martes, 22 de febrero de 2011

200 años de vacaciones a la chilena

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18/09/2010 - 11:18

Ocho horas demoraba un tren a Valparaíso y tres días a Antofagasta. Las primeras posadas eran un simple rancho con suelo de barro y, curiosamente, siempre estaban en manos de extranjeros. Vacacionar, hace años, era una odisea, que implicaba salir literalmente con camas y petacas.
por Pedro Arraztio/ Gonzalo Argandoña -

Rosa Bravo tiene 100 años. Casi 101. Y desde ya, Rosa tiene pensado qué va a hacer este verano, que es lo mismo que hace todos los veranos desde 1915: ir a pasear a la playa.



Por supuesto, mucha agua ha pasado bajo el puente y hoy todo es distinto. Antes, por ejemplo, cuando ella tenía menos de 10 años, los preparativos del viaje eran bastante más glamorosos.

Implicaban vagones de primera clase, carruajes, reservas en hoteles exclusivos de Cartagena y una patota familiar de más de 30 personas. El trayecto en tren desde Santiago demoraba algo más de tres horas y el recorrido arriba de los vagones era un inicio perfecto, que permitía hacerse de amigos, sin importar si iban en el mismo carro o viajaban en tercera.

Pero ¿qué tan diferente era la manera de viajar de los chilenos de hace uno o dos siglos atrás? ¿Cuáles eran sus principales destinos de vacaciones? ¿Qué se hacía durante el viaje? Aprovechando el aire reflexivo y nostálgico de este Bicentenario, una revisión de cómo eran los viajes y el turismo en el Chile de antes.

LA IMPORTANCIA DEL TREN

El ferrocarril literalmente "abrió el país" a mediados del siglo XIX. El primer tramo fue de Copiapó a Caldera, inaugurado en 1851 por Guillermo Wheelright.

Los cronistas de la época señalan que muchas personas, al escuchar el ruido de la locomotora y divisar el humo, "arrancaron a los cerros presos del pánico". Sin embargo, y a pesar de la impresión inicial, no pasaron muchos años antes de que el tren se convirtiera en el principal medio de transporte entre las ciudades más grandes.

En 1856, las vías siguieron de Santiago al sur y el tramo entre la capital y Valparaíso se inauguró en 1863, trayecto que en un principio demoraba ocho horas. No tardaron en aparecer los primeros coches-cama, aunque no sin inconvenientes: estos servicios fueron suprimidos en la línea a Valparaíso en 1873, por estar habilitado sólo para hombres y consistir únicamente en proporcionar un colchón y una almohada.

A inicios del siglo XX, el ferrocarril se convirtió en el principal impulsor del turismo nacional. En 1911 ya existía un coche especial para viajes de novios y en 1934 creó una empresa hotelera levantando el Gran Hotel Pucón y Gran Hotel de Puerto Varas, e incluso intentó un ambicioso proyecto de hospedaje en un lugar sumamente inhóspito y exótico para la época: la laguna San Rafael. También potenció el turismo a través de la edición de una "Guía de Viaje" y la propia revista En Viaje, que a partir de 1933 realizaba crónicas no sólo de los destinos nacionales, desde Curacautín hasta Isla de Pascua, sino que también incentivaba el turismo al exterior, en lugares como España, Italia e incluso hasta hoy remotos, como Líbano.

El antofagastino Sergio Artal (84) recuerda con nostalgia aquellos viajes desde su ciudad "al sur" en tren. Pero, por lo entretenidos que resultaban más que por el tiempo que llevaba cruzar gran parte del norte. "Eran tres días y dos noches para llegar hasta Santiago, pero como éramos niños -hablo de fines de los años 30, más o menos-, era una verdadera aventura. Nos íbamos en coche-dormitorio; siempre nos movíamos por los vagones, pasábamos a tercera, hacíamos amigos. Uno en el tren almorzaba, comía, pero no se sentía encerrado, era muy cómodo. En La Calera debíamos cambiar de tren y eso ya nos anunciaba que estábamos cerca", recuerda.

