sábado, 17 de septiembre de 2011

Juan Fernández El Archipiélago abandonado

sábado 17 de septiembre de 2011



La tragedia aérea del Casa 212 desnudó las frágiles condiciones en que viven los habitantes de Robinson Crusoe. Asolados por otros accidentes, varios naufragios y el maremoto de 2010, los isleños reclaman por la mayor tragedia de su historia: el olvido.

Por Sabine Drysdale, desde Robinson Crusoe | Fotos José Alvújar




María Eugenia Beéche, con la ayuda de un bastón, y seguida por Timón, su perro salchicha, café, recorre lo que queda del cementerio de Bahía Cumberland, en la Isla Robinson Crusoe, Archipiélago Juan Fernández, Quinta Región, a más de 600 kilómetros de mar furioso desde Valparaíso, a donde llegó a vivir hace más de 50 años buscando un tesoro que aún no encuentra. Cae una lluvia suave sobre las calas blancas, los lirios celestes, las caléndulas amarillas que aquí crecen como si fueran maleza entre los trozos quebrados de mármol que, antes del maremoto del 27 de febrero de 2010, eran las lápidas y las tumbas de los muertos de este lugar. Ella tiene más de 70 años, el pelo corto, rubio, el dedo índice tatuado, usa botas de goma con dibujos de calaveras, y mientras camina por esta tierra húmeda, donde quiere que la entierren, repite:

-Vivir aquí es realmente una aventura. Esta es la isla de la fantasía y la aventura. No sabes si vas a llegar con vida. Si te salvaste de la pista de aterrizaje -una calle pavimentada entre dos acantilados sobre una meseta al otro lado de la isla, sin luces ni torre de control- a ver si te salvas después de atravesar este mar durante dos horas en un bote para llegar al pueblo, porque ni siquiera son lanchas cubiertas.

Apunta su bastón hacia el horizonte y dice:

-Esta no es más que una caleta olvidada de Valparaíso.

Hasta que sucedió el accidente que los sacó del olvido.

Ese avión Casa 212 de la FACh -que transportaba hacia la isla al equipo del programa de TVN Buenos Días a Todos, funcionarios del Consejo de la Cultura y al equipo de Desafío Chile, liderado por el empresario y navegante Felipe Cubillos, en total 21 pasajeros, en una misión de reconstrucción tras el maremoto- se estrelló en el mar este viernes 2 de septiembre sin dejar sobrevivientes.

Desde entonces, los 629 habitantes de Juan Fernández, 364 hombres y 265 mujeres, se han visto invadidos por cientos de periodistas, camarógrafos, marinos, aviadores, fragatas, helicópteros, autoridades, incluyendo al comandante en jefe de la FACh, Jorge Rojas; al ministro de Defensa, Andrés Allamand, y al propio Presidente Sebastián Piñera.

-Hace unos años se perdió un avión en el mar con isleños, guaguas recién nacidas. Se mataron todos, pero de eso nadie sabe. Pero de estos 21 se van a acordar durante años -asegura Beéche, y ahora señala con el bastón hacia la punta de la isla.

-Acá, a esa punta le llamamos "la punta del olvido". Todos los que vienen, prometen y cuando se van en el bote, al doblar por ahí, dicen chao y se olvidan de todo.

Felipe Cubillos había roto ese estigma.

-Aquí lo querían mucho y es raro que aquí quieran tanto a un "plástico" -dice usando el término que utilizan los isleños para referirse a los continentales por todo el plástico que traen a la isla en sus visitas-. Todas estas cosas las hizo él, se metió con la gente, les prometió y cumplió.



Desde el cementerio se ve el camino nuevo del borde costero con bancas, juegos infantiles, máquinas para hacer ejercicio, todo construido por Desafío Chile, junto con la plaza de Armas y su mosaico con la rosa de los vientos en el suelo, los locales comerciales, las casas, las embarcaciones que Cubillos iba a inaugurar en esta visita que no fue.

María Eugenia Beéche esperaba con ansias su llegada. Le iba a entregar la llave de su nueva hostería a la que piensa bautizar como "El punto del navegante". La anterior, "Aldea Robinson Crusoe", donde el mismo Cubillos había veraneado en su infancia junto a su padre, el ex ministro Hernán Cubillos, se la llevó el mar, y junto con ella, a la mujer que cuidaba el jardín, a sus cuatro perros y todos sus recuerdos.

Esa madrugada de febrero de 2010 despertó con los gritos de su hija y el agua adentro de su casa.

-Al mar yo le vi una cara negra, inmensa, que me decía "vengo a recuperar todo lo mío". Y yo le respondí, "llévate todo lo que querái, jetón, pero menos a mis hijas y a mí. Llévate todo lo material". Y se lo llevó, langueteó hasta el árbol que había plantado mi madre.

Hace un tiempo, María Eugenia entró en un estado depresivo del que se está recuperando. Pensó matarse. El maremoto la dejó convertida en una mujer sin historia. Felipe Cubillos venía a intentar reconstruirla.

