martes, 17 de noviembre de 2009

LA CONFITERÍA TORRES

Los Cafés Literarios en Chile (1773-2004)
http://www.memoriachilena.cl/temas/dest.asp?id=cafesxix



Peña Muñoz, Manuel, 1951-
La Confitería Torres p. 95-111
En Los cafés literarios en Chile / Manuel Peña Muñoz.
Santiago de Chile : RIL Editores, c2001. 219 p.
Colección Biblioteca Nacional
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LOS CAFÉS LITERARIOS EN CHILE
MANUEL PEÑA MUÑOZ

FUENTE:
http://www.memoriachilena.cl/archivos2/pdfs/MC0026141.pdf

VII. LA CONFITERÍA TORRES

En 1879, en plena época de la Guerra del Pacífico, se inauguró la Confitería Torres en calle Ahumada con Huérfanos, en el mismo lugar donde años más tarde existió el Café La Novia.
El cocinero de este establecimiento fue don José Domingo Torres, mayordomo de una aristocrática familia de Santiago, famoso por la excelente preparación de sus alfajores, dulces, "chilenitos" betunados, príncipes de manjar blanco y el tradicional "huevo molí".
Tan afamadas eran sus mistelas y confites que muchas familias solicitaban sus servicios para que personalmente se ocupara de los banquetes. Inclusive el Círculo Español, que en 1880 se inauguró con gran pompa en una casona de la calle Agustina, le encargó que le preparara una torta para la ocasión. Grande fue la sorpresa de los socios cuando vieron que la torta representaba la torre de la Giralda de Sevilla con todos sus detalles en azúcar glaseada.
El cocinero se hizo rápidamente popular, a tal punto que la familia para quien trabajaba, decidió instalarlo en un local propio.
Ahora las piezas de dulcería se exhibían en lujosas vitrinas que rápidamente atrajeron la atención del público por la novedad de las decoraciones y la alta calidad del servicio ofrecido por el pastelero artista.
La confitería fue un éxito. Por sus salones circulaban las elegantes con sus mejores atuendos —polisón y sombrero de plumas— a comprar pasteles para la hora del té y también los escritores que hacían vida social al amparo del mundillo refinado que pululaba por los comedores.
Entre los primeros poetas que frecuentaron los hermosos salones de la confitería de la calle Ahumada estaban Rubén Darío, recién llegado a Chile, Pedrito Balmaceda



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Manuel Peña Muñoz

Toro, hijo del presidente Balmaceda y el grupo de artistas que los rodeaba, todos ellos de marcada preferencia por la moda y los gustos franceses.
Un político y escritor asiduo del Torres fue don Ramón Subercaseaux Vicuña, representante de Chile en Alemania e Italia. Hacia 1888 y teniendo 32 años, participó también con Darío en varias tertulias del Torres. Don Federico Errázuriz, que fue Presidente de Chile en 1896, fue también asiduo concurrente del Torres, frecuentando las tertulias amenísimas que se llevaban a cabo en sus salones.
En el lujoso interior, los caballeros bebían café turco y licores finos: Oporto dorado, Jerez Old Solera, Cognac Rare Old... licor Benedictine de la Abadía de Fecamp... en tanto que los pijes que volvían con sus enamoradas de ver la opereta Los Mosqueteros Grises tomaban café y fumaban en boquilla.
Toda la confitería olía a perfumes finos, a céfiro oriental, a Ixora de África, a heliotropo blanco y a resedá... Era una confitería sofisticada al estilo parisino. No era de extrañar que en una de las mesitas, una dama santiaguina bebiera un café leyendo un libro de Alfred de Musset... en francés.