Otra vía frecuente de comunicación entre el Norte Grande y el centro del país fueron los barcos de cabotaje que no sólo llevaban carga, sino también pasajeros. Unían Antofagasta, Coquimbo y Valparaíso. "Había un movimiento que ya no se ve, dice Sergio Artal, y viajar en barco era lo mejor.

Cuando los barcos venían desde el sur, traían animales, frutas, huevos, una cantidad de alimentos impresionante. Es una pena que eso ya no exista, con el tremendo mar que tenemos. Pensar que hoy hay gente que en su vida se ha subido a un bote".

TURISMO CAMPESTRE, EL PRIMERO

La primera forma de "veraneo" relativamente masivo de los chilenos fue en las casas de fundo y estancias familiares, costumbre que se mantuvo hasta más allá de mediados del siglo XX. Eso sí, un privilegio para las familias más acomodadas, en el que era tradición que niños y mujeres partieran al campo durante las vacaciones de verano, mientras los hombres se quedaban trabajando en la ciudad.

Estos viajes se hicieron aún más comunes con el uso del ferrocarril. Es así como las zonas campesinas de Rancagua, Melipilla, los cercanos pero entonces campestres San Bernardo y Pirque, sirvieron a muchos santiaguinos como el reducto vacacional de la niñez, donde se congregaba gran cantidad de primos y tíos.

"En los paseos al fundo de mi tío, en Doñihue, nos juntábamos unos 30 ó 40 niños, porque antes las familias eran muy grandes. Sólo un tío tenía 19 hijos. Allí hacíamos diferentes juegos, pero por sobre todo largos paseos a caballo en grupo", señala Rosa Bravo, comentando sus vacaciones en la primera veintena del siglo XX.

En esa época, el campo era lo más parecido a un "parque de atracciones". Entre los panoramas existentes, además de las cabalgatas por los enormes fundos, quienes llegaban a las zonas rurales podían presenciar las cosechas de diferentes verduras y frutas, vendimias y la trilla. Estas dos últimas resultaban ser todo un espectáculo y alrededor de ellas se realizaban comidas, se tocaba música campesina y se bailaba, transformándose estas escenas en parte principal del ideario folclórico que hoy tiene el país.

La visita al campo también resultaba una experiencia de "viaje gastronómico". A diferencia de ahora, donde los campos agrícolas se concentran en la producción de uno o dos productos de manera tecnificada, antes una sola hacienda proveía de frutas, granos, animales y toda clase de alimentos frescos que garantizaban un buen comer. Rosa Bravo comenta que entre los platos más apetecidos estaban los porotos granados y las cazuelas de ave. También el tradicional choclo con mantequilla, que era considerado un plato infantil. "Cuando era la trilla, se hacía el charquicán de trilla. Ahí nadie quería comer cazuela ni choclo", dice.

En zonas más remotas, durante las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, las estancias servían como lugar de hospedaje para los forasteros, donde el dueño y su familia abrían sus puertas para que el viajero descansara y tomara fuerzas. Costumbre arraigada principalmente en Chiloé, Aysén y Magallanes.

LAS PLAYAS Y LAS TERMAS, EL CHILENO BAÑISTA

En un principio, el término bañista estaba más asociado a los baños termales que a las playas.
Los usuarios más asiduos de las termas eran, por recomendación médica, quienes sufrían de reumatismo, enfermedades cardíacas y problemas a la piel y digestivos, pero rápidamente este tipo de descanso se popularizó entre la población. En las cercanías de Santiago, los baños de Apoquindo se convirtieron en el paseo obligado para muchos desde pocas décadas después de la fundación de la capital. En el año 1900, en la zona había un hotel y eran promocionados como "de fácil acceso y en medio de lomajes suaves".

Bastante más al sur, las Termas de Chillán hacia 1885, 40 años después de haber sido descubiertas, contaban con 25 tinas.

