sábado, 18 de junio de 2011

Los años chilenos de Claudio Bravo- La última luz de Claudio Bravo

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sábado 18 de junio de 2011



Su futuro estaba en el negocio de su padre: la agricultura. Pero nunca le interesó. Su fama de retratista creció rápido mientras estaba en el colegio. Su ego, también. En Concepción llegó a ser el pintor favorito de la elite. Hasta que en 1961 decidió emigrar. Esta es la vida del fallecido pintor antes de alcanzar la cima.

Por Isabel Plant
Todo esto fue antes: antes de Europa, de España y los retratos a los reyes, de triunfar en Nueva York con los cuadros de papeles y envoltorios, antes del amor por Marruecos y los tres palacetes. Antes de vender cuadros por un millón de dólares. Antes de su regreso triunfal a Chile, con esa retrospectiva con récord de visitas en el Bellas Artes en 1994, y antes de la compra de su casa en el Llanquihue, donde se instaló varios veranos. Antes de que Claudio Bravo fuera Claudio Bravo, el realista, el exitoso, el que vivía en Marruecos y no volvió, fue un chileno con infancia de campo.

Campo elegante, claro: la historia comienza en Huilco, Melipilla. El padre, Tomás Bravo, un empresario agrícola exitoso, su madre, Laura Camus, una ama de casa y "una santa", según él y la familia; por más que los siete hermanos y los primos Camus corrieran como locos por la galería de la casa, ella nunca gritaba. Años después, cansado de leer descripciones de una sencilla infancia campestre de familia "agricultora", Claudio Bravo habría dicho a sus cercanos: "Yo soy un caballero desde la cuna de oro en la que nací, no nací en cuna de madera".

Nacido en 1936, era el segundo de siete hermanos, que habitaban en esta casa de dos pisos. Había un comedor grande donde todos se sentaban a la misma hora, y bien vestidos, a la mesa. Afuera, una piscina. Y alrededor, animales, que tanto le gustaban, incluidos los caballos que serían una fascinación de por vida. "Creo que ese es uno de los recuerdo más remotos, estar asustado, agarrado a las crines del caballo, siendo un bebé casi", recordó el pintor en el documental La pupila del alma, de Hugo Arévalo, donde el artista reconstruyó su vida en sus propias palabras.


"El niño con los gatos", 1957


"Autoretrato", 1954

"Autoretrato", 1975

"Era palomilla, Claudio, era revoltoso", dice hoy su primo Gonzalo Camus, cuya familia tenía un campo vecino al de los Bravo. "Veo a mi padre lavando el auto y cuando estaba listo, llegaba Claudio y ¡paf!, le echaba tierra encima".

La vida sólo de campo se le acabó pronto, cuando a los nueve años, al igual que otros hijos de agricultores, lo mandaron de interno al colegio San Ignacio de Santiago. El chofer lo iba a dejar el domingo a Santiago y lo llevaba de vuelta el viernes, junto a hermanos y primos. Fue un cambio duro. "No se lo perdonaré nunca (a mi padre), porque realmente es tristísimo estar interno. Al año te adaptas, pero a los nueve años es muy duro. Lloraba, claro, como niño", recordó en el documental.

El campo de Huilco quedó para vacaciones y fines de semana. Y el colegio fue el lugar donde Claudio Bravo comenzó a dar sus primeros trazos, y donde terminaría encontrando su camino. A pesar de su padre.

EL REGALÓN

Esto de la pintura a don Tomás Bravo no le gustaba nada, y así lo recuerdan familiares y amigos, además del mismo Claudio Bravo. Hombre a la antigua, serio y exitoso, llevaba al mayor de sus hijos hombres a la feria agrícola, de la que también era dueño, y lo sentaba a hacer boletas; don Tomás quería que Claudio se dedicara al negocio. Años más tarde, el artista diría que fueron estas labores en los negocios de su padre las que le enseñaron a trabajar con rigor.

