domingo, 3 de abril de 2011

Cazador de dinosaurios



31/03/2011

ACTUALIDAD

El paleontólogo David Rubilar (36) acaba de publicar su descubrimiento estrella: el Atacamatitan chilensis, el primer titanosaurio nacional. Ahora que agregó una especie al catálogo mundial, toda su vida tiene sentido: en su escuela lo llamaban "Dino" y pasaba más tiempo mirando lagartijas que jugando con otros niños.

Por Ana María Sanhueza
anamaria.sanhueza@quepasa.cl

Fotografía: Mabel Maldonado
El dato de los geólogos no podía defraudarlos: el informe decía que en ese sector del desierto de Atacama, había rocas de origen continental que tenían la edad de los dinosaurios, por lo que perfectamente pudieron haber vivido allí. Lo mejor de todo era que el material se había erosionado, por lo que las expectativas de que esta pequeña expedición científica tuviera éxito aumentaban minuto a minuto.

Era el año 2000. Un grupo de cuatro científicos caminaba bajo el sol. Entre ellos estaba un joven recién egresado de Biología de la Universidad de Chile, David Rubilar, en ese entonces de 25 años. Estaba allí como voluntario y ésta era la primera expedición importante que se hacía en Chile en la que él participaba.

Y tuvo suerte. El equipo no llevaba ni diez minutos de su excursión, cuando a lo lejos divisó una masa color café claro que estaba sobre la arena, como si alguien la hubiese puesto allí, especialmente para que ellos la encontraran. "¡Aquí hay un hueso!", gritó de pronto uno de los paleontólogos.

El hueso resultó nada menos que un inmenso fémur de más de un metro de largo. Su gran tamaño lo convertía al instante en sospechoso: tenía que ser de un dinosaurio.

Rubilar quedó paralizado. Su corazón se le aceleró a full. Nadie sabía en ese grupo, que lideraban expertos de Chile y Brasil, que se había preparado toda su vida para ese momento. Por su cabeza giraba de golpe su historia completa. Se le aparecía su propia figura, la de un niño de 11 años que en 1986 entró por primera vez al Museo Nacional de Historia Natural de Quinta Normal, con una bolsa de dinosaurios de plástico en una mano y un ejemplar de Icarito, titulado "Toda la prehistoria de una sola vez", en la otra.

Y desfilaban interrogantes. Muchas.

"En ese instante, a uno se le pasan mil preguntas por la cabeza...Tratas de identificar el hueso, ver si el dinosaurio es carnívoro o herbívoro, si es conocido o no. Pero hay algo que es también muy importante: mirar de inmediato alrededor, porque puede que haya más huesos esparcidos y estés pisando uno".

Tal cual. Junto al enorme fémur, también hallaron el húmero, dos vértebras de la cola y dos vértebras dorsales, una costilla y una placa esternal. "Fue increíble. Estaban allí hacía más de 100 millones de años y nadie los había visto. ¡Fuimos los primeros!", agrega.

Diez años después, esos huesos tienen nombre y apellido: Atacamatitan chilensis, el primer titanosaurio nacional, que pertenece a la familia de dinosaurios herbívoros y de cola y cuello largos, y que acaba de ser reconocido el pasado 16 de marzo por la revista Anais da Academia Brasileira de Ciências.

No es todo. Las piezas fueron material de la tesis doctoral de biología evolutiva de Rubilar, con la que se convirtió en un reconocido paleontólogo. Una profesión a la que, curiosamente, llegó más gracias a Dios que a la ciencia.

"En ese instante, a uno se le pasan mil preguntas por la cabeza...Tratas de identificar el hueso, ver si el dinosaurio es carnívoro o herbívoro, si es conocido o no. Pero hay algo que es también muy importante: mirar de inmediato alrededor, porque puede que haya más huesos esparcidos y estés pisando uno".La explicación está en la prehistoria del propio Rubilar.

El factor Jimmy Swaggart
Son los años '80, y en la casa de la familia Rubilar, en Santiago, se acaba de desocupar un dormitorio.

El padre es un transportista evangélico, muy apegado al templo y al pastor del sector. La madre, peluquera y dueña de casa. Es ella quien mejor entiende a David, el menor de tres hermanas y un niño silencioso y de pocos amigos que se dedica, obsesivamente, a observar y perseguir lagartijas en el patio.

