viernes, 20 de noviembre de 2009

Santiago visto por un belga hace casi 120 años

Cultura Mapocho
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Lun 16 Mar 2009

Escrito por Luciano Ojeda en Libros de la ciudad

En el libro “Diez años en Araucanía 1889-1899” de Gustave Verniory, este ingeniero belga que llegó a Chile con apenas 24 años, durante el gobierno del Presidente Balmaceda, nos muestra una imagen de la ciudad de Santiago poco conocida y menos difundida.
Verniory, joven ingeniero ardenés, contribuyó con su trabajo profesional durante diez años a la construcción del ferrocarril en el sur de Chile. Fue el autor de crónicas particularmente interesantes en el ámbito etnológico e histórico, especialmente en relación con el pueblo mapuche. Su llegada a Chile hay que explicarla en el contexto de las transformaciones económicas y el gran impulso de las obras públicas, que fueron uno de los ejes de la administración de Balmaceda y su antecesor Domingo Santa María. El agua potable en muchas ciudades, la construcción de varios edificios destinados al servicio público y la educación, llegando a 66 las escuelas y a una decena de liceos. Sin embargo es el ferrocarril la empresa que más preocupó al Presidente Balmaceda. Durante su gobierno se construyó o se dejó iniciados más de 1.000 kilómetros de nuevas vías, cantidad que iguala a las construidas por todos los gobiernos anteriores. Se mejoró las viejas vías, se terminó los grandes puentes del Malleco, el Biobío, del laja y del Ñuble, también se adquirió equipo ferroviario por varios millones de pesos.

Antes de viajar a su destino en el sur de Chile Gustave Verniory, estuvo en Santiago y esto es lo que escribió en su diario.
“… gracias a ellos voy a poder visitar en detalle la capital chilena, que es verdaderamente tan simpática como hermosa. Cuenta con monumentos notables: La Casa de Moneda, residencia del presidente de la República, don José Manuel Balmaceda; el Congreso Nacional, donde funcionan la Cámara de Diputados y el Senado: el Arzobispado, la Intendencia, la Universidad, el Correo, el Teatro Municipal y muchos otros.

En el barrio del centro, las tiendas son tan lujosas como las de Bruselas. Se encuentran numerosos pasajes cubiertos, bordeados de tiendas, entre los cuales están el portal McClure y la galería San Carlos.



Las calles son todas rectas y de una longitud increíble; las surcan brillantes carruajes. En suma, Santiago da la impresión de una gran capital.

La Plaza de Armas, con su hermosa fuente central y sus senderos floridos, es el paseo favorito de los santiaguinos.

En uno de sus costados se levanta la Catedral, cuya torre ha quedado torcida a consecuencia de un terremoto. La avenida de las Delicias, una magnífica calle ancha plantada de árboles, atraviesa la ciudad en una longitud de cuatro kilómetros. Tiene cien metros de ancho. Filas de árboles al dividen en alamedas muy frecuentadas por los paseantes. El agua clara correo a torrentes en las acequias profundas hechas de albañilería. Hay numerosas estatuas ecuestres, entre las cuales está de la Pedro de Valdivia, fundador de la ciudad, en 1541; la de los héroes de la guerra de Independencia, O’Higgins, San Martín, Carrera, etc.

En uno de los extremos de la avenida de las Delicias se levanta el cerro santa Lucía, colina abrupta y rocosa, de la que se ha hecho una maravilla. En su cumbre se goza de un panorama espléndido de la ciudad. La cordillera de los Andes, con sus crestas cubiertas de nieve, parece muy próxima; dominada por el Juncal (6.157m.); el S. Francisco (5.575 m.); el Plomo (5.779 m.); el volcán Tupungato (6.434 m.), que es el más alto de los Andes después del Aconcagua; el volcán San José (6.096m.). Es un espectáculo verdaderamente imponente y grandioso.