La Confitería Torres en el Palacio Iñíguez

Más tarde, la Confitería del centro se trasladó en 1904 a la mansión romántica de los Iñíguez, construida a petición de la familia por los arquitectos Cruz Montt y Larraín Bravo, en la Alameda,casi esquina de Dieciocho, donde existe hasta la actualidad.
La familia Iñíguez fue la primera en habitar el palacio, aunque anteriormente no vivían en Santiago sino en Valparaíso, ya que allí había llegado don José Santiago Iñíguez, procedente de Castilla la Vieja, que fue el primero en llegar a Chile desde España.
Su trabajo en el puerto fue muy productivo, pues pronto llegó a tener barcos propios que surcaban todo el Pacífico hasta Panamá.
Su hijo Pedro Felipe consolidó la fortuna, creando lazos comerciales con Perú, Brasil y Centroamérica. Compró haciendas en el sur e integró la política como vicepresidente en la Cámara de Diputados.
Estas actividades le permitieron prosperar económicamente, de modo que fue posible mandar a construir el palacio con todos los adelantos de la época y las modas del momento.
Sus dos hijos también brillaron en la sociedad santiaguina. Antonio Iñíguez escribió el libro Historia del periodo revolucionario en Chile 1848-1851, en tanto que Loreto
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Iñíguez fue Reina de Belleza en 1873. El premio del concurso,ideado por Benjamín Vicuña Mackenna, era que se bautizara con el nombre de la ganadora una conocida calle santiaguina que después enfrentaría un puente. Desde entonces,ese tramo al otro lado del río Mapocho en el barrio de Bellavista, se llama Calle y Puente Loreto...
Era ésta una época afrancesada y el gusto de los santiaguinos se aproximaba al de los elegantes de la Ciudad Luz. Por eso,los arquitectos idean el magnifico edificio, como una copia fiel ° del Hotel Rambouillet de París, en estilo Segundo Imperio barroco, con su ornamentación exagerada, llena de estatuas, medallones, cornucopias, guirnaldas y balaustros.
En este local se celebró el Centenario en 1910 debido a que en ese tiempo era el local público más elegante de Santiago. Para ponerlo más a tono, el gobierno sugirió separar el restaurant del bar con unos hermosos biombos de madera con espejos que se conservan hasta el día de hoy.
En esos comedores se ofreció el Vermouth de Honor al cuerpo diplomático vigente en celebración del Centenario de la Independencia, siendo Presidente de la República don Emiliano Figueroa que oficiaba de mandatario a la muerte de Pedro Montt mientras don Ramón Barros Luco recibía la Presidencia.
Los jóvenes iban siempre después de la misa dominical de mediodía en la iglesia de San Ignacio o a la salida del Teatro Iris a tomar refrescos, en tanto que las señoras acudían a tomar el té con pasteles, principalmente empolvados y "borrachos" impregnados de cognac que eran la especialidad del mítico Café.


Frontis de la Confitería Torres en la Alameda de Santiago.
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Aquí solía venir el presidente don Arturo Alessandri Palma todas las tardes, desde La Moneda, a "tomar onces", con su chofer y su perro Ulk, un gran danés que era su compañero inseparable, tal como se les ve en diversos retratos, óleos y caricaturas de la revista Topaze.
Una vez, incluso, desfilando en coche abierto tirado por caballos por la Alameda durante la tradicional Parada Militar, el presidente don Arturo Alessandri Palma hizo detener el carruaje y se bajó, rompiendo el protocolo, abriéndose paso entre la multitud que lo aclamaba, para entrar a la Confitería Torres a beberse un vaso de chicha bien fría en cacho de buey.
También venía aquí, ya siendo Presidente de la República, don Ramón Barros Luco que pedía siempre un sandwich de carne y queso caliente, razón por la cual este sandwich pasó a llamarse hasta el día de hoy Barros Luco.
Frecuentada por presidentes, diplomáticos, ministros, embajadores, periodistas, poetas, intelectuales, artistas y políticos, la Confitería Torres vivió sus años de esplendor como punto obligado de reunión, especialmente cuando en ese barrio, circundado por las calles Vergara, Ejército, Dieciocho, Ejército y República, vivían
las familias enriquecidas en la industria vitivinícola o en las minas del salitre y del carbón, mucho antes de producirse el éxodo hacia el barrio Oriente de la capital.