Pero, según los registros históricos, fueron las Termas de Cauquenes las primeras en utilizarse con fines recreativos. Ya en el siglo XV fueron mencionadas por el cronista Alonso de Ovalle como "muy frecuentadas" por la población. De estas termas se desprende la Guía del bañista y del turista, la primera de la cual se tiene registro en Chile, y que data de 1897.

La reseña señala que "los baños de Cauquenes están situados en los valles de las cordilleras, no lejos de la fuente del río Cachapoal, en un paraje sumamente deleitable i ameno, adonde van todos los años en las estaciones proporcionadas muchas partidas de jentes, unas a recrearse y otras a recobrar su salud".

De manera paralela al turismo campestre, a fines del siglo XIX comenzó a arraigarse en Chile la costumbre de ir a la playa. Los primeros balnearios fueron ocupados por la gente de fundos y haciendas cercanas a la costa, y la costumbre comenzó a hacerse más popular con la construcción de los ramales de ferrocarriles.

De esa forma nacieron muchas ciudades costeras, como la propia Viña del Mar, cuando José Francisco Vergara cedió terrenos para establecer el servicio de agua, levantar una escuela, matadero y cementerio, para luego vender las tierras alrededor de la línea del tren, que se convirtieron en las primeras calles de la ciudad: Alvarez y Viana. Los barrios surgieron en torno al ferrocarril, como Recreo, donde, en 1910, nació el primer balneario de la zona, hoy desaparecido. Alrededor de él se instalaron piscinas, baños calientes, pista de baile y salón de té por iniciativa del entonces senador Luis Barros Borgoño. También aquí funcionó el primer casino de la ciudad. Gracias a estas obras, Viña del Mar se convirtió en la primera ciudad chilena en concebirse desde sus inicios con fines turísticos.

En la década del 20, se promocionaba Recreo de esta forma: "Sepan los santiaguinos cómo se les prepara acá su sitio de pololeo y baile" (extracto de revista Sucesos) y también en esa época se daba ya cuenta de la gran cantidad de visitantes.

El capitán de marina Luis Pomar en sus crónicas describe que "en los días festivos es tal la afluencia de paseantes que no bastan los cinco trenes que corren entre Valparaíso i Viña del Mar i es necesario poner extraordinarios para dar abasto a las exigencias del tráfico".

Otro balneario importante de principios de siglo fue Constitución, en la Región del Maule, impulsado principalmente por la construcción del tren desde Talca. Talquinos, curicanos y capitalinos le imprimieron un sello aristocrático y levantaron hermosas casonas frente a sus arenas negruzcas y grandes roqueríos.

Pero, sin duda alguna, el que brilló con más luces fue Cartagena. Desde tiempos coloniales, la zona de Lo Abarca fue utilizada con fines recreativos y desde allí las familias se dirigían a la costa en carretas y coches tirados por caballos. Posteriormente, se dio paso al loteo del sector costero, lo que permitió que santiaguinos de alcurnia edificaran casas que sólo eran utilizadas en temporada de verano. Con la llegada del ferrocarril, en la segunda mitad del siglo XIX, aparecieron también las residenciales y el comercio. Cartagena vivió su época dorada entre el 1890 y 1930, cuando llegaba los más granado de la sociedad chilena, y cada detalle era un signo de ostentación. Rosa Bravo recuerda que, de pequeña, que su llegada al balneario era parafernálica, en un coche tirado por caballos y un "bienvenidos, la pieza de la familia está lista" inmediato del botones que los recibía en el Hotel Miramar.

"Cartagena era muy bonito. Tenía una plazoleta donde llegaban los viejos con sus sillas a instalarse a tomar aire, sol y ver cómo andaba la gente. En la playa había vendedores de cuchuflís y empanadas de pera. Los niños chapoteaban a la orilla del mar y algunos hombres se bañaban mientras las mujeres miraban y cuidaban a los niños. Ellas usaban un traje de baño largo que les tapaba los brazos y las piernas. No se bañaban. Era feíto que una niña decente se metiera al agua.

Las personas eran muy precavidas con lo que hacían, porque si a los demás les molestaba, de inmediato eran tildadas de ordinarias", explica.

