lunes, 7 de noviembre de 2011

Publican retrato de la larga y cruda historia de los conventillos en Valparaíso

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lunes 7 de noviembre de 2011

Eran conocidos como "mataderos humanos":

Algunos eran piezas sin ventanas . Ninguno tenía agua potable. Los más afortunados contaban con un patio de tierra y un pozo negro. Así vivieron miles de personas entre 1880 y 1920. Lo demuestra la investigadora Ximena Urbina. "El lucro potenció al conventillo", asegura.

Romina de la Sotta Donoso
"Se llega a ellos para sufrir y ver sufrir", escribió impresionado el fotógrafo estadounidense Harry Olds hace un siglo. No por nada los llamaban "mataderos humanos" y "tumbas del proletariado".



En los conventillos de Valparaíso vivían peones, vendedores ambulantes, asalariados en industrias y talleres, carpinteros, lancheros, estibadores y jornaleros. También delincuentes. Las piezas olían a pieles de animales, a excrementos, a humo de brasero, a hedor de gallinas y a humedad de ropa secándose (la mayoría de las mujeres eran lavanderas).



Los más afortunados contaban con un patio en común, donde había un pozo negro y una barrica enterrada que recogía el agua lluvia para ser bebida. En el patio se cocinaba y lavaba; las aguas escurrían y circulaban por las calles y quebradas.



Tras las epidemias de viruela en 1886 y de cólera morbus en 1887, las autoridades culparon a los conventillos. Y empezaron a buscar soluciones. Pero no sería ni fácil ni rápido. Es lo que demuestra el libro "Los conventillos de Valparaíso, 1880-1920: Fisonomía y percepción de una vivienda popular urbana" (Ediciones Universitarias de Valparaíso, $12.000), de la historiadora y académica de la U. Católica de Valparaíso Ximena Urbina. Volumen que acaba de ser reeditado gracias a un Fondo del Libro, y que revisa cómo vivían los porteños más pobres entre 1880 y 1920.

"La gran presión demográfica en Valparaíso a fines del siglo XIX y la escasa disponibilidad de terrenos planos hicieron que se buscaran nuevas formas de ocupar el espacio. Eso se conjugó con la especulación de propietarios e inversionistas quienes desplegaron tres tipos de ofertas: habilitaron las casas grandes que había, construyeron cuartos redondos a pie de cerro, y arrendaron a piso en los sitios disponibles", explica.

En los conventillos, cada familia vivía en una pieza que generalmente daba a la calle, a algún pasillo o a un patio en común. Sin embargo, los cuartos redondos no tenían ventana alguna, sino sólo una puerta. Y estaba el arriendo a piso , en que los propietarios cobraban un canon a quienes levantaban un rancho en sus terrenos.

"El lucro potenció al conventillo. La oportunidad (demanda de habitación) creó al especulador de la vivienda", revela Urbina. Los medios de comunicación de la época no mencionan los apellidos de los dueños de "mataderos humanos" por ser vecinos ilustres, a pesar de que algunos poseían una veintena de ellos. Había conventillos desde siete hasta 200 habitaciones, que albergaban desde 20 a 500 personas.

El censo de 1885 apunta 11 mil casas, 10 mil cuartos redondos o piezas de conventillos y 600 ranchos en Valparaíso: 16 mil personas vivían en 430 conventillos.

La cifra se quintuplicó en 30 años: en 1916 existían 2.347 conventillos. Se concentraban en el Barrio Puerto, en torno a la Plaza Echaurren y La Matriz; el sector de pie de cerro entre la avenida Francia y la plaza Victoria, y el pie de cerro de la avenida Argentina, en el Almendral.

"La pendiente porteña impedía que la gente construyese su rancho en altura, por falta de acceso y de agua. Cuando se habilitaron los ascensores y las escaleras y cuando se canalizaron las aguas, los habitantes fueron saliendo de los conventillos para pasar a poblar y autoconstruir en los cerros", aclara la investigadora. Lentamente se fueron convirtiendo en cités; es decir, en construcciones diseñadas como vivienda colectiva.

Pero Urbina no se queda en lo histórico. Además de elaborar un detallado mapa de los conventillos en el puerto, establece sus tipologías de construcción y la sociabilidad que se desarrolló en ellos.

"El conventillo era visto como un problema físico y moral, como el origen de los males de la ciudad: las enfermedades y la inmoralidad, como la prostitución y el alcoholismo. Como eran vecinos de las casas 'decentes', el resto temía la contaminación física y moral de la pobreza. Para los habitantes de conventillos, la pobreza era connatural con habitar este tipo de viviendas. No les quedaba otra opción", cierra.

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