Ventanas de la Confitería Torres con las botellas polvorientas encontradas en las antiguas cavas.
Fotografía de Guillermo Palma.
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Entre las familias que frecuentaron el Torres podemos mencionar a los Rivas Vicuña, los Cousiño Valdês, los Cousiño Lyon, los Chaigneaux Puelma, los Caffarena, los Saavedra Montt y los Undurraga que vivían en Dieciocho, a la vuelta de la Confitería.
Sentado en una mesa, don Pedro Undurraga hablaba de las viñas y de la calidad de sus vinos. También acudían los Pretot y los Martínez Baeza que siempre tomaban un aperitivo aquí antes de ir a almorzar al Círculo Español que estaba junto al negocio.
También tomaron aperitivos en el Torres los Risopatrón, don Daniel Mac Donald que era un gran contador de historias, los Eyzaguirre de la Huerta que fueron propietarios del edificio, don Arturo Matte Larraín, su primo Miguel Ángel Larraín, dueño de una gran facilidad de palabras y tantos otros.

Joaquín Edwards Bello en la Confitería Torres

El escritor Joaquín Edwards Bello también solía venir y en uno de sus libros escribe: "Si pasamos por la Alameda, entre las calles Dieciocho y San Ignacio, por el lado de los antiguos palacios, veremos un letrero que dice: Confitería y Pastelería Torres. Esta pastelería es un pedazo del viejo Santiago. Antes se encontraba en Ahumada con Huérfanos, esto es mucho antes. Cuando voy a dicha pastelería, que conserva los muebles del tiempo viejo, mi imaginación vuela por muchos años para atrás, a 1902 y 1910 por lo menos".
Más adelante de su sabrosa crónica, Edwards Bello hace recuento de los contertulios del Torres: "La pastelería servía helados, vainas y cocteles. Era bar y pastelería. Los que iban entonces, fuera de los que no recuerdo, eran Eduardo Nelson, Enrique Rozas Ariztía, el 'Negro' Carlos Alarcón, Hernán y Nacho Zañartu, Ramiro Valdês, Choño Alemparte, Jorge Bories Lavín y Juan Vicuña".
Edwards Bello finaliza la crónica diciendo: "He ido al Torres algunas veces. El mejor tiempo es septiembre, cuando el sol hace hervir la tierra y el aire trae olor a novia. A las doce el tráfago estudiantil llena el paisaje. Yo rae pongo a recordar. Veo pasar a las que hoy son marchitas y escucho las voces de los amigos que ya no están".
Otro personaje de la bohemia artística que pasó por el Torres fue el mítico Jorge Cuevas, también llamado Cuevitas que con el tiempo se convirtió en el famoso Marqués de Cuevas, promotor del afamado Ballet de resonancia mundial, casado en Europa con Margarita Strong Rockefeller, nieta del multimillonario Rockefeller, heredero de una cuantiosa fortuna y uno de los grandes acaudalados chilenos en el mundo.
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Jorge Cuevas era asiduo del Café Torres y allí se veía a menudo con sus contertulios, antes de marchar a Europa donde inicialmente se desempeñó como dependiente de la casa de antigüedades del príncipe Yusopov, el asesino de Rasputin. Muchas veces, cuando el príncipe no estaba o no quería atender a las personas curiosas que querían conocer a aquella mítica personalidad, Jorge Cuevas lo suplantaba entre aquellos vetustos muebles de estilo, porque siempre tuvo un marcado sentido del histrionismo.
Jorge Cuevas reivindicó el marquesado de Piedra Blanca de Huana que le correspondía por herencia. Con ese argumento nobiliario y sobre todo con el arte de la seducción en el que era maestro, se franqueó las puertas de los palacios europeos.
Sentado en el suelo, tomó una taza de café en un castillo legendario con Joaquín Edwards Bello, la duquesa de Wellington y la ex reina de Rumania. Se batió a duelo por honor en 1957 en una casa de campo francesa. Fotografías de la época lo muestran blandiendo su sable. Murió en su villa de Cannes en 1961.
Sentado en una mesa del Café Torres, Joaquín Edwards Bello señaló que la vida legendaria del Marqués de Cuevas era una novela que estaba pendiente por escribir...