En la noche, los veraneantes acostumbraban a salir, pero sólo los hombres. Los viejos y jóvenes de la familia iban a restaurantes a comer, generalmente pescados y mariscos, o a los pequeños bares a beber un trago y jugar a las cartas o dominó.

Pasados los años y entre las dos guerras mundiales, un factor que impulsó las vacaciones y el desarrollo de muchos balnearios de la zona central fue la masificación del automóvil y la instalación de la sociedad de consumo. A mediados del siglo pasado, los balnearios de Cartagena y Constitución pierden su cuota de exclusividad, se vuelven masivos y surgen como nuevos iconos de la aristocracia Viña del Mar, Algarrobo y Zapallar.

Además, la construcción de la Ruta 68, que une Santiago y Valparaíso, generó un impulso extraordinario: en 1923 se inició la pavimentación de algunos tramos y en 1937 entró en servicio el camino por la cuesta Barriga y el túnel Zapata.

Años más tarde, en 1968, se inauguró el túnel Lo Prado, lo que disminuyó considerablemente los tiempos de traslado.

LOS PRIMEROS HOTELES

A comienzos de 1800, Valparaíso (17 mil habitantes, tres mil eran extranjeros) era claramente el principal puerto y el movimiento humano entre éste y la capital es, sin duda, el más intenso de todo el país. Así, surgieron, primero, alojamientos familiares que recibían a marinos, comerciantes y visitantes y, luego, las primeras posadas.

Algo similar sucedió en el camino, con alojamientos campesinos que fueron levantándose a lo largo del trayecto o cercanos a pequeños poblados, siempre dispuestos a recibir a cansados viajeros en carruajes tirados por mulas y que, en ocasiones, hacían parte del trayecto caminando.

Para la Independencia ya corren entre Santiago y Valparaíso las "diligencias", coches de cuatro ruedas tirados por cuatro o seis caballos y que pueden transportar hasta ocho personas, que pagaban un doblón o 1,5 libra esterlina. Pero no todos podían pagar, la gran mayoría viaja en carreta o a caballo, pernoctando a todo campo, arropándose con frazadas y mantas.

Al comienzo, las posadas eran simples chozas de paja, luego, fueron creciendo, incluyendo un zaguán o patio interior y, más tarde, habitaciones con suelo de barro. En algunas, los dueños comenzaron a vender velas, sebo, charqui, frutos secos, tabaco.

La primera posada de la que se tiene registro es de 1820 y está en Casablanca. María Grahan, una inglesa que visitó nuestro país y escribió un diario de sus recorridos, dice que su propietario es "un negro británico que algo conoce de las comodidades a que están acostumbrados los ingleses" y que "en realidad ofrece al viajero un descanso bastante satisfactorio". Los dormitorios tenían un colchón de lana instalado sobre un entablado de cañas, había un lavatorio de porcelana con espejo y un recipiente con agua que era rellenado constantemente.

Al tiempo, surgieron las comidas en las posadas. También en Casablanca, en 1831, un italiano y un inglés, en sus respectivos negocios, comenzaron a servir en rústicas mesas. Solía comenzarse con una cazuela de ave, continuar con porotos, para terminar con un trozo de vacuno o cordero con papas, todo acompañado de pan amasado, vino tinto y blanco. Al final, mate caliente.

Curiosamente, la mayoría de las hospederías que fueron surgiendo eran mantenidas por marinos y extranjeros. Así lo refleja muy bien un aviso publicado en El Mercurio de Valparaíso el 21 de febrero de 1851: "Establecimiento nuevo en Casablanca: Posada Francesa. Don Hipólito Caseneuve avisa al público que acaba de establecer una posada a la moda de Francia, las comidas hechas por un excelente cocinero francés, servicio de lo más aseado, se amasa pan francés en la misma casa para los pasajeros. Se avisa también que tiene abundantes pastos para los caballos birlocheros, i a precios muy moderados".

En Santiago, en 1820 ya existía el Hotel Inglés. Hacia 1872, cerca de 75 hoteles y residenciales hay entre Copiapó y Ancud.