Pero, claro, él no era bueno para los estudios, o por lo menos, para los estudios que no le interesaban: las matemáticas y derivados. De hecho, era un desastre, como recuerdan algunos de sus compañeros de curso del San Ignacio: lo único que hacía en esas clases, era dibujar y dibujar. "Él participaba en muchas cosas, en teatro, literatura, y, por supuesto, en pintura. Le gustaba lo suyo y lo que no le gustaba, no lo miraba", recuerda Juan Carlos Ossandón, un ex compañero. "Dibujaba en clases en vez de tomar atención. Un tiempo estuve sentado al lado de él, y de repente hacía cosas raras, me decía que quería comer una mosca. La dibujó perfecto, y se comió el papel. Debe haber estado tan aburrido".

El dibujo comenzó a compensar todas las otras faltas. Recuerda Bravo en el documental: "Cuando me iba mal en un ramo, tipo matemáticas, le hacía un retrato al profesor, y con eso me subían las notas, me ponía muy bien, después contestaba muy mal, pero ya no me podían rajar en el examen. Me lo perdonaban todo. Y como me consideraban un caso perdido para física, química y todos esos ramos, me dejaban hacer lo que quisiera, porque al mismo tiempo hacía exposiciones con éxito. Los mismos profesores me compraban los cuadros. Fui un niño mimado en el San Ignacio, lo pueden decir pocos".

El que se transformó en su salvador escolar fue un sacerdote, el padre Francisco Dussuel. Fue él quien puso a Bravo a cantar en el coro escolar y quien, finalmente, abrió paso para que su padre lo dejara dedicarse a la pintura.

El sacerdote había visto los dibujos de Bravo y habló con su padre, pensando en que el joven debería tomar clases con el maestro Miguel Venegas Cifuentes. "Dussuel intentó convencer a mi padre y mi padre dijo: Mi hijo pintor, ni hablar. Va a ser un melenudo, lo van a tener que alimentar sus hermanos, se va a morir de hambre", recordó Bravo. "Él quería que siguiera con la feria (agrícola), todos los padres quieren lo mejor para sus hijos".

Así que el sacerdote pagó él mismo por las clases de pintura con el dinero de los jesuitas, según contó Bravo. Luego tomó un par de dibujos hechos por Claudio y se los fue a mostrar a don Tomás, sin decirle quién los había hecho. Le dijo que su hijo tenía que estudiar pintura, porque había alumnos talentosos en el colegio que podían hacer dibujos tan buenos como los que le mostraba. Tomás Bravo habría dicho: "Claro, si Claudio dibujara así, yo le doy permiso". El padre Dussuel le dijo entonces que lo que le mostraba era en realidad hecho por Claudio. Al padre del joven no le quedó otra que aceptarlo, y con 12 años, comenzó las clases con el maestro Venegas.

Sería casi la única educación formal de pintura que tendría Bravo en su vida; el resto, todo autodidacta. Y ya en ese entonces, siendo casi un quinceañero, demostraba su personalidad. "Desde joven mi maestro de pintura me decía que cambiara mi carácter, que era un ególatra por despreciar a los demás pintores chilenos, a los que encontraba pésimos", recordó el pintor.

Su falta de interés en los estudios finalmente lo alcanzó; repitió de curso. En ese nuevo curso, los últimos tres años de humanidades, Bravo hizo gran amistad con el hoy actor Héctor Noguera, con quien participó en obras, y quien lo acompañó de vacaciones en Melipilla y fue retratado numerosas veces por el joven pintor. Claudio Bravo terminó el colegio convertido en un pequeño artista, como se recuerda en el anuario de su sexto año de Humanidades, en 1955, donde se destaca su presentación en una muestra interescolar de pintura: "Sin duda, el mejor exponente fue Claudio Bravo, quien ya ha pasado las fronteras intercolegiales con una magnífica exposición en el centro de la ciudad que ha sido elogiosamente comentada por los críticos de arte de varios diarios".

Su padre no alcanzaría a ver la muestra; murió cuando él tenía 15.

EL RETRATISTA Y LA BOHEMIA


Para los estudios era un desastre, recuerdan algunos de sus compañeros de curso del San Ignacio: en clases se dedicaba a dibujar.

