domingo, 29 de mayo de 2011

Libro y disco recuperan el acervo del barrio Matadero Franklin a través de sus cuecas

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domingo 29 de mayo de 2011

RESCATE Patrimonio inmaterial:




Un sobrino músico de Fernando González Marabolí, y dos jóvenes licenciadas en Historia redescubren el legado de los matarifes y su canto gorgotero en "Por la Güeya del Matadero". "En el ámbito de la historia de ciudad hay mucho de La Chimba y de la Estación Central. Pero nada del Matadero", dicen.

Romina de la Sotta Donoso

Ambas conocían bien la fama musical del Matadero, uno de los tres epicentros de la cueca en Santiago, junto con La Vega y la Estación Central. También sabían que la cueca del Matadero es única. Pero las licenciadas en Historia Karen Donoso y Araucaria Rojas desconocían cómo se consolidó esta tradición. Buscaron, sin resultados, referentes historiográficos. Sin embargo, intervino la fortuna.



Como compiladora del libro "Y se va a la primera... Conversaciones sobre la cueca" (2010), Karen Donoso le pidió un artículo a Luis Castro, sobrino de Fernando González Marabolí y cantor y director de Los Chinganeros.

"Ahí supe que él quería hacer un libro sobre la historia de la cueca. Le recomendé que fuera por partes, ya que don Fernando (González Marabolí) se había demorado toda su vida en publicar un libro", recuerda Karen Donoso. Se refiere a "Chilena o cueca tradicional de acuerdo con las enseñanzas de don Fernando González Marabolí", de Samuel Claro Valdés.

"Don Fernando decía que el único lugar donde se conserva la 'chilena' es el Matadero Franklin", apunta Araucaria Rojas, autora de "Piernal de cueca chora" (2009).

Qué tiene ese barrio que provoca esa forma particular de cantar la cueca, es lo que pretendían averiguar. "Don Fernando partió del Matadero para hacer su teoría musical; nosotros quisimos hacer el recorrido de vuelta", anuncia Donoso.



El resultado es "Por la Güeya del Matadero", libro que incluye un disco con curatoría de Luis Castro. En él, Los Chinganeros interpretan catorce cuecas. Algunas describen el trabajo de los matarifes; otras, las hazañas de personajes mitológicos del barrio. Las demás se refieren a las picadas, los restaurantes y las "casas de niñas" del sector.

"Rescatamos la tradición del Matadero, que es de animar la cueca con los floreos que la adornan y que van llenando los vacíos que quedan en el canto", explica Luis Castro, quien preparó un capítulo sobre la cueca centrina. Además, sumó a la investigación documentos inéditos de González Marabolí.

"En el ámbito de la historia de ciudad hay mucho de La Chimba y de la Estación Central. Pero nada del Matadero", comenta Rojas.

"Tomamos sus cuecas como una fuente para averiguar qué pasaba con sus habitantes", explica Donoso. "Y además buscamos testimonios. Los cuatro hermanos de don Fernando -Mario, Sergio, Jorge y Flor María- fueron nuestros primeros entrevistados. Seguimos con matarifes y sus hijos. Se nos abrió otro mundo".

Un universo, dicen, que no está marcado a fuego por la criminalidad, a diferencia de la visión que ofrece la literatura, desde "La mala estrella de Perucho González", de Alberto Romero; "Hijuna", de Carlos Sepúlveda Leyton, hasta "Los Matarifes", de Luis Rivano.

"En la literatura y en la historia, el Matadero ha sido significado como la periferia del hampa, del crimen y de lo sucio", denuncia Rojas. "El barrio tiene dos referentes: el Zanjón de la Aguada y la Penitenciaría. En medio está la Población Modelo Huemul, que es el oasis bello e ilustrado, con sus escuelas, teatro y biblioteca".

"Sin embargo", acota Donoso, "para los matarifes tener un hijo matarife es un orgullo, y no un destino fatal, porque el Matadero representa la abundancia".

Así lo consignan los testimonios. "Nos agarrábamos a combos para pagar una cuenta", recuerda un entrevistado. Es que el trabajo era duro, pero bien pagado.

"Éramos más poderosos que los mineros"




El Matadero Municipal de Santiago empezó a funcionar en 1850. Pronto se instalan fruterías y verdulerías en Las Pilastras (Franklin con Arturo Prat), sector cuyos adoquines sobreviven hasta hoy. Con el tiempo surgen cocinerías, picás y "casas de niñas".



