domingo, 4 de diciembre de 2011

Diarios íntimos: de cara a la verdad

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domingo,27 de noviembre de 2011

Un recuento Escritura en los márgenes

A comienzos del siglo XX, dos autoras consideradas "menores", Lily Iñiguez y Teresa Wilms, dieron inicio al género que llevó a su máxima expresión Luis Oyarzún.


Teresa Wilms, Inés Echeverría, Alone y Luis Oyarzún.


Cuatro libros clásicos en el género de los diarios íntimos: Neruda, Iris, Alone y Teresa Wilms.

Pedro Pablo Guerrero
"Llevar un diario, o escribir, a cierta edad, nuestras memorias, tendría que ser una 'obligación impuesta por el Estado'. Al cabo de tres o cuatro generaciones se habría recogido un material precioso, y podrían resolverse muchos problemas psicológicos que acosan a la humanidad". La optimista cita de Giuseppe Tomasi di Lampedusa forma parte del epígrafe que José Donoso escogió -¿con ironía?- para su último libro publicado en vida, "Conjeturas sobre la memoria de mi tribu" (1996), dedicado a "las mujeres de mi descendencia": su hija Pilar y sus nietas Natalia y Clara. Un tributo -así lo llama el novelista- "para que no se olviden y lo vuelvan a contar y a inventar otra vez más".

"Correr el tupido velo" (2009) de Pilar Donoso es un libro de valor excepcional, pero no una excepción en la historia de la literatura chilena, que cada cierto tiempo produce textos íntimos no siempre de una calidad literaria tan alta, pero sí de un considerable valor documental.

Las iniciadoras

Si el siglo XIX fue en Chile el tiempo de los diarios de viajes, como el de Vicente Pérez Rosales, o políticos, como el de José Victorino Lastarria, el paso a las primeras décadas del siglo XX marca la aparición en nuestro país del diario íntimo propiamente tal. "La reflexión interior, el autoanálisis, los conflictos de la personalidad, las tensiones de orden moral, los fantasmas de la memoria biográfica", tales son los elementos característicos del género que distingue el profesor Leonidas Morales en su prólogo al "Diario íntimo" de Luis Oyarzún.

Morales constata: "Quienes comienzan a escribirlo son mujeres: Lily Iñiguez y Teresa Wilms Montt. Ambas mueren jóvenes, en Europa: una a los 24 años, de tuberculosis, y la otra a los 28, se suicida".

Hija de la escultora Rebeca Matte y bisnieta de Andres Bello, Lily Iñiguez contrajo la enfermedad a los 15 años. En su diario escrito en francés -cuando todavía era lengua franca de lo culto- registra sus desplazamientos por la refinada Europa de la belle époque , los sanatorios de Davos y la ciudad de Florencia, donde murió en 1926. Sus padres lo publicaron en forma póstuma con el título "Pages d'un journal". En Francia, por supuesto. Habría que esperar hasta 1954 para una traducción al castellano. "El diario de Lily tiene luces y sombras, y de vez en cuando momentos deliciosos que semejan capítulos de gran novela", escribe en el prólogo Joaquín Edwards Bello.

Los juicios sobre el texto son dispares. Mientras Raúl Silva Castro lo considera el "más conmovedor documento con forma de memorias íntimas que se cuenta en la literatura chilena" y llega a compararlo con "La montaña mágica", de Thomas Mann -cuyos escenarios suizos comparte-, Leonidas Morales declara que, aunque escrito con finura y sentido del detalle, la temprana conciencia de la muerte "tampoco da lugar a grandes iluminaciones" ni a crisis.

El tono dominante es más bien el desapego. Ya enterada de la suerte que le aguarda, Lily Iñiguez anota: "He pasado días pensando en lo poco que me importa la vida.

No me casaré.

En cuanto a tener hijos, no quiero perturbarme. Así basta. Aunque la maternidad llegara a sanarme, no los tendría. Los habría querido demasiado.