A los 17 años hizo su primera exposición en la que, como sería tradición después, vendió todos los cuadros. Eso sí, con un poco de ayuda, como comentó el pintor riendo en el documental: "Era muy fácil, mi padre tenía muy buenas amistades, en el colegio era mimado. Entre los amigos de mi papá y mis profesores me compraron todo".

Esa primera exposición, hecha en el Taller 14 de la calle Tenderini, fue organizada por un nuevo amigo de Bravo, Pepe de Rokha, el hijo del poeta. Fue el comienzo de una época en donde el joven paseaba por el mundo de artistas, de café en café. "Trasnochaba hasta las dos de la mañana, hablando con la gente del teatro, ballet", recordó él. Quienes lo recuerdan de esa época cuentan que disfrutó mucho de su juventud; era un joven buenmozo, bien vestido, que salía a fiestas con su primo y amigo Sergio Bravo. Claudio Bravo contaría años después que salió con grandes bellezas de su época, y que pese a que nunca se casó (en su familia, muchos tampoco lo hicieron), igual tuvo grandes amores; los rumores sobre su sexualidad nunca fueron tema en la familia en esa época. Fue en estos años donde entabló amistad con gente como el poeta Luis Oyarzún, el escritor Benjamín Subercaseaux, el pintor Iván Vial o el abogado Ernesto Steffens.

Fue en la compañía de este último que Bravo llegó a Concepción, ciudad donde residiría tres años. "Ernesto llegó a la casa de mi abuela, María Eugenia Correa, y le dijo, 'Mamá vengo con un amigo, Claudio Bravo", recuerda la sobrina de Ernesto, Cecilia Steffens, quien tiene cuatro cuadros del autor en sus paredes. "Y Claudio se quedó tres años en la casa de mi abuela, y no se fue nunca más. Ella feliz le arregló una pieza, y él empezó a pintarnos. Se pintaba autorretratos. Me acuerdo de verlo rodeado de tres espejos, se pintaba alas, se ponía una pancora en la cabeza, un collar tipo romano".

Fue en esos años cuando Bravo se hizo fama de retratista, plasmando a las familias de la ciudad. "Comencé a descubrir que se me daba bien el retrato, en pocas líneas sacaba el parecido a una persona, comenzaron a lloverme los retratos", recordó el pintor. "Un cuadro te lo hacía en unas diez, ocho sesiones. Era muy meticuloso, yo lo odiaba, porque estaba horas posando", recuerda Cecilia Steffens. Sería el inicio oficial de su carrera, que duraría cerca de 50 años; muchas de estas pinturas, en carboncillo y óleo, podrán verse a partir del 16 de julio en la Corporación Cultural de Las Condes, que volverá a montar la exposición "Claudio Bravo: Los años chilenos 1951-1960".

Con la idea de aprender cosas nuevas, Claudio Bravo terminó su vida en Concepción en 1961, y partió a Europa en barco. El destino era París, pero se bajó en Barcelona y de ahí llegó a Madrid.

Antes se despidió de su familia en Melipilla, dice su primo Gonzalo Camus. "Ya llevaba un tiempo diciendo que él aquí en Chile no podía seguir. Siempre tuvo el concepto de que para aprender acá, no había nadie que podía enseñarle nada y se iba a Europa, porque ahí estaban los maestros".

Tenía 24 años. Vendría España. Vendría Marruecos. Vendrían veranos, muchas décadas después, en su casa de veraneo en el Llanquihue, donde recibiría a muchos amigos, y que vendería luego de que sus hermanas que vivían en Chile murieran.

No le quedaba nada más que visitar aquí.

Sus inicios como pintor los dio a los 12 años, como discípulo de Miguel Venegas. A los 21 años partió a Concepción, donde ganó fama de retratista.

Por Isabel Plant.