Pero es durante el siglo XX cuando se produce el gran auge de la hotelería en el país, con importantes construcciones en Arica, Santiago, Los Lagos y Valparaíso, en gran parte impulsada en los años 20 y 30 por la Empresa de Ferrocarriles del Estado y, a mediados de siglo, por la Honsa (Hotelera Nacional) con financiamiento estatal.

LA MASIFICACIÓN

Probablemente sean las colonias de vacaciones y las cajas de previsión las que, a partir de la segunda mitad del siglo pasado, impulsaron los viajes de un grupo más masivo de chilenos.

Además, planes estatales de turismo social hicieron que se levantaran numerosos establecimientos vacacionales, todos orientados a brindar descanso a trabajadores, obreros y sus familias.

Durante mucho tiempo el viaje de larga distancia tuvo un halo de gran aventura, de experiencia muy poco habitual y que estaba reservado para unos elegidos. Cuando a mediados de siglo (y hasta los años 70) algún integrante de una familia viajaba, prácticamente todos los familiares iban a despedirlo al aeropuerto o a la estación. Muchos recordarán haber visto partir lentamente la figura de un avión echando humo desde sus turbinas y, uno, junto a los que quedaban en tierra, agitando las manos desde la vieja terraza del aún más viejo ex aeropuerto Pudahuel.

La falta de buenas comunicaciones, de mensajes instantáneos y celulares, como en la actualidad, hacía que el viajero realmente estuviera ausente del resto mientras se encontraba afuera y, a lo más, recibíamos una tarjeta postal desde el destino.

Aunque muchas veces ésta llegaba con noticias y anécdotas del viaje después que el propio turista.

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Chile Crónico


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Enero 2004

Viejos veranos devotos

El veraneo siempre se asocia con diversión y relajo, con la liberación de los horarios, las disciplinas y hasta de la ropa, con la exposición del cuerpo en trajes de baños cada vez más escuetos y con la vida social. Por eso es extraño que en nuestro litoral central se haya formado un balneario en el que el sonido predominante fue el de las campanas, y donde se hacían procesiones a la Virgen de Lourdes, se rezaba el rosario todas las tardes y se celebraban hasta cuatro misas los domingos en la temporada veraniega.

Hasta su nombre es pío: Las Cruces. Al parecer viene de las cruces que se erigieron frente al mar, para recordar algún naufragio olvidado. Hasta ahora - aun cuando el balneario se ha secularizado - se siente la presencia de sus dos iglesias. En la costanera de la Playa Grande, junto a los escaños de piedra que es lo único que queda del ferrocarril que unía Las Cruces con Cartagena, se levanta la hermosa estatua de la virgen Stelamaris. Asimismo, uno de los paseos tradicionales es el sendero que serpentea entre acantilados y roqueríos hasta llegar a la gruta donde está la imagen de la Virgen de Lourdes. La gruta está llena de antiguas placas de agradecimiento por favores concedidos, ya casi borradas por la esperma de las velas.

El recuerdo de un ermitaño

La tradición piadosa del balneario se remonta a los inicios del siglo XIX, cuando un sacerdote agustino que vivía retirado del mundo, el padre Juan de Dios Rojas, se dedicó a evangelizar la zona, en ese tiempo formada por propiedades rurales. Realizó esta labor hasta su muerte, en 1842. Al cumplirse el centenario de ésta, en 1942, los fieles levantaron una nueva cruz en el lugar donde tenía su ermita. En ese mismo sector los agustinos construyeron en 1912 una gran casa para la orden. Ahora en esos predios se ha levantado un resort que pasó a ser la edificación dominante en el balneario.

Lejos del ruido mundanal

Tal vez este espíritu religioso fue favorecido por el aislamiento del balneario. En las primeras décadas del siglo XX el transporte hacia la costa era difícil. Así por ejemplo, los santiaguinos que iban a veranear a Algarrobo debían hacer un viaje en carreta que duraba cuatro días, cargando camas y petacas, y hasta las provisiones no perecibles para toda la temporada.

