miércoles, 2 de febrero de 2011

Anécdotas para no perderse la Feria del Libro Usado

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domingo 30 de enero de 2011

Vacaciones en Santiago Evento gratuito:



Es verano y la temperatura no ha bajado de los treinta grados Celsius esta semana. ¿Vale la pena salir de la casa, entre las 10:00 y las 21:00 horas, para ir a ver libros usados a la exposición de la Universidad Mayor? Aquí van algunas razones para hacerlo. ¿Qué significa ser librero? ¿Cómo comienza un oficio que requiere juntar torres de libros y polvo que se van tomando el espacio de una casa? Aquí, cinco respuestas.




SARA MONTT y ANTONIO SOTOMAYOR

Le pregunté si tenía Lo que Varguitas no dijo . Me dijo que sí, que lo tenía, pero que no me lo iba a vender. Estaba guardado en una caja. Encerrado para ser mostrado en la feria del libro usado que todos los años realiza la Universidad Mayor, explicó. Y efectivamente, el jueves de esta semana -día en que comenzó la actividad que convoca a 43 libreros cada año- estaba expuesto, con sus páginas quemadas por el sol -lo que reduce su valor a unos seis mil pesos- en una vitrina que enmarca la obra literaria de Mario Vargas Llosa.

Los elegidos este año

La feria siempre tiene homenajeados. Y esta vez, en su décima novena versión, los escogidos fueron la ganadora del Premio Nacional, Isabel Allende, y el Nobel Mario Vargas Llosa. Primeras ediciones, fotografías y manuscritos de ambos escritores se exponen en una sala dedicada especialmente a ellos. De fondo, suena desde un violín el clásico tango Por una cabeza.

Detrás de cada colección de importantes novelas de ficción, infaltables libros de autoayuda, revistas antiquísimas de El Peneca y documentos históricos únicos, se encuentra el investigador-recolector o librero. "Nosotros los tenemos seleccionados desde hace mucho tiempo", cuenta Horacio Marín, quien se reunió hace diecinueve años con el dramaturgo y librero Luis Rivano para ver si podrían echar a andar el proyecto, "tomando la idea de la feria del libro usado que se hace en Madrid", dice Marín, director de Extensión y Vinculación con el Medio de la Universidad Mayor.

La profesión

Octavio Rivano, hijo del escritor y dramaturgo, cuenta que ingresó al rubro "por obligación. Mi papá armó toda la historia y nos obligó a nosotros a acompañarlo". Iban al Persa sábados, domingos y festivos, y no sólo vendían libros, sino una mezcla de objetos que incluía bicicletas, acordeones, pianos, "lo que llegara". Su padre después arrendó un local en San Pablo. Octavio estudiaba en las mañanas y en las tardes se iba a ayudar en la librería. Después de terminar primero medio no volvió al colegio, pero comenzó a leer más que nunca. Similares son las historias de los 43 otros expositores. Muchos han continuado un negocio de familia y han empezado, porque "había que hacer algo para comer".

Lo que Varguitas no dijo , dice Octavio Rivano, "es muy difícil que lo encuentres". Lo escribió la tía de Mario Vargas Llosa, Julia Urquidi Illanes, como la continuación de "La tía Julia y el escribidor", del ganador del premio de la Academia sueca.

Lo que se ofrece

Otros títulos que se encuentran en la feria de la Universidad Mayor (por lo menos hasta el jueves): Humanismo Social , de Alberto Hurtado cuando era profesor de Pedagogía y Psicología, y El incendio del templo de la compañía de Jesús , de Benjamín Vicuña Mackenna. Otra publicación interesante es un boletín de leyes chilenas editado en Lima en 1882, un año antes de que finalizara la Guerra del Pacífico. A Sergio Fritz, dueño del documento, le sorprende que mientras se libraban batallas, se editaran libros del país enemigo. Cuenta que si dependiese de él "vendería puros libros antiguos", pero que no hay público para eso.

"Tía, ¿no tiene un diccionario español-francés?", dice una joven. Más atrás se ve a un extranjero, algo incómodo, tratando de explicar nuevamente lo que necesita. Carmen Jara, librera, se levanta, toma algunos libros y los muestra: "Yo no entiendo el idioma, pero tengo francés". Carmen dice que antes vendía mucho más, que cuando no se cobraba por estacionamiento en Providencia, llegaba más gente y que en regiones tienen bastante más público. Es la primera vez que la invitan a la Feria de la Universidad Mayor.

Años de feria

"A la primera exposición que hizo la Universidad Mayor llegó mucho público. Estaba toda la crème de la crème . El segundo año fueron menos, el tercero unos pocos, y así. Es que la gente ya podía decir que había venido, que conocía el evento, pero todos los años cambia", dice Luis Rivano, cofundador de la actividad.

Los temas de la feria, antes elegidos por los Rivano (Luis y Octavio), eran generalmente sobre autores chilenos, y como siempre eran homenajeados, asistían al evento. Iban variando: "Homenaje al texto escolar chileno", "Tapas ilustradas de libros", "El diccionario, testimonio de la cultura", "Lecturas para mujeres", "Familias de escritores"... Horacio cuenta que ellos mismos contactaban a los homenajeados. Así conocieron a diversos escritores, aunque a Pablo Neruda lo vio por primera vez cuando iban a vender cosas al Persa.

Una tradición





Todos los años llueve en la feria. Todos los años, a pesar de que se hace en febrero, y de que esta vez, en su inauguración, hicieron 32 grados, los libros se mojan y tienen que secarlos. Otras cosas que pasan: se compran muchas ediciones a bajo precio y se generan contactos, lo que permite que existan vendedores sin local propio, que "viven" exclusivamente de exposiciones itinerantes.

