves".
Bastante más al sur, las Termas de Chillán hacia 1885, 40 años después de haber sido descubiertas, contaban con 25 tinas.
Pero, según los registros históricos, fueron las Termas de Cauquenes las primeras en utilizarse con fines recreativos. Ya en el siglo XV fueron mencionadas por el cronista Alonso de Ovalle como "muy frecuentadas" por la población. De estas termas se desprende la Guía del bañista y del turista, la primera de la cual se tiene registro en Chile, y que data de 1897.
La reseña señala que "los baños de Cauquenes están situados en los valles de las cordilleras, no lejos de la fuente del río Cachapoal, en un paraje sumamente deleitable i ameno, adonde van todos los años en las estaciones proporcionadas muchas partidas de jentes, unas a recrearse y otras a recobrar su salud".
De manera paralela al turismo campestre, a fines del siglo XIX comenzó a arraigarse en Chile la costumbre de ir a la playa. Los primeros balnearios fueron ocupados por la gente de fundos y haciendas cercanas a la costa, y la costumbre comenzó a hacerse más popular con la construcción de los ramales de ferrocarriles.
De esa forma nacieron muchas ciudades costeras, como la propia Viña del Mar, cuando José Francisco Vergara cedió terrenos para establecer el servicio de agua, levantar una escuela, matadero y cementerio, para luego vender las tierras alrededor de la línea del tren, que se convirtieron en las primeras calles de la ciudad: Alvarez y Viana. Los barrios surgieron en torno al ferrocarril, como Recreo, donde, en 1910, nació el primer balneario de la zona, hoy desaparecido. Alrededor de él se instalaron piscinas, baños calientes, pista de baile y salón de té por iniciativa del entonces senador Luis Barros Borgoño. También aquí funcionó el primer casino de la ciudad. Gracias a estas obras, Viña del Mar se convirtió en la primera ciudad chilena en concebirse desde sus inicios con fines turísticos.
En la década del 20, se promocionaba Recreo de esta forma: "Sepan los santiaguinos cómo se les prepara acá su sitio de pololeo y baile" (extracto de revista Sucesos) y también en esa época se daba ya cuenta de la gran cantidad de visitantes.
El capitán de marina Luis Pomar en sus crónicas describe que "en los días festivos es tal la afluencia de paseantes que no bastan los cinco trenes que corren entre Valparaíso i Viña del Mar i es necesario poner extraordinarios para dar abasto a las exigencias del tráfico".
Otro balneario importante de principios de siglo fue Constitución, en la Región del Maule, impulsado principalmente por la construcción del tren desde Talca. Talquinos, curicanos y capitalinos le imprimieron un sello aristocrático y levantaron hermosas casonas frente a sus arenas negruzcas y grandes roqueríos.
Pero, sin duda alguna, el que brilló con más luces fue Cartagena. Desde tiempos coloniales, la zona de Lo Abarca fue utilizada con fines recreativos y desde allí las familias se dirigían a la costa en carretas y coches tirados por caballos. Posteriormente, se dio paso al loteo del sector costero, lo que permitió que santiaguinos de alcurnia edificaran casas que sólo eran utilizadas en temporada de verano. Con la llegada del ferrocarril, en la segunda mitad del siglo XIX, aparecieron también las residenciales y el comercio. Cartagena vivió su época dorada entre el 1890 y 1930, cuando llegaba los más granado de la sociedad chilena, y cada detalle era un signo de ostentación. Rosa Bravo recuerda que, de pequeña, que su llegada al balneario era parafernálica, en un coche tirado por caballos y un "bienvenidos, la pieza de la familia está lista" inmediato del botones que los recibía en el Hotel Miramar.
"Cartagena era muy bonito. Tenía una plazoleta donde llegaban los viejos con sus sillas a instalarse a tomar aire, sol y ver cómo andaba la gente. En la playa había vendedores de cuchuflís y empanadas de pera. Los niños chapoteaban a la orilla del mar y algunos hombres se bañaban mientras las mujeres miraban y cuidaban a los niños. Ellas usaban un traje de baño largo que les tapaba los brazos y las piernas. No se bañaban. Era feíto que una niña decente se metiera al agua.
Las personas eran muy precavidas con lo que hacían, porque si a los demás les molestaba, de inmediato eran tildadas de ordinarias", explica.
En la noche, los veraneantes acostumbraban a salir, pero sólo los hombres. Los viejos y jóvenes de la familia iban a restaurantes a comer, generalmente pescados y mariscos, o a los pequeños bares a beber un trago y jugar a las cartas o dominó.
Pasados los años y entre las dos guerras mundiales, un factor que impulsó las vacaciones y el desarrollo de muchos balnearios de la zona central fue la masificación del automóvil y la instalación de la sociedad de consumo. A mediados del siglo pasado, los balnearios de Cartagena y Constitución pierden su cuota de exclusividad, se vuelven masivos y surgen como nuevos iconos de la aristocracia Viña del Mar, Algarrobo y Zapallar.
Además, la construcción de la Ruta 68, que une Santiago y Valparaíso, generó un impulso extraordinario: en 1923 se inició la pavimentación de algunos tramos y en 1937 entró en servicio el camino por la cuesta Barriga y el túnel Zapata.
Años más tarde, en 1968, se inauguró el túnel Lo Prado, lo que disminuyó considerablemente los tiempos de traslado.
LOS PRIMEROS HOTELES
A comienzos de 1800, Valparaíso (17 mil habitantes, tres mil eran extranjeros) era claramente el principal puerto y el movimiento humano entre éste y la capital es, sin duda, el más intenso de todo el país. Así, surgieron, primero, alojamientos familiares que recibían a marinos, comerciantes y visitantes y, luego, las primeras posadas.
Algo similar sucedió en el camino, con alojamientos campesinos que fueron levantándose a lo largo del trayecto o cercanos a pequeños poblados, siempre dispuestos a recibir a cansados viajeros en carruajes tirados por mulas y que, en ocasiones, hacían parte del trayecto caminando.
Para la Independencia ya corren entre Santiago y Valparaíso las "diligencias", coches de cuatro ruedas tirados por cuatro o seis caballos y que pueden transportar hasta ocho personas, que pagaban un doblón o 1,5 libra esterlina. Pero no todos podían pagar, la gran mayoría viaja en carreta o a caballo, pernoctando a todo campo, arropándose con frazadas y mantas.
Al comienzo, las posadas eran simples chozas de paja, luego, fueron creciendo, incluyendo un zaguán o patio interior y, más tarde, habitaciones con suelo de barro. En algunas, los dueños comenzaron a vender velas, sebo, charqui, frutos secos, tabaco.
La primera posada de la que se tiene registro es de 1820 y está en Casablanca. María Grahan, una inglesa que visitó nuestro país y escribió un diario de sus recorridos, dice que su propietario es "un negro británico que algo conoce de las comodidades a que están acostumbrados los ingleses" y que "en realidad ofrece al viajero un descanso bastante satisfactorio". Los dormitorios tenían un colchón de lana instalado sobre un entablado de cañas, había un lavatorio de porcelana con espejo y un recipiente con agua que era rellenado constantemente.
Al tiempo, surgieron las comidas en las posadas. También en Casablanca, en 1831, un italiano y un inglés, en sus respectivos negocios, comenzaron a servir en rústicas mesas. Solía comenzarse con una cazuela de ave, continuar con porotos, para terminar con un trozo de vacuno o cordero con papas, todo acompañado de pan amasado, vino tinto y blanco. Al final, mate caliente.
Curiosamente, la mayoría de las hospederías que fueron surgiendo eran mantenidas por marinos y extranjeros. Así lo refleja muy bien un aviso publicado en El Mercurio de Valparaíso el 21 de febrero de 1851: "Establecimiento nuevo en Casablanca: Posada Francesa. Don Hipólito Caseneuve avisa al público que acaba de establecer una posada a la moda de Francia, las comidas hechas por un excelente cocinero francés, servicio de lo más aseado, se amasa pan francés en la misma casa para los pasajeros. Se avisa también que tiene abundantes pastos para los caballos birlocheros, i a precios muy moderados".
En Santiago, en 1820 ya existía el Hotel Inglés. Hacia 1872, cerca de 75 hoteles y residenciales hay entre Copiapó y Ancud.
Pero es durante el siglo XX cuando se produce el gran auge de la hotelería en el país, con importantes construcciones en Arica, Santiago, Los Lagos y Valparaíso, en gran parte impulsada en los años 20 y 30 por la Empresa de Ferrocarriles del Estado y, a mediados de siglo, por la Honsa (Hotelera Nacional) con financiamiento estatal.
LA MASIFICACIÓN
Probablemente sean las colonias de vacaciones y las cajas de previsión las que, a partir de la segunda mitad del siglo pasado, impulsaron los viajes de un grupo más masivo de chilenos.
Además, planes estatales de turismo social hicieron que se levantaran numerosos establecimientos vacacionales, todos orientados a brindar descanso a trabajadores, obreros y sus familias.
Durante mucho tiempo el viaje de larga distancia tuvo un halo de gran aventura, de experiencia muy poco habitual y que estaba reservado para unos elegidos. Cuando a mediados de siglo (y hasta los años 70) algún integrante de una familia viajaba, prácticamente todos los familiares iban a despedirlo al aeropuerto o a la estación. Muchos recordarán haber visto partir lentamente la figura de un avión echando humo desde sus turbinas y, uno, junto a los que quedaban en tierra, agitando las manos desde la vieja terraza del aún más viejo ex aeropuerto Pudahuel.
La falta de buenas comunicaciones, de mensajes instantáneos y celulares, como en la actualidad, hacía que el viajero realmente estuviera ausente del resto mientras se encontraba afuera y, a lo más, recibíamos una tarjeta postal desde el destino.
Aunque muchas veces ésta llegaba con noticias y anécdotas del viaje después que el propio turista.
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Chile Crónico
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Enero 2004
Viejos veranos devotos
