jueves, 12 de noviembre de 2009

Del Corazón de La Chimba


Construcción de los tajamares en el río Mapocho a la altura del actual Parque Forestal,1888


Antigua vista de los Tajamares del Mapocho 1855 Giovatto Molinelli

ARTES Y LETRAS
Domingo 8 de Abril de 2001



Justo Abel Rosales y Carlos Lavín

Los planes de remodelación del proyecto "Recoleta Ponte Bella" se enfocarán principalmente en los sectores de la Vega y la calle de la Recoleta. Los libros de Justo Abel Rosales y Carlos Lavín pueden utilizarse para conocer algo de la evolución del sector que a partir de la última mitad del siglo XIX se consideró como el corazón de la Chimba. Tomando en cuenta la vastedad del tema.
Por Marcelo Somarriva Q.

"El lúcumo era el más corpulento, viejo y frondoso que existía en el continente y está con fruto todo el año, pues apenas madura éste y se desprende o es desprendido brota la flor". Se calculaba que el lúcumo daba alrededor de 5.000 lúcumas al año.

El programa "Recoleta Ponte Bella" pretende rescatar Recoleta en un período de cuatro años. Las autoridades y los arquitectos artífices del proyecto se proponen recuperar sus monumentos nacionales - aludiendo a un pasado glorioso- y el sector de Los Artesanos o la Vega Central - de presente más bien infame- realzando algunos de los potenciales atractivos turísticos de la zona. Como modelos que eventualmente se podrían seguir se citaron los centros gastronómicos de algunas ciudades españolas, el barrio del Trastevere en Roma y el famoso mercado de Estambul. El lema mismo de la campaña es copia del plan "Barcelona ponte guapa" implementado años atrás para remodelar esa ciudad con ocasión de los juegos olímpicos.

La calle Recoleta y su entorno forma parte de un territorio que antiguamente se designaba como "La Chimba". Hasta no hace mucho algunos santiaguinos anticuados seguían llamándola así. "La Chimba" fue el tema de dos pequeños libros, "La Chimba Antigua. Historia de la Cañadilla" de Justo Abel Rosales publicado en el año 1887 y "La Chimba" de Carlos Lavín de 1947. El libro de Rosales volvió a editarse en 1948 como parte de la colección "Letras Chilenas" de la editorial Difusión Chilena y es bastante probable que en su momento algún librero ingenioso los haya puesto juntos en la vitrina de su tienda. Sus autores son personajes singulares de la cultura chilena. Justo Abel Rosales fue un modesto empleado de la Biblioteca Nacional que vivió como soñaba hacerlo Pierre Reverdy: cavando túneles entre libros y documentos, como una especie de topo. De tanto hurgar en archivos, Rosales produjo dos novelones de pulso folletinesco, "Los Amores del Diablo en Alhué" y "La Negra Rosalía o El Club de los Picarones" y tres obras más, de estricto mérito histórico: "El Puente de Cal y Canto. Tradiciones y Costumbres", "La Historia del Cementerio General" y la mentada sobre la historia de La Chimba. Por su parte, Carlos Lavín, el autor del otro libro mencionado, fue compositor y musicólogo. Vivió por varios años en París y Alemania. Fue un estudioso del folclor chileno y de la música indígena. Sus partituras fueron editadas por la célebre casa editorial de Max Esching y fue discípulo del musicólogo alemán Von Hornbostel. Entre sus composiciones se mencionan "Procesión Flotante" inspirada en la procesión de San Pedro en Valparaíso, "Mythes Araucans" para piano solo; "Suite Andine" y "Lamentaciones Huilliches".

Los libros mencionados son las dos únicas monografías dedicadas en forma exclusiva a la Chimba y pueden leerse en forma complementaria. El de Justo Abel Rosales es una reseña histórica de los primeros años de La Chimba y buena parte de él está dedicada a probar cómo "La Cañadilla" (actual Independencia) era el "Camino de Chile" o el "Camino del Inca" por el cual habrían llegado a las márgenes del Mapocho tanto los incas como los primeros españoles. Para probar afirmaciones tales como aquella que dice: "hay constancia también de que este camino pasó exactamente, sin errar una pulgada de terreno, por el medio de la vía pública conocida hoy por el calle de la Cañadilla"; Rosales proporciona una serie de testimonios entre los cuales destacan los de los indios Alonso Liva, Tomás - a secas- (de 100 años de edad y natural de Valdivia) y Melchor Sixa, quien con sus 130 años de edad habría sido en su momento el hombre más antiguo del país (también habría sido el primero en aprender a escribir dentro del país). Según Rosales el "Camino de Chile" habría extendido la denominación geográfica a todo nuestro actual territorio. El resto de la obra sigue la evolución de los títulos de dominio de las tierras que se extendían al norte del Mapocho, a partir de lo que fue la chacra de Pedro de Valdivia, que más tarde pasó a Inés de Suárez y a la Orden Dominica. Rosales se extiende también en los pormenores del establecimiento de las órdenes religiosas en la zona, principalmente franciscanos y dominicos.