El escritor Joaquín Edwards Bello, asiduo de la Confitería Torres.
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Las veladas líricas de la Confitería Torres
La espléndida confitería de comienzos del siglo XX entró en decadencia hasta que en 1959 la adquirió don Bartolomé Alomar con el propósito de restaurarla y reivindicarla como un establecimiento tradicional donde se ha tejido gran parte de la historia de Chile.
Don Bartolomé Alomar fue el alma del Torres en su nueva etapa y logró animar la vieja confitería, iniciando las famosas veladas que contaron con actuaciones notables de cantantes líricos.
Los viejos bohemios se entusiasman y regresan a una confitería remozada que ya no vende pasteles. De la época de los dulces sólo queda el nombre y ocho frascos de caramelos. Pero en cambio, se puede comer y beber bien. Los vinos son excelentes: Santa Rita, Santa Carolina, Tocornal...
En los comedores de mantel blanco los comensales pueden encontrarse con viejos contertulios. Además, el teatrito cobra vida.
En el pequeño escenario cantan ahora el brindis de La Traviata, con una copa en alto, Maruja Bontá e Iván Skoknic, joven abogado que tenía un agradable registro de barítono.
En ese tiempo llega al Teatro Municipal de Santiago una compañía de zarzuela directamente de España con el repertorio de costumbre: Luisa Fernanda, La Verbena de Ja Paloma, La Leyenda del Beso, La Rosa del Azafrán y La del Soto del Parral.
En el coro, canta un joven de hermosa voz. Al término de la función, pide que lo lleven a un café y restaurant típico de Santiago. Lo conducen al Torres donde se encuentra con una velada lírica en el escenario. Entusiasmado con la representación y con el pisco sour que acaba de paladear, el joven tenor sube también y canta para el público una romanza de Marina. Es Plácido Domingo que aún no es conocido internacionalmente. La Confitería Torres lo escuchó cantar una noche en el histórico escenario...
Un presidente de Chile que frecuentó el Torres de la Alameda en la década del 60 fue don Eduardo Frei Montalva que siempre le solicitaba al mismo mozo, Raúl Carrillo, una frugal taza de té con tostadas.
Una bebida tradicional de la Confitería fue el colemono que sólo se preparaba durante el mes de diciembre, sirviéndose muy frío.
Para tal circunstancia, Germán Herpel que era el afamado barman, llegaba a la Confitería con su clásico bastón de palo de guindo para revolver la milagrosa mezcla de leche, café, clavos de olor, canela, nuez moscada, cascara de limón, vainilla y azúcar, ingredientes que luego de hervidos, reposados y enfriados, se mezclaban con
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aguardiente de Chillán, más una copa de cacao y un vaso de ron. Posteriormente se envasaba todo en botellas de Anís del Mono de la Confitería Torres de donde procede el nombre de Cola de Mono.
Terminada la época de la venta del prestigiado "Colemono del Torres", Germán Herpel envolvía religiosamente en un estuche de cuero negro su bastón de palo de guindo con el que había dado "el punto" exacto a su maravillosa bebida y regresaba a su casa con toda tranquilidad para guardar su varita mágica hasta el próximo año.
Las comidas del Torres también han sido tradicionales: la carne mechada, la corvina a la riojana, los calamares salteados al jerez, el filete al arriero, el bistec a lo pobre y los clásicos sandwichs chilenos, únicos en el mundo: el Chacarero con porotitos verdes y ají picante, el Barros Jarpa y el Barros Luco...
Enrique Lafourcade, nostálgico del Torres, de cuando "las damas de Viena tocaban en el escenario Plaisir d'Amour", escribió: "Por el pequeño teatrito del Torres han desfilado Jaime Urbina, Maruja Bontá y otros líricos. Recuerdo a Alonso Pengueli, un
notable pianista. Hacia 1925, en mis viajes a Santiago, iba al Torres a ver películas de Chaplin. Sobre todo a mirar a las señoras y a las niñas que reían comiendo pasteles y tomando té".