El veraneo siempre se asocia con diversión y relajo, con la liberación de los horarios, las disciplinas y hasta de la ropa, con la exposición del cuerpo en trajes de baños cada vez más escuetos y con la vida social. Por eso es extraño que en nuestro litoral central se haya formado un balneario en el que el sonido predominante fue el de las campanas, y donde se hacían procesiones a la Virgen de Lourdes, se rezaba el rosario todas las tardes y se celebraban hasta cuatro misas los domingos en la temporada veraniega.
Hasta su nombre es pío: Las Cruces. Al parecer viene de las cruces que se erigieron frente al mar, para recordar algún naufragio olvidado. Hasta ahora - aun cuando el balneario se ha secularizado - se siente la presencia de sus dos iglesias. En la costanera de la Playa Grande, junto a los escaños de piedra que es lo único que queda del ferrocarril que unía Las Cruces con Cartagena, se levanta la hermosa estatua de la virgen Stelamaris. Asimismo, uno de los paseos tradicionales es el sendero que serpentea entre acantilados y roqueríos hasta llegar a la gruta donde está la imagen de la Virgen de Lourdes. La gruta está llena de antiguas placas de agradecimiento por favores concedidos, ya casi borradas por la esperma de las velas.
El recuerdo de un ermitaño
La tradición piadosa del balneario se remonta a los inicios del siglo XIX, cuando un sacerdote agustino que vivía retirado del mundo, el padre Juan de Dios Rojas, se dedicó a evangelizar la zona, en ese tiempo formada por propiedades rurales. Realizó esta labor hasta su muerte, en 1842. Al cumplirse el centenario de ésta, en 1942, los fieles levantaron una nueva cruz en el lugar donde tenía su ermita. En ese mismo sector los agustinos construyeron en 1912 una gran casa para la orden. Ahora en esos predios se ha levantado un resort que pasó a ser la edificación dominante en el balneario.
Lejos del ruido mundanal
Tal vez este espíritu religioso fue favorecido por el aislamiento del balneario. En las primeras décadas del siglo XX el transporte hacia la costa era difícil. Así por ejemplo, los santiaguinos que iban a veranear a Algarrobo debían hacer un viaje en carreta que duraba cuatro días, cargando camas y petacas, y hasta las provisiones no perecibles para toda la temporada.
Los que viajaban a Las Cruces podían tomar el tren que llegaba hasta Melipilla y desde ahí seguir en carreta. Las cosas se facilitaron algo cuando la vía férrea se extendió hasta el Puerto Viejo de San Antonio, en 1911, y en 1922, hasta Cartagena, que con eso pasó a ser el balneario más concurrido por los santiaguinos. Los que querían un lugar más tranquilo podían recurrir a un servicio de carros tirados por caballos, que corrían por una vía de trocha angosta, que a menudo quedaba tapada por la arena de la Playa Grande. El "motor" de esta empresa era el dueño del fundo El Peral, algunas de cuyas casas todavía se conservan en lo que es hoy el balneario de San Sebastián. Más tarde el servicio se motorizó y los carros se convirtieron en pequeños automotores. Ese fue el ferrocarril Cartagena - Las Cruces.
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Germán Becker Ureta
Cartagena
Veraneo en Cartagena. En esos años, este era el balneario preferido por las familias de Santiago. Mi papá arrendaba una casa, cerca de la calle de Los Suspiros. Por cierto que se llevaba toda la ropa de cama, así como los colchones, en unos bultos de saco, los cuales se cosían, con cáñamo y una gran aguja. Terminada la faena, se les marcaba: Alameda-Cartagena. Otra parte del rito del traslado a veranear, con camas y patecas, consistía en que una de las empleadas, saliera a buscar una carretela para llevar los bultos hasta la Estación Central. La misma muchacha viajaba junto al carretelero, con toda dignidad, en el pescante del vehículo. Estos enseres seguían su traslado en el carro de equipaje, del mismo tren en que viajábamos. ¡Qué lástima que los niños de hoy no puedan disfrutar de esta verdadera epopeya, que significaba salir a veranear.
Llegar con los bultos y las maletas, desde la Estación de Cartagena, a la casa que habitaríamos, también tenía su encanto, al menos para nosotros los cabros chicos. Llegamos a nuestro hogar veraniego, ya bastante oscuro. En la dichosa casa la luz estaba cortada, por un problema técnico. Mi papá, lleno de «recursos», manifestó que él era médico, por lo tanto la electricidad le era indispensable. La gente de la compañía eléctrica le creyó, y tuvimos luz en media hora. Se armaron las camas, comimos lo que mi mamá había traído desde Santiago y nos acostamos. Dicen que serían las tres de la mañana, cuando fuertes golpes en la puerta, nos despertaron a todos. Una vecina estaba con dolores de parto y no había nadie que la atendiera. Su marido, que era el mismo empleado de la Compañía Eléctrica, que nos dio luz, se acordó del «médico» y llegó a pedir socorro. Partió mi papá, con mi mamá y la Zoraida, cocinera doñihuana, diestra en todos estos avatares. El alumbramiento fue un éxito. Mis padres y la empleada, se quedaron a desayunar en casa de la feliz madre.
La estadía veraniega siguió con toda normalidad y agrado: baño de mar en la mañana, fricciones con agua salada, pan de huevo y vuelta a almorzar. Cuando amanecía nublado, nos ponían chombas y salíamos a caminar. Terminábamos la jornada, en el paseo de la terraza de la Playa Chica. Después de comida, se juntaban un grupo de matrimonios con sus niños, al rededor de una fogata, y se hacía música. Guitarra, acordeón y canto. Cada cual hacía su gracia. Mi papá cantaba Rimpianto. Los niños oíamos, mirábamos y nos dormíamos. Había un joven argentino que tocaba guitarra y cantaba. Se llamaba Carlos; me costó convencerme que no era Carlos Gardel.
Willy Arthur contaba de haber visto, en la playa Grande del balneario, a una robusta señora, la cual hizo armar un catre de bronce, de plaza y media, en la arena.
Mi cultura musical en esos días, pasaba por dos discos que se tocaban mucho en mi casa: Celeste Aída, interpretado por Carusso, con una etiqueta azul al centro, y El Tortillero, cantado por los Cuatro Huasos. Etiqueta negra. También recuerdo una canción, que se tocaba con orquesta y serrucho, cuyo nombre era Nerón. La letra era increíble:
-Nerón, Nerón, asómate a la ventana...
Tengo el disco. El que no tengo ni he oído jamás, desde entonces, es uno que decía:
-Celebremos que se ha muerto Garibaldi ¡Pum! Garibaldi ¡Pum»...
Garibaldi era una fiera era un perro prepotente, que mordía a toda la gente, etc. ¿Qué les parece? Ya en los tiempos más cercano, durante la fiebre del mambo, se cantaba y bailaba una pieza que decía en su estribillo:
-Champú de cariño, champú de cariño...
Inaudito. Parece que en esa época, era motivo de interés musical, la higiene personal, sino como se explica la canción que decía:
-Se acabó el jabón, qué vamos a hacer...
Y dentro de las letras descriptivas, es inolvidable:
-Las Pelotas, las pelotas las pelotas de carey...
Una tarde estábamos en la Playa Chica, cuando pasaron dos aeroplanos a muy baja altura. Eran de doble ala (biplanos) sin carlingas, así que se veían las cabezas de los pilotos, con sus gorras de cuero que le cubrían las orejas y sus anteojos de vuelo. Apenas pasaron sobre las dunas que están en dirección de Las Cruces y desaparecieron. La pareja de carabineros que montaban guardia diariamente en todas las playas, para rescatar presuntos ahogados y calmar a los borrachos y rateros, picaron espuelas y partieron a toda carrera hacia el lugar en que habían desaparecido las naves aéreas. Todos los que estábamos en la playa, en gigantesca estampida, seguimos a los jinetes: bañistas, turistas, veraneantes, vendedores de pan de huevo y un barquillero. Por cierto que este último, apenas llegamos al lugar de los hechos, comenzó a pregonar y vender su frágil mercadería. Ahí estaban los dos aviones aterrizados. Uno era rojo entero, el otro tenía el fuselaje rojo y las alas azules. Los aviadores ya habían descendido de sus naves y conversaban con los carabineros. Ambos vestían correctos trajes de calle. Supimos que uno, el más gordito, era el famoso Aladino Azzari, campeón de automovilismo, y el otro, un piloto de la Milicia Republicana, sin duda Eulogio Sánchez Errázuriz fundador del movimiento.
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Volvamos a Cartagena en tren
Como de Cartagena llegamos a la Milicia Republicana, un postrer recuerdo de este nostálgico balneario. Los viajantes que llegaban al lugar, se les llamaba «excursionista»; incluso el tren tenía ese mismo nombre. A propósito de trenes, don Pedro Blanquier, distinguido ingeniero, fue director de los FF. EE., y en esa calidad le tocó viajar a Europa por razones de servicio. Cuando transitaba por Suiza, vio en los campos, en gran cantidad, unas hermosas flores anaranjadas, que crecían en forma silvestre. Le encantaron. Y como el clima de la zona en la cual las vio, era muy parecido al de Chile, compró alguna cantidad de semillas. De vuelta en nuestro país, las hizo repartir en pequeños sobres y se las entregaron a los maquinistas de los trenes, para que fueran tirándolas a ambos lados de la vía. Es así como comenzaron a brotar esas florecillas anaranjadas, primero junto a los rieles, y después a todo el campo chileno. Esta flor se llama «Dedal de Oro».
Y recordando a Cartagena, el veraneo y los trenes, surge espontáneo y tranquilo, la evocación de mis mayores. En forma inexorable, uno a uno, comienzan a morir mis abuelos. En esa época, casi todos morían de uremia, vestían de negro y no pasaban agosto. Para mí fueron muy importantes. Mi abuelo don Germán Becker Delgado, murió en 1935. En 1937 falleció mi abuelo materno don Samuel Ureta Estrada, once años después, mi abuela doña Griselda Cornejo de Ureta. Finalmente perdí a mi abuela doña Elena Silva de Becker (1963).
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18/09/2010 - 11:18
Ocho horas demoraba un tren a Valparaíso y tres días a Antofagasta. Las primeras posadas eran un simple rancho con suelo de barro y, curiosamente, siempre estaban en manos de extranjeros. Vacacionar, hace años, era una odisea, que implicaba salir literalmente con camas y petacas.
por Pedro Arraztio/ Gonzalo Argandoña -
Rosa Bravo tiene 100 años. Casi 101. Y desde ya, Rosa tiene pensado qué va a hacer este verano, que es lo mismo que hace todos los veranos desde 1915: ir a pasear a la playa.