"La Chimba" de Carlos Lavín es un libro misceláneo. El autor agrupa información histórica con observaciones con notas de carácter costumbrista. Lavín alcanzó a hacer sus investigaciones en archivos y en terreno cuando el barrio todavía conservaba su fisonomía semirrural y muchas de sus construcciones características seguían en pie e incluso habitadas por los descendientes de sus propietarios originales. El mismo Lavín, con su tono algo barroco, señala que su obra tiene como finalidad "implorar la protección para los legados de tres siglos" que se amontonaban en La Chimba. Sin proponérselo, Carlos Lavín terminó haciendo un catástro que permite medir el nivel de la catástrofe urbana en la que vive todo el sector en estos días.

A pesar de las diferencias de época y estilo que tienen los autores y sus libros, a los dos los anima cierto espíritu de nacionalismo romántico. La Chimba de Santiago era para ellos la quintaesencia de la chilenidad; el lugar donde se habían preservado tradiciones desvanecidas de la vida chilena de antaño. Comparten también los dos cierta inclinación por el detalle y la anécdota curiosa.

En su origen la palabra Chimba sería una deformación de la palabra quechua "Chimpa" que literalmente significa "de la otra banda", y tanto el diccionario de Chilenismos de Román como el de Medina añaden a la etimología de la palabra que ésta designaría a un barrio colocado en el lado menos importante de la ciudad.

El territorio de la ciudad de Santiago - hay Chimbas en el norte, en Perú y Argentina- que ha sido llamado como "La Chimba" ha variado a lo largo de los siglos. Según señala Tomás Thayer Ojeda, originalmente se designaba con este nombre al sector comprendido entre la chacra de Pedro de Valdivia y el río Mapocho, donde se habría formado un barrio pobre habitado fundamentalmente por yanaconas. Para delimitar La Chimba de épocas posteriores se utilizaron como coordenadas los caminos de El Salto (Recoleta), La Cañadilla (Independencia) y, más tardíamente, el de Las Hornillas (Fermín Vivaceta). Años más adelante sus límites avanzaban hacia el oriente por las calles de La Chimba (hoy Dardignac) y el Cequión (Antonia López de Bello); el poniente más allá de Vivaceta y el norte hasta lo que hoy es Renca, Quilicura, Huechuraba y El Salto. A partir de la segunda mitad del siglo XIX el nombre de Chimba quedó circunscrito sólo al barrio comprendido de la calle de la Recoleta hacia el oriente, y después a una sola calle, la Chimba, la actual Dardignac.

Al parecer cierta indefinición fue siempre una característica propia de La Chimba. Señala Thayer Ojeda que desde comienzos del siglo XVII personalidades destacadas como los corregidores Jerónimo de Benavides y Juan Pérez de Urasandi comenzaron a alejarse de la ciudad buscando los encantos de la vida campestre muy cerca de las cuarterías de yanaconas y mestizos. Entre chacras y plantaciones, la Cañadilla también se conoció como el barrio de los obispos, ya que muchas autoridades eclesiásticas escogieron el lugar para instalar su residencia. En su "Historia de Santiago" René León Echaiz destaca que en La Chimba "se llevaba una existencia mixta, con costumbres urbanas y rurales a la vez" y Luis Alberto Romero en su libro "¿Qué hacer con los pobres?", señala que "La Chimba conservó por bastante tiempo su aire entre rural y urbano, entre popular y residencial". Por último, la zona ha sido conocida tanto por sus numerosos lugares de recolección religiosa como por sus chinganas y fondas, entre las que se cita la del Arenal donde campeaba la Peta Pasaura, los corrales de Maruri y la de Ño Plaza que describe Don José Zapiola, como un punto de reunión para los rivales de ambas orillas del Mapocho, que deponían sus piedrazos y saqueos en haras de la chicha y las célebres aceitunas.

Considerando que los planes de remodelación del proyecto "Recoleta Ponte Bella" se enfocarán principalmente en los sectores de La Vega y la calle de la Recoleta y tomando en cuenta la vastedad del tema, los libros de Justo Abel Rosales y Carlos Lavín pueden utilizarse para ilustrar y conocer algo de la evolución del sector que a partir de la última mitad del siglo XIX se consideró como el centro de la Chimba. Desde ahí el barrio se habría extendido hasta alcanzar sus límites hacia los cuatro puntos cardinales.