De la primera que se hizo en la Universidad Mayor, se formó la agrupación de libreros José Toribio Medina. Pero, alegando que eran "demasiado comunistas", luego de un par de años se salieron algunos miembros, creando el grupo Pablo de Rokha. Dirigido por Luis Rivano, sus integrantes comandan las actividades de la feria; pero estando ahí no se tiene una cuota mortuoria, es decir, un espacio asegurado en el cementerio, que sí promete la primera asociación.

Con los años, los integrantes de ambos grupos se han dado cuenta de que es más conveniente estar unidos que separados, y el número de rencillas (que no eran pocas), han llegado casi a cero. Todos se conocen. Y aunque casi todos cuentan que partieron por obligación, dicen que no se dedicarían a otra cosa. "No cambiaría nada", sentencia, aunque pasan unos segundos y Luis Rivano corrige sus palabras: "Talvez por un fundo ganadero. Me encantaría tener uno, pero no voy a poder ya, estoy muy viejo".

Francisco Núñez, por oportunidad:



"De repente la gente cambia nomás. Eso le pasó a mi viejo. En la vida tuvo un percance y así llegó a ser librero. Uno llega a ser librero así nomás, porque llega". El padre era empresario de la locomoción colectiva, tenía buses y taxis. Con la recesión de los 80 perdió todo y se hizo librero. Francisco lo ayudaba cuando niño. Dice que él nunca decidió ser librero. Simplemente le tocó. José Manuel Sepúlveda, el Pepe, que entonces era cuñado de su papá, le pasó una bodega con libros donde Francisco pudo poner su primer local. "Antes los jóvenes estaban más botados, había que ver cómo hacer para juntar plata, y no había tanta universidad ni nada. Vendí libros, y en eso me quedé. Llevo como 30 años, y aún me persigue la sombra de mi viejo. Pero este es un trabajo tranquilo, estás planito toda tu vida. ¿Cuándo se ha visto un librero esforzado? Nos gusta mucho conversar con la gente, eso hacemos. Mírame, yo vivo tranquilo", concluye sonriendo.

Ricardo Bravo, por nacimiento:



"¿Cómo empezó todo? Yo diría que al haberme encontrado a los cuatro o cinco años en un mar de 30 o 35 mil libros muy bien elegidos por mi padre. Cosas muy selectas. Él era un gran coleccionista de libros antiguos. Tenía una de las colecciones más grandes del mundo de Pablo Neruda", recuerda. Bravo estudió bibliotecografía en la Universidad de Chile, en Valparaíso, y se dedica hace más de 30 años a esta profesión. "La verdad es que uno es una especie de rara avis . Quedamos muy pocos que tenemos la pasión del librero-anticuario. Son muy pocos lo que invierten y se preocupan por mejorar un libro que les llega en malas condiciones. Desgraciadamente, en Chile, la encuadernación artística, si no murió, está a punto de morir".

José Manuel Sepúlveda, por vocación:



"Yo empecé a los 11 años. En 1954. Soy el librero más antiguo de Santiago", dice José Manuel, el Pepe. Actual presidente de la Asociación de Libreros de Libros Usados y Libreros Anticuarios "José Toribio Medina". "Mi papá trabajaba en los ferrocarriles. Ahí dejaban libros botados, así que él, como sabía que a mi hermano y a mí nos gustaba mucho leer, los juntaba y nos los traía, y a veces se repetían. Yo iba a la calle San Diego, donde había unas 15 o 20 librerías de viejo, y cambiaba o vendía esos libros, y con esa plata compraba otros. Me entró la ambición y empecé a llevar algunos a mi liceo. A los 13 hice mi primer buen negocio. Llevé 'Los titanes de la música', y un profesor que era violinista dijo que todos deberían tener ese libro, y que yo lo estaba vendiendo bien barato. Los vendía a cuatro mil y me costaban mil", recuerda sonriente. "Vendí 44, y le regalé uno al profesor".

Andrés Valenzuela, por oportunidad:



"Mi papá trabajaba en la librería 'Proa', una librería del Opus Dei, y él me ayudó a que me metieran en la librería Altamira. Ahí trabajé veinte años. Me salí para poner la mía propia, la librería "Noreste", de igual nombre que la revista de poesía que yo estaba encargado de distribuir y que después de unos años se acabó. En esos tiempos de librería había mucho roce con escritores como Diego Maquieira o Cristián Warnken. Finalmente quebré y trabajé cuatro años en un puesto, en el aeropuerto, de una empresa librera inglesa. Eso duró cuatro años y la empresa se fue de Latinoamérica". Andrés Valenzuela abrió un puesto en San Diego. Llegó a tener dos, y tuvo que cerrarlos. "Hay que ser medio loco para tener librerías en Chile", dice. ¿Pondrías otra? "Sí", responde.

Luis Rivano, por necesidad:



"Todos me decían que era bueno para contar historias, y tenía montones de historias, yo era carabinero. Me decían que por qué no las escribía, si eran tan buenas y las tenía ahí. Así que escribí una y publiqué mi primer libro: "Esto no es el paraíso", y por eso me tuve que ir de Carabineros".

"¿Por qué empecé en esto? Por necesidad. Tenía que comer. Estaba cesante, sin trabajo. Lo único que tenía era mi biblioteca, mis amados libros. Trescientos, quinientos libros. Algunos muy buenos, incluso primeras ediciones que nunca más he podido conseguir. Algunos autografiados por Neruda. Tuve que ponerme a venderlos. Puse un local chiquitito de compra y venta de libros. Y en eso he estado hace cuarenta años", dice. Rivano es autor de una extensa obra narrativa recién publicada por Alfaguara, y varias obras de teatro, entre ellas "El rucio de los cuchillos", montada hasta el sábado recién pasado por el Teatro Nacional.

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