Por supuesto, mucha agua ha pasado bajo el puente y hoy todo es distinto. Antes, por ejemplo, cuando ella tenía menos de 10 años, los preparativos del viaje eran bastante más glamorosos.
Implicaban vagones de primera clase, carruajes, reservas en hoteles exclusivos de Cartagena y una patota familiar de más de 30 personas. El trayecto en tren desde Santiago demoraba algo más de tres horas y el recorrido arriba de los vagones era un inicio perfecto, que permitía hacerse de amigos, sin importar si iban en el mismo carro o viajaban en tercera.
Pero ¿qué tan diferente era la manera de viajar de los chilenos de hace uno o dos siglos atrás? ¿Cuáles eran sus principales destinos de vacaciones? ¿Qué se hacía durante el viaje? Aprovechando el aire reflexivo y nostálgico de este Bicentenario, una revisión de cómo eran los viajes y el turismo en el Chile de antes.
LA IMPORTANCIA DEL TREN
El ferrocarril literalmente "abrió el país" a mediados del siglo XIX. El primer tramo fue de Copiapó a Caldera, inaugurado en 1851 por Guillermo Wheelright.
Los cronistas de la época señalan que muchas personas, al escuchar el ruido de la locomotora y divisar el humo, "arrancaron a los cerros presos del pánico". Sin embargo, y a pesar de la impresión inicial, no pasaron muchos años antes de que el tren se convirtiera en el principal medio de transporte entre las ciudades más grandes.
En 1856, las vías siguieron de Santiago al sur y el tramo entre la capital y Valparaíso se inauguró en 1863, trayecto que en un principio demoraba ocho horas. No tardaron en aparecer los primeros coches-cama, aunque no sin inconvenientes: estos servicios fueron suprimidos en la línea a Valparaíso en 1873, por estar habilitado sólo para hombres y consistir únicamente en proporcionar un colchón y una almohada.
A inicios del siglo XX, el ferrocarril se convirtió en el principal impulsor del turismo nacional. En 1911 ya existía un coche especial para viajes de novios y en 1934 creó una empresa hotelera levantando el Gran Hotel Pucón y Gran Hotel de Puerto Varas, e incluso intentó un ambicioso proyecto de hospedaje en un lugar sumamente inhóspito y exótico para la época: la laguna San Rafael. También potenció el turismo a través de la edición de una "Guía de Viaje" y la propia revista En Viaje, que a partir de 1933 realizaba crónicas no sólo de los destinos nacionales, desde Curacautín hasta Isla de Pascua, sino que también incentivaba el turismo al exterior, en lugares como España, Italia e incluso hasta hoy remotos, como Líbano.
El antofagastino Sergio Artal (84) recuerda con nostalgia aquellos viajes desde su ciudad "al sur" en tren. Pero, por lo entretenidos que resultaban más que por el tiempo que llevaba cruzar gran parte del norte. "Eran tres días y dos noches para llegar hasta Santiago, pero como éramos niños -hablo de fines de los años 30, más o menos-, era una verdadera aventura. Nos íbamos en coche-dormitorio; siempre nos movíamos por los vagones, pasábamos a tercera, hacíamos amigos. Uno en el tren almorzaba, comía, pero no se sentía encerrado, era muy cómodo. En La Calera debíamos cambiar de tren y eso ya nos anunciaba que estábamos cerca", recuerda.
Otra vía frecuente de comunicación entre el Norte Grande y el centro del país fueron los barcos de cabotaje que no sólo llevaban carga, sino también pasajeros. Unían Antofagasta, Coquimbo y Valparaíso. "Había un movimiento que ya no se ve, dice Sergio Artal, y viajar en barco era lo mejor.
Cuando los barcos venían desde el sur, traían animales, frutas, huevos, una cantidad de alimentos impresionante. Es una pena que eso ya no exista, con el tremendo mar que tenemos. Pensar que hoy hay gente que en su vida se ha subido a un bote".
TURISMO CAMPESTRE, EL PRIMERO
La primera forma de "veraneo" relativamente masivo de los chilenos fue en las casas de fundo y estancias familiares, costumbre que se mantuvo hasta más allá de mediados del siglo XX. Eso sí, un privilegio para las familias más acomodadas, en el que era tradición que niños y mujeres partieran al campo durante las vacaciones de verano, mientras los hombres se quedaban trabajando en la ciudad.
Estos viajes se hicieron aún más comunes con el uso del ferrocarril. Es así como las zonas campesinas de Rancagua, Melipilla, los cercanos pero entonces campestres San Bernardo y Pirque, sirvieron a muchos santiaguinos como el reducto vacacional de la niñez, donde se congregaba gran cantidad de primos y tíos.
"En los paseos al fundo de mi tío, en Doñihue, nos juntábamos unos 30 ó 40 niños, porque antes las familias eran muy grandes. Sólo un tío tenía 19 hijos. Allí hacíamos diferentes juegos, pero por sobre todo largos paseos a caballo en grupo", señala Rosa Bravo, comentando sus vacaciones en la primera veintena del siglo XX.
En esa época, el campo era lo más parecido a un "parque de atracciones". Entre los panoramas existentes, además de las cabalgatas por los enormes fundos, quienes llegaban a las zonas rurales podían presenciar las cosechas de diferentes verduras y frutas, vendimias y la trilla. Estas dos últimas resultaban ser todo un espectáculo y alrededor de ellas se realizaban comidas, se tocaba música campesina y se bailaba, transformándose estas escenas en parte principal del ideario folclórico que hoy tiene el país.
La visita al campo también resultaba una experiencia de "viaje gastronómico". A diferencia de ahora, donde los campos agrícolas se concentran en la producción de uno o dos productos de manera tecnificada, antes una sola hacienda proveía de frutas, granos, animales y toda clase de alimentos frescos que garantizaban un buen comer. Rosa Bravo comenta que entre los platos más apetecidos estaban los porotos granados y las cazuelas de ave. También el tradicional choclo con mantequilla, que era considerado un plato infantil. "Cuando era la trilla, se hacía el charquicán de trilla. Ahí nadie quería comer cazuela ni choclo", dice.
En zonas más remotas, durante las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, las estancias servían como lugar de hospedaje para los forasteros, donde el dueño y su familia abrían sus puertas para que el viajero descansara y tomara fuerzas. Costumbre arraigada principalmente en Chiloé, Aysén y Magallanes.
LAS PLAYAS Y LAS TERMAS, EL CHILENO BAÑISTA
En un principio, el término bañista estaba más asociado a los baños termales que a las playas.
Los usuarios más asiduos de las termas eran, por recomendación médica, quienes sufrían de reumatismo, enfermedades cardíacas y problemas a la piel y digestivos, pero rápidamente este tipo de descanso se popularizó entre la población. En las cercanías de Santiago, los baños de Apoquindo se convirtieron en el paseo obligado para muchos desde pocas décadas después de la fundación de la capital. En el año 1900, en la zona había un hotel y eran promocionados como "de fácil acceso y en medio de lomajes suaves".
Bastante más al sur, las Termas de Chillán hacia 1885, 40 años después de haber sido descubiertas, contaban con 25 tinas.
Pero, según los registros históricos, fueron las Termas de Cauquenes las primeras en utilizarse con fines recreativos. Ya en el siglo XV fueron mencionadas por el cronista Alonso de Ovalle como "muy frecuentadas" por la población. De estas termas se desprende la Guía del bañista y del turista, la primera de la cual se tiene registro en Chile, y que data de 1897.
La reseña señala que "los baños de Cauquenes están situados en los valles de las cordilleras, no lejos de la fuente del río Cachapoal, en un paraje sumamente deleitable i ameno, adonde van todos los años en las estaciones proporcionadas muchas partidas de jentes, unas a recrearse y otras a recobrar su salud".
De manera paralela al turismo campestre, a fines del siglo XIX comenzó a arraigarse en Chile la costumbre de ir a la playa. Los primeros balnearios fueron ocupados por la gente de fundos y haciendas cercanas a la costa, y la costumbre comenzó a hacerse más popular con la construcción de los ramales de ferrocarriles.
De esa forma nacieron muchas ciudades costeras, como la propia Viña del Mar, cuando José Francisco Vergara cedió terrenos para establecer el servicio de agua, levantar una escuela, matadero y cementerio, para luego vender las tierras alrededor de la línea del tren, que se convirtieron en las primeras calles de la ciudad: Alvarez y Viana. Los barrios surgieron en torno al ferrocarril, como Recreo, donde, en 1910, nació el primer balneario de la zona, hoy desaparecido. Alrededor de él se instalaron piscinas, baños calientes, pista de baile y salón de té por iniciativa del entonces senador Luis Barros Borgoño. También aquí funcionó el primer casino de la ciudad. Gracias a estas obras, Viña del Mar se convirtió en la primera ciudad chilena en concebirse desde sus inicios con fines turísticos.
En la década del 20, se promocionaba Recreo de esta forma: "Sepan los santiaguinos cómo se les prepara acá su sitio de pololeo y baile" (extracto de revista Sucesos) y también en esa época se daba ya cuenta de la gran cantidad de visitantes.
El capitán de marina Luis Pomar en sus crónicas describe que "en los días festivos es tal la afluencia de paseantes que no bastan los cinco trenes que corren entre Valparaíso i Viña del Mar i es necesario poner extraordinarios para dar abasto a las exigencias del tráfico".
Otro balneario importante de principios de siglo fue Constitución, en la Región del Maule, impulsado principalmente por la construcción del tren desde Talca. Talquinos, curicanos y capitalinos le imprimieron un sello aristocrático y levantaron hermosas casonas frente a sus arenas negruzcas y grandes roqueríos.
Pero, sin duda alguna, el que brilló con más luces fue Cartagena. Desde tiempos coloniales, la zona de Lo Abarca fue utilizada con fines recreativos y desde allí las familias se dirigían a la costa en carretas y coches tirados por caballos. Posteriormente, se dio paso al loteo del sector costero, lo que permitió que santiaguinos de alcurnia edificaran casas que sólo eran utilizadas en temporada de verano. Con la llegada del ferrocarril, en la segunda mitad del siglo XIX, aparecieron también las residenciales y el comercio. Cartagena vivió su época dorada entre el 1890 y 1930, cuando llegaba los más granado de la sociedad chilena, y cada detalle era un signo de ostentación. Rosa Bravo recuerda que, de pequeña, que su llegada al balneario era parafernálica, en un coche tirado por caballos y un "bienvenidos, la pieza de la familia está lista" inmediato del botones que los recibía en el Hotel Miramar.
"Cartagena era muy bonito. Tenía una plazoleta donde llegaban los viejos con sus sillas a instalarse a tomar aire, sol y ver cómo andaba la gente. En la playa había vendedores de cuchuflís y empanadas de pera. Los niños chapoteaban a la orilla del mar y algunos hombres se bañaban mientras las mujeres miraban y cuidaban a los niños. Ellas usaban un traje de baño largo que les tapaba los brazos y las piernas. No se bañaban. Era feíto que una niña decente se metiera al agua.
Las personas eran muy precavidas con lo que hacían, porque si a los demás les molestaba, de inmediato eran tildadas de ordinarias", explica.
En la noche, los veraneantes acostumbraban a salir, pero sólo los hombres. Los viejos y jóvenes de la familia iban a restaurantes a comer, generalmente pescados y mariscos, o a los pequeños bares a beber un trago y jugar a las cartas o dominó.
Pasados los años y entre las dos guerras mundiales, un factor que impulsó las vacaciones y el desarrollo de muchos balnearios de la zona central fue la masificación del automóvil y la instalación de la sociedad de consumo. A mediados del siglo pasado, los balnearios de Cartagena y Constitución pierden su cuota de exclusividad, se vuelven masivos y surgen como nuevos iconos de la aristocracia Viña del Mar, Algarrobo y Zapallar.
Además, la construcción de la Ruta 68, que une Santiago y Valparaíso, generó un impulso extraordinario: en 1923 se inició la pavimentación de algunos tramos y en 1937 entró en servicio el camino por la cuesta Barriga y el túnel Zapata.
Años más tarde, en 1968, se inauguró el túnel Lo Prado, lo que disminuyó considerablemente los tiempos de traslado.
LOS PRIMEROS HOTELES
A comienzos de 1800, Valparaíso (17 mil habitantes, tres mil eran extranjeros) era claramente el principal puerto y el movimiento humano entre éste y la capital es, sin duda, el más intenso de todo el país. Así, surgieron, primero, alojamientos familiares que recibían a marinos, comerciantes y visitantes y, luego, las primeras posadas.
Algo similar sucedió en el camino, con alojamientos campesinos que fueron levantándose a lo largo del trayecto o cercanos a pequeños poblados, siempre dispuestos a recibir a cansados viajeros en carruajes tirados por mulas y que, en ocasiones, hacían parte del trayecto caminando.
Para la Independencia ya corren entre Santiago y Valparaíso las "diligencias", coches de cuatro ruedas tirados por cuatro o seis caballos y que pueden transportar hasta ocho personas, que pagaban un doblón o 1,5 libra esterlina. Pero no todos podían pagar, la gran mayoría viaja en carreta o a caballo, pernoctando a todo campo, arropándose con frazadas y mantas.
Al comienzo, las posadas eran simples chozas de paja, luego, fueron creciendo, incluyendo un zaguán o patio interior y, más tarde, habitaciones con suelo de barro. En algunas, los dueños comenzaron a vender velas, sebo, charqui, frutos secos, tabaco.
