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sábado, 16 de julio de 2011

Obras inéditas de los "años chilenos" de Claudio Bravo se exhibirán en Las Condes

www.emol.com
Sábado 16 de Julio del 2011

Homenaje También se presentan dos documentales, uno de ellos realizado el año pasado:
Tras la muerte del artista, la Corporación Cultural de Las Condes vuelve a montar, a partir del 16 de julio, parte de la muestra exhibida en 2005, a la que se incorporan veinte obras inéditas. Son dibujos y óleos de la primera etapa de Bravo (1951-1960), en su mayoría retratos.






Marilú Ortiz de Rozas
Consciente de que poseía un don, desde muy joven Claudio Bravo vivió para cultivarlo. "Las primeras obras suyas son muy interesantes, por cuanto demuestran el virtuosismo de Bravo como dibujante, a tan temprana edad", manifiesta Benjamín Lira, amigo cercano del artista. Ya en esa época, siendo estudiante, Bravo no tenía que pagar modelos; éstos le daban dinero a él. En su destino obró una mano que el artista siempre atribuyó a Dios.

Contaba él que fueron los sacerdotes del colegio San Ignacio los que descubrieron su talento plástico, pero cuando propusieron a su padre que le tomara clases con un maestro, éste se opuso rotundamente. Claudio (1936) era el segundo de los siete hermanos Bravo Camus. Sus padres vivían en un fundo en Melipilla, por lo que él, a los ocho años, fue internado con los jesuitas, en Alonso de Ovalle.

El prefecto, Francisco Dussuel, de porfía celestial, igual le financió clases con el maestro Miguel Venegas Cifuentes, recurriendo a los fondos de la congregación. Tras algunos meses, reunió sus mejores dibujos y volvió a visitar a Tomás Bravo Santibáñez, el recio progenitor de su protegido, quien, al verlos, pronunció la frase de la cual no pudo echar pie atrás. "Si Claudio dibujara así, por supuesto que le daría permiso". Como el padre Dussuel le reveló que el autor de dicha obra gráfica era su hijo, don Tomás tuvo que seguir pagando los cursos, y devolverle a Dussuel lo que invirtió en la formación del artista, que entonces tenía doce años.

Esta anécdota la narra el propio Claudio Bravo en el documental de Hugo Arévalo, "La Pupila del Alma", realizado en 1995. Será exhibido junto a la cinta que el francés Philippe Aubert realizó el año pasado en Marruecos sobre Bravo. En 26 minutos, el documental pasa revista a las casas de Bravo en Taroudant, Marrakech y Tánger y sugiere la impronta de la luz y de los objetos de arte tradicional marroquíes en las últimas obras de Bravo. Es una suerte de "testamento" del artista.

"Cualquier exposición en nuestra Corporación se hace por lo menos con dos años de anticipación; sin embargo la muerte de Claudio Bravo nos impulsó a volver a montar parte de la muestra que efectuamos aquí en 2005, incorporando obras inéditas", manifiesta Francisco Javier Court, director de la Corporación Cultural de Las Condes.

La veintena de obras nuevas, del total de sesenta, también pertenecen al período escogido (1951-1960) y lograron conseguirlas rápidamente porque ya tenían contacto con sus propietarios. "Gran parte de las obras estaban en poder de quienes tuvieron lazos de afecto con el pintor, ya que él era muy joven y en su mayoría son retratos", explica Fernando Moya, productor de la Corporación y parte del equipo curatorial, compuesto por él, Court y Paulina Paredes.

Del total de obras, aproximadamente cuarenta son dibujos, de distintos formatos, destacando un interesante "Autorretrato con figura"; y el resto son óleos, algunos ya conocidos, como el retrato de Héctor Noguera, su compañero de colegio, y otros también inéditos. "Son obras donde se puede apreciar el talento de Bravo en su etapa más pura, antes de su ingreso al mercado del arte internacional", precisa Court.

Los aclamados retratos

Bravo inauguró su primera exposición individual a los diecisiete años en "Sala Trece" (en la calle Tenderini), que fue un éxito de ventas. Bravo se define como un ser "ávido de cultura" y traba profundos lazos con el filósofo Luis Oyarzún, y el escritor Benjamín Subercaseaux, entre otros, que serían guías intelectuales para él. Al año de la primera muestra, expone nuevamente y vuelve a vender toda su producción, una tendencia que marcaría su trayectoria. "A partir de ese momento, su obra empezó a ser aplaudida por el público, ignorada por la mayor parte de los pintores y discutida por la crítica, un fenómeno que se repetirá a través del tiempo", escribe Sonia Quintana en el catálogo. Y cita a Héctor Noguera, quien explica que el éxito de ventas de Bravo provocó que su obra fuera considerada como decorativa y comercial. "Chile es un país de modas y en ese tiempo la moda era el arte abstracto, por lo tanto el resto no contaba y Claudio no se sumó a la mayoría", afirma Noguera.

Parte a Concepción en 1958, donde dejó un registro de la sociedad penquista, pues sus retratos eran ya altamente demandados. "El problema del retrato es que todo el mundo te los empieza a pedir y después no puedes hacer otra cosa sino eso", declara Bravo.

Tres años más tarde, emigra a Europa, instalándose en Madrid, subyugado ante el Padre Prado, como llama al Museo del Prado. Lo conmueve particularmente la obra de Velázquez. Tenía 24 años. "Él reconoce en su vida a dos maestros: a Miguel Venegas y al Museo del Prado; por eso lega a este último su colección de arte greco-romano", revela Francisco Javier Court, quien conoció a Bravo en Santiago, en 1977, y se sorprendió por sus cualidades en el plano humano.

En España, pronto su fama de retratista llega a las clases influyentes y Bravo inmortaliza hasta a la familia real. Sin embargo, ya empieza a desarrollar una obra propia, que exhibe con éxito en 1970, en Nueva York. Desde entonces, las figuras de sociedad se mutan en objetos de la vida cotidiana: bolsas de papel, madejas de lana, paquetes y cortinajes; en una factura pictórica en cierta forma emparentada metafóricamente con las Odas Elementales. Gustan. Sus precios se van a las nubes. En 1972 inicia su reclusión en Marruecos, tierra que lo acogió por 39 años, tan lejos de esos años chilenos, sólo hermanados por la cordillera de ambos paisajes.

"Claudio Bravo se va a Marruecos para escapar de los retratos y poder desarrollar su lenguaje, que descubrió en España. Fue un salto, un riesgo que corrió. Era un gran amante de la naturaleza y repartía su tiempo entre su taller y sus jardines. Muy trabajador, pintaba los 365 días del año", recuerda Benjamín Lira.

Lira piensa que a partir de la cotizada serie de "Paquetes", Bravo se desprende de una relación objetual y comienza a crear composiciones. "Se le inscribió dentro del hiperrealismo a raíz de su presentación de dos grandes dibujos en la Documenta de Kassel, en 1972, momento en que esta tendencia hacía furor, pero él no decía serlo y no creo que lo fuera".

José Vicente Gajardo fue invitado en 2009 a una residencia de tres meses en una de sus casas en Marruecos, para crear cuatro esculturas que Bravo donó a un hospital local que financió. "En ese entonces él estaba trabajando en una obra muy interesante, que parecía tridimensional, y consistía en motores". Gajardo es una de las personas que aportan una obra inédita para la muestra en la Corporación Cultural de Las Condes. "Es un dibujo en tinta china, fuera de lo común, que adquirí hace algunos años y que Claudio, cuando lo vio en mi taller, reconoció. Lo realizó a los dieciséis años".

Francisco José Folch, que también escribió un texto para el catálogo de la muestra, ahondando en el período en que el artista construyó su casa en Puerto Octay, subraya que Claudio Bravo, "sobre cuya obra han polemizado y polemizan admiradores y detractores, es alguien de quien es probable que se continúe escribiendo largamente".

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Claudio Bravo en Instituto Cultural de Las Condes

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sábado, 18 de junio de 2011

Los años chilenos de Claudio Bravo- La última luz de Claudio Bravo

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sábado 18 de junio de 2011



Su futuro estaba en el negocio de su padre: la agricultura. Pero nunca le interesó. Su fama de retratista creció rápido mientras estaba en el colegio. Su ego, también. En Concepción llegó a ser el pintor favorito de la elite. Hasta que en 1961 decidió emigrar. Esta es la vida del fallecido pintor antes de alcanzar la cima.

Por Isabel Plant
Todo esto fue antes: antes de Europa, de España y los retratos a los reyes, de triunfar en Nueva York con los cuadros de papeles y envoltorios, antes del amor por Marruecos y los tres palacetes. Antes de vender cuadros por un millón de dólares. Antes de su regreso triunfal a Chile, con esa retrospectiva con récord de visitas en el Bellas Artes en 1994, y antes de la compra de su casa en el Llanquihue, donde se instaló varios veranos. Antes de que Claudio Bravo fuera Claudio Bravo, el realista, el exitoso, el que vivía en Marruecos y no volvió, fue un chileno con infancia de campo.

Campo elegante, claro: la historia comienza en Huilco, Melipilla. El padre, Tomás Bravo, un empresario agrícola exitoso, su madre, Laura Camus, una ama de casa y "una santa", según él y la familia; por más que los siete hermanos y los primos Camus corrieran como locos por la galería de la casa, ella nunca gritaba. Años después, cansado de leer descripciones de una sencilla infancia campestre de familia "agricultora", Claudio Bravo habría dicho a sus cercanos: "Yo soy un caballero desde la cuna de oro en la que nací, no nací en cuna de madera".

Nacido en 1936, era el segundo de siete hermanos, que habitaban en esta casa de dos pisos. Había un comedor grande donde todos se sentaban a la misma hora, y bien vestidos, a la mesa. Afuera, una piscina. Y alrededor, animales, que tanto le gustaban, incluidos los caballos que serían una fascinación de por vida. "Creo que ese es uno de los recuerdo más remotos, estar asustado, agarrado a las crines del caballo, siendo un bebé casi", recordó el pintor en el documental La pupila del alma, de Hugo Arévalo, donde el artista reconstruyó su vida en sus propias palabras.


"El niño con los gatos", 1957


"Autoretrato", 1954

"Autoretrato", 1975

"Era palomilla, Claudio, era revoltoso", dice hoy su primo Gonzalo Camus, cuya familia tenía un campo vecino al de los Bravo. "Veo a mi padre lavando el auto y cuando estaba listo, llegaba Claudio y ¡paf!, le echaba tierra encima".

La vida sólo de campo se le acabó pronto, cuando a los nueve años, al igual que otros hijos de agricultores, lo mandaron de interno al colegio San Ignacio de Santiago. El chofer lo iba a dejar el domingo a Santiago y lo llevaba de vuelta el viernes, junto a hermanos y primos. Fue un cambio duro. "No se lo perdonaré nunca (a mi padre), porque realmente es tristísimo estar interno. Al año te adaptas, pero a los nueve años es muy duro. Lloraba, claro, como niño", recordó en el documental.

