miércoles, 29 de junio de 2011

El hombre larga vida

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26 de junio de 2011



En julio cumplirá 115 años y él, Celino Villanueva, dice tener cuerda para rato. De eso dan fe su cabeza lúcida y su cuerpo sano. Este campesino sureño, solitario y silencioso, que jamás se casó ni tuvo hijos, prefiere seguir arando la tierra, riéndose y dejando que sean otros los que gasten el tiempo tratando de incluirlo en el Guinness como el hombre más viejo del mundo.
por Patricio Corvalán Carbone, desde Mehuín - 26/06/2011 - 08:59

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El hombres de larga vida
A la edad de Celino Villanueva, el presente no es otra cosa que un estorbo. Las pocas palabras que le salen hablan de sus recuerdos arando campos en Los Lagos o de los 40 años trabajando en la casa de Ambrosio Toledo, o de sus hermanos, de Héctor, de Pablo, de Roberto, de Celestino, de… A la edad de Celino Villanueva, los vacíos de su historia se los rellena Marta Ramírez, una vecina de Mehuín que lo acogió en su casa hace ya 15 años, cuando se enteró que este viejo solitario, solterón, sin hijos y de pocas palabras había perdido en un incendio su pieza y su maleta, que era lo único que le quedaba.

En esa maleta debieron morir muchas partes de un rompecabezas que Celino Villanueva, a su edad, no es capaz de completar. Porque si todo lo que Celino Villanueva dice es cierto, si el carné que esconde en un bolsillo de su chaqueta que lo hace ver aún más pequeño tiene los datos correctos, entonces Celino Villanueva está a punto de cumplir 115 años y, con eso, es uno de los hombres más viejos del mundo, que puede decir -con pocas palabras- que ha vivido en tres siglos y que tiene cuerda, cabeza y cuerpo para rato.

Celino parece orgulloso de todo aquello. Como quien entrega su tarjeta, saluda erguidísimo con su mano sin arrugas y de inmediato estira el carné que tiene a flor de bolsillo. "Villanueva Jaramillo Celino, 25 JUL 1896", dice el documento que él mismo apunta para que uno se cerciore de que lo poco que va a contar es verdadero.

Marta advierte que ella está cansada de andar terminando la historia de Celino y se lo dice con un grito, no de enojo, sino para que la escuche y sea él quien hable lo que le da la memoria. Mientras ella baja el volumen de la tele, él se sienta más erguido todavía en su rincón, en una sillita de madera pegada a la cocina a leña donde ronronean dos teteras. Sus brazos escondidos en la enorme chaqueta los pone sobre su mundo: una mesa que se llena con un tarro de Milo, una taza y un pan a medio mascar.

"Mi brazo…", dice apuntándose el lado derecho, donde la chaqueta aún le queda más suelta. Lo estira para que uno se lo toque. "Mi brazo se me rompió cuando era guagua, cuando mi tía me tomaba, jejejé", dice riendo. Le suena el pecho, tose, encuentra un pañuelo en su chaqueta y se lo lleva a la boca.

Marta le quita la vista a la tele. "¿Y cómo entonces hai trabajao tanto la tierra, Celino, por Dios?", pregunta. Y él, quizás no escuchándola de veras, no responde, cierra los ojos para mirar mejor y lanza otra frase. "Lo que me acuerdo es que para mi bautizo me picó una abeja, jejejé".

Cuando uno le pide algún detalle del episodio, Celino -quizás ahora sí no escuchando de veras- se queda mirando fijo, vuelve a reír como se ríen los abuelos en los cuentos y pregunta si conocemos a Ambrosio Toledo, que vive al lado del puente, en Los Lagos, que él trabajó en esa casa 40 años, pero vuelve la tos y entonces Marta lo aterriza, porque, claro, Toledo y los hijos de Toledo probablemente hace años que murieron y "mejor mañana le llamo al médico para que lo vengan a vacunar a la casa, mire que le está sonando mucho el pecho".