La primera posada de la que se tiene registro es de 1820 y está en Casablanca. María Grahan, una inglesa que visitó nuestro país y escribió un diario de sus recorridos, dice que su propietario es "un negro británico que algo conoce de las comodidades a que están acostumbrados los ingleses" y que "en realidad ofrece al viajero un descanso bastante satisfactorio". Los dormitorios tenían un colchón de lana instalado sobre un entablado de cañas, había un lavatorio de porcelana con espejo y un recipiente con agua que era rellenado constantemente.
Al tiempo, surgieron las comidas en las posadas. También en Casablanca, en 1831, un italiano y un inglés, en sus respectivos negocios, comenzaron a servir en rústicas mesas. Solía comenzarse con una cazuela de ave, continuar con porotos, para terminar con un trozo de vacuno o cordero con papas, todo acompañado de pan amasado, vino tinto y blanco. Al final, mate caliente.
Curiosamente, la mayoría de las hospederías que fueron surgiendo eran mantenidas por marinos y extranjeros. Así lo refleja muy bien un aviso publicado en El Mercurio de Valparaíso el 21 de febrero de 1851: "Establecimiento nuevo en Casablanca: Posada Francesa. Don Hipólito Caseneuve avisa al público que acaba de establecer una posada a la moda de Francia, las comidas hechas por un excelente cocinero francés, servicio de lo más aseado, se amasa pan francés en la misma casa para los pasajeros. Se avisa también que tiene abundantes pastos para los caballos birlocheros, i a precios muy moderados".
En Santiago, en 1820 ya existía el Hotel Inglés. Hacia 1872, cerca de 75 hoteles y residenciales hay entre Copiapó y Ancud.
Pero es durante el siglo XX cuando se produce el gran auge de la hotelería en el país, con importantes construcciones en Arica, Santiago, Los Lagos y Valparaíso, en gran parte impulsada en los años 20 y 30 por la Empresa de Ferrocarriles del Estado y, a mediados de siglo, por la Honsa (Hotelera Nacional) con financiamiento estatal.
LA MASIFICACIÓN
Probablemente sean las colonias de vacaciones y las cajas de previsión las que, a partir de la segunda mitad del siglo pasado, impulsaron los viajes de un grupo más masivo de chilenos.
Además, planes estatales de turismo social hicieron que se levantaran numerosos establecimientos vacacionales, todos orientados a brindar descanso a trabajadores, obreros y sus familias.
Durante mucho tiempo el viaje de larga distancia tuvo un halo de gran aventura, de experiencia muy poco habitual y que estaba reservado para unos elegidos. Cuando a mediados de siglo (y hasta los años 70) algún integrante de una familia viajaba, prácticamente todos los familiares iban a despedirlo al aeropuerto o a la estación. Muchos recordarán haber visto partir lentamente la figura de un avión echando humo desde sus turbinas y, uno, junto a los que quedaban en tierra, agitando las manos desde la vieja terraza del aún más viejo ex aeropuerto Pudahuel.
La falta de buenas comunicaciones, de mensajes instantáneos y celulares, como en la actualidad, hacía que el viajero realmente estuviera ausente del resto mientras se encontraba afuera y, a lo más, recibíamos una tarjeta postal desde el destino.
Aunque muchas veces ésta llegaba con noticias y anécdotas del viaje después que el propio turista.
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Chile Crónico
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Enero 2004
Viejos veranos devotos
El veraneo siempre se asocia con diversión y relajo, con la liberación de los horarios, las disciplinas y hasta de la ropa, con la exposición del cuerpo en trajes de baños cada vez más escuetos y con la vida social. Por eso es extraño que en nuestro litoral central se haya formado un balneario en el que el sonido predominante fue el de las campanas, y donde se hacían procesiones a la Virgen de Lourdes, se rezaba el rosario todas las tardes y se celebraban hasta cuatro misas los domingos en la temporada veraniega.
Hasta su nombre es pío: Las Cruces. Al parecer viene de las cruces que se erigieron frente al mar, para recordar algún naufragio olvidado. Hasta ahora - aun cuando el balneario se ha secularizado - se siente la presencia de sus dos iglesias. En la costanera de la Playa Grande, junto a los escaños de piedra que es lo único que queda del ferrocarril que unía Las Cruces con Cartagena, se levanta la hermosa estatua de la virgen Stelamaris. Asimismo, uno de los paseos tradicionales es el sendero que serpentea entre acantilados y roqueríos hasta llegar a la gruta donde está la imagen de la Virgen de Lourdes. La gruta está llena de antiguas placas de agradecimiento por favores concedidos, ya casi borradas por la esperma de las velas.
El recuerdo de un ermitaño
La tradición piadosa del balneario se remonta a los inicios del siglo XIX, cuando un sacerdote agustino que vivía retirado del mundo, el padre Juan de Dios Rojas, se dedicó a evangelizar la zona, en ese tiempo formada por propiedades rurales. Realizó esta labor hasta su muerte, en 1842. Al cumplirse el centenario de ésta, en 1942, los fieles levantaron una nueva cruz en el lugar donde tenía su ermita. En ese mismo sector los agustinos construyeron en 1912 una gran casa para la orden. Ahora en esos predios se ha levantado un resort que pasó a ser la edificación dominante en el balneario.
Lejos del ruido mundanal
Tal vez este espíritu religioso fue favorecido por el aislamiento del balneario. En las primeras décadas del siglo XX el transporte hacia la costa era difícil. Así por ejemplo, los santiaguinos que iban a veranear a Algarrobo debían hacer un viaje en carreta que duraba cuatro días, cargando camas y petacas, y hasta las provisiones no perecibles para toda la temporada.
Los que viajaban a Las Cruces podían tomar el tren que llegaba hasta Melipilla y desde ahí seguir en carreta. Las cosas se facilitaron algo cuando la vía férrea se extendió hasta el Puerto Viejo de San Antonio, en 1911, y en 1922, hasta Cartagena, que con eso pasó a ser el balneario más concurrido por los santiaguinos. Los que querían un lugar más tranquilo podían recurrir a un servicio de carros tirados por caballos, que corrían por una vía de trocha angosta, que a menudo quedaba tapada por la arena de la Playa Grande. El "motor" de esta empresa era el dueño del fundo El Peral, algunas de cuyas casas todavía se conservan en lo que es hoy el balneario de San Sebastián. Más tarde el servicio se motorizó y los carros se convirtieron en pequeños automotores. Ese fue el ferrocarril Cartagena - Las Cruces.
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MIGUEL DE CERVANTES
De memoria
Germán Becker Ureta
Cartagena
Veraneo en Cartagena. En esos años, este era el balneario preferido por las familias de Santiago. Mi papá arrendaba una casa, cerca de la calle de Los Suspiros. Por cierto que se llevaba toda la ropa de cama, así como los colchones, en unos bultos de saco, los cuales se cosían, con cáñamo y una gran aguja. Terminada la faena, se les marcaba: Alameda-Cartagena. Otra parte del rito del traslado a veranear, con camas y patecas, consistía en que una de las empleadas, saliera a buscar una carretela para llevar los bultos hasta la Estación Central. La misma muchacha viajaba junto al carretelero, con toda dignidad, en el pescante del vehículo. Estos enseres seguían su traslado en el carro de equipaje, del mismo tren en que viajábamos. ¡Qué lástima que los niños de hoy no puedan disfrutar de esta verdadera epopeya, que significaba salir a veranear.
Llegar con los bultos y las maletas, desde la Estación de Cartagena, a la casa que habitaríamos, también tenía su encanto, al menos para nosotros los cabros chicos. Llegamos a nuestro hogar veraniego, ya bastante oscuro. En la dichosa casa la luz estaba cortada, por un problema técnico. Mi papá, lleno de «recursos», manifestó que él era médico, por lo tanto la electricidad le era indispensable. La gente de la compañía eléctrica le creyó, y tuvimos luz en media hora. Se armaron las camas, comimos lo que mi mamá había traído desde Santiago y nos acostamos. Dicen que serían las tres de la mañana, cuando fuertes golpes en la puerta, nos despertaron a todos. Una vecina estaba con dolores de parto y no había nadie que la atendiera. Su marido, que era el mismo empleado de la Compañía Eléctrica, que nos dio luz, se acordó del «médico» y llegó a pedir socorro. Partió mi papá, con mi mamá y la Zoraida, cocinera doñihuana, diestra en todos estos avatares. El alumbramiento fue un éxito. Mis padres y la empleada, se quedaron a desayunar en casa de la feliz madre.
La estadía veraniega siguió con toda normalidad y agrado: baño de mar en la mañana, fricciones con agua salada, pan de huevo y vuelta a almorzar. Cuando amanecía nublado, nos ponían chombas y salíamos a caminar. Terminábamos la jornada, en el paseo de la terraza de la Playa Chica. Después de comida, se juntaban un grupo de matrimonios con sus niños, al rededor de una fogata, y se hacía música. Guitarra, acordeón y canto. Cada cual hacía su gracia. Mi papá cantaba Rimpianto. Los niños oíamos, mirábamos y nos dormíamos. Había un joven argentino que tocaba guitarra y cantaba. Se llamaba Carlos; me costó convencerme que no era Carlos Gardel.
Willy Arthur contaba de haber visto, en la playa Grande del balneario, a una robusta señora, la cual hizo armar un catre de bronce, de plaza y media, en la arena.
Mi cultura musical en esos días, pasaba por dos discos que se tocaban mucho en mi casa: Celeste Aída, interpretado por Carusso, con una etiqueta azul al centro, y El Tortillero, cantado por los Cuatro Huasos. Etiqueta negra. También recuerdo una canción, que se tocaba con orquesta y serrucho, cuyo nombre era Nerón. La letra era increíble:
-Nerón, Nerón, asómate a la ventana...
Tengo el disco. El que no tengo ni he oído jamás, desde entonces, es uno que decía:
-Celebremos que se ha muerto Garibaldi ¡Pum! Garibaldi ¡Pum»...
Garibaldi era una fiera era un perro prepotente, que mordía a toda la gente, etc. ¿Qué les parece? Ya en los tiempos más cercano, durante la fiebre del mambo, se cantaba y bailaba una pieza que decía en su estribillo:
-Champú de cariño, champú de cariño...
Inaudito. Parece que en esa época, era motivo de interés musical, la higiene personal, sino como se explica la canción que decía:
-Se acabó el jabón, qué vamos a hacer...
Y dentro de las letras descriptivas, es inolvidable:
-Las Pelotas, las pelotas las pelotas de carey...
Una tarde estábamos en la Playa Chica, cuando pasaron dos aeroplanos a muy baja altura. Eran de doble ala (biplanos) sin carlingas, así que se veían las cabezas de los pilotos, con sus gorras de cuero que le cubrían las orejas y sus anteojos de vuelo. Apenas pasaron sobre las dunas que están en dirección de Las Cruces y desaparecieron. La pareja de carabineros que montaban guardia diariamente en todas las playas, para rescatar presuntos ahogados y calmar a los borrachos y rateros, picaron espuelas y partieron a toda carrera hacia el lugar en que habían desaparecido las naves aéreas. Todos los que estábamos en la playa, en gigantesca estampida, seguimos a los jinetes: bañistas, turistas, veraneantes, vendedores de pan de huevo y un barquillero. Por cierto que este último, apenas llegamos al lugar de los hechos, comenzó a pregonar y vender su frágil mercadería. Ahí estaban los dos aviones aterrizados. Uno era rojo entero, el otro tenía el fuselaje rojo y las alas azules. Los aviadores ya habían descendido de sus naves y conversaban con los carabineros. Ambos vestían correctos trajes de calle. Supimos que uno, el más gordito, era el famoso Aladino Azzari, campeón de automovilismo, y el otro, un piloto de la Milicia Republicana, sin duda Eulogio Sánchez Errázuriz fundador del movimiento.
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Volvamos a Cartagena en tren
Como de Cartagena llegamos a la Milicia Republicana, un postrer recuerdo de este nostálgico balneario. Los viajantes que llegaban al lugar, se les llamaba «excursionista»; incluso el tren tenía ese mismo nombre. A propósito de trenes, don Pedro Blanquier, distinguido ingeniero, fue director de los FF. EE., y en esa calidad le tocó viajar a Europa por razones de servicio. Cuando transitaba por Suiza, vio en los campos, en gran cantidad, unas hermosas flores anaranjadas, que crecían en forma silvestre. Le encantaron. Y como el clima de la zona en la cual las vio, era muy parecido al de Chile, compró alguna cantidad de semillas. De vuelta en nuestro país, las hizo repartir en pequeños sobres y se las entregaron a los maquinistas de los trenes, para que fueran tirándolas a ambos lados de la vía. Es así como comenzaron a brotar esas florecillas anaranjadas, primero junto a los rieles, y después a todo el campo chileno. Esta flor se llama «Dedal de Oro».
Y recordando a Cartagena, el veraneo y los trenes, surge espontáneo y tranquilo, la evocación de mis mayores. En forma inexorable, uno a uno, comienzan a morir mis abuelos. En esa época, casi todos morían de uremia, vestían de negro y no pasaban agosto. Para mí fueron muy importantes. Mi abuelo don Germán Becker Delgado, murió en 1935. En 1937 falleció mi abuelo materno don Samuel Ureta Estrada, once años después, mi abuela doña Griselda Cornejo de Ureta. Finalmente perdí a mi abuela doña Elena Silva de Becker (1963).
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domingo, 13 de febrero de 2011
REPORTAJE Una tradición de cien años: Al rescate de la fotografía minutera
http://www.emol.com/
domingo 13 de febrero de 2011