La Recoleta Franciscana }





Plaza y Avenida de la Recoleta, 1905


Iglesia Recoleta Franciscana y Plaza Recoleta,ca.1910

Cuenta Justo Abel Rosales que Nicolás García, "capitán retirado, maestro de campo y alférez", y María Ferreira ya eran viejos, bastante ricos y no tenían hijos. "Como en esos felices tiempos - señala Rosales- sólo se pensaba en comer dormir y rezar, vínoles de todo esto el pensamiento mencionado de ser fundadores de una obra que les acortara el camino para llegar al cielo". Decidieron fundar un convento de recoletos franciscanos. En su libro Rosales detalla la fundación del convento e incluso da una copia de la escritura de donación de las tierras a los frailes. Para gloria del lugar los frailes decidieron traer de España la milagrosa imagen de la "Virgen de la Cabeza", que los españoles veneraban desde 1227. Rosales no se explica cómo los franciscanos habrían conseguido traer tal trofeo. El poder milagroso de la Virgen se manifestó antes de llegar al altar; cuenta Rosales que "un horroroso temporal arrastró la nave hasta las islas de Juan Fernández, y cuando estaba ya a punto de hundirse, el capitán salió sobre la cubierta llevando en brazos a la virgen, a cuya aparición se calmaron las agitadas olas, cesó el furioso vendaval." Los milagros no menudearon en la Recoleta Franciscana. Dos frailes de la orden fueron especialmente dados a estos excesos, el Siervo de Dios Francisco Bardesi y el renombrado y popular fraile Filomeno García "Fray Andresito". Este último era contemporáneo del autor y quizá por eso sólo lo nombra de paso. Hay más detalles sobre el fraile Bardesi que en su tiempo tuvo una fama prodigiosa. En el libro de Rosales se cuenta que en el claustro franciscano había un lúcumo plantado frente a la celda del siervo de Dios. "El lúcumo era el más corpulento, viejo y frondoso que existía en el continente y está con fruto todo el año, pues apenas madura éste y se desprende o es desprendido brota la flor". Se calculaba que el lúcumo daba alrededor de 5.000 lúcumas al año.
La instalación de la Recoleta de los frailes franciscanos le dio un nuevo nombre al viejo Camino del Salto. Casi un siglo más tarde dicho nombre sería confirmado con la instalación de la Recoleta Dominica.

La maldición de La Vega

Los orígenes remotos de lo que se conoce como La Vega pueden atribuirse al intenso tráfico de mulas y carretas cargadas con productos que entraban y salían de Santiago con distintos rumbos por los caminos que cruzaban la Chimba y a la existencia de "un miserable rancherío, desordenado, sucio" en el llano norte del Mapocho. También puede tomarse en cuenta que según cuenta Rosales, "las tierras de la Chimba produjeron las primeras hortalizas y frutas europeas desde los primeros años de la conquista"
Los accesos a la Chimba desde Santiago se facilitaron mucho en 1681 con la construcción de un puente frente a la Recoleta Franciscana. La inundación de 1748 arrasó con el puente y fue necesario reemplazarlo por el que se conoció como el Puente de Palo. En el año de 1767 el Corregidor Zañartu inició la construcción del célebre puente de Calicanto, alterando para siempre el flujo entre Santiago y los pagos del norte del Mapocho.

Señala Carlos Lavín que el costado poniente de la ribera norte del río era "campestre" y el aledaño a la Recoleta más bien "arrabalesco". Añade luego que desde fines del XVII y hasta bien entrado el siglo XIX las zonas cercanas al puente "desgeneraron en una concentración de tugurios y chiribitiles de afrentosa reputación". Se trata de las zonas que se llamaron "El campamento", un pantano ubicado al oriente de la rampa norte del puente de Calicanto y "El arenal", otro páramo en la sección poniente de dicha rampa. Páginas más adelante el autor citado, en un arranque curioso, maldice la hora en que al Corregidor Zañartu se le ocurrió "la estratagema" de valerse de los trabajos forzados del hampa para la construcción del puente. Concluye que a raíz de esto "la promiscuidad se entronizó y envileció varias zonas del contorno, sellando y mancillando lugares de elección" y que tales parajes "permanecerán envilecidos y dañados por tradición ineludible". Observando la realidad del lugar en sus días Lavín aseveró que "El campamento" y "el arenal" revivían "en la heterogénea plebe que congregan, en el jardín de artesanos, los mostradores de serpientes, los prestidigitadores y charlatanes. Los 'cachureos' y ventorillos de las proximidades de La Vega y de las hórridas márgenes de la canalización heredan la abigarrada pluralidad plebeya de los tenderos de las rampas y de los baratillos del puente de Calicanto." "La afrentosa apariencia de esos terrenos ribereños está aún patente en la actual descomposición y promiscuidad de La Vega, mercados ambulantes, cachureos y lides y acopios de escenas de feria que exhibe el jardín de artesanos".