El campo de Huilco quedó para vacaciones y fines de semana. Y el colegio fue el lugar donde Claudio Bravo comenzó a dar sus primeros trazos, y donde terminaría encontrando su camino. A pesar de su padre.

EL REGALÓN

Esto de la pintura a don Tomás Bravo no le gustaba nada, y así lo recuerdan familiares y amigos, además del mismo Claudio Bravo. Hombre a la antigua, serio y exitoso, llevaba al mayor de sus hijos hombres a la feria agrícola, de la que también era dueño, y lo sentaba a hacer boletas; don Tomás quería que Claudio se dedicara al negocio. Años más tarde, el artista diría que fueron estas labores en los negocios de su padre las que le enseñaron a trabajar con rigor.

Pero, claro, él no era bueno para los estudios, o por lo menos, para los estudios que no le interesaban: las matemáticas y derivados. De hecho, era un desastre, como recuerdan algunos de sus compañeros de curso del San Ignacio: lo único que hacía en esas clases, era dibujar y dibujar. "Él participaba en muchas cosas, en teatro, literatura, y, por supuesto, en pintura. Le gustaba lo suyo y lo que no le gustaba, no lo miraba", recuerda Juan Carlos Ossandón, un ex compañero. "Dibujaba en clases en vez de tomar atención. Un tiempo estuve sentado al lado de él, y de repente hacía cosas raras, me decía que quería comer una mosca. La dibujó perfecto, y se comió el papel. Debe haber estado tan aburrido".

El dibujo comenzó a compensar todas las otras faltas. Recuerda Bravo en el documental: "Cuando me iba mal en un ramo, tipo matemáticas, le hacía un retrato al profesor, y con eso me subían las notas, me ponía muy bien, después contestaba muy mal, pero ya no me podían rajar en el examen. Me lo perdonaban todo. Y como me consideraban un caso perdido para física, química y todos esos ramos, me dejaban hacer lo que quisiera, porque al mismo tiempo hacía exposiciones con éxito. Los mismos profesores me compraban los cuadros. Fui un niño mimado en el San Ignacio, lo pueden decir pocos".

El que se transformó en su salvador escolar fue un sacerdote, el padre Francisco Dussuel. Fue él quien puso a Bravo a cantar en el coro escolar y quien, finalmente, abrió paso para que su padre lo dejara dedicarse a la pintura.

El sacerdote había visto los dibujos de Bravo y habló con su padre, pensando en que el joven debería tomar clases con el maestro Miguel Venegas Cifuentes. "Dussuel intentó convencer a mi padre y mi padre dijo: Mi hijo pintor, ni hablar. Va a ser un melenudo, lo van a tener que alimentar sus hermanos, se va a morir de hambre", recordó Bravo. "Él quería que siguiera con la feria (agrícola), todos los padres quieren lo mejor para sus hijos".

Así que el sacerdote pagó él mismo por las clases de pintura con el dinero de los jesuitas, según contó Bravo. Luego tomó un par de dibujos hechos por Claudio y se los fue a mostrar a don Tomás, sin decirle quién los había hecho. Le dijo que su hijo tenía que estudiar pintura, porque había alumnos talentosos en el colegio que podían hacer dibujos tan buenos como los que le mostraba. Tomás Bravo habría dicho: "Claro, si Claudio dibujara así, yo le doy permiso". El padre Dussuel le dijo entonces que lo que le mostraba era en realidad hecho por Claudio. Al padre del joven no le quedó otra que aceptarlo, y con 12 años, comenzó las clases con el maestro Venegas.

Sería casi la única educación formal de pintura que tendría Bravo en su vida; el resto, todo autodidacta. Y ya en ese entonces, siendo casi un quinceañero, demostraba su personalidad. "Desde joven mi maestro de pintura me decía que cambiara mi carácter, que era un ególatra por despreciar a los demás pintores chilenos, a los que encontraba pésimos", recordó el pintor.

Su falta de interés en los estudios finalmente lo alcanzó; repitió de curso. En ese nuevo curso, los últimos tres años de humanidades, Bravo hizo gran amistad con el hoy actor Héctor Noguera, con quien participó en obras, y quien lo acompañó de vacaciones en Melipilla y fue retratado numerosas veces por el joven pintor. Claudio Bravo terminó el colegio convertido en un pequeño artista, como se recuerda en el anuario de su sexto año de Humanidades, en 1955, donde se destaca su presentación en una muestra interescolar de pintura: "Sin duda, el mejor exponente fue Claudio Bravo, quien ya ha pasado las fronteras intercolegiales con una magnífica exposición en el centro de la ciudad que ha sido elogiosamente comentada por los críticos de arte de varios diarios".

Su padre no alcanzaría a ver la muestra; murió cuando él tenía 15.

EL RETRATISTA Y LA BOHEMIA


Para los estudios era un desastre, recuerdan algunos de sus compañeros de curso del San Ignacio: en clases se dedicaba a dibujar.

A los 17 años hizo su primera exposición en la que, como sería tradición después, vendió todos los cuadros. Eso sí, con un poco de ayuda, como comentó el pintor riendo en el documental: "Era muy fácil, mi padre tenía muy buenas amistades, en el colegio era mimado. Entre los amigos de mi papá y mis profesores me compraron todo".

Esa primera exposición, hecha en el Taller 14 de la calle Tenderini, fue organizada por un nuevo amigo de Bravo, Pepe de Rokha, el hijo del poeta. Fue el comienzo de una época en donde el joven paseaba por el mundo de artistas, de café en café. "Trasnochaba hasta las dos de la mañana, hablando con la gente del teatro, ballet", recordó él. Quienes lo recuerdan de esa época cuentan que disfrutó mucho de su juventud; era un joven buenmozo, bien vestido, que salía a fiestas con su primo y amigo Sergio Bravo. Claudio Bravo contaría años después que salió con grandes bellezas de su época, y que pese a que nunca se casó (en su familia, muchos tampoco lo hicieron), igual tuvo grandes amores; los rumores sobre su sexualidad nunca fueron tema en la familia en esa época. Fue en estos años donde entabló amistad con gente como el poeta Luis Oyarzún, el escritor Benjamín Subercaseaux, el pintor Iván Vial o el abogado Ernesto Steffens.

Fue en la compañía de este último que Bravo llegó a Concepción, ciudad donde residiría tres años. "Ernesto llegó a la casa de mi abuela, María Eugenia Correa, y le dijo, 'Mamá vengo con un amigo, Claudio Bravo", recuerda la sobrina de Ernesto, Cecilia Steffens, quien tiene cuatro cuadros del autor en sus paredes. "Y Claudio se quedó tres años en la casa de mi abuela, y no se fue nunca más. Ella feliz le arregló una pieza, y él empezó a pintarnos. Se pintaba autorretratos. Me acuerdo de verlo rodeado de tres espejos, se pintaba alas, se ponía una pancora en la cabeza, un collar tipo romano".

Fue en esos años cuando Bravo se hizo fama de retratista, plasmando a las familias de la ciudad. "Comencé a descubrir que se me daba bien el retrato, en pocas líneas sacaba el parecido a una persona, comenzaron a lloverme los retratos", recordó el pintor. "Un cuadro te lo hacía en unas diez, ocho sesiones. Era muy meticuloso, yo lo odiaba, porque estaba horas posando", recuerda Cecilia Steffens. Sería el inicio oficial de su carrera, que duraría cerca de 50 años; muchas de estas pinturas, en carboncillo y óleo, podrán verse a partir del 16 de julio en la Corporación Cultural de Las Condes, que volverá a montar la exposición "Claudio Bravo: Los años chilenos 1951-1960".

Con la idea de aprender cosas nuevas, Claudio Bravo terminó su vida en Concepción en 1961, y partió a Europa en barco. El destino era París, pero se bajó en Barcelona y de ahí llegó a Madrid.

Antes se despidió de su familia en Melipilla, dice su primo Gonzalo Camus. "Ya llevaba un tiempo diciendo que él aquí en Chile no podía seguir. Siempre tuvo el concepto de que para aprender acá, no había nadie que podía enseñarle nada y se iba a Europa, porque ahí estaban los maestros".

Tenía 24 años. Vendría España. Vendría Marruecos. Vendrían veranos, muchas décadas después, en su casa de veraneo en el Llanquihue, donde recibiría a muchos amigos, y que vendería luego de que sus hermanas que vivían en Chile murieran.

No le quedaba nada más que visitar aquí.

Sus inicios como pintor los dio a los 12 años, como discípulo de Miguel Venegas. A los 21 años partió a Concepción, donde ganó fama de retratista.

Por Isabel Plant.

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19/06/2011 - 09:15

La última luz de Claudio














El pintor Claudio Bravo murió de dos infartos en su finca de Taroudant, al sur de Marruecos. Ese fue su tercer y último refugio en ese país, al que llegó hace cuatro décadas. Recorrimos este lugar de 700 mil m2. El guía fue Bachir Tabchich, quien durante 32 años fue su asistente, guardaespaldas, amigo más cercano. Y quien sepultó sus restos bajo las cerámicas de este palacio.
por Toño Angulo Daneri -


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La última luz de Claudio Sobre el escritorio de su estudio de trabajo, dos hojas de papel escritas a mano dan cuenta de una de las preocupaciones que inquietaban a Claudio Bravo días antes de morir. Unos metros más allá está su caballete de pintura, hoy ya sin lienzo, como un perchero en desuso. Detrás, la mesa con sus pinceles, todos limpios, ordenados por tipos y tamaños, en grupos de 20 ó 30, en unos cilindros de madera con forma de jarrones. Al lado, sus estuches de lápices, óleos y pasteles. Aquí y allá, unas mesitas de centro donde se puede ver su último paquete de cigarrillos -Marlboro Gold White-, un ejemplar de "Claudio Bravo, dibujos y pinturas" -en la nueva edición de Lerner & Lerner de 2004-, el catálogo de una exposición en el MoMA de Nueva York y dos números recientes de Condorito, uno de ellos titulado "La boda real".

Las hojas de papel escritas a mano reproducen un calendario de mayo y junio de 2011. Mayo empieza el domingo 15, el primer día del tratamiento que el pintor había comenzado después de que le diagnosticaran epilepsia. Las anotaciones dicen que estaba tomando Rivotril gotas, de 2,5 miligramos, y Tegretol, comprimidos, de 200. A la sexta semana debía hacerse un análisis de sangre. A la vigésimo cuarta, tenía consulta con la neuróloga. Las anotaciones se interrumpen a la tercera semana, exactamente el sábado 4 de junio. Ese día, minutos después de las ocho de la tarde, en este mismo estudio de su finca a 10 kilómetros de Taroudant, Marruecos, Claudio Bravo tuvo dos infartos que acabaron con su vida mientras era conducido al hospital de Agadir, a unos 80 kilómetros de distancia. Tenía 74 años y, como de costumbre, llevaba encerrado en su estudio, pintando, desde las 10 de la mañana.