Responsable durante un siglo de retratar la memoria chilena en paseos y plazas, este antiguo oficio hoy corre peligro de pasar al olvido. Una muestra en el Museo de Bellas Artes, un nuevo libro y un grupo de seguidores buscan revivir esta tradición.

Antonio Sotomayor B.
Quizás por el mero "certificado de existencia", como decía el chileno Luis Poirot, o quizás por simular un viaje, por aparentar el estatus de quienes se hacían retratar en pinturas o en estudios fotográficos, por mandar postales divertidas y llenas de ingenuidad, o por lo que fuera, el retrato popular, la fotografía de plaza, y en particular, la de cajón o minutera, es una costumbre arraigada en la identidad chilena desde hace 100 años.
La Plaza de Armas, la Quinta Normal, Cartagena, Viña del Mar, el Parque O'Higgins o la cumbre del San Cristóbal fueron lugares donde se podía encontrar con facilidad a ese hombre con un delantal blanco, un curioso rebaño de palo -caballos, vacas en miniatura, sobre los que posaban los niños-, y una caja de madera sobre un trípode con un lente delante y un agujero con una tela detrás, que le permitía a ese hombre llevar a cabo con una sola mano, y a tientas, todo el delicado proceso de la fotografía.

Poner a la persona frente al cajón. Enfocar. Ingeniárselas para mantener a la gente quieta. Sacar la foto. Tomar el negativo. Revelador. Fijador. Todo sin mirar. Sacar el negativo del cajón y lavarlo con agua. Luego repetir el mismo procedimiento, sólo que esta vez se fotografía el negativo, y la luz la recibe un papel positivo. Este delicado proceso es el que se esconde tras la promesa de entregar la fotografía "en un minuto".
En la oscuridad de esa caja misteriosa.
Los comienzos

A Chile la primera cámara minutera o de cajón llegó en 1911. Entonces estas cámaras-laboratorio trabajaban con la técnica de la ferrotipia, muy utilizada a mediados del sigo XIX. Una hoja de hierro o acero ennegrecida servía como soporte para una emulsión fotográfica hecha de colodión liquido diluido en alcohol y éter, contra la cual se imprimía la imagen en un papel positivo directamente desde el metal.

Eso hasta 1920, cuando se popularizó el negativo en papel. Mucho más nítido y de mejor calidad en su imagen, y todavía posible de procesar dentro del cajón. Aun así, "en 1924 seguía habiendo fotógrafos minuteros que trabajan con ferrotipia, pero ya estaban muy obsoletos", aclara Octavio Cornejo, investigador y coleccionista co-creador de la exposición "Fotógrafos Minuteros: El retrato popular en Chile", junto a la comunicadora Paula Fiamma y la historiadora Ximena Rioseco. La muestra, que cuenta con el apoyo del Fondart, estará abierta hasta el 27 de este mes en la sala Chile del Museo Nacional de Bellas Artes y exhibe 80 imágenes minuteras, seleccionadas entre las casi dos mil originales que son parte de la colección personal de Cornejo.
"Llevo diez años metido en esto", dice Cornejo, "y espero que con trabajo se pueda llegar a imitar lo que se hizo en Brasil, donde le dieron calidad de patrimonio vivo al último fotógrafo lambe-lambe (como llaman allá a los minuteros)".

"En general, hay dos tipos de personas interesadas en revivir esto. Unos son los nostálgicos, vinculados por sus ancestros, padres y abuelos que hacían este oficio y no quieren que se pierda. Luis Maldonado y Johanna Briones son ejemplos de ellos. Otros, como Paula Fiamma o yo, tenemos un acercamiento desde el romanticismo puro, amamos la fotografía y tenemos algo de desconfianza hacia la tecnología, al apretar un botón y listo", explica Cornejo.



Al recorrer la exposición, llaman también la atención los telones de fondo con los que la postal podía simular un paseo en auto por plaza Baquedano (Italia), o un vuelo en avión por la capital, en plena fiesta de Santa Rosa de Pelequén. O al revés, traer el campo al corazón de la capital.
La caída
En Chile en 1918 se contabilizaban 300 fotógrafos minuteros. En 1942 llegaron a ser 5 mil y ya contaban con un sindicato formado en 1930. Para 1972, según un estudio de María Luisa Ulibarri, volvieron a ser 300.
La investigación de Octavio Cornejo y sus compañeras -una memoria de 300 páginas que buscan publicar- revela que hoy no quedarían más de diez fotógrafos minuteros activos en todo el país. Dos en Plaza de Armas, uno en la Ligua, uno en San Antonio, y los otros sin paradero establecido.
La entrada de las cámaras Polaroid, y luego de las digitales, la preferencia por el color -en vez del blanco y negro propio de las imágenes minuteras- y la pérdida del interés por la tradición con la que se conecta automáticamente la cámara de cajón, son algunas de las razones por las que este oficio hoy corre peligro de extinción. "La minutera tiene una estética de añoranza, es una imagen antigua sacada hoy", opina Johanna Briones (33), fotógrafa profesional, hija y nieta de minuteros, quien busca revivir el oficio de su familia intentando conseguir un permiso municipal para trabajar en la calle.
Resistiendo al olvido

-¿Una fotito?, pregunta el fotógrafo minutero Luis Maldonado a una señora que arrastra a una niña hipnotizada por los caballitos de palo.
-¡Sale al tiro!, asegura. Maldonado es el más joven de los sobrevivientes del oficio. Tiene 42 años y es hijo, nieto y sobrino de fotógrafos de cajón. Lleva dos décadas retratando en el centro de la Plaza de Armas, y hoy, además de su cámara de cajón, debe tener una digital. "Esto ya no da", comenta mirando su minutera.
"Ahora nos quieren sacar de la plaza", cuenta, "dicen que la afeamos, que las grandes tiendas alegan ¿Cómo va a ser eso si nosotros somos una atracción?".
Por veinte años ha trabajado con permiso de ayudante con la patente de su tío, y asegura haber pedido ayuda a todos los alcaldes de Santiago, al Consejo de la Cultura, mandado cartas a la Moneda, y hasta a Farkas, buscando apoyo para obtener su patente propia, y financiamiento para su gran proyecto: recorrer Chile retratándolo con su cámara de cajón.
"Es triste mirar todo lo que has hecho y ver que las personas no reconocen este oficio. He sido valorado en el momento y después olvidado", recuerda Maldonado, quien dentro de sus figuraciones más importantes cuenta una invitación a la Bienal de Venecia en 2003.
-¿Una fotito? - reintenta Maldonado. Finalmente un par de señoras acceden. Pero le exigen usar la cámara digital. Mala cosa. Son tiempos difíciles para la fotografía minutera.