No deseo morir, y no deseo vivir. Me basta arrastrarme así".

La controvertida Iris

Por los mismos años, pero en una situación radicalmente distinta, apartada de sus hijos, condenada al ostracismo por su familia y su clase, que la tilda de "bohemia" y "descarriada", Teresa Wilms Montt marca en un diario las escalas de su abandono: Londres, Liverpool, Madrid, París. En las ocho páginas que envía a la revista argentina Nosotros, de la que había sido colaboradora, están las últimas palabras que habría escrito antes de administrarse una sobredosis de veronal: "Nada tengo, nada dejo, nada pido. Desnuda como nací me voy, tan ignorante de lo que en el mundo había.

Sufrí y es el único bagaje que admite la barca que lleva al olvido".

"Páginas de diario" será recogido al año siguiente de la muerte de Teresa Wilms en el libro "Lo que no se ha dicho..." (Nascimento, 1922), que además reúne sus poemas y un boceto de novela. El libro apenas supera las cien páginas.

Lector entusiasta de su escasa obra, Luis Oyarzún advirtió que a pesar de su lenguaje en muchos casos "convencional", "tosco", incluso "torpe", la autora provoca la comunión con el lector que perseguían los artistas románticos. En sus temas lacerantes, en la angustia y el tedium vitae del hablante, Oyarzún advierte también los síntomas insólitos de una "agonía cultural" que se hace notar en la sociedad chilena a partir de 1910; un cansancio que va más allá del registrado en Europa por autores como Marcel Proust y los simbolistas. "Se trata de algo más: De una sociedad y una forma de ser y de vida que muere", anota Oyarzún.


Ines Echeverría, Iris.

Pocos memorialistas chilenos han captado mejor este momento de tránsito que Inés Echeverría Bello (1868-1949). "Pasé infancia y juventud en el pasado siglo XIX, de feliz memoria, y he alcanzado madurez y ancianidad en el actual siglo, de vertiginosa transformación", anota en el prólogo de "Entre dos siglos" (1939), libro en el que narra su primer viaje a España, realizado en 1900. Más conocida como Iris, el seudónimo con el firmó casi todos sus libros, en Inés Echeverría se conjugan tendencias que parecen antagónicas: admitida en 1922 como la primera mujer académica de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Chile, sus textos -hace notar Miguel Laborde- "dejaban ver una mezcla libre de catolicismo con teosofía y daban espacio a la teoría de la reencarnación".

Su último libro "Au delà..." (Más allá), subtitulado "Poema del dolor y de la muerte", constituye un testamento esotérico que permanece sin traducir desde su publicación en 1948. Lo escribió en francés -como su sobrina Lily Iñiguez- porque esa lengua, decía, la ayudaba a elevarse por sobre las ocupaciones de la vida doméstica.

Hace seis años, Aguilar publicó el libro "Memorias de Iris": seiscientas páginas que abarcan sus vivencias comprendidas entre 1899 y 1925. Verónica Noguera Larraín, nieta de la autora, decidió publicarlas, a pesar de encontrarse con una sospechosa laguna correspondiente a 1933. Ese año, una hija de Iris, Rebeca Larraín, fue asesinada por su marido, Roberto Barceló. Verónica Noguera cree que alguien de la familia quemó esos papeles, porque no se los dieron a su madre. En todo caso, los antecedentes del crimen fueron incluidos en el libro "Por él", que publicó Inés Echeverría (sin seudónimo) en 1934, para conseguir la condena a muerte de su yerno. El episodio provoca reacciones hasta el presente. En 1996, Mónica Echeverría Yáñez, sobrina de Iris, desató un pequeño escándalo al recordar este episodio en su libro "Agonía de una irreverente".

¿Alone y Neruda expurgados?


Pablo Neruda.