-Si yo hubiese estado aquí- se lamenta Bachir Tabchich, una semana después-, tal vez no habría pasado. Tal vez lo habría llevado a otro hospital. Tal vez, Claudio todavía seguiría vivo.

La historia de Claudio Bravo en Marruecos no se puede reconstruir sin las palabras de Bachir Tabchich. Desde que se conocieron en 1979, cuando el pintor llevaba siete años viviendo en Tánger y Bachir jugaba profesionalmente al fútbol en el equipo de la ciudad, nunca más se separaron. Y si en un momento tuvieron que hacerlo, fue un distanciamiento puramente físico, obligado por las circunstancias: por ejemplo, cuando Bravo dejó Marrakech, adonde había llegado de Tánger, y se instaló en Taroudant, pero Bachir ya tenía mujer e hijos y no le resultaba tan fácil mudarse por segunda vez sin provocar una pequeña conmoción familiar. Como siempre, se resolvió con una llamada telefónica: "Bachir, por favor, te necesito aquí conmigo".

En estos 32 años, Bachir se fue convirtiendo de a poco en le patron, como lo llaman los 21 empleados que trabajan para la finca. Es el administrador de todo lo que se produce, compra, vende, se hace o se deja de hacer dentro de los 700 mil metros cuadrados que tiene esta propiedad comprada por Bravo en 2002. Es el que elige a los proveedores de carne y pescado fresco para la cocina. El que decide si otros agricultores del pueblo pueden entrar a llevarse naranjos u olivos para trasplantarlos en sus tierras. El que dice cuándo las dos piscinas han sido limpiadas correctamente. El organizador de los viajes que Bravo realizaba -cada vez menos- a Nueva York, Madrid, París o Santiago. Su chofer personal. Su guardaespaldas. Su consejero cuando el pintor estaba triste, decepcionado o furioso. El único, primero, y más tarde una de las dos únicas personas en el mundo junto con su primogénito Rashid -Teté, según el sobrenombre que el hoy joven Rashid como Bravo empleaban para llamarse el uno al otro-, que tenía autorización para entrar en el estudio del pintor sin anunciarse. Cuando se conocieron, Claudio Bravo debía tener 42 años; Bachir, 24.

-Tras un viaje por Europa, un amigo que era el guardián de la finca de Claudio en Tánger me avisó que su jefe había despedido a su chofer y estaba buscando un reemplazo- recuerda Bachir, mientras recorremos el camino de tierra flanqueado por palmeras que van desde la entrada de la finca hasta el palacete de Bravo.

-Por entonces, yo era más serio que ahora- prosigue Bachir-, no tenía sentido del humor y, en cambio, Claudio andaba en su época hippie, el pelo largo, siempre haciendo bromas. Tiempo después me contó que, cuando me vio, dijo: 'Este no me va a durar ni quince días'. Y mira, hemos estado juntos 32 años.

Al recordarlo, Bachir llama al pintor Claudio, con familiaridad, aunque admite que en persona siempre lo trató de usted. Bachir tiene hoy 56 años, la barba y los cabellos blancos recortados muy prolijamente, el andar pausado, la barriga crecida de quien ha sido deportista y hoy sólo se mueve en auto, y también una elegancia consustancial que va más allá de su vestimenta impecable, con vestón y pantalones claros de lino, finos anteojos sin marco y sombrero de paja. Revisando fotos antiguas, parece como si no poco de la facha y actitud de Claudio Bravo se hubiesen trasladado a Bachir por contagio involuntario.

Por haber nacido en Tánger cuando esta ciudad era todavía un condominio de países como Bélgica, Estados Unidos, Francia y sobre todo España, él habla un castellano perfecto, con acento español, cruzado a veces por un término chileno. Con Bravo hablaban en francés, el segundo idioma del país, que el pintor conocía bien. Y con nosotros -el fotógrafo y yo-, en una mezcla de inglés, francés y una que otra palabra suelta en castellano, como "moreno", que era como el pintor llamaba al guardián Boushaib, un negro canoso y muy alto, que vive y trabaja en la finca desde que Bravo la compró. Cuando el pintor estaba de buen humor, recuerda Boushaib, se paraba a su costado y le preguntaba en francés: "¿Y, moreno, quién es más alto, tú o yo?".

-Tenía muy buen carácter en general, pero a veces también muy malo. Supongo que es lo que les pasa a los artistas, que les viene con el arte.

Esto lo dice Bachir, comentando la anécdota de Boushaib. Pero lo siguiente lo repetirá varias veces mientras recorremos la finca: "Claudio renunció a todo por la pintura. A su familia, a formar una nueva familia, a tener hijos, a enamorarse, a viajar. A tener eso que llamamos una vida normal. Por eso era como era, tal vez un poco extraño para los demás, que no entendían por qué no celebraba su cumpleaños, ni la Navidad, ni el Año Nuevo ni nada, o por qué se pasaba hasta 12 horas trabajando y las otras 12 durmiendo. Creo que nadie, ni sus hermanas favoritas, ni sus padres, ni sus pocos buenos amigos lo entendieron nunca del todo".

-¿Y usted, Bachir?
-Yo, yo creo que con el tiempo llegué a ser como el hijo que él nunca tuvo. En el estudio y en varias partes de la casa hay fotos donde aparecemos Claudio, Rashid y yo. Cuando Rashid nació, uno de los primeros en cargarlo fue Claudio. "Qué cosa tan pequeñita has traído a esta casa, Bachir", me dijo. Cuando Rashid empezó a hablar, al señalar algo que quería que Claudio viera decía: "Te-te-te…". Por eso se llamaban Teté el uno al otro. Más tarde, Rashid se metía en su estudio, cogía sus lápices y Claudio le enseñaba a dibujar. Por último, dejó nuestra casa, la casa familiar, y se mudó con Claudio, al cuarto de al lado. Si Claudio estaba enfermo o tenía pesadillas, llamaba a Rashid para que lo atendiera o para conversar. Yo creo que si hay alguien a quien Claudio quiso más que a mí, fue a Rashid. Conmigo era como un padre, cariñoso hasta un límite, pero exigente. Con Rashid fue más como un abuelo.

-Bravo, Bravo, Bravo…
Los taxistas estacionados al lado de la puerta El Khemis corren la voz. Dos extranjeros quieren ir a la maison de Claudio Bravo. Para comprobar que están en lo correcto, lo repiten también con otras palabras: peintre, artiste y mort, en francés, y Chile, en castellano. La mayoría sabe de quién se trata y dónde queda su maison. En eso comparten información con los funcionarios de sanidad y los anticuarios de Taroudant. Si esta pequeña ciudad, a 220 kilómetros al sur de Marrakech, es conocida en el mundo es por haber sido el último refugio del pintor chileno, el mismo que donó dinero para una escuela y un hospital en el pueblito donde está su finca, en las afueras de Taroudant. Una ciudad pobre incluso para los estándares de la región.

En el corazón de la finca está el palacete de Claudio Bravo. Según Bachir, fue diseñado por el propio pintor, basándose en la distribución de su primera residencia en Tánger. Los ambientes son enormes y espaciosos, de techos altos, puertas de madera maciza, gigantescos ventanales -ubicados de tal forma que por ellos entre la luz, pero no caiga ni muera el sol-, y paredes interiores pintadas de blanco, beige o gris tan suave que los objetos dispuestos en una estancia adquieren una extraña tridimensionalidad, como si flotaran en ella.

Estamos ahora en lo alto del alminar de 25 metros de altura que el pintor había dibujado y mandado a levantar al lado de la mezquita, construida a su vez para que los empleados musulmanes pudieran rezar. Desde allí es posible ver cada una de las partes que conforman el lugar. Las decenas de hectáreas de naranjos rodeados por olivos. El sendero flanqueado por palmeras que conduce al palacete o casa principal. La laguna artificial para almacenar el agua que requieren los sembradíos y que fue diseñada por Bravo a imagen y semejanza del Jardín de la Menara, en Marrakech. La zona de estacionamientos para ocho autos, el tractor y las dos calesas del pintor. Las cuadras con los 25 caballos árabes pura sangre y sus campos de entrenamiento y paseo. La casa de Bachir, con sus dos plantas y dos terrazas.

-Este lugar está al sur de Marrakech, y Marrakech, al sur de Tánger. Es como ir metiéndose dentro de un país. ¿Sabe por qué Bravo eligió este pueblito de Taroudant como su residencia definitiva en Marruecos?- le había preguntado a Bachir al principio del encuentro.

Como toda respuesta, abrió los brazos, como una réplica de aquel autorretrato de Claudio Bravo en el que imitaba al famoso hombre de Vitruvio.

Ante mi silencio, tuvo que explicarlo:
-Claudio era pintor- dijo-, por eso eligió este lugar. Mira el paisaje, la luz. A un lado, la cordillera del Alto Atlas. Al otro, las pequeñas montañas del Anti-Atlas. Imagínatelo en invierno, con los picos cubiertos de nieve y el desierto del Sahara empezando por allá.

El día en que recorrimos este lugar guiados por Bachir fue el domingo 12 de junio, ocho días después del fallecimiento de Claudio Bravo. Afuera los termómetros marcaban 38 grados. Dentro de la residencia, sin embargo, no hacía falta el aire acondicionado. Al trasponer la entrada principal -uno de esos clásicos portones árabes rematados por una ojiva-, hay dos salitas de visita que podrían recibir el nombre de sus motivos predominantes. Primero, la Salita de los Caballos: una escultura descomunal, a tamaño real o más, junto a otra más pequeña a la que Bravo le sobrepintó los músculos para que pareciera una de esas maquetas con las que se enseña anatomía equina en las facultades de veterinaria. E inmediatamente después, la Salita Bacon, con seis originales autografiados por el célebre expresionista irlandés.

A partir de aquí, como en todo palacete, el recorrido deja de ser recto para abrirse hacia los costados. Si uno sigue de frente, encontrará el gran patio de la piscina recreativa, rodeado por puertas y mamparas. La piscina deportiva, muy angosta, con sus 25 metros de largo y poco más, está en otro patio, al lado de un jardín tan grande como un campo de fútbol sala. La biblioteca conecta con el gran salón, éste con la Sala Warhol -ocho Marilyn autografiadas por el padre del pop art-, y ésta con el comedor, donde el pintor solía comer solo en su mesa para seis personas, y siempre en el mismo sitio: al lado izquierdo, nunca a la cabecera. Si uno toma por otro lado, lo que encontrará será un claustro con la pileta en el medio, los jardines con árboles, arbustos y flores muy bien cortados, y varias banquitas blancas en los extremos. Y justo delante -o detrás- del claustro, el estudio de trabajo de Bravo. Un largo espacio con dos juegos de sillones y donde el pintor se pasaba trabajando la mayor parte de su vida.