Nuevo libro de Julio Núñez
Poeta visual, ganador del premio 2010 de la Revista de Libros de El Mercurio, y además fotógrafo forense, Julio Núñez prepara para el día 26 de febrero el lanzamiento de "Cámara Obscura", una autoedición de 800 ejemplares que ya está a la venta en las tiendas de la Galería Moro del Museo de Bellas Artes, el de la Memoria y el de Artes Visuales (Mavi). En el libro hace dialogar sus textos poéticos con una selección de imágenes de su colección de postales minuteras. "Hay un juego con el tema de la luz, la memoria, el olvido y la identidad. Con el ver esas postales súper ingenuas, entonces pensadas para el recuerdo, ahora perdidas en el olvido y el anonimato de un mercado persa".
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http://www.lun.com/
Miércoles, 23 de Febrero de 2011
Libro reúne los tesoros de un coleccionista nostálgico
Julio Núñez publica una selección de sus fotografías minuteras


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http://www.emol.com/
jueves 24 de febrero de 2011
Poeta visual rescata el arte de la fotografía de cajón
"Cámara obscura. Destellos en suspensión":

El libro del artista Julio Núñez Rivera mezcla imágenes y poemas, y será presentado este sábado en el Museo Nacional de Bellas Artes.
Carlos Andueza Garrido
"Afortunadamente el fotógrafo/ roba nuestros frágiles chispazos/ para encender antorchas/ en los álbumes del olvido y el silencio". Los versos del artista Julio Núñez Rivera, contenidos en el libro "Cámara obscura. Destellos en suspensión", resumen de alguna manera el sentido de su más reciente obra, que será presentada este sábado a las 12:00 horas en el Museo Nacional de Bellas Artes.
Recopilación de un trabajo prácticamente extinto, como lo es la fotografía mediante cámaras de cajón, el libro expone gran parte de la colección que Núñez inició desde su época universitaria y que se desprende de su fascinación por la antigua técnica fotográfica. "Quise homenajear tanto a los fotógrafos minuteros como a los pintores de telones que trabajaban con ellos", confiesa.

La fantasía de los telones se recrea en el libro.
De hecho, el libro está dedicado a la memoria de Julio Lucero Vargas, pintor de telones de fondo fallecido en 1965. Gracias a una minuciosa investigación, Núñez se puso en contacto con sus hijos, los que estarán presentes este sábado en el lanzamiento y recibirán una copia de "Cámara obscura".
"Estas fotografías se caracterizan por reflejar al Chile más popular, personas que no tenían el dinero para pagar una cámara o un estudio profesional, y que aprovechaban un viaje o festividad para retratarse a bajo costo y al instante", explica Núñez.
Además de registros en blanco y negro de este olvidado arte ambulante, el libro presenta fotopostales coloreadas, diapositivas y montajes digitales a lo largo de sus 200 páginas: 128 de papel cuché opaco y 72 en papel vegetal. Todo articulado en colaboración con el diseñador gráfico Marco González y aderezado con versos del propio autor inspirados en estas prácticas.

Los coloridos montajes digitales son obra del diseñador Marco González Ríos y el autor.
Núñez es licenciado en Artes Visuales con especialidad en fotografía, pero su carrera dio un giro en 1994 cuando entró a la Policía de Investigaciones a trabajar como fotógrafo forense, labor que combinó con su veta poética, publicando "Espantacuerdos" (Ediciones Antisiquiátrico, 1993), "Pieza inconclusa para fin de siglo" (Ediciones Maravillosas, 1996) y "El breve latido que burla al silencio" (Editorial El Mercurio-Aguilar, 2010).
Con esta última publicación, Núñez ganó el año pasado el Premio Revista de Libros de "El Mercurio", consistente en $6 millones, los que destinó a la creación de "Cámara obscura".
La primera edición del libro contará con 1.000 ejemplares y podrá ser adquirido en algunas librerías, como Metales Pesados, o encargado a camaraobscura.digital@gmail.com.
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domingo 13 de febrero de 2011

Responsable durante un siglo de retratar la memoria chilena en paseos y plazas, este antiguo oficio hoy corre peligro de pasar al olvido. Una muestra en el Museo de Bellas Artes, un nuevo libro y un grupo de seguidores buscan revivir esta tradición.

Antonio Sotomayor B.
Quizás por el mero "certificado de existencia", como decía el chileno Luis Poirot, o quizás por simular un viaje, por aparentar el estatus de quienes se hacían retratar en pinturas o en estudios fotográficos, por mandar postales divertidas y llenas de ingenuidad, o por lo que fuera, el retrato popular, la fotografía de plaza, y en particular, la de cajón o minutera, es una costumbre arraigada en la identidad chilena desde hace 100 años.
La Plaza de Armas, la Quinta Normal, Cartagena, Viña del Mar, el Parque O'Higgins o la cumbre del San Cristóbal fueron lugares donde se podía encontrar con facilidad a ese hombre con un delantal blanco, un curioso rebaño de palo -caballos, vacas en miniatura, sobre los que posaban los niños-, y una caja de madera sobre un trípode con un lente delante y un agujero con una tela detrás, que le permitía a ese hombre llevar a cabo con una sola mano, y a tientas, todo el delicado proceso de la fotografía.

Poner a la persona frente al cajón. Enfocar. Ingeniárselas para mantener a la gente quieta. Sacar la foto. Tomar el negativo. Revelador. Fijador. Todo sin mirar. Sacar el negativo del cajón y lavarlo con agua. Luego repetir el mismo procedimiento, sólo que esta vez se fotografía el negativo, y la luz la recibe un papel positivo. Este delicado proceso es el que se esconde tras la promesa de entregar la fotografía "en un minuto".
En la oscuridad de esa caja misteriosa.
Los comienzos

A Chile la primera cámara minutera o de cajón llegó en 1911. Entonces estas cámaras-laboratorio trabajaban con la técnica de la ferrotipia, muy utilizada a mediados del sigo XIX. Una hoja de hierro o acero ennegrecida servía como soporte para una emulsión fotográfica hecha de colodión liquido diluido en alcohol y éter, contra la cual se imprimía la imagen en un papel positivo directamente desde el metal.

Eso hasta 1920, cuando se popularizó el negativo en papel. Mucho más nítido y de mejor calidad en su imagen, y todavía posible de procesar dentro del cajón. Aun así, "en 1924 seguía habiendo fotógrafos minuteros que trabajan con ferrotipia, pero ya estaban muy obsoletos", aclara Octavio Cornejo, investigador y coleccionista co-creador de la exposición "Fotógrafos Minuteros: El retrato popular en Chile", junto a la comunicadora Paula Fiamma y la historiadora Ximena Rioseco. La muestra, que cuenta con el apoyo del Fondart, estará abierta hasta el 27 de este mes en la sala Chile del Museo Nacional de Bellas Artes y exhibe 80 imágenes minuteras, seleccionadas entre las casi dos mil originales que son parte de la colección personal de Cornejo.
"Llevo diez años metido en esto", dice Cornejo, "y espero que con trabajo se pueda llegar a imitar lo que se hizo en Brasil, donde le dieron calidad de patrimonio vivo al último fotógrafo lambe-lambe (como llaman allá a los minuteros)".

"En general, hay dos tipos de personas interesadas en revivir esto. Unos son los nostálgicos, vinculados por sus ancestros, padres y abuelos que hacían este oficio y no quieren que se pierda. Luis Maldonado y Johanna Briones son ejemplos de ellos. Otros, como Paula Fiamma o yo, tenemos un acercamiento desde el romanticismo puro, amamos la fotografía y tenemos algo de desconfianza hacia la tecnología, al apretar un botón y listo", explica Cornejo.



Al recorrer la exposición, llaman también la atención los telones de fondo con los que la postal podía simular un paseo en auto por plaza Baquedano (Italia), o un vuelo en avión por la capital, en plena fiesta de Santa Rosa de Pelequén. O al revés, traer el campo al corazón de la capital.
La caída
En Chile en 1918 se contabilizaban 300 fotógrafos minuteros. En 1942 llegaron a ser 5 mil y ya contaban con un sindicato formado en 1930. Para 1972, según un estudio de María Luisa Ulibarri, volvieron a ser 300.
La investigación de Octavio Cornejo y sus compañeras -una memoria de 300 páginas que buscan publicar- revela que hoy no quedarían más de diez fotógrafos minuteros activos en todo el país. Dos en Plaza de Armas, uno en la Ligua, uno en San Antonio, y los otros sin paradero establecido.
La entrada de las cámaras Polaroid, y luego de las digitales, la preferencia por el color -en vez del blanco y negro propio de las imágenes minuteras- y la pérdida del interés por la tradición con la que se conecta automáticamente la cámara de cajón, son algunas de las razones por las que este oficio hoy corre peligro de extinción. "La minutera tiene una estética de añoranza, es una imagen antigua sacada hoy", opina Johanna Briones (33), fotógrafa profesional, hija y nieta de minuteros, quien busca revivir el oficio de su familia intentando conseguir un permiso municipal para trabajar en la calle.
Resistiendo al olvido

-¿Una fotito?, pregunta el fotógrafo minutero Luis Maldonado a una señora que arrastra a una niña hipnotizada por los caballitos de palo.
-¡Sale al tiro!, asegura. Maldonado es el más joven de los sobrevivientes del oficio. Tiene 42 años y es hijo, nieto y sobrino de fotógrafos de cajón. Lleva dos décadas retratando en el centro de la Plaza de Armas, y hoy, además de su cámara de cajón, debe tener una digital. "Esto ya no da", comenta mirando su minutera.
"Ahora nos quieren sacar de la plaza", cuenta, "dicen que la afeamos, que las grandes tiendas alegan ¿Cómo va a ser eso si nosotros somos una atracción?".
Por veinte años ha trabajado con permiso de ayudante con la patente de su tío, y asegura haber pedido ayuda a todos los alcaldes de Santiago, al Consejo de la Cultura, mandado cartas a la Moneda, y hasta a Farkas, buscando apoyo para obtener su patente propia, y financiamiento para su gran proyecto: recorrer Chile retratándolo con su cámara de cajón.
"Es triste mirar todo lo que has hecho y ver que las personas no reconocen este oficio. He sido valorado en el momento y después olvidado", recuerda Maldonado, quien dentro de sus figuraciones más importantes cuenta una invitación a la Bienal de Venecia en 2003.
-¿Una fotito? - reintenta Maldonado. Finalmente un par de señoras acceden. Pero le exigen usar la cámara digital. Mala cosa. Son tiempos difíciles para la fotografía minutera.