Interior de Ja Confitería Torres con el mobiliario original, su
balcón de balaustros y sus clásicos manteles blancos almidonados.
Fotografía de Guillermo Palma.
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Otro contertulio fue el escritor Edmundo Concha, autor de las famosas crónicas "Día a día" que firmaba con sus iniciales E. D. en el diario El Mercurio: Allí escribe: "Recuerdo que en otro tiempo yo solía recalar a la hora de onces en el Café Santos, donde habitualmente se juntaba un trío formado por el ingenioso González Vera, el introvertido Manuel Rojas y el erudito Enrique Espinoza, quienes
integraban la versión masculina de las tres Gracias".
En las paredes se conservan versos pintorescos en torno a la amistad, el buen vivir y la camaradería alrededor de una mesa:
¿Le gusta la noche?
Bébase las estrellas con Santa Carolina.
En los cien años del Torres
yo también quiero brindar
brindo como parroquiano
por este café singular.
Las lolas de aquel entonces
de crinolina y de abuela
debían pasar al Torres
a tomarse una mistela.

O bien:

Aquí transcurren los años
con mucho acudir de gente
ya la Alameda ha cambiado
y el Torres siempre vigente.
Rayen Quitral canta en el Torres
La soprano chilena Rayen Quitral nació en Iloca el 7 de noviembre de 1916, aunque su verdadero nombre fue María Georgina Quitral. Al venirse a Santiago en busca de empleo comenzó a trabajar como empleada en la casa de Sofía del Campo, afamada soprano y profesora de canto, madre de la conocida cantante Rosita Serrano que triunfó en Alemania en los días del III Reich, cantando "La Paloma":
Si a tu ventana llega
una paloma
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trátala con cariño
que es mi persona.

Oyendo a su empleada cantar mientras trabajaba en las labores de la casa, Sofía del Canto puso oído, advirtiendo inmediatamente las condiciones vocales excepcionales de la joven araucana.
De inmediato, decidió educar su voz de hermosa coloratura. Y fue así que nació la soprano mapuche Rayen Quitral, quien debutó en un concierto en el Teatro Central de Santiago en 1937.
Posteriormente en 1941 viajó a Buenos Aires donde cantó en el Teatro Colón representando a la Reina de la Noche en la ópera La Flauta Mágica de Mozart, siendo éste su rol más característico. Fotografías de la época la representan con el deslumbrante vestuario de la Reina de la Noche cuya hija Palmira se haya prisionera en el palacio del Sumo Sacerdote Sarastro. La Reina convence al joven Tamino para ir a rescatarla, pero éste, al ver un pequeño retrato, se enamora de Palmira. La Reina se aparece entonces a su hija y con gran furia le reclama que mate a Sarastro. Rayen Quitral ponía toda su energía dramática en la interpretación de este difícil papel.


La soprano chilena de origen mapuche, Rayen Quitral, con trapelacucha de plata y atuendo indígena, tal como se presentaba en actuaciones internacionales. Colección del autor.
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Su voz ya estaba empezando a ser conocida en toda Latinoamérica, residiendo durante largo tiempo en México. Fue famosa cantando en Chile Lucía de Lammermoor en 1942 e interpretando en 1943 el rol de Gilda de Rigoletto.
En 1950 realizó una gira de conciertos por Italia y Francia interpretando las canciones de su sur nativo, especialmente El copihue rojo, El copihue blanco y El copihue rosado del poeta penquista Ignacio Verdugo Cavada. También popularizó las canciones chilenas La Tranquera y el Ayayayde Osman Pérez Freire que hoy se conoce
internacionalmente.
Rayen Quitral cantó nuevamente su rol estelar de La Reina de la Noche, en Londres, en 1951. En Inglaterra estuvo en distintas oportunidades. En una ocasión, después de un concierto fue invitada a cantar al Palacio de Buckingham. Esta invitación fue debida a Perico Vergara, hombre de mundo, sobrino de Blanca Vergara, propietaria de la Quinta de Viña del Mar, quien viajaba por toda Europa, siendo amigo de las principales familias europeas.
Como Perico Vergara era amigo del Príncipe de Gales de Gran Bretaña, Eduardo de Windsor, heredero del trono británico, con quien emprendía excursiones de caza al África, intercedió para que Rayen Quitral fuera invitada a cantar al palacio, sorprendiendo al futuro Eduardo VIII de Inglaterra por el hermoso timbre de voz
cantando el repertorio chileno e internacional.
No sabía aún el príncipe que su reinado duraría poco tiempo y que habría de abdicar del trono por romper las reglas del protocolo real al haberse enamorado de una divorciada norteamericana.
Aquel amor con Wally Simpson sería legendario. Tampoco sabía que con el tiempo visitaría en dos oportunidades el país de su amigo Perico Vergara.
Entre tanto, está allí aplaudiendo a esa exótica cantante mapuche venida del otro lado del Atlántico. Tenía altivez y un rictus dramático al cantar. No obstante a Rayen Quitral le faltó educación. Incumplía los contratos. Bebía mucho. Profundamente indígena, se sentía ajena en ese mundo europeo. Tenía voz natural, pero le faltaba disciplina, solfeo y base musical.
Nacionalista y adelantada a su época, defendió a su pueblo indígena. En barrocos escenarios europeos, se presentaba con túnica mapuche y trapelacuchas de plata. Finalmente después de grandes dificultades, regresó a Chile y cantó muchas veces en el Torres.
Todavía parece que se escucha su voz inconfundible de dramático timbre resonando en los comedores:
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Soy una chispa de fuego
que del bosque en los abrojos
abro mis pétalos rojos
en el nocturno sosiego.
Soy la flor que me despliego
junto a las rucas indianas
la que al surgir las mañanas
en mis noches soñolientas
guardo en mis hojas sangrientas
las lágrimas araucanas.