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19/06/2011 - 09:15

La última luz de Claudio














El pintor Claudio Bravo murió de dos infartos en su finca de Taroudant, al sur de Marruecos. Ese fue su tercer y último refugio en ese país, al que llegó hace cuatro décadas. Recorrimos este lugar de 700 mil m2. El guía fue Bachir Tabchich, quien durante 32 años fue su asistente, guardaespaldas, amigo más cercano. Y quien sepultó sus restos bajo las cerámicas de este palacio.
por Toño Angulo Daneri -


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La última luz de Claudio Sobre el escritorio de su estudio de trabajo, dos hojas de papel escritas a mano dan cuenta de una de las preocupaciones que inquietaban a Claudio Bravo días antes de morir. Unos metros más allá está su caballete de pintura, hoy ya sin lienzo, como un perchero en desuso. Detrás, la mesa con sus pinceles, todos limpios, ordenados por tipos y tamaños, en grupos de 20 ó 30, en unos cilindros de madera con forma de jarrones. Al lado, sus estuches de lápices, óleos y pasteles. Aquí y allá, unas mesitas de centro donde se puede ver su último paquete de cigarrillos -Marlboro Gold White-, un ejemplar de "Claudio Bravo, dibujos y pinturas" -en la nueva edición de Lerner & Lerner de 2004-, el catálogo de una exposición en el MoMA de Nueva York y dos números recientes de Condorito, uno de ellos titulado "La boda real".

Las hojas de papel escritas a mano reproducen un calendario de mayo y junio de 2011. Mayo empieza el domingo 15, el primer día del tratamiento que el pintor había comenzado después de que le diagnosticaran epilepsia. Las anotaciones dicen que estaba tomando Rivotril gotas, de 2,5 miligramos, y Tegretol, comprimidos, de 200. A la sexta semana debía hacerse un análisis de sangre. A la vigésimo cuarta, tenía consulta con la neuróloga. Las anotaciones se interrumpen a la tercera semana, exactamente el sábado 4 de junio. Ese día, minutos después de las ocho de la tarde, en este mismo estudio de su finca a 10 kilómetros de Taroudant, Marruecos, Claudio Bravo tuvo dos infartos que acabaron con su vida mientras era conducido al hospital de Agadir, a unos 80 kilómetros de distancia. Tenía 74 años y, como de costumbre, llevaba encerrado en su estudio, pintando, desde las 10 de la mañana.

-Si yo hubiese estado aquí- se lamenta Bachir Tabchich, una semana después-, tal vez no habría pasado. Tal vez lo habría llevado a otro hospital. Tal vez, Claudio todavía seguiría vivo.

La historia de Claudio Bravo en Marruecos no se puede reconstruir sin las palabras de Bachir Tabchich. Desde que se conocieron en 1979, cuando el pintor llevaba siete años viviendo en Tánger y Bachir jugaba profesionalmente al fútbol en el equipo de la ciudad, nunca más se separaron. Y si en un momento tuvieron que hacerlo, fue un distanciamiento puramente físico, obligado por las circunstancias: por ejemplo, cuando Bravo dejó Marrakech, adonde había llegado de Tánger, y se instaló en Taroudant, pero Bachir ya tenía mujer e hijos y no le resultaba tan fácil mudarse por segunda vez sin provocar una pequeña conmoción familiar. Como siempre, se resolvió con una llamada telefónica: "Bachir, por favor, te necesito aquí conmigo".

En estos 32 años, Bachir se fue convirtiendo de a poco en le patron, como lo llaman los 21 empleados que trabajan para la finca. Es el administrador de todo lo que se produce, compra, vende, se hace o se deja de hacer dentro de los 700 mil metros cuadrados que tiene esta propiedad comprada por Bravo en 2002. Es el que elige a los proveedores de carne y pescado fresco para la cocina. El que decide si otros agricultores del pueblo pueden entrar a llevarse naranjos u olivos para trasplantarlos en sus tierras. El que dice cuándo las dos piscinas han sido limpiadas correctamente. El organizador de los viajes que Bravo realizaba -cada vez menos- a Nueva York, Madrid, París o Santiago. Su chofer personal. Su guardaespaldas. Su consejero cuando el pintor estaba triste, decepcionado o furioso. El único, primero, y más tarde una de las dos únicas personas en el mundo junto con su primogénito Rashid -Teté, según el sobrenombre que el hoy joven Rashid como Bravo empleaban para llamarse el uno al otro-, que tenía autorización para entrar en el estudio del pintor sin anunciarse. Cuando se conocieron, Claudio Bravo debía tener 42 años; Bachir, 24.