En Juan Fernández, archipiélago de pescadores de langosta, breca, vidriola y cangrejo dorado, no nacen niños. Las mujeres embarazadas deben viajar al continente a parir, porque no hay hospital, sino que una posta que ni siquiera está equipada para operar un apéndice. En ese caso se monta un operativo de evacuación. Apenas hay unas pocas calles pavimentadas, y cuando llueve, la isla se transforma en un barrial.

El viernes de la tragedia aérea, Julia Chamorro, la dueña de la hostería "El mirador de Selkirk", estaba esperando con la mesa puesta, un ceviche de vidriola y una bandeja de leche asada, a la piloto de la FACh, Carolina Fernández, que se supone iba piloteando la nave siniestrada.

-Pero lamentablemente no llegó -dice, incapaz de contener las lágrimas-. Esto es muy triste, otra vez estamos golpeados. Primero el maremoto y ahora esto. Todavía nos estábamos recuperando. Me cuesta creer lo que estamos viviendo.




Y repite lo que todos dicen en esta isla:

-Casi no sabían que existíamos, tuvo que pasar esto para que nos tomaran en cuenta. Esto estaba muy, pero muy abandonado.

Aquí no hay cultivos agrícolas, ni más animales que unas cuantas gallinas y chivos. La tierra es agreste y gran parte del territorio es un Parque Nacional protegido. Por eso no hay camino que una la pista de aterrizaje con el pueblo.

Julia Chamorro tiene que pedir su mercadería, que llega en la barcaza Antonio, una vez al mes al supermercado Líder. Un quintal de harina, 40 kilos de papas, dos mallas de 20 kilos de cebollas, 10 kilos de tomates.

-¿Verduras? Hasta que duren no más. Yo encargo seis lechugas, porque más no van a durar.

Hace unos años los víveres llegaban tres a cuatro veces al año. En varias ocasiones tuvo que sacar un plato de comida de la nada. El pan lo hacían con tallarines remojados con que se hacía una pasta a la que se le agregaba levadura y se horneaba. O pan de pescado. Pescado molido mezclado con huevo y horneado. A los niños les faltaba la leche.



En Juan Fernández la señal de celular es inestable y el clima impredecible. En un día cambia cuatro a siete veces, hace calor, luego llueve, llega el viento. En caso de incendio, no hay bomberos, sino que acude el pueblo completo a apagarlo, y en el único muelle sólo pueden atracar botes pequeños.

Frente a ese muelle conversan bajo la lluvia unos pescadores que acaban de llegar de las labores de búsqueda de los cuerpos. Lo que han visto en el mar ha sido perturbador. Sergio Ruz Bustamante dice que está triste. Que estas personas que murieron habían hecho algo concreto por la isla.

-¿Sabís la talla de por qué se hizo ese muelle nuevo? -le pregunta a María Eugenia Beéche.

-No.

-Vino un ex Presidente. El Lagos. Hacen años. Antes de candidatearse, cuando era ministro. Vino al muelle viejo que estaba para la escoba, en el que había que andar con cuidadito, ¿te acordái? y justo el gallo saltó y metió la pierna hasta aquí -dice, mostrando la rodilla-. Y nosotros, la ignorancia más grande, nos largamos a reir. En seis meses ya estaban haciendo el muelle.

En estos días, tras el accidente del avión de la FACh, también apareció un nuevo avance para los isleños. Por la presión de los periodistas que copan la isla, Entel abrió una segunda señal para celulares. La primera la opera Movistar, que era la única compañía de telefonía que funcionaba aquí. También se rumorea que le van a poner luces a la pista de aterrizaje.

Sergio Ruz se enoja cuando María Eugenia le comenta que en el continente dicen que esta isla está maldita.

-Es como si nosotros dijéramos que el continente está maldito por que hubo un terremoto. ¿Escuchaste de un avión que se fue a pique en Colombia? También estarán malditos. Y lo que pasó en Japón. Esos si que están recontra malditos.

LOS MIEDOS

Tras terminar su jornada como directora de la posta de Juan Fernández, la dentista Mónica Quevedo se sube a su moto de cuatro ruedas y se detiene en un restaurante frente a la iglesia. Pide una Coca Cola. Llegó hace unos 12 años a la isla en un operativo médico, conoció a quien es su actual marido y se quedó. Estaban celebrando su cumpleaños cuando recibió la noticia del accidente aéreo. Inmediatamente partió a la posta a esperar posibles sobrevivientes. Hizo lo mismo el sábado. El domingo se quedó en su casa esperando instrucciones que nunca llegaron.

-Este accidente nos hace repensar en la vulnerabilidad del lugar en que vivimos y el riesgo de que nos pudo haber pasado a nosotros, a nuestras familias. Constantemente hacemos esa ruta con esos aviones. Estábamos muy sensibles y ahora volvimos a sentir esa fragilidad.

A ella misma le ha costado superar el trauma del maremoto.

-Siento miedo de la nada -dice, bajando la voz-. Se me gatilla cuando estoy cansada o con alguna preocupación.