El río Mapocho baña uno de los costados de la ciudad. En este período de verano, no lleva sino un hilo de agua, pero en el invierno se transforma en un gran torrente. En agosto último, se ha llevado un puente de mampostería que había resistido sus asaltos desde hacía más de un siglo. Están ocupados en canalizar el río, y a este trabajo están destinados los albañiles españoles que veían de Potosí.

Faltan citar todavía el parque Cousiño, plantado de árboles enormes, con jardines y senderos caprichosos, y la Quinta Normal, especie de jardín botánico, que contiene diversas instalaciones científicas.

Las calles de Santiago están recorridas por tranvías tirados por caballos. El servicio de cobradores se efectúa por mujeres que usan sombreros canotiers de hule negro. Son de físico más bien ingrato. Es regla general que en cuento es contratada una cobradora buenamoza, ésta desaparece muy pronto.



En general, el tipo femenino es maravilloso. En la mañana todas las mujeres, de cualquier clase social a que pertenezcan, no salen sino cubiertas de un manto negro que envuelve sus cabezas, dejando ver sólo la cara, de tez mate y de ojos negros brillantes y profundos. Es la única toilette femenina que se admite en las iglesias.

El domingo he asistido a la misa de diez en la Catedral. En la inmensa nave no hay un asola silla ni un banco. Los hombres están de pie. Las mujeres, todas de negro, sentadas a la oriental sobre pequeños tapices que ellas llevan.”

El libro de Gustave Verniory tiene ya dos ediciones en Chile y la primera es reciente, apenas en 1975 se publicó este valioso testimonio del Chile de fines del siglo XIX.
Diez años en Araucanía, 1889-1899. Gustave Verniory, Ediciones de la Universidad de Chile, Santiago, 1975, p. 298.
Diez años en Araucanía 1889-1899. Gustave Verniory. Traductor: Eduardo Humeres, Santiago 2001, Pehuen Editores. 490 páginas y encuadernación rústica. 21 cm. Idioma: Español, ISBN: 9561603322
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Mie 26 Dic 2007
La Nochebuena en el Santiago de hace 100 años
Escrito por Luciano Ojeda en Libros de la ciudad

En 1908 Luis Orrego Luco publicó su novela “Casa Grande” generando una larga polémica entre los sectores aristocráticos de la sociedad santiaguina. “La sociedad entera se sentía arrastrada por el vértigo del dinero, por la ansiedad de ser ricos pronto, al día siguiente. Las preocupaciones sentimentales, el amor, el ensueño, el deseo, desaparecían barridos por el viento positivo y frío de la voracidad y el sensualismo”, escribió Orrego Luco en un intento de justificar los temas de su novela y así aplacar un poco el escándalo de revelar lo que estaba oculto. La crítica literia, con Alone a la cabeza, restó valor a la obra y la iglesia católica sostuvo que se trataba de una obra inmoral y contraria a los principios religiosos al ver, en la crisis matrimonial del relato, argumentos en pro del divorcio. El éxito de la novela llegó al punto en que obligó a Zig-Zag a reimprimir tres veces en seis semanas consecutivas, luego de vender 6 mil ejemplares.




A continuación, un extracto de las primeras páginas, en las que relata la fiesta de la Nochebuena en la Alameda:

“Sonata de Primavera

I

Alegre, como pocas veces, llena de animación y de bulla, se presentaba la fiesta de Pascua del año de gracia de 190… en la muy leal y pacífica ciudad de Santiago, un tanto sacudida de su apatía colonial en la noche clásicas de regocijo de las viejas ciudades españolas. Corrían los coches haciendo saltar las piedras. Los tranvías, completamente llenos, con gente de pie sobre las plataformas, parecían anillos luminosos de colosal serpiente, asomada a la calle del Estado. De todas las arterias de la ciudad afluían ríos de gente hacia la grande Avenida de las Delicias, cuyos árboles elevaban sus copas sobre el paseo, en el cual destacaban sus manchas blancas los mármoles de las estatuas. Y como en Chile coincide la Nochebuena con la primavera que concluye y el verano que comienza, se deslizaban bocanadas de aire tibio bajo el dosel de verdura exuberante de los árboles. La alegría de vivir sacude el alma con soplo radiante de sensaciones nuevas, de aspiraciones informes, abiertas como capullos en eso momentos en que la savia circula bajo la vieja corteza de los árboles.

