domingo, 19 de junio de 2011

Los 75 años del colegio que se levantó en los extramuros de la ciudad

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domingo 19 de junio de 2011




Cuando el Saint George's College llegó a La Pirámide, todo era barro y acacias. Ahí, a los pies del cerro Manquehue, levantó un proyecto inédito para la época: no sólo tenía calles y parques al interior, sino también alumnos cuya única obligación era pensar con libertad.
por Darío Zambra

No hay miembro de la congregación de Santa Cruz que no haya escuchado esta anécdota. El 1 de marzo de 1943, tres de sus sacerdotes arribaron a Chile para hacerse cargo del colegio Saint George's. El Arzobispado, a quien pertenecía el establecimiento, les había pedido administrar un college, que se había fundado siete años atrás. Cuando los curas llegaron, su sorpresa fue mayúscula: habían imaginado un college a la usanza estadounidense, parecido a una universidad. Pero se encontraron con un primary school, es decir, con un colegio en el que todos los alumnos eran menores de edad.

En Estados Unidos -su país de origen-, la Holy Cross Congregation administraba varias instituciones de educación superior, entre ellas, varios colleges y la Universidad de Notre Dame. De todos modos, se hicieron cargo del Saint George's y lo convirtieron en uno de los mejores de Santiago, el más requerido por la elite capitalina, gracias a un método innovador: mezclaban las asignaturas tradicionales, como matemáticas y lenguaje, con otras como el cuidado de granjas y las artes.

Setenta y cinco años después de su fundación, sigue siendo el establecimiento favorito de las familias más progresistas de Vitacura, Lo Barnechea, Las Condes y Huechuraba (desde donde viene la mayoría de sus 2.600 alumnos), y no sólo por estar en el lugar 39 de los mejores del Simce, sino por ese carácter social que lo define desde sus principios. El Saint George's no sólo impulsó programas de integración de niños de escasos recursos durante los 70, sino que entre 1991 y 2001 funcionó en sus salas una escuela para adultos, a la que asistían para jardineros y asesoras del hogar que no habían terminado cuarto medio.

La Arquidiócesis de Santiago había construido el colegio en Pedro de Valdivia 1423, en los terrenos que hoy ocupa el templo de los mormones y en parte de la cuadra donde hoy se erige la Universidad Finis Terrae. "Era un colegio católico de hombres muy de barrio de Providencia", recuerda uno de sus ex alumnos, el arquitecto Gustavo Munizaga. Funcionaron en ese lugar por casi cuatro décadas, hasta que a fines de los 60 se comenzó a ampliar la calle que hoy se conoce como Pocuro. Su trazado pasaba por casi todas las canchas del plantel. Entonces, los padres decidieron trasladarlo.

Desde hace algunos, la congregación Holy Cross era dueña de 56 hectáreas en la ladera sur del cerro Manquehue. Algunos dicen que las compraron; otros, que fueron una donación. Lo cierto es que ese paño pertenecía a la familia Goycolea, que tenía ahí un fértil suelo agrícola, en el que abundaban los canales y las acacias. "Parecía un tanto alejado. En ese entonces, la ciudad llegaba mucho más abajo, pero los sacerdotes tenían la visión de que en el futuro habría un desarrollo importante hacia esta zona", cuenta el rector del colegio, José Ahumada.

En 1969 llamaron a un concurso público para la construcción del nuevo recinto. Los participantes tenían que cumplir con dos requisitos: que fuera un equipo de arquitectos y que al menos uno de sus integrantes fuera un "ex georgian". Gustavo Munizaga, hijo del conocido arquitecto Escipión Munizaga, había pasado por sus aulas y convocó a sus amigos Manuel Atria, Francisco Lira y José Antonio Gómez. "El proyecto debía reflejar el principio del colegio, que es la educación para la libertad y para la responsabilidad. Se buscaba formar un alumno ciudadano, libre y que tomara decisiones. En ese sentido, debíamos hacer algo libre, con mucho terreno", explica Munizaga.