-Tras un viaje por Europa, un amigo que era el guardián de la finca de Claudio en Tánger me avisó que su jefe había despedido a su chofer y estaba buscando un reemplazo- recuerda Bachir, mientras recorremos el camino de tierra flanqueado por palmeras que van desde la entrada de la finca hasta el palacete de Bravo.

-Por entonces, yo era más serio que ahora- prosigue Bachir-, no tenía sentido del humor y, en cambio, Claudio andaba en su época hippie, el pelo largo, siempre haciendo bromas. Tiempo después me contó que, cuando me vio, dijo: 'Este no me va a durar ni quince días'. Y mira, hemos estado juntos 32 años.

Al recordarlo, Bachir llama al pintor Claudio, con familiaridad, aunque admite que en persona siempre lo trató de usted. Bachir tiene hoy 56 años, la barba y los cabellos blancos recortados muy prolijamente, el andar pausado, la barriga crecida de quien ha sido deportista y hoy sólo se mueve en auto, y también una elegancia consustancial que va más allá de su vestimenta impecable, con vestón y pantalones claros de lino, finos anteojos sin marco y sombrero de paja. Revisando fotos antiguas, parece como si no poco de la facha y actitud de Claudio Bravo se hubiesen trasladado a Bachir por contagio involuntario.

Por haber nacido en Tánger cuando esta ciudad era todavía un condominio de países como Bélgica, Estados Unidos, Francia y sobre todo España, él habla un castellano perfecto, con acento español, cruzado a veces por un término chileno. Con Bravo hablaban en francés, el segundo idioma del país, que el pintor conocía bien. Y con nosotros -el fotógrafo y yo-, en una mezcla de inglés, francés y una que otra palabra suelta en castellano, como "moreno", que era como el pintor llamaba al guardián Boushaib, un negro canoso y muy alto, que vive y trabaja en la finca desde que Bravo la compró. Cuando el pintor estaba de buen humor, recuerda Boushaib, se paraba a su costado y le preguntaba en francés: "¿Y, moreno, quién es más alto, tú o yo?".

-Tenía muy buen carácter en general, pero a veces también muy malo. Supongo que es lo que les pasa a los artistas, que les viene con el arte.

Esto lo dice Bachir, comentando la anécdota de Boushaib. Pero lo siguiente lo repetirá varias veces mientras recorremos la finca: "Claudio renunció a todo por la pintura. A su familia, a formar una nueva familia, a tener hijos, a enamorarse, a viajar. A tener eso que llamamos una vida normal. Por eso era como era, tal vez un poco extraño para los demás, que no entendían por qué no celebraba su cumpleaños, ni la Navidad, ni el Año Nuevo ni nada, o por qué se pasaba hasta 12 horas trabajando y las otras 12 durmiendo. Creo que nadie, ni sus hermanas favoritas, ni sus padres, ni sus pocos buenos amigos lo entendieron nunca del todo".

-¿Y usted, Bachir?
-Yo, yo creo que con el tiempo llegué a ser como el hijo que él nunca tuvo. En el estudio y en varias partes de la casa hay fotos donde aparecemos Claudio, Rashid y yo. Cuando Rashid nació, uno de los primeros en cargarlo fue Claudio. "Qué cosa tan pequeñita has traído a esta casa, Bachir", me dijo. Cuando Rashid empezó a hablar, al señalar algo que quería que Claudio viera decía: "Te-te-te…". Por eso se llamaban Teté el uno al otro. Más tarde, Rashid se metía en su estudio, cogía sus lápices y Claudio le enseñaba a dibujar. Por último, dejó nuestra casa, la casa familiar, y se mudó con Claudio, al cuarto de al lado. Si Claudio estaba enfermo o tenía pesadillas, llamaba a Rashid para que lo atendiera o para conversar. Yo creo que si hay alguien a quien Claudio quiso más que a mí, fue a Rashid. Conmigo era como un padre, cariñoso hasta un límite, pero exigente. Con Rashid fue más como un abuelo.