Nuevo libro de Julio Núñez
Poeta visual, ganador del premio 2010 de la Revista de Libros de El Mercurio, y además fotógrafo forense, Julio Núñez prepara para el día 26 de febrero el lanzamiento de "Cámara Obscura", una autoedición de 800 ejemplares que ya está a la venta en las tiendas de la Galería Moro del Museo de Bellas Artes, el de la Memoria y el de Artes Visuales (Mavi). En el libro hace dialogar sus textos poéticos con una selección de imágenes de su colección de postales minuteras. "Hay un juego con el tema de la luz, la memoria, el olvido y la identidad. Con el ver esas postales súper ingenuas, entonces pensadas para el recuerdo, ahora perdidas en el olvido y el anonimato de un mercado persa".
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Miércoles, 23 de Febrero de 2011
Libro reúne los tesoros de un coleccionista nostálgico
Julio Núñez publica una selección de sus fotografías minuteras


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http://www.emol.com/
jueves 24 de febrero de 2011
Poeta visual rescata el arte de la fotografía de cajón
"Cámara obscura. Destellos en suspensión":

El libro del artista Julio Núñez Rivera mezcla imágenes y poemas, y será presentado este sábado en el Museo Nacional de Bellas Artes.
Carlos Andueza Garrido
"Afortunadamente el fotógrafo/ roba nuestros frágiles chispazos/ para encender antorchas/ en los álbumes del olvido y el silencio". Los versos del artista Julio Núñez Rivera, contenidos en el libro "Cámara obscura. Destellos en suspensión", resumen de alguna manera el sentido de su más reciente obra, que será presentada este sábado a las 12:00 horas en el Museo Nacional de Bellas Artes.
Recopilación de un trabajo prácticamente extinto, como lo es la fotografía mediante cámaras de cajón, el libro expone gran parte de la colección que Núñez inició desde su época universitaria y que se desprende de su fascinación por la antigua técnica fotográfica. "Quise homenajear tanto a los fotógrafos minuteros como a los pintores de telones que trabajaban con ellos", confiesa.

La fantasía de los telones se recrea en el libro.
De hecho, el libro está dedicado a la memoria de Julio Lucero Vargas, pintor de telones de fondo fallecido en 1965. Gracias a una minuciosa investigación, Núñez se puso en contacto con sus hijos, los que estarán presentes este sábado en el lanzamiento y recibirán una copia de "Cámara obscura".
"Estas fotografías se caracterizan por reflejar al Chile más popular, personas que no tenían el dinero para pagar una cámara o un estudio profesional, y que aprovechaban un viaje o festividad para retratarse a bajo costo y al instante", explica Núñez.
Además de registros en blanco y negro de este olvidado arte ambulante, el libro presenta fotopostales coloreadas, diapositivas y montajes digitales a lo largo de sus 200 páginas: 128 de papel cuché opaco y 72 en papel vegetal. Todo articulado en colaboración con el diseñador gráfico Marco González y aderezado con versos del propio autor inspirados en estas prácticas.

Los coloridos montajes digitales son obra del diseñador Marco González Ríos y el autor.
Núñez es licenciado en Artes Visuales con especialidad en fotografía, pero su carrera dio un giro en 1994 cuando entró a la Policía de Investigaciones a trabajar como fotógrafo forense, labor que combinó con su veta poética, publicando "Espantacuerdos" (Ediciones Antisiquiátrico, 1993), "Pieza inconclusa para fin de siglo" (Ediciones Maravillosas, 1996) y "El breve latido que burla al silencio" (Editorial El Mercurio-Aguilar, 2010).
Con esta última publicación, Núñez ganó el año pasado el Premio Revista de Libros de "El Mercurio", consistente en $6 millones, los que destinó a la creación de "Cámara obscura".
La primera edición del libro contará con 1.000 ejemplares y podrá ser adquirido en algunas librerías, como Metales Pesados, o encargado a camaraobscura.digital@gmail.com.
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sábado, 3 de julio de 2010
Cartagena y su Zona Típica: Entre el descuido y el terremoto
http://www.elmartutino.cl/
03-07-2010
Mario Ferrada, académico de la Universidad de Chile, dice que el deterioro que experimenta el Patrimonio Arquitectónico del balneario es resultado del sismo, de las políticas públicas y por el descuido de los ciudadanos. Por Eduardo López
Escrito por Corresponsal El Martutino

Tras la catástrofe del pasado 27 de febrero que azotó el centro y sur de Chile, el académico de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU) de la Universidad de Chile, Mario Ferrada, en conjunto con el Colegio de Arquitectos de la V Región y al Departamento de Historia y Teoría de la Arquitectura de la FAU, elaboraron un minucioso catastro e informe sobre los efectos del terremoto de febrero pasado en la Zona Típica de Cartagena.

Este estudio se realizó entre el 22 de marzo y el 1 de abril, abarcando un universo de 122 inmuebles ubicados al interior de la Zona Típica (ZT), contemplando Inmuebles de Valor Histórico Artístico (IVHA) y otros que sin tener una calificación cuentan con atributos de relevancia para el patrimonio de la ZT y la comuna.
Asimismo, este trabajo concluyó que de la totalidad de los casos catastrados existe un 32 por ciento en estado bueno; un 38 por ciento en estado regular; un 25 por ciento, en estado malo, y solamente un 4 por ciento de inmuebles en estado irrecuperable, los que sufrieron severos deterioros luego de la catástrofe. No obstante, el estudio refiere que el 71 por ciento de los inmuebles son recuperables, mediante acciones combinadas de restauración, consolidación estructural y rehabilitación.

En tanto, la metodología utilizada en este estudio especializado, consistió en levantamiento de daños mediante Ficha de Daños, aplicada en estructura, terminaciones e instalaciones, descripción de los niveles de riesgo asociados al daño, identificación del grado de habitabilidad, culminando en la definición de los ámbitos de acción técnica y tipos de obras sugeridos a la Municipalidad.
Sobre los resultados obtenidos, Mario Ferrada, quien es miembro de la Comisión de Patrimonio del Colegio de Arquitectos, manifestó que "el estado de conservación físico de los inmuebles estudiados, así como de otros inmuebles insertos en Zona Típica, presentan en conjunto, un preocupante nivel de deterioro, que está afectando la calidad tipológicas original, las cualidades espaciales, programáticas, morfológicas, estilísticas, planimétricas y constructiva".
"Las fallas en los monumentos son sistémicas"
En tanto, el arquitecto de la FAU expresó que una de las conclusiones generadas con el estudio es que "son muy poco los inmuebles que quedaron seriamente dañados directamente por el terremoto. Mas bien, el sismo permitió que aparecieran con evidencia fallas sistémicas, asociadas con falta de mantención, abandono y sobreocupación como resultado del intensivo uso turístico-comercial que opera en Cartagena durante época estival".
"Experimenta un histórico proceso de abandono y deterioro de las funciones urbanas, una falta de gestión y de políticas públicas que permita planificar la recuperación, mantención y conservación del Patrimonio arquitectónico y urbano de la comuna. En el fondo, corresponde a la replicación de las mismas problemáticas que sufre el patrimonio cultural de áreas históricas a nivel nacional", expresó el arquitecto de la Universidad de Chile.

"La ley de Monumentos Nacionales adolece de reglamentos"
Sobre estos problemas, el académico de la FAU aseveró que la Ley de Monumentos Nacionales es una ley de 1970, promulgada en un marco institucional, donde la función del Estado en relación a la cultura y el patrimonio chileno, era totalmente distinto al esquema actual, agregando así que "adolece de reglamentos, impidiendo normar técnicamente las intervenciones necesarias en una Zona Típica y que no considera incentivos económicos, financieros y tributarios, en beneficio de los particulares que son los propietarios de los inmuebles insertos al interior de una Zona Típica o que cuentan con la categoría de Monumento Histórico".
Finalmente, el arquitecto adelantó que se encuentra pronto a efectuarse en Cartagena, un acto de entrega pública y difusión de este importante trabajo, el que permite proyectar a la Municipalidad un conjunto de acciones de corto y largo plazo, destinadas a recuperar el patrimonio afectado, y propiciar intervenciones contemporáneas respetuosas de la identidad histórico-cultural como ciudad balneario de la región de Valparaíso.

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03-07-2010
Mario Ferrada, académico de la Universidad de Chile, dice que el deterioro que experimenta el Patrimonio Arquitectónico del balneario es resultado del sismo, de las políticas públicas y por el descuido de los ciudadanos. Por Eduardo López
Escrito por Corresponsal El Martutino

Tras la catástrofe del pasado 27 de febrero que azotó el centro y sur de Chile, el académico de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU) de la Universidad de Chile, Mario Ferrada, en conjunto con el Colegio de Arquitectos de la V Región y al Departamento de Historia y Teoría de la Arquitectura de la FAU, elaboraron un minucioso catastro e informe sobre los efectos del terremoto de febrero pasado en la Zona Típica de Cartagena.

Este estudio se realizó entre el 22 de marzo y el 1 de abril, abarcando un universo de 122 inmuebles ubicados al interior de la Zona Típica (ZT), contemplando Inmuebles de Valor Histórico Artístico (IVHA) y otros que sin tener una calificación cuentan con atributos de relevancia para el patrimonio de la ZT y la comuna.
Asimismo, este trabajo concluyó que de la totalidad de los casos catastrados existe un 32 por ciento en estado bueno; un 38 por ciento en estado regular; un 25 por ciento, en estado malo, y solamente un 4 por ciento de inmuebles en estado irrecuperable, los que sufrieron severos deterioros luego de la catástrofe. No obstante, el estudio refiere que el 71 por ciento de los inmuebles son recuperables, mediante acciones combinadas de restauración, consolidación estructural y rehabilitación.

En tanto, la metodología utilizada en este estudio especializado, consistió en levantamiento de daños mediante Ficha de Daños, aplicada en estructura, terminaciones e instalaciones, descripción de los niveles de riesgo asociados al daño, identificación del grado de habitabilidad, culminando en la definición de los ámbitos de acción técnica y tipos de obras sugeridos a la Municipalidad.
Sobre los resultados obtenidos, Mario Ferrada, quien es miembro de la Comisión de Patrimonio del Colegio de Arquitectos, manifestó que "el estado de conservación físico de los inmuebles estudiados, así como de otros inmuebles insertos en Zona Típica, presentan en conjunto, un preocupante nivel de deterioro, que está afectando la calidad tipológicas original, las cualidades espaciales, programáticas, morfológicas, estilísticas, planimétricas y constructiva".
"Las fallas en los monumentos son sistémicas"
En tanto, el arquitecto de la FAU expresó que una de las conclusiones generadas con el estudio es que "son muy poco los inmuebles que quedaron seriamente dañados directamente por el terremoto. Mas bien, el sismo permitió que aparecieran con evidencia fallas sistémicas, asociadas con falta de mantención, abandono y sobreocupación como resultado del intensivo uso turístico-comercial que opera en Cartagena durante época estival".
"Experimenta un histórico proceso de abandono y deterioro de las funciones urbanas, una falta de gestión y de políticas públicas que permita planificar la recuperación, mantención y conservación del Patrimonio arquitectónico y urbano de la comuna. En el fondo, corresponde a la replicación de las mismas problemáticas que sufre el patrimonio cultural de áreas históricas a nivel nacional", expresó el arquitecto de la Universidad de Chile.