Lo que impresiona hoy de la finca y el palacete no es su majestuosa espectacularidad ni su maniático orden aplicado al sentido de la estética. Hay baúles, esculturas, piezas de cerámica o restos de columnas romanas hasta en los pasillos que conectan una estancia con otra. Pero no. Lo que impresiona de verdad, o mejor dicho, aquello que realmente conmueve, es que ese orden armonioso y aparentemente inflexible ha sido quebrado por el propio pintor al dejar en herencia los cuadros que tenía en esta casa a su hermana Ana María. El domingo en que estuvimos allí, los cuadros ya habían sido descolgados de sus paredes y en su lugar quedaban los clavos y las armellas. Durante los minutos que hablamos con Ana María Bravo, nos contó que, en efecto, el pintor le había dejado a ella toda la obra que hasta ese momento no había vendido. En muchos casos, porque se trata de su obra nueva, que aún no había sido entregada a sus representantes de la galería Malborough de Nueva York, pero en otros porque, según contaba el propio pintor en las pocas entrevistas que concedió en vida, eran sus cuadros favoritos, aquellos de los que nunca quiso desprenderse.

Bachir, que según Ana María Bravo es la persona que mejor conocía a su hermano, ha heredado la finca y tiene planes de convertir el palacete en un museo. Con el resto de la propiedad aún no sabe qué hacer. Sabe lo que cuesta mantenerla -la finca, los 21 empleados, los caballos…- y sabe también que Claudio Bravo no lo hacía con el dinero que obtenía de los naranjos. Una opción es vender las tierras agrícolas y destinar parte de esos fondos a imprimir lienzos fotográficos que reproduzcan los cuadros que Bravo mantenía dentro del palacete. Así, la maison volvería a tener la apariencia que tenía antes, como si su único y auténtico dueño siguiera allí.
Lo que por el momento está fuera de sus planes es volver a Tánger o Marrakech. El mismo se ha encargado de enterrar a Claudio Bravo en el suelo de lo que ambos llamaban el museo de las cerámicas, una construcción cuadrada con un techo en forma de cúpula que se encuentra detrás del palacete y que, según Bachir, se parece mucho a las tumbas de los santos musulmanes.

-En mi historia personal -dice-, conocer a Claudio fue como haber conocido, tal vez no a un santo, pero al menos a un hombre fuera de este mundo.

Es el único momento de nuestra visita en que su voz gruesa y enérgica se quiebra. Durante 32 años escuchó al propio Bravo definirse como un pintor realista que buscaba lo clásico, alejado de lo abstracto y de las modas pictóricas. El museo que piensa dedicarle en ese alejado pueblito de Marruecos es para él una forma de encontrarle el orden adecuado a esas palabras. Allí, el perseguidor de lo clásico habrá llegado a su destino. A partir de ese momento, lo clásico será también Claudio Bravo.

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ARTES Y LETRAS
domingo 19 de junio de 2011

CLAUDIO BRAVO Y CHILE
Último encuentro con el pintor:



Fernando Schmidt Ariztía Subsecretario de Relaciones Exteriores
La muerte de Claudio Bravo nos sorprendió a todos, pero muy especialmente a mí. El martes de la semana pasada habíamos estado con él en Taroudant, junto con el embajador de Chile en Marruecos, Carlos Charme. Por esas casualidades de la vida, fuimos posiblemente los últimos chilenos en despedirnos de él en el aeropuerto de Agadir, al día siguiente.

Nuestra visita a Bravo, obedecía al deseo del Gobierno de transmitirle al artista el orgullo que sentiríamos todos los chilenos de contar con parte de su obra en nuestro país y hacer todos los esfuerzos posibles por lograrlo. Era portador de una carta del ministro Cruz-Coke en tal sentido, que dejaba abiertas las puertas al tipo de cooperación que el artista quisiera. Al mismo tiempo, le llevábamos la noticia de que el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes había decidido otorgarle por la unanimidad de sus miembros la Medalla Pablo Neruda, máxima distinción en el mundo de la cultura, por el valor intrínseco de su obra.

Nos recibió un Claudio Bravo agradecido, reconocido de Chile, de sus raíces, orgulloso de nuestros paisajes -los mejores del mundo, decía- , profundamente familiar. Hicimos recuerdos de nuestra Melipilla común, de su familia, del tío Demetrio que murió en olor de santidad, del campo en Huilco. Mi pintura, dijo, nunca podría haber sido europea porque es un reflejo de los colores de América y de Chile. Los alerones que coronan los muros de su casa en Taroudant fueron copiados de las paredes del campo chileno.

Desde la profundidad de nuestra tierra chilena, Bravo alcanzó una comprensión cabal del gran mundo de la cultura y de la más sofisticada intelectualidad. Allí están sus colecciones de piezas únicas del arte romano, griego, egipcio, las obras originales de Warhol, de Bacon, las estatuas de reyes visigodos, la maravillosa colección de cerámica marroquí. A sus casas en ese país y en Francia, llegaron regularmente personajes como Giscard d'Estaing, Chirac, su amiga Farah Diba, miembros de la realeza española y tantos otros. Ese impulso interior a rodearse de una estética altamente refinada, hizo de él un excepcional cultor de la belleza.

En los últimos días estuvo preocupado de que la obra suya de toda una vida, su pintura, casas y objetos de arte atesorados y cuidados recibieran el cuidado que merecen bajo el alero de una fundación que llevaría su nombre. El ex ministro de Cultura de España, Miguel Ángel Cortés, le había ya redactado un proyecto en este sentido, pero a éste le faltaba una mayor conexión con Chile y con nuestra cultura. Por eso, con su lápiz mina en mano fue haciéndole correcciones a este proyecto, para que en el patronato de esa futura institución estuviera incorporado alguien de su confianza con una sensibilidad a la relación entre Bravo y Chile, fue incorporando el nombre de nuestro país en varios de los acápites que decían relación con los lugares en los que actuaría de preferencia la fundación. Juntos llamamos a Miguel Ángel a París para dejar en claro que debíamos potenciar las tareas de la futura fundación, con una subsede en Chile.

Bravo estaba consciente de su valor en la pintura nacional y, en ese sentido, nos recordó muchas veces la gran exposición que se realizó hace años atrás en el Bellas Artes, la más vista en el museo en los últimos años y no nos ocultó su deseo de que una sala de este recinto pudiera algún día llevar su nombre, que sin tapujos comparaba al de Matta por el alcance universal de su obra.

En esas horas que tuvimos el privilegio de compartir con él en Taroudant, gozó con un libro de paisajes de nuestra tierra que le habíamos llevado, con un conjunto de catálogos que le mandaba su amigo Rodrigo Fernández y que le ponían al corriente de lo que se estaba haciendo en Chile y, sobre todo, con el humor tan nuestro de Condorito. Claudio Bravo era universal y chileno hasta la médula. La génesis de su obra y de sus sentimientos primigenios estaban en este extremo del mundo, en esta luz, en esta geografía. De no haber sido así, posiblemente Bravo habría tenido otros derroteros, pero no el que se materializó en su obra pictórica y estética, en su poco conocido coleccionismo que generó admiración en el mundo que le trató.

Creo que, como país, debemos hacer un esfuerzo por mantener el espíritu de este artista entre nosotros a través de su obra, por el valor que ella misma tiene en el mundo de la pintura. Sería además un ejemplo para que las generaciones más jóvenes, los nuevos creadores, perseveren en la tarea de conquistar el mundo a partir de las experiencias vitales de esta tierra.

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domingo, 12 de junio de 2011

A raíz de la muerte de Claudio Bravo Un estilo que se niega a desaparecer

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12 de junio de 2011

ARTES Y LETRAS

¿Por qué el arte realista sigue fascinando al gran público?



Surgió como tendencia en el siglo XVII, pero ha logrado sobrevivir a los embates del tiempo y hoy sigue existiendo con fuerza, a pesar de que muchos lo consideran un estilo anacrónico y esnob. Su éxito llega al punto de que las obras de Lucian Freud, artista cuyo estilo toma elementos realistas, son las más caras del mundo. Tras la muerte de Claudio Bravo, surge la pregunta por el estado actual del realismo en el circuito del arte contemporáneo.

Evelyn Erlij
No hubo demasiada prensa, tampoco su nombre era tan conocido en Chile, su país natal. Sin embargo, al Museo de Bellas Artes llegaron cada vez más visitantes a la muestra "Bravo, visionario de la realidad". Los últimos días, las salas donde se exponía la retrospectiva del pintor realista, recién fallecido en Marruecos, estaban repletas. El boca a boca de un público impresionado por los cuadros de aquella exposición fue la clave del éxito.


Sensibilidad Según Ivelic, uno de los méritos de Bravo es que descubre la riqueza del mundo sensible en objetos que vemos a diario, pero que no tenemos tiempo de mirar con atención

"La gente se iba con una gran sonrisa, porque al mirar una obra, veía una bandeja y el título decía 'Bandeja', por lo que no salía con un signo de interrogación sobre la cabeza", recuerda Milan Ivelic, director del MNBA. Esto explica, en parte, por qué el arte realista, a pesar de ser una tendencia que tiene sus orígenes en el siglo XVII, sigue siendo popular hoy, en un momento en que bienales y galerías dan prioridad a obras de corte más experimental, que provocan, interpelan y que cuestionan la realidad en vez de afirmarla, como es el caso de trabajos del estilo de Claudio Bravo.


Justo Pastor Mellado

Al evocar aquella muesta, el curador y crítico de arte Justo Pastor Mellado opina: "La pintura de Bravo, en 1994, era lo más parecido a una certeza, después de más de una década de incertidumbre, donde nada era lo que parecía ser. Eso se explica sociológicamente, no artísticamente" .


"Fanciullo con canestro di frutta" , de Caravaggio, el pintor que marcó el punto de partida del realismo del siglo XVII.


"Las Meninas" de Diego de Velázquez (1599 - 1660), un clásico del realismo español

El realismo dentro del arte se remonta a la época del Barroco, a los cuadros de Caravaggio, Velázquez, Rembrandt y otros pintores holandeses y españoles. "Después está el realismo del siglo XIX con acento en lo social, como las pinturas de Gustave Courbet. Luego vino el realismo del siglo XX, que tiene varias facetas. En el caso de Bravo, se trata de un realismo ilusionista, que embellece y acicala la realidad", explica el crítico de arte Waldemar Sommer sobre el estilo del pintor chileno, muchas veces confundido con el hiperrealismo, una tendencia artística en que se reproduce la realidad a partir de una imagen fotográfica.


Waldemar Sommer


Víctor Pavez.

"Se puede vincular la pintura de Bravo a la tradición de exploración de la imagen que empieza en la antigüedad clásica, con un apego a las técnicas retinianas, preciosistas y de precisión mimética tan arraigada en nuestra cultura occidental", explica el académico Víctor Pavez, licenciado en arte de la UC. Mellado, en tanto, asocia la conducta estética del pintor chileno con el concepto de "art-pompier" (arte académico oficial). "La clave para entender a Bravo es Miguel Venegas, el pintor derrotado por el arquitecto Sergio Larraín García-Moreno en la Universidad Católica en los años 50. En contra de Venegas, se hace la reforma de la enseñanza de la arquitectura moderna. Él representaba el "beaux-arts" mediocrizado. Bravo proviene desde ese quiebre. De modo que debió irse fuera del país porque el modernismo chileno de la clase dirigente no lo aceptó", afirma.