El río de gente aumentaba hasta formar masa compacta en la Alameda, frente a san Francisco. A lo lejos se divisaba las copas de los olmos envueltas en nubes de polvo luminoso y se oía inmenso clamor de muchedumbre, cantos en las imperiales de los tranvías, gritos de vendedores ambulantes:

- ¡Horchata bien heláa!

- ¡Claveles y albahaca pa la niña retaca!…

Aumentaban el desconcertado clamoreo muchachos pregonando sus periódicos, un coro de estudiantes agarrados del brazo entonando “La Mascota”; gritos de chicos en bandadas, como pájaros, o de niñeras que los llamaban al orden; ese rumor de alegría eterna de los veinte años. Y por cima de todo, los bronces de una banda de música militar rasgaba el aire con los compases de “Tanhauser”, dilatando sus notas graves entre chillidos agudos de vendedoras que pregonaban su mercadería en esa noche en que un costado entero de las Delicias parece inmensa feria de frutas, flores, ollitas de las monjas, tiendas de juguetes, salas de refresco, ventas de todo género. Cada tenducho, adornado con banderolas, gallardetes, faroles chinescos, linternas, flecos de papeles de colores, ramas de árboles, manojos de albahaca, flores, tiene su sello especial de alegría sencilla y campestre, de improvisación rústica, como si la ciudad de repente se transformara en campo con los varios olores silvestres de las civilizaciones primitivas, en medio de las cuales se destacara súbita la nota elegante y la silueta esbelta de alguna dama de gran tono confundida con estudiantillos, niñeras, sirvientes, hombres del pueblo, modestos empleados, en el regocijo universal de la Nochebuena.




- ¡Claveles y albahaca pa la niña retaca!…

Y sigue su curso interrumpido el río desbordado de la muchedumbre bajo los altos olmos y las ramas cargadas de farolillos chinescos, entre la fila de tiendas rústicas, cubiertas de pirámides de frutas olorosas, de brevas, de duraznos pelados, damascos, meloncillos de olor. Las tiendas de ollitas de las monjas, figurillas de barro cocido, braseros, caballitos, ovejas primorosamente pintadas con colores vivos y dorados tonos, atraen grupos de chicos. ¡Qué bien huelen esos ramos de claveles y albahacas! Tal vez no piensa lo mismo el pobre estudiantillo que estruja su bolsa para comprarlo a su novia, a quien acaba de ofrecérselo una florista. La muchedumbre sigue anhelante, sudorosa, apretados unos con otros, avanzando lentamente, cambiando saludos, llamándose a voces los unos a los otros, en la confusión democrática de esta noche excepcional. Por cima de todo vibran los cobres de la fanfarra militar… ahora suenan tocando a revienta bombo el can-can de la “Gran Duquesa”…

Sería cosa de las once de la noche cuando se detuvo un “vis à vis”, tirado por magnífico tronco de hackneys, frente al óvalo de san Martín, en la Alameda.”

Luis Orrego Luco (1866-1948), hijo menor de una familia aristocrática, se educó en Chile y en Europa, estudió leyes en la Universidad de Chile y se dedicó a la literatura, la crónica periodística, la política y la diplomacia. Escribía en el diario La Época, la Revista Artes y Letras y el periódico La Libertad Electoral, formó parte de la tertulia literaria que organizó Pedro Balmaceda Toro en el Palacio de La Moneda junto con notables como Rubén Darío, Manuel Rodríguez Mendoza, Alberto Blest Bascuñán, Narciso Tondreau, Daniel Riquelme, Alfredo Irarrázabal, Jorge Huneeus, Alfredo Valenzuela Puelma, Vicente Grez y Ernesto Molina. Participó en la Guerra Civil del 91 en el bando antibalmacedista y salió herido de las batallas de Concón y Placilla. Se casó en 1896 con María Vicuña Subercaseaux, hija del ex Intendente Benjamín Vicuña Mackenna.