En su escuela fiscal, y también en el barrio, los niños le han puesto un sobrenombre: "Dino". Lo encuentran curioso, raro. Un ratón de biblioteca que, a escondidas, recorta las enciclopedias de sus padres y sus tíos y pega las figuras paleontológicas en un cuaderno en el que guarda todos sus apuntes. Uno de sus juguetes favoritos es un pequeño fósil de un bivalvo que llegó a sus manos gracias a un cuñado.

En ese tiempo, era difícil tener material de dinosaurios. Sólo lo acompañaba el libro Historia de los vertebrados. Lo llevaba a todas partes. También, memorizaba un documental alemán sobre paleontología que había visto por televisión (abierta, por supuesto) y que lo dejó boquiabierto. "Estamos hablando de la época pre Jurassic Park, porque después de la película hubo un renacimiento de libros, revistas y figuras de dinosaurios cada vez más espectaculares. Pero antes no había casi nada", cuenta Rubilar.

Fue una tarde cuando su padre le avisa que ese dormitorio que está libre, quiere transformarlo en un club deportivo para que jueguen él y los niños del barrio. Pensaba que era la única manera de que su hijo sociabilizara.

Pero no había caso. David nunca jugó a los autitos ni a la pelota, sino a los dinosaurios. Tampoco quiso ser carabinero ni futbolista ni doctor ni Presidente de la República. Sólo quería buscar dinosaurios. Por eso, no dudó en su respuesta: "Papá. Prefiero que esa pieza sea mi laboratorio".

Las cosas no eran fáciles para nadie. Al padre le llamaba la atención el carácter de su hijo. Y le parecían preocupantes sus obsesiones. ¿De dónde habría sacado esas ideas? ¿Por qué mejor no jugaba fútbol? ¿Por qué pasaba horas con ese fósil? ¿Por qué en vez de coleccionar bolitas tenía dinosaurios? ¿De qué viviría cuando grande si seguía así? Por eso, lo llevaba constantemente al templo evangélico para ver si lo convencían. Pero nada. Fue peor. El efecto fue el contrario.

"Recuerdo que apenas me regalaron el fósil, se lo llevé al pastor de mi iglesia para ver qué opinaba: él me contó la historia del diluvio universal y el arca de Noé. Y esa teoría no puede estar más lejos de los fósiles y los dinosaurios", recuerda el paleontólogo.

Por ese tiempo, la única forma que David encontró de entender a los dinosaurios, eran las lagartijas. "Lo que más me llamó la atención de ellas siendo niño, era que la actividad metabólica de las lagartijas iba en función de su temperatura ambiental. Luego comprendí que todos los reptiles dependen de eso para su movilidad y funcionamiento. Cuando hace mucho calor las vas a encontrar con movilidad, y cuando hace mucho frío, se aletargan. Eso dio pie para que yo especulara que los dinosaurios se extinguieron por un cambio climático".

Fotografía: Mabel Maldonado
David Rubilar es desde el 2009 jefe de Paleontología del Museo Nacional de Historia Natural. Atrás, una reproducción del Atacamatitan chilensis.
Hasta ese momento, David no tenía la menor idea de que lo que a él tanto le gustaba, se llamaba Paleontología. Y que era una carrera que se podía estudiar tal como otros lo hacían con Derecho, Ingeniería o Pedagogía. Ese descubrimiento lo hizo un fin de semana de 1986, el mismo día en el que el entonces mundialmente conocido pastor evangélico norteamericano Jimmy Swaggart, famoso por su programa de televisión que en Chile se transmitía los sábados por la mañana, predicaría en el Estadio Nacional, en Santiago.

Esa tarde, su padre se propuso llevarlo a escuchar a Swaggart. Pero David se resistió. Allí estaba su madre para "salvarlo", la única de la casa que lo ayudaba a conseguir los escasos libros de dinosaurios que había en la época.

En eso estaban, en que si David iba o no a la prédica, cuando ella ofrece una alternativa: "¿Y si lo llevo al Museo de Historia Natural?".

A David se le iluminó la cara. Y esa tarde, mientras caminaba por el museo y se cuestionaba quién había puesto tantos fósiles en una vitrina, se enteró de algo que cambiaría su vida. "Señor: ¿usted sabe quién estudia los dinosaurios?", preguntó sorpresivamente a un guardia. "Los paleontólogos. Y el martes están en su oficina", le contestó.

"Esa noche no dormí. Con esa revelación se me abrieron los cielos. Fue lo máximo para mí. A partir de ese día, me focalicé en lo que quería ser: paleontólogo".