Sin los recuerdos que se calcinaron con la maleta, reconstruir los primeros años de Celino Villanueva ha sido una tarea difícil y confusa. Por lo que él y su carné dicen nació en Río Bueno y desde muy chico sus padres lo metieron a él y a sus siete hermanos a la tierra, con un azadón que hasta el día de hoy es una prolongación de sus brazos. Aunque Marta afirma que nunca le ha hablado de novias, esta tarde Celino confiesa que tuvo algunas pololas con las que le gustaba bailar tango y que si hubiera podido "se habría casado, jejejé". Sin embargo, no lo hizo, y como tampoco tuvo hijos aprovechó su libertad para moverse a sus anchas por el sur buscando trabajo. Después de esos 40 años como peón en la casa de los Toledo, el siguiente hito en su vida lo ubica arrancando del maremoto del 60 que también azotó a Los Lagos. "Llegó a Mehuín arriba de un caballo, vendiendo azúcar y hierbas", dice Marta.

Ya era un viejo de pocas palabras. Lo contrataban para cuidar campos y él, después de hacer el trabajo, volvía a su pieza que arrendaba detrás de una casa, en un gallinero en Villa Nahuel. Ahí pasó años, largos años solo. "A veces pasaba por su pieza y lo veía muy pobre, abandonado -recuerda Marta-, porque vivía con puros animales. En esa casa no le daban bola, entonces cuando podía le llevaba algo de comida. Celino vivía apenas con un fogón".

Sobre esas brasas a él le gustaba cocinar longanizas, uno de sus manjares favoritos, que colgaba de una viga para que se secaran. Fueron esas mismas brasas las que una noche en que Celino se quedó dormido sin apagarlas del todo arrasaron con lo poco y nada que tenía.

* * *
En la posta de Mehuín hablaron de milagro. El hombre de cien años había sobrevivido a la asfixia y a las quemaduras con heridas muy menores, pero era evidente que no podía seguir solo. Fue entonces cuando lo llevaron hasta los carabineros del pueblo, mientras se resolvía quién se iba a encargar de
él.

Ese quien fue Marta Ramírez.

Tan pronto supo del accidente, esta dirigenta vecinal que todavía trabaja repartiendo las cartas del poblado que llegan a Valdivia asumió la custodia de Celino. El aceptó, pero a cambio con su azadón levantó detrás de la casa una huerta donde no faltan las arvejas, el cilantro y el perejil.

Para la familia de Marta, este viejo solitario y silencioso pasó a ser "el abuelo Celino". Jugaba con los dos hijos de Marta y con el tiempo ha hecho lo mismo con los nietos. Desde entonces, la rutina de Celino no ha cambiado demasiado: si es verano, se levanta temprano para trabajar la tierra. Si es invierno, se despierta más tarde, apoya su cuerpo en una rama flaca que le sirve de bastón para seguir dormitando sentado en su sillita de madera.

"Pensé que iba a ser por poco tiempo, pero mire, este viejo me va a enterrar", dice Marta, fuerte, para que la escuche. Pero él le devuelve la mirada, jejejé, sin moverse de su rincón. En todo caso, ella se toma la frase muy en serio. Si hay algo que le gusta a Celino es ir a los velorios. Dicen que ya sepultó a todos los que eran sus amigos y que la costumbre le quedó tan pegada que ahora va a los entierros de algún poblador de Mehuín que, por cierto, ha muerto muchísimo más joven que él.
También la frase de Marta cobra sentido, porque Celino ni siquiera padece los achaques propios de la vejez extrema. Los médicos en Valdivia quedaron asombrados con la inusual buena salud del campesino desde que recibieron el informe de una doctora que lo visitó para hacerle una ficha.

"Cuando lo revisó -dice Marta-, no lo podía creer. No le fallaba nada, nada". O casi nada, porque le encontraron cataratas en su ojo derecho. En esa ocasión, los médicos la citaron para explicarle que, a la edad de Celino, la operación tenía que ser ambulatoria, pero que lo más probable era que no sirviera para nada. "Lo peor que puede pasar es que siga sin poder ver", le dijeron.