Los que viajaban a Las Cruces podían tomar el tren que llegaba hasta Melipilla y desde ahí seguir en carreta. Las cosas se facilitaron algo cuando la vía férrea se extendió hasta el Puerto Viejo de San Antonio, en 1911, y en 1922, hasta Cartagena, que con eso pasó a ser el balneario más concurrido por los santiaguinos. Los que querían un lugar más tranquilo podían recurrir a un servicio de carros tirados por caballos, que corrían por una vía de trocha angosta, que a menudo quedaba tapada por la arena de la Playa Grande. El "motor" de esta empresa era el dueño del fundo El Peral, algunas de cuyas casas todavía se conservan en lo que es hoy el balneario de San Sebastián. Más tarde el servicio se motorizó y los carros se convirtieron en pequeños automotores. Ese fue el ferrocarril Cartagena - Las Cruces.

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BIBLIOTECA VIRTUAL
MIGUEL DE CERVANTES
De memoria
Germán Becker Ureta

Cartagena

Veraneo en Cartagena. En esos años, este era el balneario preferido por las familias de Santiago. Mi papá arrendaba una casa, cerca de la calle de Los Suspiros. Por cierto que se llevaba toda la ropa de cama, así como los colchones, en unos bultos de saco, los cuales se cosían, con cáñamo y una gran aguja. Terminada la faena, se les marcaba: Alameda-Cartagena. Otra parte del rito del traslado a veranear, con camas y patecas, consistía en que una de las empleadas, saliera a buscar una carretela para llevar los bultos hasta la Estación Central. La misma muchacha viajaba junto al carretelero, con toda dignidad, en el pescante del vehículo. Estos enseres seguían su traslado en el carro de equipaje, del mismo tren en que viajábamos. ¡Qué lástima que los niños de hoy no puedan disfrutar de esta verdadera epopeya, que significaba salir a veranear.

Llegar con los bultos y las maletas, desde la Estación de Cartagena, a la casa que habitaríamos, también tenía su encanto, al menos para nosotros los cabros chicos. Llegamos a nuestro hogar veraniego, ya bastante oscuro. En la dichosa casa la luz estaba cortada, por un problema técnico. Mi papá, lleno de «recursos», manifestó que él era médico, por lo tanto la electricidad le era indispensable. La gente de la compañía eléctrica le creyó, y tuvimos luz en media hora. Se armaron las camas, comimos lo que mi mamá había traído desde Santiago y nos acostamos. Dicen que serían las tres de la mañana, cuando fuertes golpes en la puerta, nos despertaron a todos. Una vecina estaba con dolores de parto y no había nadie que la atendiera. Su marido, que era el mismo empleado de la Compañía Eléctrica, que nos dio luz, se acordó del «médico» y llegó a pedir socorro. Partió mi papá, con mi mamá y la Zoraida, cocinera doñihuana, diestra en todos estos avatares. El alumbramiento fue un éxito. Mis padres y la empleada, se quedaron a desayunar en casa de la feliz madre.

La estadía veraniega siguió con toda normalidad y agrado: baño de mar en la mañana, fricciones con agua salada, pan de huevo y vuelta a almorzar. Cuando amanecía nublado, nos ponían chombas y salíamos a caminar. Terminábamos la jornada, en el paseo de la terraza de la Playa Chica. Después de comida, se juntaban un grupo de matrimonios con sus niños, al rededor de una fogata, y se hacía música. Guitarra, acordeón y canto. Cada cual hacía su gracia. Mi papá cantaba Rimpianto. Los niños oíamos, mirábamos y nos dormíamos. Había un joven argentino que tocaba guitarra y cantaba. Se llamaba Carlos; me costó convencerme que no era Carlos Gardel.

Willy Arthur contaba de haber visto, en la playa Grande del balneario, a una robusta señora, la cual hizo armar un catre de bronce, de plaza y media, en la arena.