En los años 60, Rayen Quitral dio recitales por todo el país, incorporando a su repertorio arias de Fidelio de Beethoven que había aprendido en Alemania.
Su último concierto lo dio en el Casino de Viña del Mar en 1967 bajo la batuta de Izidor Handler, vestida con un traje de terciopelo negro y un manto de tul rosado. En esa oportunidad cantó Un bel di vedremo de la ópera Madame Butterfly de Puccini, un aria de Fidelio de Beethoven y el clásico El copihue rojo. El público la aplaudió de pie.
El país sin embargo, no le correspondió, como suele suceder y le retribuyó con el llamado "pago de Chile". Con dificultad consiguió un puesto de profesora de canto en una escuela fiscal. A veces se la veía deambular en el Torres, hilvanando recuerdos de Europa.
Después de beber una copa de vino que alguien le brindaba, ella aceptaba ponerse de pie y cantaba, con dramático acento mapuche, el aria de la Reina de la Noche de La Flauta Mágica que le dio fama internacional.
En los años 60, el nombre de Rayen Quitral era tan famoso en Chile que fue puesto como marca... de una cocina. Efecüvamente,los hermanos Aurelio y Américo Simonetti —padre y tío de la cantante Gloria Simonetti— tenían en la comuna de San Miguel la famosa empresa Mademsa, con más de 3.000 operarios, hoy desaparecida.
De origen italiano, esta familia bautizó con el nombre Etna a un calefont en recuerdo del famoso volcán italiano. A otro calefont igualmente poderoso le dieron la marca Osorno en homenaje al volcán chileno. Posteriormente sacaron al mercado una cocina básica de dos platos que bautizaron Quitral, en homenaje a la cantante mapuche a quien admiraban, seguramente asociando la idea de "chispa" y de "fuego" de la famosa canción del copihue chileno popularizada por la soprano. Tal era la fama de la cantante que frecuentaba el Torres.
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Los Cafés Literajios en Chile

En esta época, el gobierno de Eduardo Frei le otorgó a Rayen Quitral una pensión de gracia con la que pudo alquilar un pequeño departamento en la calle Moneda. Desde allí se trasladaba a la Confitería Torres, donde los parroquianos la reconocían y le pedían que cantara una canción... Finalmente la cantante murió el 20 de octubre de 1979 completamente olvidada, como años después le ocurrió a la cantante Rosita Serrano, en su departamento de la calle Merced.
El 15 de octubre de 1997, Correos de Chile emitió una serie de sellos de cantantes líricos chilenos, rindiendo homenaje a Pedro Navia, Renato Zanelli, Carlos Morelli, Ramón Vinay y Rayen Quitral.

