domingo, 26 de febrero de 2012









Lo sabroso de La Chimba

La palabra en quechua significa "de la otra banda" y en tiempos de la Conquista designaba el lugar, al norte del Mapocho, donde estaban las chacras.

Texto, Pablo Andulce Troncoso 
Fotografías, José Luis Rissetti  


El reguetón en los parlantes se interrumpe por unos minutos para que un hombre anuncie: "Después de Dios está La Vega. Se lo recuerda Donde Monchito, frutas y verduras frescas". A pesar de las ganancias fluctuantes y de las jornadas duras que comienzan de madrugada, la mayoría de la gente que vende, carga o limpia en estos corredores le daría la razón a Monchito. Especialmente los que llegaron siendo niños y recibieron el oficio de sus padres, porque lo que se da en estas nueve hectáreas y media no es sólo comercio de casi todos los tipos posibles. Se trata más bien de la única forma de vida que conocen y les gusta llevar.

La Vega Central, La Vega Chica, El Baratillo, el Mercado Tirso de Molina y La Pérgola Santa María conservan aún el carácter popular que tiene desde sus orígenes el lugar en que se insertan. Ahí se palpan los vestigios más nítidos de un vasto sector rural que abastecía a la ciudad con frutas y hortalizas desde su fundación, y que el progreso urbano ha ido diluyendo. La Chimba -que en quechua significa "de la otra banda"- fue el nombre que se le dio en tiempos de la Conquista al arrabal que se formaba en la ribera norte del río Mapocho, cuya población era descrita por los cronistas como "sin costumbres ni ocupación".

Desde el principio de la colonización española, esta extensa zona -que hoy incluiría porciones de las comunas de Independencia, Santiago y Recoleta- recibió un uso agrícola y se convirtió en refugio para indígenas y mestizos que debían trabajar la tierra y no eran bien recibidos en la ciudad que nacía al otro lado del río. Con la construcción de los Tajamares -en el siglo XVII- experimentó un discreto crecimiento demográfico que se intensificó con la llegada del comercio. A mediados del siglo XIX los habitantes de Santiago ya hablaban de "La Vega del Mapocho" para referirse al lugar, a la entrada de La Chimba, donde se comercializaban los productos que venían de las chacras de más al norte. Los galpones precarios en que se instaló tras la canalización del río dieron paso en 1895 a una estructura más sólida y amplia, mucho más cercana a la que conocemos ahora. Ésta se levantó gracias Agustín Gómez García, un empresario poderoso del sector, quien impulsó el proyecto de un gran mercado de abastos para Santiago.

Hoy los límites periféricos se han expandido y La Chimba, aunque no todo el mundo la reconoce así, es un barrio, tan urbano como cualquiera del Centro, comprendido entre las calles Independencia y Recoleta, el río hacia el sur y los cementerios al norte. Pero incluso con todos los cambios, por sus calles -especialmente las que están alrededor de La Vega- todavía se pueden ver personajes que se extinguieron en otras partes de Santiago. Gente como Ernesto Zapata, que lleva más de cuarenta años afilando cuchillos a los dueños de los puestos y las cocinerías.

Rodeado de especies y frutos secos, Franco Piccinini -dueño de "La Competencia", un local en El Baratillo- cuenta que su negocio existe al menos desde 1947, cuando su suegro lo inició con abarrotes. La posibilidad de encontrar de todo le parece la cualidad más importante del sector; la delincuencia es el gran problema: "Es cierto que ha disminuido desde que remodelaron Tirso de Molina y La Pérgola. Ahora hay más guardias vigilando. Nunca fue algo muy violento en todo caso. Acá lo que hay son lanzas baratos, de esos que roban cadenas, relojes o cámaras fotográficas. La sangre sale cuando pelean los curaditos", dice riendo, "ellos también son parte de la esencia del barrio y también se ven cada vez menos".

"En Chile seguimos preocupados del monumento, y si no hay uno cerca el área no tiene valor. Eso ya no es así, definitivamente. Aunque en La Chimba existen varios, más que la reconstrucción de una cáscara física, lo fundamental en el barrio son las formas de vida que se pierden. Eso es lo único contra lo que ningún plan de modernización debe atentar", advierte Antonino Pirozzi, arquitecto, académico y presidente del Centro Internacional para la Conservación del Patrimonio.