Mi cultura musical en esos días, pasaba por dos discos que se tocaban mucho en mi casa: Celeste Aída, interpretado por Carusso, con una etiqueta azul al centro, y El Tortillero, cantado por los Cuatro Huasos. Etiqueta negra. También recuerdo una canción, que se tocaba con orquesta y serrucho, cuyo nombre era Nerón. La letra era increíble:

-Nerón, Nerón, asómate a la ventana...

Tengo el disco. El que no tengo ni he oído jamás, desde entonces, es uno que decía:

-Celebremos que se ha muerto Garibaldi ¡Pum! Garibaldi ¡Pum»...

Garibaldi era una fiera era un perro prepotente, que mordía a toda la gente, etc. ¿Qué les parece? Ya en los tiempos más cercano, durante la fiebre del mambo, se cantaba y bailaba una pieza que decía en su estribillo:

-Champú de cariño, champú de cariño...

Inaudito. Parece que en esa época, era motivo de interés musical, la higiene personal, sino como se explica la canción que decía:

-Se acabó el jabón, qué vamos a hacer...

Y dentro de las letras descriptivas, es inolvidable:

-Las Pelotas, las pelotas las pelotas de carey...

Una tarde estábamos en la Playa Chica, cuando pasaron dos aeroplanos a muy baja altura. Eran de doble ala (biplanos) sin carlingas, así que se veían las cabezas de los pilotos, con sus gorras de cuero que le cubrían las orejas y sus anteojos de vuelo. Apenas pasaron sobre las dunas que están en dirección de Las Cruces y desaparecieron. La pareja de carabineros que montaban guardia diariamente en todas las playas, para rescatar presuntos ahogados y calmar a los borrachos y rateros, picaron espuelas y partieron a toda carrera hacia el lugar en que habían desaparecido las naves aéreas. Todos los que estábamos en la playa, en gigantesca estampida, seguimos a los jinetes: bañistas, turistas, veraneantes, vendedores de pan de huevo y un barquillero. Por cierto que este último, apenas llegamos al lugar de los hechos, comenzó a pregonar y vender su frágil mercadería. Ahí estaban los dos aviones aterrizados. Uno era rojo entero, el otro tenía el fuselaje rojo y las alas azules. Los aviadores ya habían descendido de sus naves y conversaban con los carabineros. Ambos vestían correctos trajes de calle. Supimos que uno, el más gordito, era el famoso Aladino Azzari, campeón de automovilismo, y el otro, un piloto de la Milicia Republicana, sin duda Eulogio Sánchez Errázuriz fundador del movimiento.
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Volvamos a Cartagena en tren

Como de Cartagena llegamos a la Milicia Republicana, un postrer recuerdo de este nostálgico balneario. Los viajantes que llegaban al lugar, se les llamaba «excursionista»; incluso el tren tenía ese mismo nombre. A propósito de trenes, don Pedro Blanquier, distinguido ingeniero, fue director de los FF. EE., y en esa calidad le tocó viajar a Europa por razones de servicio. Cuando transitaba por Suiza, vio en los campos, en gran cantidad, unas hermosas flores anaranjadas, que crecían en forma silvestre. Le encantaron. Y como el clima de la zona en la cual las vio, era muy parecido al de Chile, compró alguna cantidad de semillas. De vuelta en nuestro país, las hizo repartir en pequeños sobres y se las entregaron a los maquinistas de los trenes, para que fueran tirándolas a ambos lados de la vía. Es así como comenzaron a brotar esas florecillas anaranjadas, primero junto a los rieles, y después a todo el campo chileno. Esta flor se llama «Dedal de Oro».

Y recordando a Cartagena, el veraneo y los trenes, surge espontáneo y tranquilo, la evocación de mis mayores. En forma inexorable, uno a uno, comienzan a morir mis abuelos. En esa época, casi todos morían de uremia, vestían de negro y no pasaban agosto. Para mí fueron muy importantes. Mi abuelo don Germán Becker Delgado, murió en 1935. En 1937 falleció mi abuelo materno don Samuel Ureta Estrada, once años después, mi abuela doña Griselda Cornejo de Ureta. Finalmente perdí a mi abuela doña Elena Silva de Becker (1963).
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