Perico Vergara, una leyenda de la Confitería Torres

Uno de los grandes amigos de Rayen Quitral, Perico Vergara, que había intercedido por ella para que cantara en el Palacio de Buckingham y que había integrado la comparsa del Príncipe de Gales en Inglaterra, también moría olvidado en una residencial de la calle Dieciocho, muy cerca de la Confitería Torres. ¡La vieja calle
Dieciocho! ¡Pensar que antiguamente tenía pavimento de madera para suavizar el paso de los carruajes! Es que todo en aquella calle tenía rumor de elegancia y suavidad de terciopelos. Era la calle de las grandes familias santiaguinas que frecuentaba Perico Vergara...
Desde el balcón de la residencial, recuerda otras épocas...
Muchas tardes baja y pasea por la calle Dieciocho deteniéndose ante la escalinata de una mansión convertida ahora en academia de corte y confección...
Antes de morir, se le veía deambular por los comedores, al amparo de una copa de vino, recordando los años de apogeo de la Quinta Vergara de Viña del Mar. Le parece ver en los jardines a su tía, doña Blanca Vergara, dando órdenes para cada detalle de una fiesta en esa noble residencia de estilo gótico manuelino, semejante a un palacio veneciano junto al Gran Canal.
Aquella espléndida casona rodeada de estatuas, fuentes y palmeras, había sido el escenario donde transcurrió la niñez de su querida prima Blanquita Errázuriz Vergara, en medio de sonatas de piano y juegos de muñecas francesas bajo la sombra de las palmeras.
Sentado en una mesa del Torres, Perico habla de Blanca Elena que protagonizó en 1917, un bullicioso escándalo en New York cuando dio muerte a su marido norteamericano con un disparo.
Nadie hablaba mucho de ello en el Chile de esos años. "Se conocieron en Francia", dice Perico "cuando fue con su madre a recorrer Europa.
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A los diecisiete años Blanquita ya era hermosa, inteligente, rica, tocaba el piano y era una incansable lectora de libros.
Enamorada de la cultura francesa, conoció en París, en una embajada, a John de Saulles, un elegante norteamericano quince años mayor que ella, comerciante de caballos, jugador de la Bolsa de Valores en Wall Street y asesor de campañas políticas. Pronto se casaron en una espléndida boda que tuvo lugar en la Quinta de Viña...


Perico Vergara, asiduo del Café Torres, posa con su gran altura,caballerosidad y elegancia ante el Puente de Londres.
Gentileza: Archivo de Sara Vial.
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Los Cafés Literarios en Chile

"Al poco tiempo se fueron a vivir en Estados Unidos, pero la vida de Blanca Elena en Long Island, se tornó un infierno... John era un mujeriego que le quería quitar a su propio hijo. Indignada, Blanquita tomó un revólver y le disparó causándole la muerte. Toda la sociedad de Estados Unidos se conmocionó con este crimen de una
mujer sudamericana que asesinaba a su marido norteamericano. Por cierto que fue juzgada y encarcelada. A la prisión de New York la fue a visitar Rosita Renard e incluso tocaron piano a cuatro manos...
"Su madre sufrió mucho en Viña del Mar. Era tan conocida...
Mi prima iba a ser condenada a la silla eléctrica, pero la opinión pública y las primeras feministas se pusieron en su favor. Por fin, se pronunció la sentencia que gritaron todos los suplementeros de New York a pleno pulmón: Blanquita is not guiltyX : '¡Blanquita no es culpable!' en los días aciagos de la Primera Guerra Mundial...
"Pronto, Blanca Elena regresó a Viña del Mar, pero ya nada fue como antes. Se había rematado el maravilloso palacio. Ya no quedaba dinero. Blanca Elena sufrió mucho porque al poco tiempo de regresar a Chile con su hijo, él no se acostumbró en Viña del Mar y regresó a Estados Unidos a casa de su familia paterna. Blanquita terminó suicidándose en su chalet de Con Con después de perder todos sus bienes...".
Perico siempre recordaba en los años 60 su estadía en el Palacio de Buckingham donde había tomado en brazos, siendo niña, a la actual Reina Isabel de Inglaterra... En sueños se veía viajando por África cazando leones con el Príncipe de Gales... y con amigos chilenos a quienes invitaba con los gastos pagados. Incluso, estando en París se hospedaba en el Hotel Ritz donde recibía espléndidamente a sus amistades...
Por lo pronto, está enfermo y pobre. Su esposa, a quien todos llamaban Perica y que había sido su empleada, consigue dinero y vende las joyas que les restan. Con amor, cuidará a su marido en la habitación de la residencial de la calle Dieciocho donde le lleva sandwichs de queso caliente comprados en el Torres. Finalmente Perico Vergara, el hombre que lo tuvo todo, muere solo tras permanecer largo tiempo postrado en cama. Sus últimas apariciones fueron en la Confitería Torres, recordando viejos tiempos...
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FUENTE:
http://www.confiteriatorres.cl/