A partir de esas ideas se levantó ahí un recinto educacional inédito para el Santiago de la época, que no se parecía en nada a la infraestructura de los colegios tradicionales. El Saint George's levantó a los pies del Manquehue una especie de ciudadela: tenía decenas de salas, todas de un piso, avenidas, calles, plazas, fuentes de agua, un estadio, un gimnasio, una capilla y un teatro. "Es una especie de metáfora de la ciudad", precisa Munizaga. "Parecía más un campus universitario", agrega el profesor Harold Oliva.

Los arquitectos tomaron entonces una decisión que en su momento la congregación no comprendió, pero que con el tiempo valoró. No ocuparon todo el paño, sino que se retiraron hacia el cerro, para dejar desocupadas 25 hectáreas que están junto a la Av. Santa María. "Hoy, ese terreno vale oro", destaca Munizaga.

Durante años, las inmobiliarias no le sacaron sus ojos de encima e hicieron numerosas ofertas. "Aquí se podría hacer un proyecto inmobiliario, pero no queremos vender ningún pedazo", afirma Ahumada. De todos modos, en 2007 le arrendaron el paño a Cencosud por 30 años -por un monto que ninguna de las dos partes quiere revelar-, pero en el holding afirman que aún no tienen un proyecto definido.

Barriales y acacias era todo lo que había en la zona cuando se empezó a construir esta ciudadela. La Av. Santa María tenía sólo una pista, todavía no se construía la Av. Américo Vespucio, recién comenzaban a aparecer las primeras construcciones en el sector, y en el borde del río Mapocho estaban las poblaciones El Esfuerzo y El Ejemplo, las mismas de donde salieron los alumnos del proyecto integrador del Saint George's que que inspiró la película Machuca.

El padre Ahumada cuenta que, en esos años, acercarse al colegio era una aventura. La micro más cercana llegaba hasta Francisco de Aguirre con Vitacura y luego había que caminar 20 minutos por calles sin pavimentar.

El ex ministro de Economía Alejandro Ferreiro ingresó al Saint George's en 1971, el mismo año de su inauguración. "Lo que hoy es un parque, en verdad era un barrial. Los días de lluvia costaba mucho llegar a clases.Los temporales significaban la suspensión de todo. Al comienz, el recinto era más bien un conjunto de salas aisladas entre sí, ubicadas en un gran emplazamiento casi sin urbanizar. Después se convirtió en una especie de campus", relata. Mientras se levantaban las instalaciones, la señora Alicia Riedel, una vecina de Lo Curro, se encargó de crear y mantener todos los jardines y parques del recinto.

Desde el cerro, el Saint George's fue un testigo privilegiado de toda la metamorfosis de la zona oriente de Santiago. Pero también sufrió sus efectos. En la segunda mitad de los 90 se proyectaba la radial nororiente, que une Vitacura con Chicureo. Parte de su primer trazado pasaba a 20 metros del colegio y los directivos y apoderados hicieron gestiones para que el MOP cambiara su diseño. El gran puente azul que está frente a la entrada es testimonio de ese gallito.

Esa fue la única vez que tuvieron que ceder parte de sus terrenos. Cuando entre 1973 y 1976 el gobierno militar intervino el colegio -debido a su carácter progresista y a su marcada labor en las poblaciones-, los rectores de la Fuerza Aérea no hicieron ningún cambio sustantivo. "Eso sí, los alumnos debían aprenderse todas las canciones militares", recuerda Ahumada.

Como la ciudad, el Saint George's ha ido creciendo. Pese a la resistencia de sus alumnos, hoy muchos de sus inmuebles tienen dos pisos. Además, en marzo se inauguró un nuevo edificio de ciencias, pronto se construirá otro para los terceros y cuartos medios, y en carpeta hay un gimnasio que reemplazará al actual y que fue diseñado por otro "ex georgian", el arquitecto Gonzalo Mardones.
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