En 1910 se construyen dos grandes pabellones de matanza: el de vacunos (Placer con Biobío) y el de cerdos (frente a Plaza Magallanes), que hoy es el Mercado Matadero Franklin.

Como nunca hubo frigoríficos en Franklin, los animales se beneficiaban (sacrificaban) de madrugada. Vestían orgullosos los matarifes sus uniformes, pero a pata pelá , para no ensuciar la sangre que era utilizada en subproductos.

La fortaleza física era necesaria y motivo de orgullo. Los matarifes consumían cuatro "desayunos": caldo de pata a las 2:30 horas, a las 4:00 horas café con sándwich de arrollado; a las 7:00 horas cazuela de ave, y a las 10:00 horas bistec con ensalada.

Se organizaban en cuadrillas que eran lideradas por un maestro; cada una volteab a entre 20 y 90 novillos por jornada. Y los aspirantes a matarifes eran trabajadores "a la aventura", siempre atentos.

Sus regalías (carne) las llevaban a las cocinerías, y brotaban las jaranas , bien regadas.

En los alrededores del Matadero se instalaron restaurantes míticos. Uno de ellos, fundado en 1925 y famoso por su chicha, funciona hasta hoy: "El Manchao" (Chiloé 2042). Las chinganas del siglo XIX van siendo reemplazadas por sitios como el Club Social y Deportivo Comercio Atlético (San Diego 1130), fundado en 1932 y que existe hasta hoy. En 1936 tenía mil socios, salón de baile, teatro e instalaciones de billar, fútbol, ciclismo y atletismo. También sobrevive el "Gremio de abastos" (Nataniel 1910), fundado en 1897, que contaba con una escuela nocturna.



Muchos matarifes practicaban boxeo y, además, toreo. Así lo recuerdan los testigos: los animales se arrancaban de los pabellones, y los matarifes debían lacearlos, ante arengas de todos los vecinos. Los mejores se convirtieron en toreros aclamados en Madrid y Lima.

"En todos los testimonios apareció el sindicato, a quien le atribuyen desde la seguridad social hasta las fiestas. Es raro que en la historia sindical chilena no se mencione. Cuando se conforma el sindicato, en sus estatutos dicen que no permitirán que el Matadero se privatice, porque la elite siempre quiso modernizarlo, y ésa era la manera de hacerlo", comenta Donoso.

Tras varios intentos, en 1971 el Matadero Franklin es reemplazado por Lo Valledor.

"Ya no se trabajará a pata pelá sino con botas de hule, y traje blanco y guantes, en instalaciones limpias, con frigoríficos. Pero también cambia la cultura de los trabajadores; ya no son matarifes sindicalizados, sino que empleados de una industria. Por lo mismo es que muy pocos se fueron a Lo Valledor", agrega.

"Éramos más poderosos que los mineros", declara con nostalgia un ex matarife.

Conciertos y conferencias
Parte de los 500 ejemplares de "Por la Güeya del Matadero" -que contó con un Fondart Regional de Patrimonio Inmaterial- será distribuida en la red de bibliotecas de la Dibam y en Bibliometro. No habrá un lanzamiento, sino varios concierto-conferencias. El itinerario: 30 de junio, en la Biblioteca Nacional; 2 de julio, en el Mercado Matadero Franklin; 12 de julio, en el Campus Oriente UC, y 29 de julio en el Bar Victoria. Horarios en www.facebook.com/cuecacentrina

Origen arábigo- andaluz de la cueca
"La cueca del Matadero se preserva por el canto a la rueda. Es el mismo canto de origen arábigo-andaluz que llegó en la Conquista y se mantuvo en la Independencia en las galleras de José Miguel Carrera. Por generaciones se preservó en familias de la tradición cuyos descendientes después trabajaron en el Matadero", dice Luis Castro.

En el canto a la rueda, indica, "había entre quince y veinte cantores, que iban llevando el compás con las manos, sin necesidad de instrumentos. En el Matadero le llamaban 'canto a la alta escuela', porque era para formar cantores; ahí se enseñaban las melodías más difíciles y los registros altos".

Este canto, explica, es "un grito melodioso, como el pregón de la calle. La sílaba se va desgranando en pequeños gorgoreos. Los métricos les llaman vibratos, y los más populares le llamamos 'canto del gorgotero'".

Aunque siempre se respetó las melodías, las cuecas eran improvisadas. "Se llamaban 'versos huachos', y cada cantor elegía su verso. No como ahora, que se hace una letra completa para cada cueca".

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