"El Campamento" se habría producido por la partición acelerada de las tierras del Corregidor Zañartu y por su parte "el Arenal" por la partición de tierras que hiciera su propietario Matías Cousiño. Como señala René León Echaiz en su Historia de Santiago estas rancherías habrían sido las legítimas herederas de la Chimba original formada en la Colonia y las progenitoras del "actual sector veguino".

En 1872, cuando las grandes residencias solariegas alternaban con los rancheríos pobres dispersos en callejones y concentrados en "El Arenal" y "El Campamento" el enérgico intendente Vicuña Mackenna saneó muchos "conventillos" del barrio y quemó y destruyó las rancherías de la ribera.

Carlos Lavín recuerda que hasta 1910, al margen de la Plaza de la Recoleta había una media docena de casonas coloniales de 2 plantas y balcón corrido, de las que sólo queda como recuerdo la casa construida en 1806 por el arquitecto Rafael Cicerón en la desembocadura de la actual calle Antonia López de Bello. (ver recuadro). De la plaza espaciosa sólo queda como recuerdo un par de palmeras que se encumbra a alturas insólitas desde unos modestos bandejones en medio de la calle. El sector parece conservar con obstinación el ruinoso encanto de antaño. De la elegancia de las casas solariegas no queda ni la sombra. La pequeña plaza de la iglesia poblada por borrachones que hacen guardia echados a la salida acompañados de perros que parecen sus amos, tiene un inquietante parecido con la plaza Echaurren de Valparaíso.

CASA DEL PILAR DE ESQUINA.



Rafael Cicerón construyó en 1806 su casa en la esquina de la antigua calle del Cequión y la Recoleta. Su nombre y la fecha de construcción quedaron grabados en el capitel del pilar. Al parecer siempre se pensó el primer piso para almacenes y el segundo como residencia. En 1850 la casa pasó a manos del general Manuel Francisco García Jara, quien la tuvo en arriendo, por que al parecer le habría quedado chica. Desde 1872, fecha de la muerte del general, la casa ha pasado por no menos de seis propietarios. En el año 1984 el inmueble fue declarado monumento nacional.

LA CASA DE DOLORES PORTALES

Dolores Portales, una de los 23 hijos que tuvo el matrimonio de José Portales y Larraín y María EncarnaciónFernández, contrajo matrimonio en 1821 con Lorenzo Plaza de los Reyes. La pareja se instaló en una casa ubicada en un callejón tapiado que arrancaba del Arenal del Mapocho. Dolores Portales era la hermana menor de Diego Portales y el ministro, que como se sabe era asiduo a la Chimba, pasaba con mucha frecuencia por su casa entre 1830 y 1837. Dicen que las visitas habrían aumentado especialmente en los días en que Don Diego perdía a su mujer.

Con el avance de la ciudad el callejón polvoriento terminó convirtiéndose en calle. Vicuña Mackenna al verla sin nombre se valió de un curioso sistema para bautizarla: llamó a un concurso de belleza femenina en 1870 ofreciendo como premio darle a una calle el nombre de la triunfadora. El triunfo correspondió a doña Loreto Iñíguez de Ovalle y la calle se llamó Loreto.



La casa pasó a ubicarse en el número 269 de la calle y la heredó en 1888 Mercedes Reyes Portales. Su marido, el agrónomo Ismael Pedregal, plantó en el jardín de la casa árboles exóticos entre los que destacan palmeras, un caucho y una jacarandá. Entrado el siglo XX, la casa la heredó la señora Josefina Pedregal de Cruz y sus descendientes Cruz Pedregal; uno de ellos era arquitecto y junto a su hijo hicieron importantes remodelaciones en la casa: se pusieron las rejas de acceso y los corredores fueron recubiertos con vidrieras.

La casa de doña Dolores Portales se conservó bastante bien hasta 1987. En 1988 la residencia fue utilizada como sede del comando para la candidatura de Patricio Aylwin. Desde entonces la casa se ha ido deteriorando hasta su ruina casi total.

El sitio es utilizado como playa de estacionamiento. Los árboles no pueden tocarse porque son monumento nacional. Mientras la casa termina de caerse el lector puede aprovechar de estacionar su vehículo en un lugar de tanta prosapia.

Foto superior, vista de la calle Recoleta desde el cerro Blanco a comienzos del siglo XX. Foto inferior, la Recoleta Franciscana y su plazuela, a fines del siglo XIX.
Foto:0408E00903.JPG


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