La novela Casa Grande forma parte de un proyecto literario de gran amplitud, desarrollado entre 1876 y 1930 y llamado Escenas de la vida en Chile, en el que se inscriben las siguientes obras: “Plata Negra”, “En familia”, “A través de la tempestad”, “Un idilio nuevo” y “El tronco herido”. Bajo la idea de ciclos históricos, la obra de Orrego Luco es un serio intento por hacer un estudio de la evolución de la sociedad chilena a través de medio siglo.

Las novelas que integran el ciclo podrían disponerse según la época que abordan, sin tomar en consideración la fecha de publicación: Playa negra comprende los años 1876 a 1877; Un idilio nuevo, representa los años 1884 a 1890; Casa grande, abarca los años 1900 a 1908 y, por último, El tronco herido, da cuenta de los años desde 1917 hasta 1919, avanzando por una elipse narrativa de diez años hasta 1929, que es también el año en que el autor concluye esta obra iniciada en 1920.

Casa grande : novela / Luis Orrego Luco. 4a. ed. Santiago : Nascimento, 1973. 382 p.


Jue 7 Jun 2007
El Santiago de los Recuerdos del Pasado, hacia 1814
Escrito por Luciano Ojeda en Libros de la ciudad

Vicente Pérez Rosales, el primer escritor chileno, en “Recuerdos del pasado: 1814-1860”, para referirse a Santiago de 1814 dice:

“visto desde la altura del Santa Lucía, parecía, por sus muchos arbolados, una aldea compuesta de casa quinta alineadas a uno y otro lado de sus calles cuyas estrechas veredas invadían con frecuencia, ya estribos salientes de templos y de conventos, ya pilastrones de casas más o menos pretenciosas de vecinos acaudalados; cosa que no debe causar maravilla, porque la Iglesia y la Riqueza nunca olvidan sus tendencias invasoras.

Nuestra capital solo contaba con una recoba y con una sola plaza mayor, en la cual se encontraban, junto con las mejores tiendas de comercio, la catedral, un convento de monjas, la residencia de las autoridades, el cabildo, y la inexorable cárcel pública que, a usanza de todos los pueblos de origen español, ostentaba su adusta reja de hierro y las puercas manos de los reos que, asidos a ella, daban audiencia a sus cuotidianos visitantes. Era cosa común ver todas las mañanas tendidos, al lado de afuera de la arquería de este triste edificio, uno o dos cadáveres ensangrentados, allí expuestos por la policía para que fuesen reconocidos por sus respectivos deudos.

Desde la puerta de la cárcel, y formando calle con la que ahora llamamos del Estado, se veía alineada una fila de burdos casuchos de madera y de descuidados toldos, que con el nombre de baratillos, hacían entonces las veces de las graciosas tiendecillas que adornan ahora las bases de las columnas del portal Fernández Concha. Tras aquellos repugnantes tendejones se ostentaba un mundo de canastos llenos de muy poco fragantes zapatos ababuchados, que esperaban allí la venidas de los sábados para proveer de calzado a los hijos de las primeras familias de la metropoli, porque parecía de ordenanza que a estos jovencitos sólo debía durar una semana un par de zapatos de a cuatro reales el par.

En vez del actual portal Fernández Concha, existía una baja y oscura arquería donde estaban colocadas las tiendas de más lujo, verdaderos depósitos de abastos en los cuales encontraba el comprador, colocados en la forma más democrática, ricos géneros de la China, brocados, lamas de oro, gefetas, zarazas, lozas y cristales, cuentas para rosarios, chaquiras, juguetes para niños, cuadros de santos, cohetecitos de la China, azúcar, chocolate, yerba, quincalla, y cuánto Dios crió, alumbrado de noche con velones de puro sebo colocados en candeleros de no menos que puro cobre, con su obligado séquito de platillos de despabileras y de chorreras de sebo.”

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