Incluso en escritores sin descendencia biológica hay ciertos pasajes de sus memorias y diarios que no han llegado a ver la luz. "Confieso que he vivido" (1974), el libro en el que Pablo Neruda trabajaba cuando lo sorprendió la muerte, fue editado póstumamente con omisiones significativas. En el libro, que revisó Matilde Urrutia, no aparecen Volodia Teitelboim ni varios amigos del poeta, como Héctor Eandi. La escritora Virginia Vidal cuenta que el libro ocasionó protestas. "Mucha gente se molestaba por no figurar en el índice onomástico", recuerda.


Hernán Díaz Arrieta, Alone.

Los diarios de Hernán Díaz Arrieta, Alone, también han despertado una serie de suspicacias. Inéditos por décadas, se cree que varios manuscritos se perdieron, fueron robados o simplemente censurados. Lo cierto es que el primer tomo de su "Diario íntimo (1917-1947)", editado hace once años por Zig-Zag, dejó gusto a poco.

Escasas son las alusiones a la sexualidad del autor, uno de los temas que despertaba más expectativas. A pesar de todo, el prologuista, Gonzalo Vial, reconoció que Alone buscaba encuentros con muchachos de origen modesto, posiblemente a cambio de dinero, en "escenarios populares" como el Parque Cousiño, la Quinta Normal y la Alameda de noche.

"Mañana en la Quinta... Tentación primaveral, prolongada, finalmente funesta ¡y qué agradable! Cada vez me remuerde menos la conciencia; ya el grito de mi queja interior no llega a las estrellas... Es imposible luchar más", escribe Alone.

El formato del diario íntimo también fue adoptado por Alone en su novela "La sombra inquieta" (1915), inspirada en su amiga Mariana Cox de Stuven -Shade-, escritora bastante mayor por la que el crítico sentía admiración y probablemente un amor platónico.

A través de ella, quizás, Alone aprendió la discreción que lo movió a no publicar sus diarios íntimos en vida. En "Pretérito imperfecto" (1976), otro libro de corte autobiográfico, el crítico recuerda que Shade le enviaba sus artículos para que se los entregara al director eclesiástico del diario La Unión. "Don Carlos Casanueva, censor estricto -escribe Alone- le aplicaba un criterio inquisitorial. Muchos los devolvió conmigo cubiertos de duras observaciones".

Luis Oyarzún, cumbre del género


Luis Oyarzún.

Si las páginas de Lily Iñiguez y Teresa Wilms Montt son para Leonidas Morales piezas inaugurales del diario íntimo en la literatura chilena, su continuador es Luis Oyarzún (1920-1972). Morales conjetura: "El estatuto de la mujer y el homosexual en la sociedad chilena, e hispanoamericana, es un indicio (...) que refuerza la hipótesis según la cual el diario íntimo sería un discurso enunciado, dentro de las relaciones de poder, desde un margen y una resistencia".

La grandeza del "Diario íntimo" de Luis Oyarzún (donde confiesa su homosexualidad), en el sentido más amplio del término, ya es suficientemente conocida. Su editor, Leonidas Morales, cifra en 23 y hasta en 33 años la "fidelidad al género" del diarista, a pesar de lagunas que llegan a abarcar un año entero. Los originales se acercan a las mil páginas, y eso que se perdieron cuadernos completos, varios de ellos en vida del autor, quien solía leérselos a los amigos en bares y otros sitios de paso. Después de su muerte, un sobrino intentó ordenar los "Diarios": Sergio Fernández Larraín aceptó hacerse cargo de su edición, pero su muerte, en 1982, frustró el proyecto acelerando la pérdida y dispersión de otros materiales. Pese a todo, a mediados de los ochenta, el poeta Omar Lara recibió las copias mecanografiadas que sirvieron de base para la selección que Morales publicó en Ediciones LAR en 1990.

La edición completa del "Diario", publicada por el mismo Leonidas Morales en 1995, puede calificarse de proeza. La obra de Oyarzún se empina como la cima del género en nuestro país.

