sábado, 12 de marzo de 2011

En San Juan de Pirque: Una casa bien chilena


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sábado 12 de marzo de 2011



De a poco, entre viaje y viaje, Jorge Letelier -residente por más de cuatro décadas en Nueva York- ha ido creando este verdadero oasis en San Juan de Pirque, en un lugar con espectacular vista a los cerros y al cajón del río Maipo. La casa de estilo chileno, rodeada de un extenso jardín repleto de rincones, fue pensada por el decorador como un sitio para descansar en familia y con los amigos.


TEXTO Y PRODUCCIÓN, BEATRIZ MONTERO W.

El valle de Colchagua, Curicó y Talca fueron lugares que Jorge Letelier recorrió extensamente cuando, hace doce años, tomó la decisión de comprar una propiedad en el campo chileno. Entonces vivía en Nueva York, en pleno Manhattan, pero quería tener algún lugar en su país donde relajarse y poder compartir con su familia y amigos cada vez que viniera de visita. Entonces se acordó de Pirque, de esa localidad cercana a Santiago, donde con frecuencia iba de niño a la casa de una amiga de su madre. "Recordé su paisaje, su clima exquisito y me puse a buscar", cuenta sentado bajo la agradable sombra de un parrón repleto de racimos de uva a punto de cuajar.



Y encontró esta parcela, de seis mil ochocientos metros, ubicada en la localidad de San Juan de Pirque, con una espectacular vista a los cerros y al cajón del río Maipo. El terreno había formado parte del fundo de la familia Mackenna y en él, además de cientos de árboles añosos, existía una pequeña casa de cuidador. "En un primer momento -comenta Letelier- pensé en tirarla abajo y levantar algo muy contemporáneo en piedra y vidrio en la parte de atrás del sitio. Sin embargo, deseché la idea porque me empezó a gustar y resolví arreglarla".




Pero antes de emprender esta tarea, que asegura le costó muchos dolores de cabeza, construyó la piscina y el quincho. "En esa época siempre venía a Chile sólo un mes en el verano y entonces necesitaba tener un lugar donde estar y recibir a los amigos", cuenta. Y así, entre viaje y viaje, fue dando forma a esa vieja casa de adobe y convirtiendo sus cinco pequeñas habitaciones interiores en espacios amplios para estar. Porque Letelier resolvió dejar allí sólo los recintos comunes, es decir, living, biblioteca y escritorio, además de un baño de visita. Todo ambientado con muebles de líneas muy simples, algunos de ellos chilenos antiguos; objetos de bronce tradicionales de las casas de campo, como braceros, y colecciones de tapices precolombinos y huacos de la cultura Chancay que compró hace años en Nueva York. "Quise imprimirle una estética actual, pero rescatando las formas que se usaron en Chile y en España durante el siglo XVIII", explica Letelier.




En una segunda etapa, le anexó un nuevo volumen en el que ubicó la gran cocina comedor, el recinto más usado por él y por las cientos de visitas que recibe durante todo el año, ahora que prácticamente está radicado en Chile. Se trata de un espacio que reúne todas las comodidades para cocinar, en un ambiente contemporáneo pero a la vez con cierto aire de campo. Allí predominan, haciendo contraste con los mesones de granito, variadas piezas mapuches, desde vasijas de greda hasta enormes bateas de madera. "La mesa la compré en Brujas, Bélgica, y me gustó por ser del tipo frailero. Las sillas, en cambio, son reproducciones", comenta.



La última parte de este gran proyecto fue el ala de dormitorios, completamente independiente de la otra. Se trata de un volumen de estilo chileno, con un largo corredor desde el cual se accede a las cinco habitaciones -cada una con su baño y closet- que se suceden en línea. El piso de ladrillo, las rejas de fierro forjado que mandó a hacer especialmente copiando las existentes en el Museo de Arte Precolombino, los muros interiores de piedra de la zona y los cielos cubiertos con caña de bambú, son algunos de los detalles que le dan carácter y singularidad a esta construcción que parece haber estado allí desde hace siglos. "Quise que fuera honesta con nuestra propia arquitectura. Compré muchos libros sobre el valle de Colchagua y visité muchas casas en esa zona y aquí, de manera de poner los mismos elementos tradicionales", cuenta.

El uso del color llama la atención en todas las áreas. Se trata de tonos atrevidos que están presente en tapices, cielos envigados y muros. En el quincho, por ejemplo, destaca un lila fuerte y en la cocina un azul intenso. En los estares, en cambio, predomina un naranja muy especial. "Son tonos muy personales, que me encantan, y que creo van muy bien con el jardín. En esta casa eso hay que tenerlo siempre muy presente porque la vista hacia el exterior es muy fuerte", advierte Letelier.




Un jardín lleno de rincones para estar, contemplar la vista o simplemente leer. Con muchos elementos decorativos, como las esculturas de Francisco Gazitúa, las grandes canoas antiguas de madera y los cientos de maceteros repletos de especies sencillas. "Al principio quise hacer un jardín sólo con flores blancas, pero eso no me resultó porque compraba y me salían de otros tonos. Ahora estoy mezclando con variedades en azul, fucsia y amarillo. El único color que aquí está prohibido es el rojo", advierte.

TEXTO Y PRODUCCIÓN, BEATRIZ MONTERO W..
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