-Bravo, Bravo, Bravo…
Los taxistas estacionados al lado de la puerta El Khemis corren la voz. Dos extranjeros quieren ir a la maison de Claudio Bravo. Para comprobar que están en lo correcto, lo repiten también con otras palabras: peintre, artiste y mort, en francés, y Chile, en castellano. La mayoría sabe de quién se trata y dónde queda su maison. En eso comparten información con los funcionarios de sanidad y los anticuarios de Taroudant. Si esta pequeña ciudad, a 220 kilómetros al sur de Marrakech, es conocida en el mundo es por haber sido el último refugio del pintor chileno, el mismo que donó dinero para una escuela y un hospital en el pueblito donde está su finca, en las afueras de Taroudant. Una ciudad pobre incluso para los estándares de la región.

En el corazón de la finca está el palacete de Claudio Bravo. Según Bachir, fue diseñado por el propio pintor, basándose en la distribución de su primera residencia en Tánger. Los ambientes son enormes y espaciosos, de techos altos, puertas de madera maciza, gigantescos ventanales -ubicados de tal forma que por ellos entre la luz, pero no caiga ni muera el sol-, y paredes interiores pintadas de blanco, beige o gris tan suave que los objetos dispuestos en una estancia adquieren una extraña tridimensionalidad, como si flotaran en ella.

Estamos ahora en lo alto del alminar de 25 metros de altura que el pintor había dibujado y mandado a levantar al lado de la mezquita, construida a su vez para que los empleados musulmanes pudieran rezar. Desde allí es posible ver cada una de las partes que conforman el lugar. Las decenas de hectáreas de naranjos rodeados por olivos. El sendero flanqueado por palmeras que conduce al palacete o casa principal. La laguna artificial para almacenar el agua que requieren los sembradíos y que fue diseñada por Bravo a imagen y semejanza del Jardín de la Menara, en Marrakech. La zona de estacionamientos para ocho autos, el tractor y las dos calesas del pintor. Las cuadras con los 25 caballos árabes pura sangre y sus campos de entrenamiento y paseo. La casa de Bachir, con sus dos plantas y dos terrazas.

-Este lugar está al sur de Marrakech, y Marrakech, al sur de Tánger. Es como ir metiéndose dentro de un país. ¿Sabe por qué Bravo eligió este pueblito de Taroudant como su residencia definitiva en Marruecos?- le había preguntado a Bachir al principio del encuentro.

Como toda respuesta, abrió los brazos, como una réplica de aquel autorretrato de Claudio Bravo en el que imitaba al famoso hombre de Vitruvio.

Ante mi silencio, tuvo que explicarlo:
-Claudio era pintor- dijo-, por eso eligió este lugar. Mira el paisaje, la luz. A un lado, la cordillera del Alto Atlas. Al otro, las pequeñas montañas del Anti-Atlas. Imagínatelo en invierno, con los picos cubiertos de nieve y el desierto del Sahara empezando por allá.

El día en que recorrimos este lugar guiados por Bachir fue el domingo 12 de junio, ocho días después del fallecimiento de Claudio Bravo. Afuera los termómetros marcaban 38 grados. Dentro de la residencia, sin embargo, no hacía falta el aire acondicionado. Al trasponer la entrada principal -uno de esos clásicos portones árabes rematados por una ojiva-, hay dos salitas de visita que podrían recibir el nombre de sus motivos predominantes. Primero, la Salita de los Caballos: una escultura descomunal, a tamaño real o más, junto a otra más pequeña a la que Bravo le sobrepintó los músculos para que pareciera una de esas maquetas con las que se enseña anatomía equina en las facultades de veterinaria. E inmediatamente después, la Salita Bacon, con seis originales autografiados por el célebre expresionista irlandés.