A CONFITERÍA TORRES O EL TORRES




RESCATADA POR FAMILIA ÍTALOCHILENA

Patrizia Misseroni proviene de la migración trentina organizada por los gobiernos de Chile e Italia en 1951 y 1952. Fue la iniciativa del también trentino Alcide de Gasperi, Presidente del Consejo de Ministros de Italia, y el Presidente de Chile, Gabriel González Videla. Llegaron a nuestro país más de 900 trentinos -140 familias de voluntarios- a la zona de La Serena.

Para muchos inmigrantes la experiencia fue un desastre, especialmente los de la segunda colonización: Los terrenos asignados eran salados y arenosos, no aptos para el cultivo, las habitaciones eran malsanas y desprovistas de servicios, faltaba el agua, etc. En los años sucesivos, muchos trentinos se transfirieron a otras partes de Chile y de América Latina y otros regresaron a Italia.

La familia Misseroni se trasladó desde La Serena a la zona de Paine, donde
adquirió algunas tierras para cultivar, retornando a Italia en 1972. Sin embargo, algunos permanecen en Chile, instalándose en Valparaíso. Patrizia también, donde estudió e inició su vida laboral.

Con sumarido, Claudio Soto, incursionaron con éxito en el mundo de los negocios, estableciendo kioscos de revistas, libros y periódicos en los aeropuertos chilenos, hasta que decidieron tomar en sus manos uno de los locales más arraigados en la historia de Santiago, la Confitería Torres, salvándola de una muerte ya anunciada.

EL RESCATE EXITOSO
La Confitería Torres nace en 1879 en Santiago de Chile de la mano de uno de los mejores cocineros de alta sociedad de apellido Torres, a quien uno de sus empleadores ante el talento y la maestría demostrada decide ayudarlo a abrir su propio negocio "para que muchos puedan disfrutar de su mano privilegiada". Así este refinado Salón de Té comenzó a ser sitio obligado de las mejores familias chilenas que en esos años vivían en enormes caserones o "palacios" en los alrededores de la Alameda de las Delicias y las calles Dieciocho y República.

El Torres, como se conoce hasta hoy a la confitería, gana su fama no sólo por la distinción de sus visitantes sino por el ambiente que logra crear. Se convierte en el lugar de reunión de políticos, intelectuales, empresarios y diplomáticos los que por años tienen en el Torres su punto de encuentro.

Hoy en día y después de años de gloria ganada y perdida entre la bohemia, el canto y las artes, La Confitería Torres es recuperada como un espacio patrimonial y comienza una nueva etapa. A su renovada arquitectura que sigue las líneas primarias del Palacio Iñiguez donde se emplaza se une ahora una excelente oferta gastronómica, tanto en platos salados como en repostería y postres.

Complementada con una carta de vinos de excelencia para acompañar una cocina sabrosa y refinada, abierta al desayuno, almuerzos, té (onces) y comida, la Confitería Torres comienza a ser nuevamente centro de reunión de chilenos y extranjeros, ahora con el desafío de mantener su espíritu ciudadano abierto al mundo en este nuevo siglo.

La Cava del Bicentenario, espacio de guarda de los mejores vinos nacionales, es la novedad de la Confitería Torres. Los mejores mostos son descorchados en homenaje a la Independencia de Chile y al desarrollo de la vigorosa industria del vino.

Loable iniciativa de Patrizia Misseroni y de su marido, Claudio Soto, la que hace honor a su origen italiano restaurando el cuerpo y el alma de un testimonio importante del patrimonio cultural chileno

http://www.chile.com/tpl/articulo/detalle/ver.tpl?cod_articulo=55664

VER PANORÁMICA DE LA CONFITERÍA

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