jueves, 19 de noviembre de 2009

El secreto Kulczewski

EL SÁBADO Sábado 25 de Septiembre de 2004

Marcelo Simonetti

La primera vez que oí hablar de él fue el miércoles pasado. Una periodista lo sacó a colación poco antes de entrar al lanzamiento de un nuevo sello editorial. "¿No conoces a Kulczewski?", dijo casi sorprendida. Y entonces procedió a detallarme la historia de este arquitecto con raíces polacas, que para muchos era el Gaudí chileno. A los pocos minutos, volvía a escuchar el nombre de Kulczewski. Esta vez de boca del escritor Alberto Fuguet (que presentaba el sello). Por él supe que la casa que está detrás del Jaque Mate, en la calle Ismael Valdés Vergara, fue levantada por Kulczewski, que el edificio del Colegio de Arquitectos también lleva su rúbrica, y que además otro inmueble, ubicado al lado del bar El Cuervo ­y que ha servido indistintamente de bar clandestino, peña folclórica y lenocinio­, salió de su imaginería.

En menos de una hora, Kulczewski pasaba a ocupar un compartimiento dentro de mi disco duro. Lo mismo que sus casas y edificios ataviados de gárgolas, arcos y puertas falsas. El excéntrico temuquense cobraba vida de la nada y hasta dejaba traslucir su ideario arquitectónico: cada casa es un mundo por construir, con sus códigos y reglas, por lo que ninguna puede ser igual a otra.

No es todo. Fuguet me contó que preparaba junto a Sergio Paz un libro acerca de Kulczewski. Paseando por Antonio Bellet me encontré con una casa-Kulczewski en ruinas y una vecina curiosa me dijo que un grupo de estudiantes rastreaba las calles de Santiago en busca de las viviendas construidas por el arquitecto para salvarlas de su destrucción. Me contaron que Plaza Italia era, prácticamente, obra de Kulczewski y que, por estos días, se desarrolla un incipiente tráfico de firmas del arquitecto. Que se las roban de las casas a las que fueron adosadas originalmente para venderlas luego en 500 mil pesos. Pero había más.

Lo fundamental, para mí, lo sabría luego, revisando unas páginas web en las que buscaba más información acerca del arquitecto. Y aquí debo hacer un paréntesis para entrar en otra historia. Hace unos quince años, en una noche extraña, un par de amigos de la universidad me hicieron una insólita propuesta. ¿Quieres conocer la Ciudad Blanca? Cuando quise inquirir más información me dijeron que no había derecho a preguntas. Me vendaron, me subieron arriba de un auto y luego de una media hora de dar vueltas y vueltas me dijeron, "ya está, hemos llegado". No recuerdo bien qué pensé antes de sacarme la venda; lo cierto es que nunca imaginé lo que mis ojos vieron. La venda cayó al suelo y ante mí se levantó ¡una ciudad enteramente blanca! Todas las casas, todas las ventanas, todas las puertas, todas, blancas. No lo podía creer. ¿Dónde estaba? ¿En qué lugar crecía ese barrio? Pronto mis amigos me revelaron la ubicación exacta de la Ciudad Blanca, pero me hicieron prometer que no podía contarle a nadie cómo llegar hasta ahí. Con el tiempo, he repetido el ritual tres o cuatro veces, llevando a algunos íntimos, siempre con la vista vendada, hasta ese lugar. Invariablemente me han agradecido la experiencia. Y es que, en medio de una ciudad que a ratos es más gris de lo que parece, el descubrir una porción de Santiago tan lúdica, tan cálida, tan hermosamente blanca, es como advertir que en medio del infierno siempre es posible encontrar el paraíso.

Cuando paso cerca de ahí, no dejo de pensar en quienes me llevaron por primera vez a la Ciudad Blanca. Los recuerdo con una sonrisa entrañable, en silencio. Siempre es así. O casi siempre. Porque desde el miércoles pasado no sólo pienso en Correa y Juampi. Desde el miércoles pasado también pienso en ese genio loco que se llamó Luciano Kulczewski, creador, entre otras cosas, de ese barrio de cuento que mis amigos bautizaron como la Ciudad Blanca.





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