A partir de aquí, como en todo palacete, el recorrido deja de ser recto para abrirse hacia los costados. Si uno sigue de frente, encontrará el gran patio de la piscina recreativa, rodeado por puertas y mamparas. La piscina deportiva, muy angosta, con sus 25 metros de largo y poco más, está en otro patio, al lado de un jardín tan grande como un campo de fútbol sala. La biblioteca conecta con el gran salón, éste con la Sala Warhol -ocho Marilyn autografiadas por el padre del pop art-, y ésta con el comedor, donde el pintor solía comer solo en su mesa para seis personas, y siempre en el mismo sitio: al lado izquierdo, nunca a la cabecera. Si uno toma por otro lado, lo que encontrará será un claustro con la pileta en el medio, los jardines con árboles, arbustos y flores muy bien cortados, y varias banquitas blancas en los extremos. Y justo delante -o detrás- del claustro, el estudio de trabajo de Bravo. Un largo espacio con dos juegos de sillones y donde el pintor se pasaba trabajando la mayor parte de su vida.

Lo que impresiona hoy de la finca y el palacete no es su majestuosa espectacularidad ni su maniático orden aplicado al sentido de la estética. Hay baúles, esculturas, piezas de cerámica o restos de columnas romanas hasta en los pasillos que conectan una estancia con otra. Pero no. Lo que impresiona de verdad, o mejor dicho, aquello que realmente conmueve, es que ese orden armonioso y aparentemente inflexible ha sido quebrado por el propio pintor al dejar en herencia los cuadros que tenía en esta casa a su hermana Ana María. El domingo en que estuvimos allí, los cuadros ya habían sido descolgados de sus paredes y en su lugar quedaban los clavos y las armellas. Durante los minutos que hablamos con Ana María Bravo, nos contó que, en efecto, el pintor le había dejado a ella toda la obra que hasta ese momento no había vendido. En muchos casos, porque se trata de su obra nueva, que aún no había sido entregada a sus representantes de la galería Malborough de Nueva York, pero en otros porque, según contaba el propio pintor en las pocas entrevistas que concedió en vida, eran sus cuadros favoritos, aquellos de los que nunca quiso desprenderse.

Bachir, que según Ana María Bravo es la persona que mejor conocía a su hermano, ha heredado la finca y tiene planes de convertir el palacete en un museo. Con el resto de la propiedad aún no sabe qué hacer. Sabe lo que cuesta mantenerla -la finca, los 21 empleados, los caballos…- y sabe también que Claudio Bravo no lo hacía con el dinero que obtenía de los naranjos. Una opción es vender las tierras agrícolas y destinar parte de esos fondos a imprimir lienzos fotográficos que reproduzcan los cuadros que Bravo mantenía dentro del palacete. Así, la maison volvería a tener la apariencia que tenía antes, como si su único y auténtico dueño siguiera allí.
Lo que por el momento está fuera de sus planes es volver a Tánger o Marrakech. El mismo se ha encargado de enterrar a Claudio Bravo en el suelo de lo que ambos llamaban el museo de las cerámicas, una construcción cuadrada con un techo en forma de cúpula que se encuentra detrás del palacete y que, según Bachir, se parece mucho a las tumbas de los santos musulmanes.

-En mi historia personal -dice-, conocer a Claudio fue como haber conocido, tal vez no a un santo, pero al menos a un hombre fuera de este mundo.

Es el único momento de nuestra visita en que su voz gruesa y enérgica se quiebra. Durante 32 años escuchó al propio Bravo definirse como un pintor realista que buscaba lo clásico, alejado de lo abstracto y de las modas pictóricas. El museo que piensa dedicarle en ese alejado pueblito de Marruecos es para él una forma de encontrarle el orden adecuado a esas palabras. Allí, el perseguidor de lo clásico habrá llegado a su destino. A partir de ese momento, lo clásico será también Claudio Bravo.

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ARTES Y LETRAS
domingo 19 de junio de 2011

CLAUDIO BRAVO Y CHILE
Último encuentro con el pintor:



Fernando Schmidt Ariztía Subsecretario de Relaciones Exteriores
La muerte de Claudio Bravo nos sorprendió a todos, pero muy especialmente a mí. El martes de la semana pasada habíamos estado con él en Taroudant, junto con el embajador de Chile en Marruecos, Carlos Charme. Por esas casualidades de la vida, fuimos posiblemente los últimos chilenos en despedirnos de él en el aeropuerto de Agadir, al día siguiente.