El "Diario íntimo" de Oyarzún revela la amplitud de registro del autor: la autocrítica descarnada ("He pasado más de un mes sin escribir más que unas cuantas cartas. Me corrompo otra vez. América me devora. Ya estoy harto de esta poesía de cafés y borracheras. Muchas veces he pensado que en este continente no se concede valor formador al trabajo humano"); el sarcasmo implacable ("[Benjamín Subercaseaux] es una tía solterona dedicada a meditar sobre el país -rara mezcla de Violeta Quevedo y Tancredo Pinochet-. Es bien difícil imaginar un hombre con menos condiciones literarias y con más desesperante obsesión de serlo"); la confesión que entrelaza el amor y la culpa: "También el sexo puede ser causa de tanta espera, y por eso mismo del pecado. Una falta de atención. R. me ciega, me alucina, me acerca y me aleja de mí mismo. ¿Es esto el amor? ¿Me duele el hígado por él?".

La voluntad de Oyarzún, que lo lleva a escribir hasta en su cama de enfermo -la última anotación es del día anterior al de su muerte-, continúa una tradición ya clásica en las iniciadoras chilenas del género: escribir hasta las últimas fuerzas. El mismo gesto de enfrentar lo inevitable sin otra arma que un lápiz se repetirá en el José Donoso de "Conjeturas sobre la memoria de mi tribu", pero también -y por consejo suyo- en su discípula Ágata Gligo. "Diario de una pasajera" (1997) aparece cuatro meses después de su fallecimiento. Póstumo es también "Veneno de escorpión azul" (2008), el "diario de vida y de muerte" que Gonzalo Millán inició el 20 de mayo de 2006, al enterarse de que tenía cáncer. Lo interrumpió doce días antes de morir, ese mismo año.


Gonzalo Millán.

La última anotación, transcrita por María Inés Zaldívar, tiene un curioso aire de familia con el postrero "Taken for a Ride" (dar un paseo, pero también tomar el pelo) de Luis Oyarzún. Escribe Millán: "Se jubiló el duende con mi enfermedad. Lo vi anotar algo en unos papeles arrugados. Me voy a Portugal, dijo sin mayores explicaciones. Había la voz de un fado esperando por mí".

Novela y memorias: la delgada frontera
En una de sus últimas entrevistas a "El Mercurio", José Donoso dijo que "todas las grandes novelas son memorias. Empezando por Proust. Y, claro, por Balzac". Consultado entonces cuál era su novela más cercana a las memorias, Donoso respondió: "Probablemente, 'El obsceno pájaro de la noche'. Tal vez 'Casa de campo', pero... el problema es que yo voy envolviendo las cosas. Aunque en ellas está mi gente, está mi mundo. Uno no escribe nunca una mentira. La ficción es una cosa, la mentira es otra. Una está hecha con el ánimo de engañar; la otra intenta que la persona se divierta a través de una alternativa a su mundo".

En un prólogo que escribió para una reedición de "La tía Julia y el escribidor" (1977), Mario Vargas Llosa explica que con el objeto de que la novela no resultara "demasiado artificial" le añadió un collage autobiográfico: su primera aventura matrimonial. "Este empeño me sirvió para comprobar que el género novelesco no ha nacido para contar verdades, que éstas, al pasar a la ficción, se vuelven mentiras".

Aludía, sin mencionarla, a la inesperada controversia en la que se vio envuelto cuando su ex esposa Julia Urquidi replicó a la publicación de esa novela con el libro autobiográfico "Lo que Varguitas no dijo" (1983), en el que contaba su propia versión de la ruptura matrimonial.

Cuando diez años más tarde Vargas Llosa incursionó derechamente en las memorias con "El pez en el agua" (1993), sin ficcionalizar nada, separando la verdad de la mentira, la polémica estalló igual. ¿Qué había hecho esta vez? Relacionar la figura de su padre -recién a los diez años de edad su madre le contó que estaba vivo- con "un relente que envenena la vida de los peruanos: el resentimiento y los complejos sociales".

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