La Vega y sus alrededores pueden ser las postales más fieles del espíritu de La Chimba, pero no son las únicas. En las dos avenidas más grandes que la recorren quedan recordatorios imponentes de que la Iglesia Católica se instaló ahí tempranamente. La Recoleta Franciscana partió con una capilla modesta en un terreno que fue donado a la orden en 1643. Tras el terremoto de 1730 comenzó la construcción de una nueva obra que alcanzó su forma actual con la torre que le agregó Fermín Vivaceta en 1848. Veinticinco año después, el arquitecto Eusebio Chelli recibió el encargo de diseñar una réplica exacta de la Catedral de San Pablo Extramuros de Roma en un terreno cedido por la propia Inés de Suárez, cerca de la ladera poniente del cerro San Cristóbal. Los trabajos duraron treinta años, pero cuando se inauguró en 1882, la Recoleta Dominica se puso inmediatamente entre las iglesias más hermosas del país.

En Independencia también se encuentran edificios valiosos como el Monasterio de las Carmelitas Descalzas de San Rafael y la Cervecería Ebner, pero en términos de importancia histórica, la calle misma es fundamental. Cuando Pedro de Valdivia y sus hombres entraron al valle que sería Santiago, lo hicieron a través de uno de los Caminos del Inca. Éste, que entonces se llamaba Camino de Chile, posteriormente recibió otros nombres como "Cañada de la Chimba", "Camino Real de la Cañadilla", hasta que en 1817 el Ejército Libertador ingresó triunfante desde Chacabuco y pasó a ser la Avda. Independencia. Hoy la calle, al menos en la parte que pertenece a La Chimba, se caracteriza por el comercio de telas.

Mario González -vendedor de la clásica sastrería Monterrey desde hace 45 años- recuerda que no siempre fue así: "Harán unos diez años que se pusieron las telas. Antes había mueblerías, ferreterías, tintorerías y fábricas de sombreros". Al interior de la tienda, e incluso antes, durante su infancia, ha visto al barrio progresar, desde "los carros enganchados a la corriente" hasta el Transantiago. Lo que más extraña es la seguridad.

En los últimos años han surgido varias iniciativas para remodelar la zona de La Chimba. Algunas como las nuevas instalaciones del mercado Tirso de Molina y la Pérgola Santa María se han llevado a cabo y, gracias a una mejor iluminación y vigilancia han contribuido a la disminución de la delincuencia. La cocinería "Donde la Kery" quedó ubicada en las terrazas del segundo piso de Tirso de Molina. Su dueña, Lucila Díaz, admite que el aspecto más limpio del nuevo edificio atrae más gente, sobre todo turistas, pero aun así ve desventajas: "Ahora es agradable, pero cuando se acaba el buen tiempo estamos desprotegidos contra el viento y la lluvia". De problemas similares se queja Nury Gatica en la Pérgola: "Nadie puede negar que estéticamente ganamos mucho, pero funcionalmente esta construcción no es apta para nuestro negocio. Primero porque los muros cerrados no dejan ver que acá hay flores, y segundo porque sin techo se nos hielan en invierno y ahora se marchitan por el calor".

En los próximos meses deberían darse a conocer los alcances de un plan maestro encargado por las tres municipalidades al Observatorio de Ciudades de la Facultad de Arquitectura de Universidad Católica. La información entregada hasta ahora por autoridades y arquitectos indica que las mejoras comenzarán en pavimentos y veredas en torno a La Vega y por avenida La Paz, además de la remodelación de la Plaza Valenzuela. "En este tipo de intervenciones a gran escala se corre el riesgo de actuar sobre la masa arquitectónica, desconociendo los modos de funcionamiento del lugar. Una obra así no se consigue dentro de una oficina. Para los proyectistas esto supone meterse y empaparse de lo que ocurre ahí. Quienes trabajamos en el tema del patrimonio tenemos que ir un paso más allá de entenderlo, debemos lograr quererlo", explica Antonino Pirozzi. "Si a mí no me conmueve lo que le pase o deje de pasar a esa gente, probablemente entregue una propuesta muy adecuada técnicamente, económica y hasta deslumbrante, pero otra cosa es llegar a tener afecto por lo que está sucediendo ahí", sentencia.

 

Texto, Pablo Andulce Troncoso Fotografías, José Luis Rissetti.

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