lunes, 16 de enero de 2012

El renacer del archipiélago Juan Fernández



Primero, el terremoto y luego el accidente aéreo: dos hechos que le hicieron un flaco favor al turismo del archipiélago. Pero sus aguerridos habitantes no bajan los brazos y, a punta de nuevos proyectos y de sus indiscutibles atractivos, Juan Fernández se pone de pie.
por Francisco Pardo Urrejola

AVER, ¿QUIEN TIENE MIEDO?", pregunta Nicolás Vidal, el piloto del avión privado que nos llevará al archipiélago Juan Fernández en un trayecto que dura poco menos de dos horas (670 km desde el continente). Los pasajeros nos miramos, como entre extrañados y curiosos, y a nuestras cabezas vuelan los titulares sobre el accidente del avión de la Fach en septiembre pasado. "Bueno, quiero que sepan que yo no soy ningún kamikaze, y que tengo hijos y una nieta, así es que jamás me subiría a un avión del que no sepa que aterrizará sin problemas", continúa Nicolás, "y con la cantidad de combustible que cargamos podríamos ir y volver y luego volar hasta Buenos Aires si así lo quisiéramos", y luego se extiende sobre otros datos para que no quepa duda: el accidente aéreo de la Fach fue la suma de factores que nunca se dan (materia de investigación) y que volar hasta el archipiélago es una forma segura y rápida (aunque no económica) de arribar a uno de los sitios con mayor mística y belleza escénica del país.

El archipiélago lo componen las islas Robinson Crusoe -la principal-, Alejandro Selkirk y el islote Santa Clara. Y el aeródromo se ubica en un extremo de Crusoe, desde donde hay que descender hasta el embarcadero de la bahía Tres Padres para subirse a la lancha que, tras una hora y media de navegación, nos dejará en el muelle de la bahía Cumberland, donde está el poblado de San Juan Bautista.
Entonces, uno baja hacia el muelle a través de un paisaje technicolor con tonalidades saturadas frente a tanto azul, luz, cielo y mar. Y al lado del muelle, una colonia de curiosos lobos marinos nos saluda mientras subimos a la lancha y navegamos cerca de la costa sin playas y de dramáticos acantilados, tan típicos de la geografía del archipiélago.

Los pescadores cuentan historias durante el trayecto. Del tsunami, del accidente, de tesoros escondidos y tozudos buscadores de los mismos. De los mayas (y algunos peces voladores salen disparados del agua en ese momento). Porque se supone que este lugar es una pieza clave en el fin de era que esta civilización planteó para diciembre. Y que incluso hay un gran monolito, tallado en una enorme roca volcánica, en la punta de uno de los cerros más altos, que muestra una serpiente con un jaguar, descubierta por un "arqueólogo" llamado Jim Turner. Y se supone, también, que el monumento está alineado perfectamente hacia el punto exacto donde ocurrirá el eclipse total de sol de este año (y otro pez volador).

La llegada a bahía Cumberland permite, por un lado, sorprenderse con la cantidad de flora de esta isla, que, tal vez, uno erradamente imagina más desértica, y por otro, lado imaginar el tsunami y cómo arrasó con parte del poblado. Y ahí están los vestigios de ese día, escaleras de jardines que conducen al fantasma de una casa, náufragos pisos de azulejos llenos de saltamontes; las nuevas construcciones de madera que reemplazaron a las que no están.
Las sonrisas siguen ahí y ese espíritu aguerrido que caracteriza a sus habitantes. Por eso es que la palabra "proyecto" es una de las más oídas. Y si este reportaje tiene alguna intención es el de expresarle, estimado lector, que el archipiélago se encuentra en óptimas condiciones para recibirlo, en alojamientos como los de Marcelo Rossi, quien esa noche del 27 de febrero perdió su tienda de buceo y lodge, pero ahora es un ejemplo de este renacer de Juan Fernández ($ 60.000 pensión completa,
www.islarobinsoncrusoe.cl); Rudy Aravena ($ 25.000 dos personas,
www.larobinsonoceanic.cl) y varios otros.
En restaurantes como el Petit, donde se puede probar la famosa langosta, empanaditas de cangrejos o ceviche de vidriola con palta, mientras se bebe una muy buena cerveza local llamada Insular, o derechamente en lugares más exclusivos y con excelente servicio e instalaciones -diseñadas por Matías Klotz-, como el Crusoe Island Lodge (www.crusoeislandlodge.com). Este último, muy recomendado si la idea es olvidarse de todo.

Pero son las excursiones las que permiten apreciar la belleza de este punto perdido en el Pacífico. Cabalgatas, trekkings y buceo son las actividades. Y es así como nos dirigimos al "rebaje de la piña", un paseo que comienza en el poblado, donde se toma una lancha durante media hora en dirección a Puerto Francés. Y ahí, otro vestigio del tsunami, otros cimientos sin casa. Rosa María Recabarren, nuestra guía, casualmente estuvo en ese lugar aquella noche y su dramático relato, contado como si se hablara del clima, habla del mar entrando por la cabaña y carpas flotando. Y luego sonríe, como si nada, y se encoge de hombros y aprieta el paso para que la sigamos durante un par de horas por paisajes de pastizales y bosques de luma y antiguos naranjillos -especie endémica-, que le dan un aire de cuento al recorrido, hasta que llegamos a un mirador que simplemente quita el aliento.

Un par de horas más tarde, bajamos de los cerros y nos metemos al mar para disfrutar de la fauna submarina en un lugar llamado Salsipuedes, donde un amigo de Felipe Camiroaga se sumerge para dejar amarrada la boina que usaba el animador en las rocas, mientras cientos, miles de peces multicolores se hacen los desentendidos y los lobos miran la escena curiosos. Nosotros, ya fuera del agua y con una copa de vino en la mano, disfrutamos del atardecer, de los contrastes en el paisaje y de una breca (pescado de carne blanca) a la cúrcuma, preparada sobre el bote como el mejor final para esta aventura.


Guía


como llegar
El principal obstáculo para conocer el archipiélago es la conectividad. Y hay dos opciones. La primera es mediante vuelos privados operados por dos empresas, Lassa (tel. 273 5209) y ATA (tel. 275 0363). Ambas con dos vuelos semanales y el pasaje tiene un valor de $ 550.000 ( incluye lancha hasta el poblado de San Juan Bautista). La otra alternativa es viajar en la barcaza de la Armada. Aún no está definida la fecha, pero según la Gobernación, habría un viaje en el mes de febrero.
El valor es de $ 20.000 y tiene una duración de 36 horas.
Más información en www.gobernacionvalparaiso.gov.cl (luego pinchar en "gobernación en terreno" y "Juan Fernández").


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