Hoy, en efecto, el realismo, no es un estilo de pintar que tenga muchos cultores ni que sea protagonista del mainstream del arte contemporáneo. "Muchos le criticaron a Bravo que cómo se le ocurría en el siglo XX y XXI pintar como si fuera un artista del siglo XVII. Se le decía que era anacrónico, pero él simplemente no se sintió a gusto con la ruptura de las vanguardias", explica Ivelic.


Cristóbal Anwandter.

Muestra. Obra de Cristóbal Anwandter, en exposición "Sobrecaras", que estará desde el 16 de junio en la Galería AMS Marlborough.

¿Tiene sentido, entonces, seguir hablando de "realismo" en la actualidad, cuando se trata de una tendencia de siglos anteriores? "Pareciera que hoy, sobre todo en el caso de la pintura, se clasifica de realista cualquier resultado que intente medianamente reproducir algún fenómeno real", opina el pintor chileno Cristóbal Anwandter, cuyo estilo se acerca al realismo.

Para Víctor Pavez, el término puede comprenderse hoy desde otro punto de vista. "Si se entiende el realismo como una actitud y una opción ideológica, creo que está más vigente que nunca. Los desafíos y conflictos que nos propone nuestro tiempo nos proporcionan un caudal muy valioso de experiencias sobre el cual trabajar y proponer nuestras miradas como artistas. Para mí, Alfredo Jaar o Juan Castillo, por ejemplo, son artistas del realismo", comenta.

Cercanía con el público


Claudia Campaña.

La eterna fascinación del hombre por la imagen de lo real explica por qué los cuadros de Bravo y de otros pintores realistas generan tanto interés. "Hay que recordar que la concepción mimética del arte ha sido tema de interés y análisis desde los tiempos de Aristóteles, quien en su 'Poética' explica que la contemplación de aquello imitado es siempre un deleite, que hay seres cuyo aspecto real nos molesta, pero nos gusta ver su imagen ejecutada con la mayor fidelidad. Pienso que aquí en Chile todavía el grueso del público asocia 'buen artista' con capacidad de imitación del entorno", opina Claudia Campaña, doctora en arte y docente de la Escuela de Arte de la UC.

Este es el punto que separa a Claudio Bravo y Roberto Matta en cuanto a popularidad, según Pavez: "La gente tiende a apreciar lo que entiende mejor y en ese sentido, la pintura de Bravo no puede ser más aprehensible. Es un problema cultural ya que Matta, siendo más importante en mi opinión, no generó el mismo interés en el público chileno", opina el académico.


8Ana María Stagno.

Para Ana María Stagno, representante en Chile de la AMS Marlborough Gallery -a cargo de la obra de Bravo en el país-, el gusto por el realismo también tiene que ver con su fácil comprensión. "La pintura realista, históricamente, ha despertado interés y aceptación de parte del coleccionismo y del público en general, ya que es una manifestación artística de fácil entendimiento, que apela directamente a la sensibilidad del espectador sin necesidad de un proceso intelectual ni de un marco teórico que la sustente", comenta.


9Pabla Ugarte.

Una opinión similar tiene la consultora de arte Pabla Ugarte: "Es simple relacionarse desde el principio con una obra realista. Esto no es algo que sólo pase en Chile, ya que en la National Gallery de Londres la postal que más se vende es la de 'The execution of Lady Jane Grey', de Delaroche, ¡imposible más realista!", señala.


"THE EXECUTION OF LADY JANE GREY" (1833).- Cuadro del pintor Paul Delaroche, la postal más vendida de la National Gallery de Londres.

Asimismo, también se trata de un fenómeno cultural. "Como los espejos, el realismo y el hiperrealismo siguen vigentes. Ello se observa no sólo en la pintura, sino también en otros medios como la escultura; por ejemplo, las obras hiperrealistas de Ron Mueck son un éxito, él convoca gran cantidad de público cuando acude a una bienal o expone. El hombre sigue intentando imitar a la perfección su entorno y la gente se fascina con ello; hoy, además, disfrutan con el cine 3D y con la tecnología digital", comenta Claudia Campaña.


Milan Ivelic.

Según explica Milan Ivelic, en el caso de Bravo lo que capta el interés de la gente es su capacidad para mostrar en objetos cotidianos lo que no vemos en la realidad. "Uno de sus grandes méritos es que descubre en sus pinturas la riqueza del mundo sensible -la textura de un árbol, el color de una hoja, el brillo de un pétalo- en una sociedad acelerada que no tiene tiempo para mirar, para pensar. Bravo es un meditador que hace un llamado de atención al mundo contemporáneo que perdió la capacidad de admirar", afirma.

Un arte vigente

Es un hecho que hoy los espacios de exhibición artística privilegian más la renovación que la tradición, siguiendo así el propio desarrollo histórico del arte. Dentro del circuito, incluso, muchos miran al realismo con desdén y lo califican de "esnob". "Puede ser porque mucho arte realista cae en un público de apreciación facilista, por el logro técnico. Por otro lado, la gran mayoría de artistas realistas son muy complacientes y abordan temáticas completamente anacrónicas y retrógradas", comenta Anwandter.

Según este joven artista chileno, el realismo puro cada vez interesa menos y tiene menos espacios. "Si la intención de un arte está meramente en el malabarismo mimético, su pronóstico en el panorama actual es muy desfavorable", comenta. Sin embargo, pintores como él, cuyos estilos tienen rasgos realistas, han logrado gran éxito en el mundo. "El realismo está más vigente que nunca, basta fijarse en artistas como John Currin, Jenny Saville, Lucian Freud, Antonio López García y muchos otros de Asia, especialmente chinos", señala Ricardo Maffei, quien es hoy el pintor realista más destacado en Chile.

"El realismo siempre estará vigente en el circuito internacional del arte, incluso existen galerías especializadas en pintura realista y, si ésta es de muy buena calidad como lo es la obra de Claudio Bravo, con mayor razón, despierta gran interés", explica Stagno. Claudia Campaña agrega: "La pintura de caballete está vigente y, en las últimas décadas, incluso por razones de mercado, se han revalorizado los procedimientos de la pintura tradicional".


Patricia Ready

De hecho, las obras realistas e hiperrealistas están actualmente bien cotizadas en el circuito del arte y mueven millones en el mundo, en especial en Estados Unidos. "Un ejemplo es que en la última subasta de arte latinoamericano de Christie's se remataron dos pinturas hiperrealistas y se vendieron en 250 mil y 430 mil dólares", cuenta la galerista Patricia Ready. Maffei entrega más datos que lo evidencian: "el artista vivo más caro del mundo es Lucian Freud y hay muchos otros ejemplos además del propio Claudio Bravo, quien ya tenía precios muy altos y que ahora se va ir a las nubes", afirma.


Pastel sobre papel, del artista chileno Ricardo Maffei, el más destacado dentro del estilo realista en Chile


Ricardo Maffei.

Esto, a pesar de que se trata de un estilo que no es lo último en la vanguardia del arte. Así lo plantea Maffei: "El hecho de que el realismo exista en la pintura desde los romanos -es cosa de mirar las paredes de Pompeya- confirma que no es una moda, sino un género que permanecerá como la realidad misma".

Claudio Bravo: "A mí me salva el público"
En la última extensa entrevista concedida a "El Mercurio", en Marruecos, a la periodista María Cristina Jurado, el pintor sentía el peso y la soledad de su éxito:

-¿Y a usted, quién lo ayuda?

"En los últimos veinte años, absolutamente nadie. Lo único que he recibido han sido ataques porque yo nací con éxito y la gente de mucho éxito genera envidia. Ha sido el sino de mi vida. Hay críticos, galeristas, intelectuales, hasta directores de museos que han tratado de hundirme. Pero una cosa me salva: el público me adora y donde expongo cae, rendido, a mis pies".

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domingo, 5 de junio de 2011

Muere en Marruecos Claudio Bravo, el más destacado pintor chileno de los últimos años

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Lunes 6 de Junio de 2011

El artista falleció en Marruecos, donde residía, a causa de un ataque de epilepsia, enfermedad que recién este año le había sido diagnosticada.
Bravo desarrolló su carrera con el mundo entero como objetivo y plataforma, llegando a transformarse en el más internacional artista chileno de los últimos años.


Foto: El Mercurio

SANTIAGO.- A causa de un ataque de epilepsia falleció este sábado en Marruecos el pintor chileno Claudio Bravo, de 74 años, considerado uno de los más trascendentes artistas plásticos que ha dado nuestro país, y el más relevante pintor chileno de las últimas décadas.

A Bravo, quien estaba radicado en el país africano desde 1972, le había sido diagnosticada la enfermedad recién este año, y ya había comenzado a tratársela. Aún no existe precisión en torno a la realización de sus funerales, pero es prácticamente un hecho que los restos del artista serán sepultados en el país en que vivió en las últimas décadas.

Allí tenía cuatro casas, entre las cuales una mansión en Tánger era su residencia principal. Sin embargo, la muerte lo sorprendió en el inmueble que poseía en la localidad de Taroudant.

Con su celebrada técnica hiperrealista, Bravo se transformó en uno de los pintores más destacados de las últimas décadas a nivel internacional, con obras que llegaron a venderse en cifras millonarias, y que hoy cuelgan en las paredes de los principales coleccionistas del mundo.

La trayectoria de Bravo comenzó con sus primeros estudios en academias de Santiago, cuando apenas rondaba los diez años. A partir de entonces, su historia siguió un curso que lo llevaría a los más altos escalones del arte en Chile y el mundo, con una trascendencia sólo comparable a la que antes alcanzara una figura como Roberto Matta.

Claro que Bravo se consideraba varios escalones más arriba que el pintor surrealista, como lo expresó en una entrevista que ofreció a "El Mercurio" en 2009. "Me siento muy por encima de todos los pintores latinoamericanos. Soy el más importante del continente y el más cotizado en el mercado internacional hace mucho tiempo. Matta muerto no llega a mis precios de vivo (...). Está demostrado que, en el terreno artístico internacional, me como vivo a Matta", dijo sin temor a la polémica.

En esa misma entrevista habló de su relación con Chile. "Aún me queda un sucedáneo de hermano: Benjamín Lira, a quien yo considero el mejor pintor chileno después de mí. Pero perdí lazos familiares y sentimentales, y Chile es demasiado lejos. Vendí pésimo y la plata la regalé a dos instituciones de caridad. Pero si hoy me hacen una retrospectiva importante, ¡soy hasta capaz de quedarme quince días!", contó con cuotas de humor.

Pero si la relación con su país de origen pasó por períodos de distancia, el mayor reencuentro vino en 1994, con la primera exposición individual que hizo en el Museo de Bellas Artes. La muestra se transformó en una de las más visitadas del recinto ubicado en Parque Forestal, y posicionó definitivamente a Bravo en el lugar mayor que ocupa en el mundo artístico chileno.