"La ley de Monumentos Nacionales adolece de reglamentos"
Sobre estos problemas, el académico de la FAU aseveró que la Ley de Monumentos Nacionales es una ley de 1970, promulgada en un marco institucional, donde la función del Estado en relación a la cultura y el patrimonio chileno, era totalmente distinto al esquema actual, agregando así que "adolece de reglamentos, impidiendo normar técnicamente las intervenciones necesarias en una Zona Típica y que no considera incentivos económicos, financieros y tributarios, en beneficio de los particulares que son los propietarios de los inmuebles insertos al interior de una Zona Típica o que cuentan con la categoría de Monumento Histórico".
Finalmente, el arquitecto adelantó que se encuentra pronto a efectuarse en Cartagena, un acto de entrega pública y difusión de este importante trabajo, el que permite proyectar a la Municipalidad un conjunto de acciones de corto y largo plazo, destinadas a recuperar el patrimonio afectado, y propiciar intervenciones contemporáneas respetuosas de la identidad histórico-cultural como ciudad balneario de la región de Valparaíso.

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lunes, 16 de noviembre de 2009
Florece la villa toscana de Adolfo Couve
EL MERCURIO
lunes 16 de noviembre de 2009



Una escultura en bronce realizada por Felipe Castillo será donada hoy al Museo Villa Lucía en Cartagena. Así se completa el homenaje al pintor y escritor, que vivió en esa casona.
Romina de la Sotta Donoso

Allí vivió sus últimos quince años Adolfo Couve (1939-1998). En aquel sector de Cartagena donde las antiguas villas rememoran el pasado esplendor del balneario. Él ocupó la casona que Roberto Casasbellas diseñó en el alba del siglo XX para una familia italiana que quería recrear su Toscana natal. Hoy sigue estando rodeada de cipreses y olivos, pero desde 2001 es el Museo de Artes Decorativas Villa Lucía, gracias al médico Daniel Fernández, quien compró la casona y la ha restaurado. "Es un proyecto personal de recuperación patrimonial y de identidad nacional", dice él, sobre este museo que hoy a las 12 horas inaugurará una nueva etapa, cuando reciba un retrato en bronce de Adolfo Couve, obra del escultor Felipe Castillo. El primero, dicen, que se hace en Chile del pintor y escritor (ver recuadro).


"Lo conocí en la Escuela de Bellas Artes. Era muy agradable e introvertido, y muy buen profesor. Además, un gran pintor y, en sus novelas cortas, un genio para construir la psicología de sus personajes. Es que era muy observador", comenta Castillo.
"Estuve un mes estudiando, leyendo y haciendo croquis. Couve tenía una cabeza muy hermosa, un poco griega, de una belleza clásica, muy definida. Trabajé bastante en los ojos, para que tuvieran su expresión profunda de estar siempre meditando", dice el escultor, y agrega que "maqueta en mano, el doctor Fernández salió a buscar el financiamiento y lo consiguió con EPSA, que se está preocupando mucho de los temas culturales en la provincia de San Antonio".
Álvaro Espinosa, gerente general de la Empresa Portuaria San Antonio, declara: "Es un orgullo poder hacer entrega de esta obra que honra la memoria de Adolfo Couve".
Así, el Museo Villa Lucía, que es parte de la Ruta Patrimonial Litoral de los Poetas, sumará este retrato en bronce de 40 centímetros de altura a una rica colección que rinde homenaje a ese artista chileno. Allí se ha reconstruido su taller, con su escritorio, su biblioteca, sus utensilios de pintura y un atril memorable: Couve se lo regaló a un alumno que estaba a punto de desistir del oficio. Y ahora el joven lo donó al museo de calle Colón en Cartagena. También hay bosquejos y óleos suyos.
Además, una colección de pinturas con obras de Augusto Eguiluz -quien fuera profesor de Couve-, Pedro Luna, Praxíteles Vázquez, Salvador Amenábar y Pía Subercaseaux, entre otros.
Y la villa misma ha recuperado su esencia, pues el mobiliario, traído en barco desde Europa, explica el director del museo, Daniel Fernández, "se conserva con especial celo, al igual que sus papeles murales ingleses firmados, su piso de roble y las grandes celosías de sus salones". Confiesa, además, por qué trabaja por la memoria del artista: "Era un esteta, un eterno buscador de la belleza que conectaba directamente a la Creación".
Fugaz realidad
"Me gano la vida con cinco siglos", decía Adolfo Couve, porque era profesor de historia del arte y de pintura en la U. de Chile. Lo definieron como realista nostálgico, pues con sus trazos rápidos atrapaba la realidad fugaz. Durante una época cambió el atril por la literatura y luego siguió con ambos caminos. Sus nouvelles , o novelas cortas, como "La lección de pintura" y "La comedia del arte", fueron aplaudidas por la crítica. Couve decía que la belleza no era esplendorosa, sino tosca. Y que los realistas, por ser escépticos y por amar la vida, buscan en el arte por el arte una fe. Confesó que su vida se la había ofrendado al arte porque su única manera de no perder la vida era hacer una cosa bien hecha.

Biografía Adolfo Couve
SU OBRA PICTÓRICA

Balneario

Naturaleza muerta con tintero rojo

Sin Título
http://es.wikipedia.org/wiki/Adolfo_Couve_Rioseco
VER MUSEO DE ARTES DECORATIVAS VILLA LUCÍA
---
Villa Lucía - Casa de Adolfo Couve
Breve visita a la casa de Adolfo Couve, quien se autoexiliara en Cartagena durante los últimos años de su vida.
Adolfo Couve fue un importante profesor de Historia del Arte y de Estética en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, que se desempeñó en ese cargo por muchos años, logrando, con el enérgico discurso de sus cátedras, marcar sustancialmente a varias generaciones de artistas e historiadores del arte. Sus clases, cortas pero intensas, versaban sobre las cualidades transformadoras de la obra de Cézanne, el manifiesto sobre el claroscuro que es 'La Ronda Nocturna' de Rembrandt o la maravilla pictórica de alta complejidad barroca de 'Las Meninas', de Velázquez.
Publicado por leyendas en 16:55 0 comentarios Etiquetas: adolfo couve, cartagena, casonas, castillos, escritor
Casonas y Castillos de Cartagena - Villa Lucía
jorgevenegassantos
lunes 16 de noviembre de 2009



Una escultura en bronce realizada por Felipe Castillo será donada hoy al Museo Villa Lucía en Cartagena. Así se completa el homenaje al pintor y escritor, que vivió en esa casona.
Romina de la Sotta Donoso

Allí vivió sus últimos quince años Adolfo Couve (1939-1998). En aquel sector de Cartagena donde las antiguas villas rememoran el pasado esplendor del balneario. Él ocupó la casona que Roberto Casasbellas diseñó en el alba del siglo XX para una familia italiana que quería recrear su Toscana natal. Hoy sigue estando rodeada de cipreses y olivos, pero desde 2001 es el Museo de Artes Decorativas Villa Lucía, gracias al médico Daniel Fernández, quien compró la casona y la ha restaurado. "Es un proyecto personal de recuperación patrimonial y de identidad nacional", dice él, sobre este museo que hoy a las 12 horas inaugurará una nueva etapa, cuando reciba un retrato en bronce de Adolfo Couve, obra del escultor Felipe Castillo. El primero, dicen, que se hace en Chile del pintor y escritor (ver recuadro).


"Lo conocí en la Escuela de Bellas Artes. Era muy agradable e introvertido, y muy buen profesor. Además, un gran pintor y, en sus novelas cortas, un genio para construir la psicología de sus personajes. Es que era muy observador", comenta Castillo.
"Estuve un mes estudiando, leyendo y haciendo croquis. Couve tenía una cabeza muy hermosa, un poco griega, de una belleza clásica, muy definida. Trabajé bastante en los ojos, para que tuvieran su expresión profunda de estar siempre meditando", dice el escultor, y agrega que "maqueta en mano, el doctor Fernández salió a buscar el financiamiento y lo consiguió con EPSA, que se está preocupando mucho de los temas culturales en la provincia de San Antonio".
Álvaro Espinosa, gerente general de la Empresa Portuaria San Antonio, declara: "Es un orgullo poder hacer entrega de esta obra que honra la memoria de Adolfo Couve".
Así, el Museo Villa Lucía, que es parte de la Ruta Patrimonial Litoral de los Poetas, sumará este retrato en bronce de 40 centímetros de altura a una rica colección que rinde homenaje a ese artista chileno. Allí se ha reconstruido su taller, con su escritorio, su biblioteca, sus utensilios de pintura y un atril memorable: Couve se lo regaló a un alumno que estaba a punto de desistir del oficio. Y ahora el joven lo donó al museo de calle Colón en Cartagena. También hay bosquejos y óleos suyos.
Además, una colección de pinturas con obras de Augusto Eguiluz -quien fuera profesor de Couve-, Pedro Luna, Praxíteles Vázquez, Salvador Amenábar y Pía Subercaseaux, entre otros.
Y la villa misma ha recuperado su esencia, pues el mobiliario, traído en barco desde Europa, explica el director del museo, Daniel Fernández, "se conserva con especial celo, al igual que sus papeles murales ingleses firmados, su piso de roble y las grandes celosías de sus salones". Confiesa, además, por qué trabaja por la memoria del artista: "Era un esteta, un eterno buscador de la belleza que conectaba directamente a la Creación".
Fugaz realidad
"Me gano la vida con cinco siglos", decía Adolfo Couve, porque era profesor de historia del arte y de pintura en la U. de Chile. Lo definieron como realista nostálgico, pues con sus trazos rápidos atrapaba la realidad fugaz. Durante una época cambió el atril por la literatura y luego siguió con ambos caminos. Sus nouvelles , o novelas cortas, como "La lección de pintura" y "La comedia del arte", fueron aplaudidas por la crítica. Couve decía que la belleza no era esplendorosa, sino tosca. Y que los realistas, por ser escépticos y por amar la vida, buscan en el arte por el arte una fe. Confesó que su vida se la había ofrendado al arte porque su única manera de no perder la vida era hacer una cosa bien hecha.

Biografía Adolfo Couve
SU OBRA PICTÓRICA

Balneario

Naturaleza muerta con tintero rojo

Sin Título
http://es.wikipedia.org/wiki/Adolfo_Couve_Rioseco
VER MUSEO DE ARTES DECORATIVAS VILLA LUCÍA
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Villa Lucía - Casa de Adolfo Couve
Breve visita a la casa de Adolfo Couve, quien se autoexiliara en Cartagena durante los últimos años de su vida.
Adolfo Couve fue un importante profesor de Historia del Arte y de Estética en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, que se desempeñó en ese cargo por muchos años, logrando, con el enérgico discurso de sus cátedras, marcar sustancialmente a varias generaciones de artistas e historiadores del arte. Sus clases, cortas pero intensas, versaban sobre las cualidades transformadoras de la obra de Cézanne, el manifiesto sobre el claroscuro que es 'La Ronda Nocturna' de Rembrandt o la maravilla pictórica de alta complejidad barroca de 'Las Meninas', de Velázquez.
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