El martes, dos días después, David entraba al museo de la mano de su madre.

Allí se entrevistó con una experta: Patricia Salinas, la primera paleontóloga de vertebrados chilena. Era la jefa de Paleontología del mueso.

"Llegué con un bolso lleno de libros, entre ellos mi Icarito y mi cuaderno con recortes. También con mis dinosaurios de plástico y mi fósil", recuerda David.

De allí, Rubilar no sólo salió con la certeza de lo que estudiaría cuando grande en la universidad. También se ganó un cupo en las Juventudes Científicas del museo, donde por años fue el único escolar de enseñanza básica entre quinceañeros y, de seguro, el más preguntón.

El mundo en una cavidad
Apenas encontraron los restos del dinosaurio en Atacama, David Rubilar junto al brasileño Alexander Kellner y los paleontólogos Alexander Vargas de la Universidad de Chile, y Mario Suárez del Museo Paleontológico de Caldera, le tomaron las medidas y vieron la orientación en la que estaban ubicados. "Eso lo hicimos para determinar cómo fue arrastrado el animal, porque allí seguramente antes hubo ríos", explica.

Esa tarde, su padre se propuso llevarlo a escuchar al pastor Jimmy Swaggart. Pero su madre lo "salvó": "¿Y si lo llevo al Museo de Historia Natural?".Lo segundo fue tomar los datos, fotografiar las piezas y hacer un sarcófago de yeso para que los huesos llegaran protegidos al laboratorio en Santiago.

Si sacar el yeso con un minúsculo taladro puede durar años, más todavía puede prolongarse descubrir que se trataba de una especie única y chilena. Y otros tantos más para que paleontólogos de distintos países hicieran el trabajo de comparación y validaran la investigación de Rubilar, quien finalmente probó que el hallazgo era genuino en su tesis doctoral "Evolución de los Titanosaurios en Chile", que realizó becado por Conicyt.

En total, pasaron más de 10 años para que el descubrimiento se hiciera público el pasado 16 de marzo. Y hoy, el Atacamatitan chilensis es una vedette internacional: por estos días Rubilar está dando charlas en la Universidad de Heidelberg, en Alemania, sobre el nuevo dinosaurio, el que se suma a los aproximadamente 300 géneros descritos hasta ahora.

Antes del Atacamatitan, Chile se había destacado por pocos aunque importantes descubrimientos. Pero ninguno como éste: los peces jurásicos y el cocodrilo marino de Antofagasta; las huellas de dinosaurio en las Termas del Flaco en la Sexta Región; un mono en Tinguiririca, llamado Chilecebus carrascoensis -acreditado por una prestigiosa revista científica de NuevaYork- y, en septiembre del 2010, el que hasta ahora era el más relevante: el Pelagornis chilensis. Un ave prehistórica que al estirar sus alas mide más de cinco metros de largo y que fue donada por un coleccionista alemán: su fósil había sido comercializado ilegalmente en Bahía Inglesa. En su identificación, también trabajó Rubilar. "Era la primera vez en el mundo que se preservaba un esqueleto completo. Sólo le faltaba una mano y su pluma", detalla.

Pero nada como el Atacamatitan chilensis, que medía unos 10 metros de altura. Era muy parecido a los que habitaban en Argentina, donde los hallazgos son habituales, pero éste tenía algo distinto y único que lo hacía chileno.

La primera pista la dio la delgadez del fémur. "Era demasiado esbelto para un animal del mismo tamaño". La segunda se encontró cuando se analizaban las vértebras dorsales: "Ahí nos dimos cuenta que como característica, todas las vértebras de la espalda tenían una forma de cono, una cavidad lateral".

Fue en ese momento de 2008, con ese detalle, que Rubilar se dio cuenta de que estaba frente a un verdadero descubrimiento. Y que, en su caso, haber perseguido durante años las lagartijas de su patio, había sido clave para su futuro. Un año después, en 2009, fue nombrado como jefe de Paleontología del Museo Nacional de Historia Natural y hoy ocupa la misma oficina llena de fósiles que visitó en 1986, cuando tenía 11 años, de la mano de su mamá.

"De aquí en adelante, cada paleontólogo que encuentre un dinosaurio, va a tener que sumar el Atacamatitan chilensis en su comparación", dice Rubilar, satisfecho. "Y si sus vértebras son cónicas, alguien tendrá que decir: mira, hay una especie chilena que es igual".

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