He cumplido con mis dones

Tras un inicio profesional en los años 50, que además de exposiciones lo tuvo con incursiones en la danza y el teatro, Bravo se estableció en Madrid en los años 60, donde alcanzó fama como retratista.

Fue ése el inicio del perfil que le daría fama: Su asombrosa capacidad para reflejar la realidad de manera transparente, sin distorsiones, por lo que a la hora de calificarlo en una corriente la opción nunca fue otra que el hiperrealismo.

Desde los 70, en tanto, sus obras comenzaron a llegar a los principales museos y galerías del mundo, en ciudades caracterizadas por albergar y catapultar vanguardias artísticas, como Nueva York y Londres.

A partir de entonces su lugar en las más altas esferas del mundo del arte se consolidó, por lo que sus obras eran presencia habitual en las subastas de arte latino y otras realizadas por casas como Christie's y Sotheby's. La última de ellas fue a fines de mayo, donde uno de sus cuadros se vendió en 482.500 dólares.

La muerte sorprendió a Bravo en plena actividad, pero según confesó en 2009 la idea de ésta ya no le era lejana. "Estoy preparado para morir, si le viene la gana a Dios. Morir terminará con mi angustia de la creatividad, será acostarme y dormir bien eternamente. Estoy listo porque he cumplido con mis dones".

Imágenes y obras del recorrido del legendario artista

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lunes 6 de junio de 2011

Muere Claudio Bravo, el pintor realista chileno mejor cotizado en el mundo

Dos infartos terminaron con su vida en Marruecos, donde vivía desde 1972. Fue un artista extremadamente virtuoso. Logró reunir a 200.000 personas en el Bellas Artes en 1994, vendió obras en millones de dólares y se codeó con la realeza y nobleza europeas. Fue una figura amada y odiada por la crítica.

Daniela Silva, Constanza Rojas, Ignacio Palma y Marilú Ortiz de Rozas



Apenas tenía 11 años cuando empezó a dibujar. Entre los caballos y trigales del fundo de Melipilla donde creció -había nacido en Valparaíso-, tomaba un libro y empezaba a tirar líneas. Entre ensayo y ensayo, también escribía. Ya en ese entonces Claudio Bravo (74) tenía claro que aspiraba a ser el artista más famoso del mundo. Así creció. Aunque su padre jamás aprobó que se dedicara al arte, lo primero que hizo fue estudiar con Miguel Venegas Cifuentes. En los sesenta, afincado en Concepción, se hizo rápidamente un nombre como retratista. Pero quiso más. Voló a Europa para tener contacto con la escuela realista de los grandes, y en pocos años quedó a cargo de inmortalizar a la alta nobleza y a la aristocracia española. Tanto, que llegó a ser amigo de los reyes borbones. Entrando en los años 70 marcó un hito con su exitoso tránsito por las naturalezas muertas. Sólo objetos cotidianos y sencillos que llevó a la tela con extrema minuciosidad. Abrumado por su éxito como retratista en España, decidió radicarse en Marruecos. El mismo país en que murió este sábado tras sufrir dos infartos en su monumental casa, ubicada en Taroudant.



Estaba acompañado de sus asistentes y su secretario personal, Bashir, y venía llegando de un viaje a París. Ahí había consultado a un cardiólogo, quien lo alertó sobre el delicado estado de su corazón, pero ese preinfarto se transformó en algo inmanejable. "Estoy preparado para morir, si le viene la gana a Dios. Morir terminará con mi angustia de la creatividad, será acostarme y dormir bien eternamente. Estoy listo porque he cumplido con mis dones. Aunque conservo la pretensión de creer que aún puedo crear cosas maravillosas, no estoy agarrado a la vida", había confesado en una de sus últimas entrevistas.

"Su cuerpo descansará ahí mismo. Lo enterrarán dentro de ese parque enorme, donde están las cerámicas antiguas de Marruecos que él usaba para pintar", afirma la galerista Ana María Stagno, quien representaba al artista en Chile y participó en la organización de la histórica retrospectiva que presentó en el Museo de Bellas Artes (1994). Ayer, la noticia fue comunicada a través del sitio web del pintor y se propagó rápidamente por redes sociales como Twitter, plataforma que usó el artista Gonzalo Cienfuegos. "Es una gran pérdida para el arte latinoamericano, internacional y chileno. Gigantesca, porque es un hombre que tenía mucho que transmitir, que entregar a las nuevas generaciones. Nunca impartió clases institucionales, pero fue un gran maestro. Sus comentarios eran muy asertivos y oportunos. Era una persona fuerte, exigente, aguda y muy refinada. Por eso, además, llegó a ser uno de los pintores más caros del mercado del arte mundial. Hizo una carrera notable", comentó Cienfuegos.

Eso, Bravo lo sabía muy bien. Más que bien. Aunque confesó que era demasiado sentimental, asumiendo que ése era su mayor defecto, siempre fue tan seguro de sí mismo que llegaba a intimidar. Bastante. "He tenido mucha suerte porque soy de los pocos pintores que ganan dinero. No soy como Van Gogh, que no vendió ningún cuadro en vida. Yo soy un pintor con éxito. Y ese éxito no me lo voy a llevar al cementerio. Quiero hacer cosas que sirvan a los niños, a los enfermos, como las instituciones de mi tío en Melipilla y Cartagena", afirmó alguna vez. Y al menos alcanzó a donar un hospital y un colegio en Taroudant, el pequeño poblado al sur de Marruecos donde se ubicaba una de sus cuatro monumentales casas.

Ahí tenía 46 empleados, entre camareros, cocineros, peones de campo, jardineros, especialistas en finanzas y secretarios. No le gustaba el lujo, pero vivía muy bien. En esa propiedad, donde recibió hace tres años a Revista Vivienda y Decoración de "El Mercurio", criaba caballos árabes solamente para hacer regalos. La razón: desde que se radicó en Europa comenzó a codearse con personalidades. Realeza, presidentes, primeros ministros, millonarios y coleccionistas. Todos, alguna vez le compraron cuadros. Y sin negociaciones. Bravo aseguraba que mantenía sus precios: "Me representa la Galería Marlborough, y Pierre Levai, su director, es tal vez mi mejor amigo. Yo no hago trampa: la honestidad es parte fundamental de mi reputación. Cuando mucho, pido el 20% de descuento para algún amigo".



Bravo pintaba casi todos los días más de ocho horas. Era insaciable. De hecho, había decidido vivir en África para tener tiempo para su pasión. También optó por el celibato. "Eso (el amor) era muy complicado para mí. Soy demasiado apasionado y celoso. Decidí que mi pintura y mis animales eran mis mejores fuentes de amor; desde los cincuenta años creo que no meto a nadie en mi cama, me aburrí", dijo. Quería dedicarles todo a sus pinceles. Por eso, si pasaba dos días sin entrar al taller, sentía que le empezaban a picar las manos. En su rutina destacaba sobre todo por meticuloso y pulcro. Primero, pasaba por los mercados y compraba objetos del mismo color. Al llegar a su refugio, incluso, se tomaba un día para empezar a pintar, luego de haber armado la escena que quería retratar. Partía dibujando con carboncillo los volúmenes a secas, afinaba detalles con un lápiz fino y luego pintaba. Lo más importante: nunca lo hizo apegándose fielmente a la realidad. En efecto, no es un hiperrealista. Cosa que él se encargó de reafirmar hasta el cansancio: "No tengo nada que ver con los hiperrealistas. Yo exalto, exagero, idealizo la realidad. La manipulo. A mi modelo le borro las zonas oscuras y le rescato la belleza, esa que me acerca a Dios. Hay mucho de santo en cada artista".

Bravo terminó como el pintor chileno contemporáneo mejor cotizado en el mundo. "Me siento muy por encima de todos los latinoamericanos. Soy el más importante del continente y el más cotizado en el mercado internacional hace mucho tiempo. Matta muerto no llega a mis precios de vivo. Él tuvo momentos buenos, pero su vejez fue muy mala y sus cuadros de los últimos veinte años parecen periódicos de domingo mal impresos. Nunca me gustó. Y esto no va a caer bien en Chile: tampoco me fascina la Mistral y encuentro que Juan Francisco González es pésimo. Está demostrado que, en el terreno artístico internacional, me como vivo a Matta. También se lo comen vivo Botero, la Frida Kahlo, Rivera y Orozco", aseguró en 2008, cuando reveló todos los rincones de su casa a "El Mercurio".

Pero no siempre fue aplaudido por todos. Bravo generó excelentes comentarios del público, presentó exposiciones muy visitadas y vendió obras en millones de dólares. Sin embargo, recibió duros comentarios de algunos artistas y expertos en arte. "Bravo representa ese tipo de pintor que más polarización produce en el público y la crítica. Por un lado, podía ser visto como un maestro que abre todo un mundo a la vista, y por otro no. Su mejor época fue entre mediados de los sesenta y fines de los setenta. Ahí pintó una serie de obras que revelan a un autor absolutamente relacionado con la investigación. Quiso darle al realismo decimonónico un carácter nuevo. Pero, de pronto, su trabajo fue perdiendo fuerza", explica el escultor y académico UC Gaspar Galaz. Y Ricardo Maffei, quien fue su discípulo, concuerda: "Fue muy importante esa época de los años sententa. Tenía un lenguaje muy original y personal. Eso es clave en la obra de cualquier estilo, junto a la rigurosidad del oficio".

Así Bravo logró batir récords en diversas subastas. Algo que pocos autores contemporáneos logran. "Fue un artista que alcanzó a ver en vida cómo sus obras cobraron valor en las subastas. En Christie's vendimos hace ya 15 años 'Paquete azul' en US$ 650.000. Hace dos años algunos trabajos de esa misma serie alcanzaron un precio superior al millón de dólares y fueron adquiridos por coleccionistas europeos y norteamericanos. Cuando un artista muere, no es que el precio se vaya a las nubes de la noche a la mañana, pasan algunos años antes de que se establezca su legado y se empiece a perfilar cuáles son los períodos más cotizados", dice Denise Ratinoff, representante en Chile de la casa de subastas.

"Soy ególatra, ¡pero nunca tanto! Miguel Ángel, Leonardo, Francis Bacon, Vermeer y Velázquez eran prodigios. Rembrandt es para los viejitos. Pero soy un tipo sin falsa modestia: la emperatriz Farah Diba, quien me visita continuamente en Taroudant, y otros miembros de la realeza me han dicho que me ven como a un príncipe. Yo no me siento muy lejos...".

"Decidí que mi pintura y mis animales eran mis mejores fuentes de amor; desde los cincuenta años creo que no meto a nadie en mi cama, me aburrí. Estoy hecho un asceta, un San Claudio".



50
fueron sus años de carrera artística. Comenzó como retratista a principios de los 60 en Concepción, y luego viajó a España a perfeccionarse. En 1972 se radicó en Marruecos.