Celino nunca entendió muy bien por qué estaba en el hospital. Se resistía a que las enfermeras lo lavaran, porque él les decía que se podía bañar solo, tal como lo sigue haciendo. Un par de semanas más tarde, Celino volvió a Valdivia acompañado de Marta para que le quitaran el parche que tenía en el ojo. El mismo se asombraría más tarde, contorneándose frente a un espejo en una tienda, de lo bien que veía y de lo bien que se veía para tener, entonces, más de 110 años de edad.

* * *
Cuando en Río Bueno alguien dijo que le habían dicho que parece que por ahí cerca había un lugareño nacido allí, lúcido, en buena forma y que tenía más de ciento y tantos años, los organizadores de la "Semana Riobuenina" que querían festejar el Bicentenario de Chile se frotaron las manos: ese hombre sería el símbolo de la fiesta.

Celino se lo tomó tan bien que cuando el 18 de septiembre pasado lo llegaron a buscar en una comitiva para homenajearlo en su comuna, él aceptó con su típica risa y jura que ni se cansó de tanto saludar a la gente que quería conocerlo. "Se creía artista de cine", dice Marta, mostrando fotos en que se le ve, erguidísimo, recibiendo una medalla.

Aunque pasaron los días y los festejos, a Peter Zipper, seremi de Planificación de la Región de Los Ríos, el nombre de Celino Villanueva se le quedó pegado. Un par de historiadores de Río Bueno habían empezado a hurguetear en la historia del poblado para encontrar las raíces del longevo hijo ilustre y sólo habían llegado a lo mismo: el carné y el acta de inscripción del personaje, realizada, eso sí, cuando ya tenía 69 años y con la presencia de dos testigos que avalaban su fecha de nacimiento.

Con esos papeles, Zipper quiso jugarse una carta poderosa: inscribir a Celino Villanueva en el libro de Guinness como el hombre más viejo del mundo. El trámite iba sin problemas, hasta que un correo le advirtió al seremi que debían probar la edad del postulante con otro certificado.

Pero todo lo de Celino, de haber existido, estaba en su maleta.

En los viejos libros de la parroquia de Río Bueno, el padre Gabriel recorre a punta de su dedo todos los nacimientos inscritos entre 1896 y 1910. Los Villanueva son muchos, pero ninguno se acerca al personaje. "En esa época, a los niños o los inscribían de inmediato o se olvidaban de hacerlo", dice.
Como si hablara de un caso policial, Zipper enumera con detalle los pasos que ha seguido para convencer al Guinness de que la edad del riobuenino es la correcta, pero hasta ahora ha chocado con la falta de más pruebas que avalen su empeño.

Eso, en todo caso, a Celino lo tiene sin cuidado. A su edad, las esperas no tienen ningún sentido. Aunque recién hace unos días sembró arvejas, no se aguanta y escarba la tierra para ver por qué no han brotado. Lo mismo ocurre cuando le quieren servir alguna comida más liviana para cuidarlo: él pide carne o, si no, queso. Tampoco se complica si "la patrona", como le dice a Marta, por alguna razón no lo puede acompañar este 1 de noviembre para encenderle una vela a su padre, enterrado en el cementerio de Panguipulli junto a uno de sus hermanos. Salvo un par de veces, él siempre ha ido solo, sabiendo de memoria las combinaciones de los buses que cubren los 129 kilómetros entre ambos pueblos.

Marta asegura que lo volverá a acompañar. "A esta edad ya es un niño", dice, y apunta a un reloj de pared que está junto a la mesa de Celino. "Fue un regalo de la Navidad pasada. Ahora pasa mirando la hora, porque quiere que sea de nuevo diciembre para tener otros regalos".

Sentado en su sillita, Celino la escucha perfectamente. Se ríe mientras Luli, la poodle que juega con una cebolla, se le encarama en sus piernas flacas, pero derechas. Al despedirse, se levanta rápido, erguidísimo, y repite el gesto inicial: da la mano y de inmediato entrega el carné apuntando la fecha en que nació. El pecho le suena y ya no habla, pero mira como diciendo que con eso basta, que tiene cuerda, cabeza y cuerpo para rato y para todo, menos para la ardua tarea de espantar el misterio de sus años.

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