Esa madrugada del maremoto estaba durmiendo en su casa con su marido y sus dos hijos pequeños cuando los despertó el gong. Pensaron que era un incendio, pero vieron que el mar se estaba llevando sus motos. Trataron de arrancar en la camioneta, pero llegó la ola.

-Era una columna de 15 metros que venía avanzando. Yo la vi.

La fuerza del agua la sacó de la camioneta y no pudo evitar soltar a su hija. Se quedó con su pijama en la mano y durante las dos horas que estuvo en medio del mar, encima de un techo, pensó que la había perdido. Pero su marido había logrado salvarla. Los días siguientes no fueron alentadores. Tuvo que reconocer cadáveres por sus dientes. Terminó con licencia y se fue al continente durante seis meses. Pero volvió.

-Con mi marido pudimos haber elegido no volver, pero sentíamos que teníamos que recuperarnos emocionalmente acá -dice.



Los isleños son menos extrovertidos que en el continente, quizás por el mismo hecho de que son pocos, que todos se conocen, que muchos son parientes, que no tienen cómo aislarse ni hacia dónde escapar.

-Tienen historias turbias. Es una comunidad chica y están todos emparentados y hay crímenes no resueltos. Hace unos cuatro o cinco años a un chico lo asesinaron y apareció una semana después flotando en el mar camino al aeropuerto. Las teorías son horrendas -dice Héctor Campos, ex militante del MIR, que llegó a esta isla a fines de los 80, tras haber sido torturado. Su caso está consignado en el Informe Rettig. Se terminó quedando. Desde entonces se dedica a la construcción. Ahora trabajaba con Desafío Chile.

-Los isleños tienen doble faceta. Son como el clima: variable. Así es la gente acá, parca, fría y oportunista, porque son pescadores. Con los turistas que vienen por pocos días, es todo maravilloso, pero si planteas quedarte acá es otra historia, porque te conviertes en su competencia. Te vas a venir a respirar su aire, a comer sus pescaditos, a ocupar su espacio físico. Se siente inevitablemente como pasan del compañerito, del buena onda al desgraciado muy rápido.

Héctor Campos ha tenido conflictos con los isleños, pero dice que, tarde o temprano, es inevitable la reconciliación.

-Al final terminas abrazándote con tu enemigo, porque no te queda otra. Te lo vas a encontrar todos los días en la calle.




María Eugenia camina lento con su perro salchicha por la calle Lord Anson, cerro arriba, hasta la casa donde vive, una casa pequeña, de subsidio, que le dio el Gobierno, sin vista al mar. En las paredes cuelgan algunos cuadros de su madre, la pintora y escritora Blanca Luz Brum, los que logró recuperar entre los escombros que dejó el maremoto. Eso y un candelabro y unas pocas fotos. El resto se lo llevó el agua o se lo robaron.

-La gente aquí es muy buena, pero también hay envidia, mucho celo. El día que buscábamos cadáveres, detrás mío había personas con carretillas robándome cosas. Hasta las cañerías de cobre me las robaron. Aquí conozco a todo el mundo. Ese candelabro de plata que me regalaron cuando me casé, estaba en la casa de un gallo, tuve que ir a buscarlo. Acuérdate que esta isla fue un presidio de asesinos y de ese gen, algo tiene que quedar.

El archipiélago ha sido siete veces usado como colonia penal en su historia.

María Eugenia prepara una vidriola al horno con cebollines. Se sirve un vaso de whisky y recuerda su infancia en esta isla cazando zorzales, escalando, pescando. Los viajes en yate. Las visitas de Hernán Cubillos, el fundador de la regata de las mil millas que llegaba hasta Juan Fernández.

-Felipe vino como a los nueve años. Vivían en mi casa y después íbamos a nadar donde justo se mató ahora, en Villagra. Salíamos en el yate con Hernán, y cuando íbamos por el Verdugo me decía, "María Eugenia, son las 12, cocktail time" y sacaba un gin con tónica. Y todos al agua a bañarse entre los lobos marinos.

La última vez que vio a Felipe Cubillos hablaron de resucitar esa regata, en recuerdo de los yatistas más viejos.

María Eugenia sirve pescado para el almuerzo. Cuenta los años que ha dedicado a buscar el tesoro de monedas de oro que el marino inglés Cornelius Webb habría enterrado acá. Lo buscó durante años con la ayuda de su suegro, Luis Cousiño, y, tras su muerte, con el magnate norteamericano Bernard Keiser.

-Si lo encontramos va a cambiar la historia de toda esta isla.

-¿Necesita esta isla que le cambien la historia?

Bebe un sorbo de whisky.

-Yo creo que sí. Hemos descubierto cosas tan increíbles como una puerta secreta que tiene el timbre de los templarios. ¿Qué hacen los templarios acá? Si encontramos el santo grial, obvio que va a cambiarnos la historia -dice-. Pero si abrimos la boca como la estoy abriendo ahora, van a decir que estamos todos locos.

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