US$ 1.000.000
alcanzó "Paquete blanco" , pintura subastada por Sotheby's en 2004. Su valor inicial se quintuplicó y fue una de sus obras mejor rematadas.

46
empleados trabajaron en su finca ubicada en Taroudant (Montes Atlas de Marruecos). Entre ellos, había cocineros y especialistas en finanzas.

La voz de la crítica
WALDEMAR SOMMER

"Nunca fue un pintor santo de mi devoción, -sostiene el crítico de "El Mercurio"-. El tipo de realismo ilusionista que hace busca embellecer la realidad. Se ha hecho mucho de eso en pintura y le han salido competidores en nuestro medio, como Muñoz Vera y Ricardo Maffei, ambos muy buenos pintores".

"Donde Bravo es insuperable es en sus naturalezas muertas, no así en el paisaje ni en la figura humana. La naturaleza muerta con objetos exóticos o con textiles, los trabaja maravillosamente. Tiene una caligrafía extraordinaria con objetos, paños y textiles. Ahí es notable. Pero en su trabajo se advierten fallas de composición fuertes, pareciera que no sabe cortar el cuadro ni enfocar el punto de vista".

"Es un pintor muy conocido entre los aficionados al realismo, sobre todo en España y Estados Unidos. Aunque Alfredo Jaar y Eugenio Dittborn son artistas visuales chilenos más conocidos en el exterior".

PEDRO LABOWITZ

"Fue un artista sin mayor innovación, un muy buen técnico, pero que no aportó a la obra general de Chile. Cuando estuvo en el Museo de Bellas Artes, regaló una obra al museo que fue, por lejos, la más mala de todas las que expuso en esa retrospectiva".

"Su estilo, en parte, fue hiperrealista, por ejemplo, en sus dibujos de chaquetas, grabados y cajas, se advierte claramente. Pero sus mejores logros fueron sus cortinajes en color. En eso fue notable. Sin embargo, no soy gran admirador de su obra".

JUSTO PASTOR MELLADO

"Bravo fue un pintor más erudito de lo que se esperaba. No coincido con la crítica que lo considera un pintor hiperrealista. Por el contrario, su ostentación de la mímesis era un procedimiento formal que lo convertía en un pintor más erudito y más inaprehensible. Ha habido mucho estereotipo en torno a su obra. Su figuración por ejemplo, repetía ese rictus tan "a lo Mulato Gil", que reproducía la carne como si fuera madera policromada; en cambio, las obras realmente carnales eran aquellas en que la piel era evocada mediante recursos metafóricos muy complejos; como por ejemplo, sus bolsas de papel de la década del sesenta, cubiertas de arrugas y de estrías, que señalaban la existencia de otro lugar para la representación del cuerpo. Pero también, eso era visible en las pinturas que expuso hace unos años en galería AMS Marlborough, donde todas las telas remitían a la ausencia de imagen".

"De modo que no considero que haya sido un hiperrealista, sino un artista que trabajó la superficie como un campo de batalla formal. Su éxito de mercado fue un equívoco, como muchos éxitos de mercado. Pero en el cauce de dicho equívoco, consolidó un tipo de pintura clase-mediana que no pasó por la legitimación universitaria, sino por la de un circuito anómalo, vinculado más bien a una concepción "pompier" (arte académico oficial) de la pintura, para luego tener que irse del país para poder realizar una obra única. Un artista no se hace solo. Fue importante en su despegue formal, la crítica colaborativa que ejerció Raúl Valdivieso".

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lunes 6 de junio de 2011

"Bravo, Visionario de la Realidad"
Retrospectiva de 1994: un hito en el Bellas Artes

La muestra del artista sorprendió con largas filas de público y un total de 200 mil asistentes.


Había abandonado Chile hacía años y su nombre parecía resonar más fuera del país que dentro. Por eso, la inmensa afluencia de público que en 1994 asistió a la retrospectiva de Claudio Bravo en el Museo de Bellas Artes (MNBA) fue una verdadera sorpresa. Milan Ivelic, director del museo, afirma: "Esa exposición fue un fenómeno social increíble. Nadie se imaginó que iban a entrar 200 mil personas, porque Bravo era desconocido en Chile. Nunca se le había dado cobertura periodística, y sin embargo, llegó una gran cantidad de público".

"Iba a la Sala Matta y observaba el comportamiento del público enfrentado a cada una de las obras", recuerda Ivelic. "La pintura de él es afirmativa, no interrogativa. Reafirma lo real, pero con ese descubrimiento de que uno no ve esas cosas. Creo que eso fue lo que llamó la atención al público".





"Bravo, Visionario de la Realidad" fue una muestra proveniente de Nueva York, y en la que el mismo pintor seleccionó los óleos, dibujos y pasteles. El crítico Waldemar Sommer escribió ese año acerca de ella: "Claudio Bravo, nombre mítico dentro de la cultura nacional. Hasta mítico para el chileno que apenas ha oído hablar de arte. Por eso, una exposición suya era la revelación más esperada de nuestro historial pictórico. Por su fisonomía accesible, más que la de Matta para el aficionado masivo. Además, el caso de Bravo ha sido de ausencia: nunca se había mostrado entre nosotros pintura de su época de triunfo internacional".

El pintor realizó 29 exposiciones individuales en Latinoamérica, Estados Unidos, Europa y Asia. La primera en Nueva York fue en 1970, en la Staempfli Gallery, y pavimentó el terreno para que años después lo representara la Marlborough Gallery.

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lunes, 06 de junio de 2011

Claudio Bravo y su último deseo: “Quiero que me entierren en una tumba-museo”
El mismo quería construirla, según declaró en noviembre pasado al diario “Milenio”.
por: La Segunda lunes, 06 de junio de 2011


Desde su mansión en Tánger, el chileno posó para “Vivienda y decoración” de “El Mercurio” en 2008.
Foto El Mercurio


Claudio Bravo hizo su propia definición: “Un hombre talentoso, a quien el cielo le concedió un don que nadie más posee”.

El pintor chileno “reconocido a nivel mundial por su técnica hiperrealista”, como señala hoy el diario “El Mundo”, de España, falleció el sábado a los 74 años, víctima de dos ataques cardíacos, en la ciudad de Taroudant, Marruecos.

Varios medios internacionales llevaron la noticia. Porque el mundo del arte está consternado por la muerte del chileno, que fue condecorado en Marruecos como Gran Oficial de la Orden Gabriela Mistral, como el máximo exponente de la pintura realista a nivel internacional.

Bravo abrió las puertas de su casa al diario “Milenio”, de México, en noviembre pasado. “Hay gente que nace con el mal de piedra, como dicen, yo nací con mal de piedra”, declaró para hablar de su afición por construir casas.

“Me hago casas ideales, me sueño casas y las hago”, dijo el pintor nacido en 1936 en Valparaíso, residente en Marruecos desde 1972.

“Ahí, el artista vive en una mansión excepcional, ubicada en una colina. Cada habitación tiene su sello personal”, señala la publicación. “Soberbio, impecable, amo y señor de sus dominios… Es el hombre que presume su riqueza, se sabe distinguido, privilegiado”, señaló la periodista.

“Nunca he querido tener éxito, he tenido ganas de ser un pintor con éxito”, comentó el artista, “el éxito es una cosa que llega sola, lo único que hay que tener es pasión por pintar bien”.

Cuando Bravo era muy pequeño hacía dibujos con un clavo en una mesa de madera roja que su familia tenía en la cocina, en su casa de campo de Valparaíso.

Era dueño de una extrovertida personalidad, con la que bien llevaba ser amado y odiado por la crítica. “No tengo tiempo para la neurosis, la neurosis es para los flojos”, dijo.

“Duerme bien, come bien y está lleno de cosas. Es un hombre excepcional, inspira respeto, quietud, admiración”, contó “Milenio”.

Su residencia es “un Edén en medio de las tierras áridas de Marruecos, al lado de pequeñas casas artesanales hechas de adobe”. Ahí pinta animales. “Porque son una excitación cada vez que se acerca a ellos y así lo demuestra su colección de caballos purasangre”.

Acostumbraba a pintar entre 8 y 9 horas diarias. Si no lo hacía, se deprimía.

En ese entonces hablaba de que su cuerpo le mandó una advertencia a principios de 2010, cuando lo tuvieron que operar. “Tenía ocho huesos de la columna partidos. Me arrastraba como un viejito”, dice. “Ahora luce espléndido”, acota la periodista.

Bravo mandó a construir una escuela, “muy bien hecha, con la mano de un pintor”, y la donó para el pueblo donde vive. Y ya había empezado a construir también un hospital.

Su obra está en las colecciones de los museos más importantes del mundo, entre ellos el Museo del Prado, al que donó 19 esculturas. También en el Museo de Arte de Ponce de Puerto Rico, en el Museo Metropolitano de Arte y el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en el Museo Rufino Tamayo de la Ciudad de México o en el Museo Ludwig, de Colonia, Alemania, entre otros.

“Como lo han hecho otros artistas de talla internacional, los españoles Salvador Dalí y Pablo Picasso, Bravo tiene la idea de construir un museo monumental para que lo entierren ahí”.

“Ahora me quiero hacer una tumba-museo. Que me entierren en un museo”, expresó. Aunque no alcanzó a cumplir su sueño.

Bravo nació el 8 de noviembre de 1936 y desarrolló a lo largo de más de 50 años una larga y exitosa carrera, en su mayoría en el extranjero. Nueva York, Madrid y Marruecos fueron lugares que vieron al artista mantener la vanguardia en el escenario artístico.

En 1961 viajó a Europa y al poco tiempo se instaló en España, donde alcanzó la fama como retratista de la alta nobleza y la aristocracia. Años más tarde, en el año 2002, recibió la nacionalidad española gracias a sus méritos y aportes artísticos.



En 1972 se trasladó a Tánger, Marruecos. En 1981 montó su primera exposición en la Marlborough Gallery de Nueva York.

Durante el 2006 viajó permanentemente entre Marruecos y Puerto Octay en Chile. Sólo dos años después se instaló en forma definitiva en Taroudant.

Su regalo al rey Juan Carlos

Bravo respondía, cuando criticaban que sus obras eran muy decorativas, que no le importaba en lo absoluto. Que siem pre había sido un pintor estético.

Y obsesivo, como señala una declaración en su propia web. “Lo primero que hago es el dibujo; después el boceto con mucha pasta, donde queda casi terminado. Luego lo repinto, otra vez con pasta, y después lo voy retocando durante meses. Nunca estoy contento. Solo al final, cuando estoy contento, lo firmo, pero soy muy obsesivo. Como hay mucha gente detrás de mi pintura, no me puedo permitir una cosa mal hecha”.

Y agrega: “No termino los cuadros hasta dos meses después… A veces en las exposiciones hay cosas que no me gustan y las retoco, con una paleta y un pincel”.