Nuestra visita a Bravo, obedecía al deseo del Gobierno de transmitirle al artista el orgullo que sentiríamos todos los chilenos de contar con parte de su obra en nuestro país y hacer todos los esfuerzos posibles por lograrlo. Era portador de una carta del ministro Cruz-Coke en tal sentido, que dejaba abiertas las puertas al tipo de cooperación que el artista quisiera. Al mismo tiempo, le llevábamos la noticia de que el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes había decidido otorgarle por la unanimidad de sus miembros la Medalla Pablo Neruda, máxima distinción en el mundo de la cultura, por el valor intrínseco de su obra.

Nos recibió un Claudio Bravo agradecido, reconocido de Chile, de sus raíces, orgulloso de nuestros paisajes -los mejores del mundo, decía- , profundamente familiar. Hicimos recuerdos de nuestra Melipilla común, de su familia, del tío Demetrio que murió en olor de santidad, del campo en Huilco. Mi pintura, dijo, nunca podría haber sido europea porque es un reflejo de los colores de América y de Chile. Los alerones que coronan los muros de su casa en Taroudant fueron copiados de las paredes del campo chileno.

Desde la profundidad de nuestra tierra chilena, Bravo alcanzó una comprensión cabal del gran mundo de la cultura y de la más sofisticada intelectualidad. Allí están sus colecciones de piezas únicas del arte romano, griego, egipcio, las obras originales de Warhol, de Bacon, las estatuas de reyes visigodos, la maravillosa colección de cerámica marroquí. A sus casas en ese país y en Francia, llegaron regularmente personajes como Giscard d'Estaing, Chirac, su amiga Farah Diba, miembros de la realeza española y tantos otros. Ese impulso interior a rodearse de una estética altamente refinada, hizo de él un excepcional cultor de la belleza.

En los últimos días estuvo preocupado de que la obra suya de toda una vida, su pintura, casas y objetos de arte atesorados y cuidados recibieran el cuidado que merecen bajo el alero de una fundación que llevaría su nombre. El ex ministro de Cultura de España, Miguel Ángel Cortés, le había ya redactado un proyecto en este sentido, pero a éste le faltaba una mayor conexión con Chile y con nuestra cultura. Por eso, con su lápiz mina en mano fue haciéndole correcciones a este proyecto, para que en el patronato de esa futura institución estuviera incorporado alguien de su confianza con una sensibilidad a la relación entre Bravo y Chile, fue incorporando el nombre de nuestro país en varios de los acápites que decían relación con los lugares en los que actuaría de preferencia la fundación. Juntos llamamos a Miguel Ángel a París para dejar en claro que debíamos potenciar las tareas de la futura fundación, con una subsede en Chile.

Bravo estaba consciente de su valor en la pintura nacional y, en ese sentido, nos recordó muchas veces la gran exposición que se realizó hace años atrás en el Bellas Artes, la más vista en el museo en los últimos años y no nos ocultó su deseo de que una sala de este recinto pudiera algún día llevar su nombre, que sin tapujos comparaba al de Matta por el alcance universal de su obra.

En esas horas que tuvimos el privilegio de compartir con él en Taroudant, gozó con un libro de paisajes de nuestra tierra que le habíamos llevado, con un conjunto de catálogos que le mandaba su amigo Rodrigo Fernández y que le ponían al corriente de lo que se estaba haciendo en Chile y, sobre todo, con el humor tan nuestro de Condorito. Claudio Bravo era universal y chileno hasta la médula. La génesis de su obra y de sus sentimientos primigenios estaban en este extremo del mundo, en esta luz, en esta geografía. De no haber sido así, posiblemente Bravo habría tenido otros derroteros, pero no el que se materializó en su obra pictórica y estética, en su poco conocido coleccionismo que generó admiración en el mundo que le trató.

Creo que, como país, debemos hacer un esfuerzo por mantener el espíritu de este artista entre nosotros a través de su obra, por el valor que ella misma tiene en el mundo de la pintura. Sería además un ejemplo para que las generaciones más jóvenes, los nuevos creadores, perseveren en la tarea de conquistar el mundo a partir de las experiencias vitales de esta tierra.

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