En 1995, el diario “El país” titulaba a este pintor “reacio a las entrevistas” como uno que esperaba ser un clásico. “Uno firma el cuadro y ya te aburre, te desentiendes de él, o cuando lo ves colgado en la galería dices: «¡Qué pena, debí quedármelo!»”, declaró él. “Nunca sé dónde está un cuadro mío. Quisiera conservar algunas piezas; pero siempre acabo desprendiéndome de ellas. Me pasó con «Las tentaciones de San Antonio», lo había tenido en casa mucho tiempo; o con un Cristo enorme, que también lo conservé cerca hasta que de repente un día, hablando con el rey Juan Carlos, se lo regalé”.

La reflexión en torno a la mirada

Claudio Bravo fue un pintor que invita a reflexionar en torno a la mirada y la serenidad, según comentó en México Jorge Contreras, curador del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, donde Bravo expuso el 2008.

“Historiadores del arte catalogarían a Bravo como un artista hiperrealista, él como creador sólo intenta hacer reflexionar en torno a la constitución de la mirada”, publicó entonces “Milenio”.

Contreras agregó que es más que un pintor hiperrealista: “Veo una meditación en torno a la pintura no para representar objetos o personajes, sino para traer a colación emociones o actitudes, no creo que tenga que ver con la figura que está pintada sino con la pintura como recurso… Creo que en los lienzos, en las telas, en las envolturas de papel, lo que está viendo es el funcionamiento de la mirada, más que representar algo o de compararlo con un objeto creo que está haciendo una reflexión de la mirada”.

Y agrega: “Es un buen ejemplo de un artista cuya fama está derivada de su trabajo, más que de la promoción personal, es una trayectoria de muchos años y ha sido siempre así. Más bien su trabajo ha sido el que ha despertado el interés de galeristas, de coleccionistas, de público en general”.

Por algo Bravo dijo a “Vivienda y decoración”, el 2008. “Estoy p reparado para morir, si le viene la gana a Dios. Morir terminará con mi angustia de la creatividad, será acostarme y dormir bien eternamente. Estoy listo porque he cumplido con mis dones”.

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lunes, 06 de junio de 2011

Incierto aterrizaje de su obra en Chile











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lunes, 06 de junio de 2011

Las obras de mayor precio de Claudio Bravo

Dos de sus pinturas aparecen en una lista de 36 cuadros latinoamericanos mejor vendidos en subastas, en Nueva York: “Paquete blanco” y “Anunciación”.
por: La Segunda lunes, 06 de junio de 2011


El pintor Claudio Bravo.
Foto El Mercurio

La obra de Claudio Bravo alcanzó los más altos niveles de cotización en el mercado mundial. En importantes subastas, varias de sus pinturas lograron cifras millonarias.

En una lista de 36 cuadros latinoamericanos mejor vendidos en subastas en Nueva York, Claudio Bravo aparece con dos obras: “Anunciación”, vendida en 1,27 millones de dólares en 2008, y “Paquete blanco”, subastado en un millón de dólares en 2004.



En 2002, “Paquete marfil”, un óleo sobre tela de estilo hiperrealista, se vendió en Nueva York en la firma de subastas Sotheby’s por 1,4 millones de dólares, lo que constituyó un nuevo récord para el artista. La pintura, perteneciente a la serie de “paquetes” realizada entre 1960 y 1980, superó el estimado máximo de un millón de dólares y también el récord registrado por la venta de “Paquete azul”, en 1999, en US$ 650.000.



El lienzo, que fue adquirido por un coleccionista anónimo, pertenecía al empresario Stanley Marcus, quien reunió una importante selección de obras de artistas latinoamericanos.

También en Sotheby’s, en 2004, logró el precio de venta más alto de la subasta de arte latinoamericano con “Paquete blanco”, de 1967, con un millón de dólares. Según la casa de remates, ésta fue adquirida por un coleccionista internacional por teléfono.

En esa ocasión también sorprendió con la venta de “Un par de desnudos”, dos esculturas en bronce con pátina verde que constituyen una rareza en su obra. Superó el máximo estimado de 60 mil dólares al ser comprada por un coleccionista privado mexicano, en 254.400 dólares.

De nuevo en Sotheby’s en 2006 “Visus Tactus”, un lienzo de su estilo hiperrealista superó las expectativas al venderse en 688.000 dólares.
“Anunciación” fue subastada por Christie’s, en el año 2008, en la cifra de 1,27 millones de dólares.



En 2010, en la misma casa de remates de Nueva York, “Una pareja”, que muestra una vez más la precisión realista de Claudio Bravo, alcanzó un precio de 662.500 dólares.

Este año, en otra subasta organizada por esa firma, “Berber Still Life” fue adjudicada en 482.500 dólares.

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Martes 7 de Junio de 2011

C. Cultural Las Condes
Vuelve exposición de Claudio Bravo



Con motivo de la muerte del pintor chileno, la Corporación Cultural de Las Condes decidió remontar la muestra "Claudio Bravo: Los años chilenos 1951-1960", exhibida en esta misma institución en 2005. Cerca de 80 dibujos, pinturas y retratos, como el realizado a Héctor Noguera (en la foto) y correspondientes a la primera etapa de Bravo, cuando aún vivía en Chile, serán exhibidos entre el 15 de julio y el 28 de agosto.

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martes, 07 de junio de 2011

Así es la herencia que dejó Claudio Bravo en Chile



El fallecimiento de Claudio Bravo, ocurrido el sábado pasado. ha sembrado varias interrogantes: ¿Tiene discípulos? ¿Aumentará aun más el precio de sus obras? ¿Qué influencia dejó en Chile?.
por: Juan Carlos Ramírez F./La Segunda martes, 07 de junio de 2011


"Tentaciones de San Antonio" (1984) se puede ver en el Museo de Bellas Artes.
Foto La Segunda

El director del Museo de Bellas Artes, Milan Ivelic, recuerda la exposición del año 1994 dedicada a Claudio Bravo: “Yo bajaba a la Sala Matta y veía los rostros sonrientes que miraban la obra. Porque si se encontraban con el cuadro de una alcachofa veían el título y ¡se encontraban con una alcachofa!”.

Eso retrata el particular estilo del artista, según Ivelic. Realismo, a secas. “Una afirmación de lo real, no una interrogación”, explica.

No confundir con hiper realistas



En el Museo existen cuatro piezas del fallecido artista. El óleo “Tentaciones de San Antonio” (1984) y las litografías “Abrigo de piel” (un díptico de 1976) y “Paisaje de Nueva York” (1984). Esta última en itinerancia en Iquique.



“La situación es la siguiente: artistas como Claudio Bravo han existido siempre. Pensemos que del Renacimiento en adelante se produce la conquista del mundo exterior. Antes el tema era lo religioso, luego, se redescubre la naturaleza. Y esa técnica, que practica Bravo, viene desarrollándose desde allí”, explica el director.

Para Ivelic, Bravo encarna esta técnica que consiste en representar la realidad, especialmente los objetos inanimados tal como son. Por ende, no tendría “discípulos”. De hecho, él no hizo clases, excepto a Ricardo Maffei, lo más cercano a un “heredero”.

“Tampoco hay que confundir con los hiper realistas”, afirma el director del museo. “Ellos utilizan como modelo la fotografía. Es decir, la representación de la representación. Lo que hacía Bravo era trabajar en torno al modelo, aprovechando su luz, ordenando su disposición. Su pintura comienza ya cuando instala el modelo”.



Denise Ratinoff, de Christie’s: “No hay razón que justifique el alza inmediata de su obra”

Dos veces al año, Denise Ratinoff —representante en Chile de la casa Christie’s— viaja a Nueva York para subastar arte latinoamericano. Y siempre, desde hace más de quince años, uno de los pintores estrellas ha sido Claudio Bravo.

Sus dibujos tempranos se han avaluado entre los 10 mil y 15 mil dólares. Un precio asequible en el contexto de las subastas. Pero obras como sus célebres paquetes han superado el millón de dólares.

El público que ha adquirido su obra es básicamente adulto, admiradores del realismo figurativo. Un estilo que marcó a fuego la obra de Bravo.

Sin embargo, para Ratinoff, su muerte ocurrida el sábado pasado no significará necesariamente que los precios se dispararán en la próxima subasta planificada para noviembre.

“No hay razón inmediata que jus tifique un alza en su obra. Ellas no suben como la espuma, ni siquiera tras un fallecimiento. El valor de una obra está dado por la demanda, pero también por la tranquilidad para ponderar la importancia de una pieza”, piensa.

“Fijarlo no es algo precipitado o improvisado. Requiere un tiempo de madurez para valorizarla dentro de un contexto. Por ende, no creo que aumente su valor en la próxima subasta”.

Carlos Cruz: “No cualquier obra sube de precio porque se murió el artista”

Para el coleccionista de arte Carlos Cruz Puga, es muy posible que sus piezas suban de precio. Pero... dependiendo del período. “El de los paquetes azules es el importante. Había realismo y la sutileza de algo cotidiano. Pero, como todo en la vida, es la suma de calidad, temática y la escasez del producto”.

Cruz es claro al afirmar que “no cualquier obra sube de precio porque se murió el artista. Eso ocurre con el tiempo. Si se comienza a reconocer el mérito de su obra al mismo tiempo que se vuelve escasa. Ahí sube el precio”, afirma.

¿Herederos?

Tanto Cruz como Ratinoff concuerdan en lo difícil que es precisar si tuvo “herederos”. Precisamente por su estilo, es complicado armar una lista de influenciados.



Uno de los nombres que da vueltas es el de Ricardo Maffei. Él incluso viajaba a Tánger para recibir lecciones de Bravo.

Sus pinturas, pero especialmente sus paños y telas, recuerdan poderosamente la etapa más celebre de Bravo.



También se ha señalado al chileno afincado en España Guillermo Muñoz Vera, quien ha sido indicado por la crítica como más cercano al hiper realismo que al realismo.

Otros, como Benjamín Lira, simplemente desconocen cualquier influencia.

Carlos Cruz está de acuerdo en que no es sencillo encontrarle “influenciados” al fallecido artista.

“En realidad, es un tema complicado. Todo depende de los ámbitos y las redes donde se mueve el artista. Claudio estuvo en el momento, tuvo la oportunidad de lograrlo”.

Homenaje en Valparaíso

El alcalde de Valparaíso, Jorge Castro, pidió iniciar las gestiones para un homenaje, ya que no todos saben que el artista nació en Valparaíso en 1936, trasladándose a Marruecos en 1972.

“Claudio Bravo es uno de los artistas chilenos universalmente más famosos de nuestro país y del mundo. Fue un gran embajador de nuestra comuna y un orgullo, pues Valparaíso ha sido la cuna de muchos artistas que han sabido representar con holgura lo que produce esta ciudad: Arte y cultura”, explicó el edil.

“Queremos que este artista sea recordado con el mejor de los galardones y precisamente en Valparaíso. He solicitado iniciar los preparativos para que este homenaje sea al nivel de este gran pintor".

El primer homenaje será mañana, a las 16 horas, en sesión del Concejo Municipal de Valparaíso. Se hará un minuto de silencio y se exhibirá una panorámica con su vida y obra.

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